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Relatos Ardientes

La despedida de soltero en la que fui el regalo

Quiero escribir esto ahora que tengo un rato libre, porque después una nunca sabe cuándo vuelve a sentarse a contar. Quienes me siguen ya saben que vivo con mi hermano mayor y que terminamos siendo pareja; también conté cómo empezó mi transición y quiénes estuvieron a mi lado en todo el proceso. Lo que les voy a contar pasó en plena etapa de hormonas, cuando mi cuerpo recién empezaba a ser el que siempre quise.

Eran meses extraños y hermosos a la vez. Me miraba al espejo cada mañana y descubría algo nuevo: las curvas que se marcaban, la piel más suave, la forma en que la ropa empezaba a caerme distinto. Sentía que por fin habitaba mi propio cuerpo, y eso me daba una seguridad que nunca había tenido. Salía a la calle con la cabeza en alto y me gustaba que me miraran.

Mis dos hermanos trabajaban todo el día. Aparte de buenos hombres, eran responsables y de palabra, y de vez en cuando traían amigos a casa. Muchos de ellos me veían pasar, claro, pero una cosa es ver y otra muy distinta es saber. Un día yo andaba a una distancia prudente cuando escuché que uno de ellos se atrevió a soltar:

—Muy bonita tu hermanita.

Me eché a reír. Era lindo escuchar eso de alguien que apenas conocía, y los demás le siguieron la corriente con piropos suaves. Me hizo sentir bien sin esperármelo.

Pasó el tiempo y una tarde uno de ellos preguntó si yo tenía novio. Mis hermanos respondieron que no, que pasaba que tenía un secreto. Los otros se quedaron callados, intrigados, hasta que el mayor lo dijo sin rodeos:

—Es que, digamos, Sasha antes era Santiago.

Se hizo un silencio raro. Empezaron las preguntas de siempre, esas que mezclan curiosidad con un poco de desconcierto, y mis hermanos les explicaron con calma todo mi cambio. Ninguno se levantó de la mesa. Eso, para mí, ya fue mucho.

Con el tiempo me sumé a sus reuniones de hombres. A eso venían a casa: a tomar cerveza, comer algo, ver el fútbol y hablar de sus cosas. Yo me arreglaba como siempre, con una falda corta y el pelo bien peinado; en esa época lo llevaba hasta media espalda, cortado en capas desfiladas. Uno de los amigos me miró y me dijo:

—Oye, cosita, ¿quieres una?

—No tomo —le contesté—, pero los acompaño con una soda.

Así pasamos esa tarde. De la nada mis hermanos pusieron música y empezamos a bailar. Imagínense la escena: yo moviéndome entre tantos hombres, sintiendo el calor de las miradas. Me excité, lo admito, se me endureció la punta de las tetas contra la tela y noté cómo se me humedecía el culo de solo imaginarme a cualquiera de ellos abriéndome de piernas ahí mismo, pero me aguanté. A los amigos de mis hermanos los conocía de vista, no de trato, y no quería adelantarme a nada.

Esas reuniones se repitieron varias veces. Yo aprendí a moverme entre ellos con naturalidad, a bromear, a devolver los piropos sin pasarme. Disfrutaba el juego de saberme deseada y al mismo tiempo intocable. Notaba cómo algunos me seguían con la mirada cuando me levantaba a buscar más sodas, cómo se les marcaba el bulto en el pantalón cuando me agachaba a propósito, y cómo bajaban la voz cuando yo me acercaba. Ese poder pequeño me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

***

Un día mis hermanos me sorprendieron con una propuesta. Me preguntaron qué me parecía darle un show de despedida de soltero a uno de sus amigos. Me quedé fría. De ellos me lo hubiera imaginado, pero de un casi desconocido no. Yo ya había estado con otros chicos, aunque siempre conocidos, gente con la que tenía algo de confianza.

—¿Él sabe lo que soy? —pregunté—. ¿Y lo que tengo con ustedes?

—Sabe todo —me dijeron.

Lo pensé apenas un segundo y acepté. Me contaron cuándo sería, que estarían ellos, unos amigos que yo ya había visto alguna vez y, por supuesto, el festejado.

Los días previos no pensé en otra cosa. Me imaginaba la escena una y otra vez, nerviosa y ansiosa a partes iguales. Elegí cada detalle del atuendo con cuidado, ensayé los movimientos a solas en mi cuarto y armé la lista de canciones que me pondrían a tono. No quería que fuera un baile cualquiera; quería que se acordaran de esa noche para siempre.

El día señalado me fui temprano al salón de belleza para arreglarme con calma. Pedí que me marcaran el cabello en ondas suaves, me delinearon los ojos y me pintaron los labios de un rojo intenso. Me vestí de marinera, con una falda diminuta y unas botas largas blancas, uno de los tantos regalos que mis hermanos me habían hecho. Me miré en el espejo del salón y casi no me reconocí: estaba para comerme. Cuando llegamos a la casa, tocaron el claxon y entramos. Adentro estaban los seis amigos y el festejado esperando.

Bajé del coche y todos silbaron a la vez.

—¡Wow, qué linda!

—¡Qué muñeca!

Yo les agradecía entre risas y les lanzaba besos al aire, dejándome llevar por el recibimiento. La adrenalina ya me corría por todo el cuerpo.

Había preparado la música en una bocina. Bailaría dos temas: uno para el striptease, un blues lento y pegajoso, y otro más sucio, de bajo grueso y ritmo de funk, para la parte en la que jugaría con un consolador. Dos piezas pensadas como si fueran las escenas de una película. La idea era llevarlos de la curiosidad al delirio.

***

Empecé a bailar despacio, marcando cada movimiento. Me fui desnudando prenda por prenda mientras me acercaba al festejado, que no me quitaba los ojos de encima. Primero cayó la blusa de marinera, dejando al aire mis tetas paradas por las hormonas, con los pezones duros como piedritas rosadas. Después la falda, que se deslizó por mis muslos hasta el piso. Me quedé solo con las botas blancas hasta la rodilla y una tanguita mínima que apenas me tapaba la polla dura entre las piernas. Me pasé las manos por las tetas, me pellizqué los pezones delante suyo, y bajé una mano hasta el bulto de la tanga, apretándomelo para que vieran bien lo cachonda que estaba. El festejado se relamía los labios y los demás se acomodaban en los pantalones sin disimulo. La primera canción terminó conmigo apenas cubierta y el aire de la sala espeso, cargado de calentura contenida.

Tomé el pequeño bolso que había llevado y arrancó el segundo tema. Saqué el consolador, uno gordo, negro, con las venas marcadas, y lo llevé a mi boca. Lo lamí despacio, mirando al festejado a los ojos, jugando con la lengua a lo largo, sin prisa. Le pasé la punta por los labios, le di lengüetazos en el glande, y después me lo metí entero hasta la garganta, ahogándome un poco a propósito para que se me llenara la boca de saliva. Cuando lo saqué, un hilo espeso me colgaba del mentón hasta las tetas. Después lo bajé, me quité la tanga y quedé con la polla al aire, dura y goteando, y con el culo bien abierto para que todos lo vieran. Me chupé dos dedos y me los metí en el ojete para prepararme, moviendo las caderas al ritmo del funk. Cuando ya lo tuve bien mojado, guié el consolador entre mis nalgas y me lo empujé de un golpe, gimiendo fuerte para que se oyera por encima de la música.

—Ay, qué rico —jadeé mordiéndome el labio, moviendo el culo para adelante y para atrás sobre el juguete.

Cuando lo tuve dentro, caminé en cuatro patas por el medio de la sala, con el consolador metido hasta el fondo y mi polla balanceándose entre las piernas, chorreando presemen sobre la alfombra.

—¡Qué! —gritó uno.

—¡Fantástico!

—¡Uffff, mírale el culo!

Mis hermanos se reían, divertidos, viendo cómo reaccionaban sus amigos, que ya se acariciaban el bulto por encima del jean sin ningún pudor. Así, en cuatro, me arrastré hasta el festejado, arqueando la espalda para que el consolador se me hundiera más profundo con cada gateo. Le desabroché el pantalón, le bajé el bóxer y le saqué una polla gorda, gruesa, ya semierecta. Me la llevé a la boca sin pensarlo, se la chupé de una hasta la base, sentí cómo se le hinchaba contra mi lengua y se me endurecía en segundos hasta ponerse como un fierro.

Le mamé la verga con ganas, tragándomela hasta las bolas, sacándola con un chasquido y volviendo a metérmela. Le pasé la lengua por los huevos, se los chupé uno por uno, y volví al glande, apretándolo entre los labios y girando la lengua en la punta. Él me agarró del pelo y empezó a follarme la boca a su ritmo, embistiéndome la garganta hasta hacerme lagrimear el rímel.

—Quítamelo —le pedí con la voz ronca, escupiendo su polla, y él entendió enseguida y me sacó el consolador del culo de un tirón que me arrancó un gemido largo.

Me monté sobre él a horcajadas, le agarré la polla y me la fui metiendo despacio por el ojete abierto, sintiendo cada centímetro empujar hacia adentro. Me clavé hasta el fondo, hasta que le sentí los huevos pegándome en el culo, y me quedé un segundo quieta, temblando, con toda su verga apretada dentro. Todos miraban en silencio, y ese silencio me daba más calentura. Empecé a moverme encima suyo, subiendo y bajando, apretándole la polla con el anillo del culo, mientras él me agarraba las tetas y me pellizcaba los pezones.

—Así, cabrona, dale, seguí así —jadeaba él.

—Vení, corréte adentro mío, llename el culo —le contesté yo, cabalgándolo más fuerte, sintiendo mi propia polla rebotar entre nuestros vientres.

Le rebotaba encima con toda la fuerza que tenía, y él me embestía desde abajo, hasta que lo sentí clavarme los dedos en las caderas, tensarse entero y descargar dentro con un gemido ronco, llenándome de semen caliente que me chorreó culo abajo cuando me levanté apenas. Me quedé unos segundos con él dentro, exprimiéndoselo con el ojete. Después me incliné y le hablé al oído.

—Felicidades. Espero que tu chica sea complaciente; si no, ya sabes dónde encontrarme.

Y lo besé en la boca, lento, mientras los demás aplaudían y algunos ya tenían la polla afuera, meneándosela sin disimulo.

***

Me puse unos shorts cortos que apenas me tapaban y una blusa ligera, y nos sentamos todos a cenar. Hubo charla, risas, preguntas sin malicia. Me preguntaron por mi transición, por cómo había sido el proceso, y yo respondí con la naturalidad de quien ya hizo las paces consigo misma. Por fin agarré confianza con los amigos de mis hermanos y ellos conmigo. Esa noche dejé de ser para ellos la hermanita misteriosa y pasé a ser una más de la mesa.

Siempre lo digo entre risas: el hombre, hombre será. Ponle falda hasta a una escoba y seguro encuentra el modo. Aquella sala era la prueba viva de eso.

Pero la noche no terminó ahí. Cuando ya estábamos todos sueltos, mis hermanos y yo montamos un segundo show, esta vez los tres juntos. Empezaron besándome el cuello y la espalda, recorriéndome con las manos, despacio, como si tuviéramos toda la noche. Uno me chupaba los pezones mientras el otro me lamía el culo por atrás, abriéndome las nalgas con las dos manos y metiéndome la lengua en el ojete que todavía tenía tibio del festejado. Yo cerré los ojos y me dejé llevar por esas bocas y esas manos que conocía de memoria.

De las caricias pasaron a más. El mayor se acostó boca arriba en el sillón y yo me monté encima, empalándome en su polla de un solo golpe, gimiendo alto. El menor se paró detrás y me metió la verga en la boca, follándome la garganta al mismo ritmo que su hermano me follaba el culo por debajo. Me penetraron por turnos también, cambiándome de posición, poniéndome en cuatro, de costado, contra la mesa, marcando un ritmo que me tenía completamente entregada, con la polla dura chorreando entre las piernas y las tetas rebotando con cada embestida.

La sala se había quedado en silencio, todos atentos a cada movimiento, y ese silencio me encendía todavía más. Sentía las miradas clavadas en mi piel como si fueran otra forma de tacto. De reojo veía a los amigos meneándose la polla en el sillón, con los pantalones bajos y los huevos al aire, mirándonos como si fuera una película porno en vivo.

Hasta que en un momento me tomaron los dos a la vez. El mayor debajo mío, con su verga bien clavada en el culo, y el menor por encima, forzando la suya en el mismo agujero, apretándose contra la de su hermano hasta abrirme del todo. Sentir las dos pollas a la vez, latiendo dentro mío, rozándose una contra la otra, me arrancó un gemido que no pude contener, un aullido largo y sucio.

—Ay, sí, así, rómpanme, no paren —les rogué.

Apreté los dientes, cerré los ojos y me dejé ir por completo, sin pudor, sin pensar en quién miraba. Me sacudían entre los dos, embistiéndome duro, y yo me venía y me venía, chorreando semen mío sobre la panza del mayor sin necesidad de tocármela.

Los amigos seguían paralizados desde el sillón, con las vergas afuera, sin saber si continuar mirando o sumarse a lo que tenían enfrente.

—Vengan —les dije entre jadeos, con las dos pollas todavía metidas—, no se queden ahí, vengan a cogerme.

Y vinieron. Se pararon alrededor del sillón con la verga en la mano y yo me fui pasando entre ellos como pude. Al festejado le abrí la boca y se la chupé mientras los otros me la iban metiendo por turnos. Me sacaron a los hermanos y me pusieron en cuatro sobre la alfombra. Uno detrás, otro delante, otro en cada mano. Los cambiaba, los mamaba, se los metía. Uno se corrió en mi boca y yo tragué todo; otro se vino en mis tetas, dejándome hilos gruesos que me chorreaban hasta la panza; otro me la sacó a último momento y me eyaculó en la cara, en los labios, en las pestañas. Me llenaron el culo dos veces más, la boca otras tantas, y yo me venía a cada rato, sacudida entre tantas manos y bocas. Perdí la cuenta de cuántos orgasmos tuve y de cuántas pollas pasaron por dentro mío esa noche. La sala olía a sudor, a semen y a alcohol, y a mí me daba igual; estaba donde quería estar, entregada, empapada, y feliz.

***

Cuando todo se calmó, fue el festejado quien se quedó conmigo. Pasé la noche con él, dormimos juntos y volvimos a buscarnos antes de que saliera el sol; me despertó metiéndomela por atrás bien despacio, y terminamos con él corriéndose una vez más dentro mío, abrazándome fuerte. Por la mañana cada uno tomó su camino, pero esa noche selló algo. Hasta hoy seguimos siendo amigos; nos vemos cuando se puede o cuando me invitan, siempre con una sonrisa cómplice de por medio.

Espero contarles otras vivencias más adelante, aprovechando los ratos que tengo. Por ahora me despido con esta, que fue una de las que más recuerdo.

Con cariño, Sasha.

😘

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Comentarios(8)

trans_lector88

Increible!! me quede leyendo de un tiron y no me di cuenta cuando termino. Queremos mas!!

MarceloGBA

Que situacion mas picante jajaja, muy bien narrado. Me encanto

marianabaires

Me encanto la forma de contarlo, tan natural y sin pretensiones. No hay una sola linea de mas. Sigue escribiendo por favor!

curiosoMDP

Y el festejado sabia de antemano? Esa parte me quedo dando vueltas jaja, muy buen detalle

TomasNoche21

tremendo 🔥 de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Fernanda_R

La tension del principio esta perfecta, te engancha desde el primer parrafo. Espero que haya continuacion porque quede con muchas ganas de saber como siguio la noche!

Vale_Parana

directo al favorito, sin dudarlo

Nico_Rosario

El arranque con la imagen del coche es genial, te mete en la historia de golpe. Muy buen trabajo

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