Dos desconocidos me feminizaron en una habitación de hotel
La habitación olía a sábanas limpias y a la colonia de los dos. Yo estaba de pie en mitad del cuarto, solo con un conjunto de encaje rosa que ellos me habían pedido que llevara puesto desde casa. Darío y Bruno estaban sentados en el borde de la cama doble, en bóxer, mirándome sin prisa, como quien estudia algo que ya le pertenece.
—La bolsa está a tus pies —dijo Darío—. Sácalo todo. Y te cambias aquí, delante de nosotros.
Obedecí. Me agaché despacio, sintiendo sus ojos en cada movimiento, y abrí la bolsa de papel. Lo primero que encontré fue un sostén rojo con relleno. Me lo puse de inmediato, ajustando las copas, y dejé la bolsa otra vez en el suelo.
—Mírenlo —murmuró Bruno—. Le queda mejor de lo que se merece.
Después saqué una tanga roja, abierta atrás, con un encaje espeso que no tapaba nada, y encima una segunda prenda igual de transparente. Mientras me las acomodaba, los dos comentaban mi cuerpo en voz baja, sobre todo mi trasero, como si yo no estuviera escuchando cada palabra. Y lo escuchaba. Y me gustaba.
Siguieron unas medias negras semitransparentes, con un dibujo fino que subía por la pierna. Cuando terminé de subirlas solo faltaban los zapatos y el vestido. Saqué primero los tacones: rojos, de tiras, más altos de lo que sabía caminar. Luego el vestido, de falda ajustada hasta la rodilla, con la parte de arriba de encaje y transparencias, rojo, con dos moños negros en los hombros y otro a la espalda.
Me vestí en silencio. Cuando estuve lista, ellos se pusieron de pie.
—De rodillas —ordenó Darío.
Bajé. Cada uno traía algo en la mano. Darío sostenía un collar de cuero negro, ancho, y me lo cerró alrededor del cuello sin decir nada. Bruno me tomó de la barbilla y empezó a pintarme los labios con un rojo intenso, despacio, repasando el contorno como si fuera importante hacerlo bien.
Estoy aquí de verdad. Esto está pasando de verdad.
Cuando terminó con mi boca, Bruno acercó mi cara a su bóxer y me dejó sentir su forma a través de la tela. Después me puso unas pulseras gruesas en las muñecas y unas tobilleras a juego, todas con argollas de metal. Entre los dos me ataron así, arrodillada, con las piernas juntas y las manos dobladas hacia adelante, como una súplica.
—Pídelo —dijo Darío, parado frente a mí, apoyando el bulto de su bóxer contra mi mejilla mientras Bruno levantaba el teléfono para grabar—. Ruega.
Y rogué. Besé la tela, la lamí, supliqué con palabras que ni sabía que tenía, y ellos se reían bajito, encantados, mientras la cámara seguía encendida. Me tuvieron así un buen rato, humillándome con calma, hasta que Darío se bajó el bóxer.
***
Bruno me repasó los labios con el labial otra vez antes de darme permiso. Entonces me ordenó que besara la verga de su amigo. Obedecí, sumisa y excitada, por fin viendo de cerca lo que había imaginado bajo la ropa. Después fue el turno de la otra: la de Bruno era más gruesa y más corta, y se sentía mucho más dura entre mis labios.
Me hicieron besarlas, lamerlas, pasar la lengua por todo, siempre pidiéndome que les diera las gracias, siempre recordándome lo que era. Luego trajeron del rincón algo parecido a un taburete alto de bar, pero más ancho y acolchado. Entre los dos me levantaron y me tendieron boca abajo sobre él, apoyada en el vientre y el pecho.
Me ataron los tobillos juntos, las rodillas hacia abajo, y me aseguraron las manos a una argolla lateral. Quedé inmovilizada. Darío me ordenó que abriera la boca y me colocó una mordaza: un aro de látex rojo, grande, que me obligaba a mantenerla abierta. La fijó con una correa por detrás de la cabeza.
Después escuché pasos, el sonido del teléfono otra vez, y sentí cómo me subían la falda muy despacio. Bajaron apenas la tanga, apartaron el encaje y deslizaron algo de metal frío en mi interior. Gemí contra el aro de la mordaza mientras lo acomodaban bien adentro. Era un gancho. Tiraron de mi cabeza hacia atrás y ataron la cuerda del gancho a la parte trasera de la mordaza, de modo que no pudiera bajar la cara.
Estaba lista. Lo sabía, y lo disfrutaba.
***
Pasaron las vergas por mis nalgas, por mi cara, mientras seguían tomando fotos y diciéndome lo bien que se me veía sometida. Darío colocó la cámara en un sitio fijo. Me dio dos palmadas firmes en las nalgas, me preguntó si lo quería, y yo asentí como pude.
Puso lubricante, abrió mis nalgas y empezó a entrar. La punta pasó fácil, con el gancho ya dentro, y luego me lo metió hasta el fondo. Me moví todo lo que las cuerdas me dejaban. Empezó a embestir fuerte, sin pausa, dándome palmadas y recordándome lo abierta y lo dispuesta que estaba.
Bruno se puso delante. Tomó su verga con la mano y la deslizó en mi boca a través del aro, y empezó a usar mi garganta mientras seguía filmándolo todo. Los dos a la vez. Empujaban cada uno más fuerte, hasta hacerme oscilar sobre el taburete como un muñeco. Yo estaba en otra parte, perdida, sintiendo dos cuerpos al mismo tiempo, sintiéndome de ellos.
Cambiaron de lugar. La verga más gruesa entró por detrás y me abrió de otra manera, lenta y completa. Me sentí partida en dos, ardiendo, mientras los oía llamarme con todos los nombres que querían: sumisa, hembra, su muñeca.
Con la lengua trabajaba la verga de turno e intentaba apretar para sentir cada centímetro de la que me llenaba por detrás. Se turnaron varias veces. Seguían castigándome: una palmada, un golpe de verga en la mejilla, un tirón de la cuerda que unía el gancho con la mordaza para obligarme a levantar más la cadera y entrar más hondo.
Después de un rato, Bruno —el de la verga gruesa— estaba en mi boca y noté cómo se ponía más caliente, más rígido, a punto. Lo confirmó y cambió con Darío. Entró de un solo golpe, hasta el fondo, rápido y duro, mientras Darío me llenaba la boca y tiraba de la cuerda. Sentí cómo Bruno se endurecía dentro de mí, cómo se tensaba, y entonces se vació. Lo sentí estallar muy adentro, llenarme, y eso me encendió todavía más. Me dejó la verga clavada hasta el final, y yo, sin tocarme, sin permiso, me mojé entera. El vientre tibio, las medias y el encaje empapados de mi propio placer.
***
Cambiaron de nuevo. Esta vez me tocó limpiar con la lengua la verga que aún tenía restos, mientras Darío me montaba duro y rápido por detrás, dándome palmadas. Cuando terminé de dejarla limpia, Bruno se fue a descansar a un sillón y Darío siguió un rato más, obligándome a repetir lo que era: una hembra caliente, deseosa de su semen, hecha para obedecer.
Rogué por él gimiendo, casi llorando contra el aro, hasta que lo sentí ponerse rígido. Se hinchó aún más que antes y me llenó por completo, dejándolo todo lo profundo que pudo. Después sacó la verga, que ahora goteaba, y la metió en mi boca para que la limpiara y me tragara cada resto.
Pensé que habíamos terminado. Pero entonces sentí que empujaban otra cosa en mi interior: un juguete de látex con una base ancha que quedaba como un tapón. Cuando estuvo dentro, Darío lo encendió. Empezó a vibrar, a remover todo lo que tenía adentro, y el calor me subió por el cuerpo entero.
Me tocó por delante y notó lo mojado que estaba el encaje.
—¿Otra vez sin permiso? —dijo, fingiendo enfado.
Me arrancó la tanga y me dio una tanda de palmadas. Luego le pasó la prenda a Bruno, que la sacó de mi vista un segundo y me la metió en la boca, todavía húmeda, antes de golpearme la cara con su verga. Entre los dos me castigaron, alternando azotes y palmadas, tratándome como suya. Yo lo disfrutaba. Moría por que volvieran a entrar.
Y volvieron. Sacaban el juguete, metían una verga, después el juguete otra vez, después la otra verga, jugando con mi cuerpo a su antojo mientras seguían castigándome. Me dejaron las nalgas rojas y todo abierto, ardiendo.
***
Por fin pusieron el vibrador a su máxima potencia y me subieron la ropa interior por encima. Los dos se colocaron frente a mi cara y empezaron a masturbarse. Sabía lo que querían: mojarme entera. Me sacaron la tanga de la boca y se turnaron para usarla, tirando de la cuerda para que levantara la cadera, dándome palmadas.
Darío fue el primero. Me cubrió la cara y terminó dentro de mi boca, dejándome llena. Bruno no tardó: me ordenó que me corriera con él, y yo, obediente, sintiendo el vibrador zumbar adentro, me mojé otra vez moviéndome sin vergüenza. Lo notaron y me felicitaron por ser tan sumisa. Como premio, apagaron el vibrador, aunque lo dejaron puesto.
Me tomaron muchas fotos más. Limpiaron mi cara con la misma tanga y volvieron a metérmela en la boca. Empezaron a soltarme: primero las piernas, luego la mordaza, asegurándose de que seguía con la prenda entre los dientes. Me sacaron el gancho y dejaron el otro juguete en su lugar mientras me bajaban la falda. Lo último que liberaron fueron las manos.
Intenté ponerme de pie, pero las piernas me temblaban demasiado. Me quedé un momento así, recuperando el aire, hasta que con la ayuda de uno de ellos logré llegar al baño. Cuando salí, ellos ya no estaban. Sobre la cama había una nota y un sobre.
La nota decía que el cuarto estaba pagado, que me traerían comida al anochecer, y que volverían en una fecha que anotaban con letra firme. En el sobre estaba mi pago, y algo extra para que comprara la ropa que querían verme usar la próxima vez. Junto al dinero había una lista detallada, prenda por prenda, escrita a mano.
Me senté en el borde de la cama, con el juguete todavía dentro, leyendo esa lista una y otra vez, y supe que ya estaba contando los días.