Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez entregándome como la mujer que soy

Mi primera vez con un hombre fue casi un accidente: pasó sin que yo entendiera bien qué sentía, sin dolor y sin placer. La segunda fue distinta, con un tipo que me usó solo para descargarse y me dejó heridas que tardaron años en cerrar, por dentro y por fuera. Después de eso me prometí que no volvería a pasar. Que nadie más me tocaría hasta que yo quisiera, hasta que de verdad lo deseara.

A Adrián lo conocí en una red social. Desde el primer comentario fue diferente al resto. No me escribía obviedades ni me pedía fotos; respondía a mis publicaciones con ideas, con humor, con una inteligencia que me desarmaba. Eso despertó mi curiosidad antes que cualquier otra cosa.

Las charlas se volvieron diarias. Me gustaba su forma de pensar y, lo confieso, también me gustaba cómo se veía: atlético, de piel morena, con una sonrisa que aparecía en casi todas sus fotos. Cuando le pasé mi número empezamos a hablar por videollamada. Siempre me ha gustado sentirme femenina, así que me arreglaba para él antes de conectarnos, aunque solo me viera de la clavícula hacia arriba.

Muchas veces hablamos de vernos en persona. Y siempre frenaba yo. Nunca había salido a la calle mostrando mi lado femenino, y no me sentía capaz de hacerlo. Hasta que una tarde me llamó para decirme que estaba cerca de mi ciudad y que no aguantaba más las ganas de conocerme. Yo también quería tenerlo enfrente, así que respiré hondo y le dije que sí.

Ese día llevaba lencería bonita debajo, como casi siempre, pero por encima me puse ropa de hombre. Me aseguré de que el pelo, que me llega a los hombros, quedara perfecto. Caminé hacia el café de la cita con el corazón en la garganta, mezclando el miedo con una emoción que me hormigueaba en el estómago. Nos saludamos con un abrazo de viejos amigos, y mientras me apretaba contra él me susurró al oído que le encantaba la persona que tenía delante. Sentir su cuerpo y su olor a hombre me dejó temblando.

Me senté frente a él, de espaldas al resto del local. Eso me dio el valor para soltarme un botón de la camisa y dejar que asomara el encaje de mi sujetador. Me sentía sexy, segura, femenina. La tarde se pasó volando y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí cómoda con un hombre.

***

Después de aquel encuentro seguimos viéndonos. Adrián se portó siempre como un caballero. Sabía tratarme y eso me daba paz. Quería verme en mi versión completamente femenina, pero no me presionó ni una sola vez. Simplemente fue ganándose mi confianza, derribando uno a uno los muros que yo había levantado, aunque en el fondo yo soñara con mostrarme entera y entregarme a él.

Decidí que el día sería su cumpleaños. Le mandé una invitación a cenar sin decirle dónde. Esa mañana me levanté temprano y dejé sobre la cama el vestido más lindo que tenía y la lencería de encaje que pensaba estrenar. Abrí el chat, le tomé una foto y escribí: «Tu chica cocina para ti esta noche». Agregué mi dirección y la hora, y le di a enviar antes de arrepentirme y borrarlo todo. Me moría de nervios.

A medida que avanzaba el día crecía la ansiedad. Estuve a punto de cambiar de plan y proponerle un lugar público otra vez, pero ganó la parte de mí que llevaba años esperando este momento a solas con su hombre. Dediqué horas a estar impecable: exfoliación, mascarilla, depilación, uñas, maquillaje. Y aun así, cada vez que me miraba al espejo, encontraba algo que retocar.

Me repetía que no pasaría nada, que sería solo una cena agradable. Y al instante siguiente ya estaba imaginándome en sus brazos, fantaseando con que por fin me hiciera lo que ningún otro me había hecho con cariño.

Estaba perdida en esos pensamientos cuando sonó el portero. Temblé. Respiré hondo antes de contestar. La voz del conserje me dijo que el señor Adrián preguntaba por mí; le pedí que lo dejara subir. Intenté calmarme. No quería que él notara que yo estaba como una adolescente en su primera cita.

Pasaron uno o dos minutos que se me hicieron eternos. El timbre me devolvió a la realidad. Caminé hacia la puerta moviendo las caderas lo más sexy que pude y abrí.

Adrián intentó decir algo, pero la boca se le quedó entreabierta, como si lo hubieran congelado en mitad de un gesto. Yo le regalé mi mejor sonrisa. Su mirada bajó de mis ojos a mi boca y volvió a subir, y eso me puso aún más nerviosa.

—¿Te vas a quedar en la puerta o prefieres entrar? —le pregunté, con miedo de que algún vecino me viera.

Entró sin apartar la vista de mí. Cerré la puerta, y al hacerlo sentí que estaba cerrando también una etapa entera de mi vida.

—Me has dejado sin palabras —dijo por fin.

Me entregó una botella de champán y una caja envuelta con cuidado. Lo invité a pasar, llevé la botella a la nevera y volví con la caja en las manos.

—El cumpleañero eres tú —le dije—. Los regalos son para ti, no para mí.

Abrí la caja igual. Saqué un baby doll de seda fría, tipo body, con abertura en la entrepierna.

—Lo vi y te imaginé con él puesto —murmuró.

—Seguro que me imaginaste con él puesto mientras me cogías —lo corté.

Él estaba muy cerca. Su olor me envolvía, su mirada iba de mis ojos a mi boca una y otra vez, y la tensión entre los dos subía con cada segundo. Me acarició la mejilla y se inclinó para besarme. En el último instante reaccioné y giré la cara, de modo que su boca aterrizó en mi mejilla.

—Todavía no estoy lista para ese paso —le expliqué—. Voy a usar tu regalo cuando lo haga contigo.

Fui a la habitación a dejar la caja y a recuperar el aliento. Cuando volví, nos sentamos en el sofá y empezamos a hablar. Poco a poco el ambiente se fue relajando.

***

Cenamos, le partí una pequeña tarta y descorchamos el champán. Puso música suave y se sentó a mi lado en el sofá. Mi vestido tenía una abertura larga en un costado, y cuando crucé las piernas dejé a la vista buena parte del muslo y las medias de seda que llevaba.

Le toqué el brazo, la pierna, varias veces. Eso le dio permiso para tocarme a mí. Cada roce me erizaba la piel y me encendía las mejillas. Estaba segura de que estaba roja.

Se levantó y me tendió la mano.

—Quiero bailar esta canción contigo —dijo.

Le dije que no, pero insistió: era su cumpleaños. Nunca había bailado con un hombre. Era todo nuevo para mí y la tensión se disparó. No supe cómo negarme, y la verdad es que tampoco quería.

Me rodeó la cintura con un brazo y llevó mi mano derecha a la altura de su pecho. Su corazón latía acelerado. Apoyé la otra mano en su hombro y me pegué a su cuerpo. Entonces lo sentí: su erección, dura y caliente, contra mi vientre.

Me acariciaba la espalda mientras me besaba el cuello y la oreja, diciéndome lo bien que se sentía teniéndome cerca. Su mano bajó más de la cuenta y me acarició una nalga; la seda del vestido hizo la caricia todavía más intensa, y yo me acerqué aún más a él sin pensarlo.

Cuando terminó la canción no me soltó. Me hizo girar y, de espaldas a él, me atrajo hacia su cuerpo. Sentí su sexo entre mis nalgas.

—Mira cómo me tienes —me susurró—. Es culpa tuya, por estar tan preciosa.

Me aparté y le dije que necesitaba ir al baño. Una vez dentro, busqué un preservativo y me lo puse a mí: estaba tan excitada que podía correrme en cualquier momento y no quería arruinar la lencería.

Al salir vi el baby doll sobre la cama. Lo tomé, sentí la suavidad de la seda entre los dedos, lo olí. Quería notarlo sobre la piel. Me quité el vestido y me lo puse, sabiendo que tardaba demasiado, pero ganando tiempo para bajar un poco la calentura.

Me acerqué al espejo para verme, y en el reflejo lo descubrí: Adrián estaba en el umbral, con una sonrisa enorme. Me acordé de lo que le había prometido sobre ese body. Los nervios me paralizaron. Una parte de mí quería salir corriendo; la otra quería sentir.

Empezó a desnudarse sin prisa. No me quedó más remedio que mirarlo, porque estaba imponente. Cuando se bajó el pantalón, no pude apartar los ojos de él: duro como una piedra, las venas marcadas, la punta apuntándome, húmeda y brillante. Pensar que estaba así por mí me hizo estremecer entera.

Se acercó por detrás y me rodeó la cintura. El calor de su sexo entre mis nalgas me hizo vibrar otra vez. Su pecho contra mi espalda, su aroma, su mejilla sobre mi hombro.

—¿Estás bien? —me preguntó con esa voz grave.

No pude responder. Solo sentía. Volvió a preguntar y conseguí decir que sí. Me apartó el pelo con una mano y me besó el cuello, el lóbulo de la oreja, el hombro. No sabía que esa parte de mi cuerpo era tan sensible. Su abrazo firme me mantenía pegada a él, y yo no quería separarme.

Me giró la cabeza para besarme en la boca. Mis labios estaban entreabiertos, listos. Cuando su lengua encontró la mía, mi pasividad se acabó: me di la vuelta entera, lo abracé y lo besé con todo lo que tenía guardado.

***

Una de sus manos me apretaba la espalda contra él; sentía mis pezones duros, y cada roce de la seda me lanzaba descargas por todo el cuerpo. La otra mano bajó a mis nalgas, las acarició, se deslizó entre ellas, y yo abrí las piernas para sentir más.

Me agarré con fuerza a su cuello porque las rodillas me temblaban y temía caerme. Él lo notó: me levantó en brazos y me dejó con cuidado sobre la cama, tumbándose a mi lado.

Sus dedos recorrieron mis pechos por encima de la tela, rozaron y apretaron mis pezones. Creí haber llegado al límite, pero cada caricia nueva me llevaba más arriba. Me besó, me mordió suave, usó la lengua hasta dejarme sin aire.

Me giró boca abajo, metió una pierna entre las mías y fue besándome la espalda. Entreabrí las piernas y se acomodó entre ellas; sentí su sexo, duro y caliente, parecía tener vida propia. Me preparé para recibirlo. Lo deseaba.

Siguió bajando con la boca hasta mis nalgas. Apartó las tiras de la lencería, besó, lamió, mordió. Giré la cabeza y, en el espejo del techo, vi a una mujer y a su hombre completamente entregados al deseo. En ese instante sentí su lengua buscando entrar en mí, se me escapó un gemido, y con ese gemido se fue de mí todo lo que no fuera femenino.

Me faltaba el aire, el corazón a mil. Cuando se sintió satisfecho me puso boca arriba y se colocó encima, con sus piernas entre las mías. La sensación de estar medio aplastada bajo su peso me llevó al máximo. Lo abracé, lo besé, jugué con su lengua mientras sus manos me sujetaban la cara con ternura.

—Me encanta lo que me haces —le dije.

Su cara se iluminó.

—Ahora viene lo mejor —respondió—. Voy a calmar las ganas que tienes de mí.

Abrí la boca, fingiendo sorpresa, aunque los dos sabíamos que era verdad. Llevaba mucho tiempo soñando con que me penetrara. Había comprado juguetes cada vez más gruesos para prepararme, pero ninguno se acercaba a él. Saqué de la mesilla un lubricante y le pedí que lo usara.

Se arrodilló en la cama, con mis caderas entre sus muslos y mis piernas flexionadas sobre las suyas. La vista me encantó: mis piernas se veían preciosas con las medias de seda. Untó bien el lubricante y llevó la punta a mi entrada. Intentó entrar con suavidad, pero mi cuerpo lo rechazaba con una contracción, como dándole un beso, y luego cedía un poco más.

Volvió a tumbarse sobre mí. Otra vez la sensación de su peso, sus piernas rozando las mías, sus manos en mi pelo, su boca apasionada. Me relajé con el beso.

—¿Estás lista? —me miró con deseo.

—Sí. Te deseo mucho —contesté.

Sentí la presión de su punta y, sin querer, me eché un poco hacia atrás e intenté frenarlo con las manos. Me dio vergüenza portarme como una niña, pero él me miró con cariño y me besó de nuevo. Mientras me besaba, me llevó las manos por encima de la cabeza, entrelazando sus dedos con los míos. Su pecho presionaba el mío; él era grande, yo pequeña. Me sentí frágil, vulnerable, totalmente en sus manos. Y no quería estar en ningún otro sitio.

Sujetó mis dos muñecas con una sola mano y, con la otra, guió su sexo de nuevo a la entrada, abriéndome despacio mientras me besaba para distraerme. No me distraje: sentía cada milímetro, el cosquilleo, el dolor mezclado con un placer que era mayor. Su mirada me confirmaba lo que yo siempre supe, que era una mujer, y eso solo aumentaba mi deseo.

Moví las caderas buscando acomodarme y, en ese mismo instante, él empujó. Sentí cómo me abría, cómo su punta me llenaba; una contracción mía hizo que avanzara un poco más y lo atrapé dentro. Una ola de calor me recorrió y gemí, placer y dolor a la vez. Se quedó quieto, me soltó las manos y me besó con una ternura infinita.

El dolor fue cediendo. Poco a poco se hundió más en mí, sin prisa, diciéndome lo bien que se sentía. Yo cerraba los puños sobre las sábanas, respiraba a bocanadas, incapaz de contener los gemidos. Cuando lo tuve por completo, supe que era suya, entregada y sumisa debajo de él.

—Ya la tienes toda —me dijo al oído—. Eres mía, justo como lo soñé.

Lo abracé con las piernas, mi forma de decirle que también él era mío. Empezó a moverse: salía apenas lo justo para dejarme sentir el vacío y volvía a clavarse hasta el fondo. Cada embestida me volvía más loca. Me movía a su ritmo, pegada a él por los brazos, las piernas y la boca.

Sus movimientos se hicieron más largos y firmes. Mis miedos se disolvieron del todo. Soy suya, este es mi lugar. Le dije al oído que era de él, que me encantaba cómo me hacía sentir, y su cara de gozo me confirmó que él disfrutaba tanto como yo.

Llevé mis piernas a sus hombros. Sentí cómo me abría aún más, cómo lo recibía entero, y fue delicioso. Adrián temblaba de excitación; yo me estremecía sin control. Si hubiera sabido que sería así, me habría entregado mucho antes.

Aceleró. Más rápido, más profundo. Yo apenas podía respirar, con la boca abierta buscando aire, sintiendo que me deshacía. Su sexo se puso más grueso, tembló, mi cuerpo se contrajo, y noté cómo estallaba dentro de mí. Sentir su calor disparó mi propio orgasmo: temblé entera, una sensación que jamás había experimentado, olas de calor de la cabeza a los pies.

Quedamos exhaustos, todavía temblando. Adrián intentó retirarse, pero lo abracé y crucé las piernas detrás de él.

—Quédate dentro —le pedí—. Quiero seguir sintiéndote.

Me sostuvo la cara entre las manos y me besó por toda la cara antes de buscar mi boca.

—Soy tuya —le susurré—. Si vas a hacerme el amor siempre así, puedes venir cuando quieras.

Nos quedamos un rato más unidos, hasta que él salió de mí dejándome un vacío imposible de explicar. Fue al baño a limpiarse y yo aproveché para hacer lo mismo. Volví a la cama en tanga y medias, y un momento después regresó con dos copas. Choqué la mía con la suya.

—¡Feliz cumpleaños, amor! —le dije.

Me regaló la sonrisa más sexy que había visto nunca. Dejó las copas en la mesilla, se acostó a mi lado y me abrazó hasta que apoyé la cabeza en su pecho. Me quedé dormida sintiendo sus caricias en la espalda, por fin entera, por fin yo.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (5)

NadiaMx

Que relato tan hermoso, me llego al corazon. Tremendo.

CrisPalermo

Por favor que haya continuacion!!! Me quede con muchas ganas de saber que paso despues.

ValentinaRosas

Me emocione leyendolo, se siente tan real. Muy bien narrado.

Grabi

¿Esto es autobiografico o todo ficcion? Lo pregunto porque tiene un detalle que lo hace sentir muy verdadero.

MatiasLP77

me recordo a una pelicula que vi hace tiempo, esa combinacion de nervios y liberacion es increible. muy buen relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.