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Relatos Ardientes

La diseñadora trans que me esperaba en Bangkok

La galería de arte en el centro de Bangkok olía a madera de teca y a un incienso de sándalo que entraba por las ventanas abiertas. Yo recorría las piezas con la cámara colgada al cuello, usándola como siempre la usaba: de escudo. Tenía treinta y seis años, la piel pálida de un español que recién empezaba a broncearse bajo el sol del trópico, y un cansancio viejo de citas que terminaban en sexo vacío y conversaciones sobre el clima.

Entonces la vi.

Estaba junto a una escultura de crisantemos de bronce, con un vestido negro ajustado que parecía enamorado de su cuerpo. El cabello le caía lacio hasta la cintura. Tenía los labios pintados de un rojo oscuro y unos ojos almendrados que se clavaron en los míos sin el menor pudor. Después supe que se llamaba Naree y que diseñaba interiores. En ese momento solo supe que me había puesto duro antes de cruzar una sola palabra con ella.

—Te gusta lo que ves —dijo. Tenía la voz baja, un poco ronca, con un acento que estiraba cada sílaba—. O nada más buscas el ángulo para tu próxima foto.

Tragué saliva.

—Busco algo real. Por una vez en mi vida.

Ella ladeó la cabeza y me estudió un momento, como si decidiera si valía la pena. Su mirada bajó de mis ojos a mi boca, de mi boca a la cámara, y volvió a subir con una lentitud deliberada que me dejó sin saber qué hacer con las manos. Después sonrió apenas, una curva mínima de los labios rojos, y se dio la vuelta hacia la salida sabiendo que la seguiría. La seguí.

Media hora más tarde estábamos en el ascensor de su edificio, besándonos como si nos faltara el aire. Las puertas se cerraron y la empujé contra el espejo de la pared. Mis manos subieron por sus muslos y sentí la piel caliente, suave, firme. Ella gimió contra mi boca, un sonido grave que me recorrió la espalda.

—Tócame —murmuró—. No tengas miedo.

En su dormitorio, la luz de neón de la ciudad entraba por las cortinas a medio cerrar y pintaba franjas azules y rosadas sobre nosotros. Le bajé el vestido con dedos torpes. Sus pechos eran firmes, los pezones oscuros se endurecieron en cuanto los rocé con la lengua. Bajé más y encontré su sexo: una erección gruesa, ya húmeda en la punta. No era ningún secreto, y la miré con una mezcla de fascinación y vértigo que me avergonzaba y me encendía a partes iguales.

—Quiero probarte —dije, con la voz rota.

Me arrodillé. La tomé en la boca despacio y ella echó la cabeza hacia atrás con un suspiro largo.

—Así —jadeó—. Despacio. Mírame mientras lo haces.

La obedecí. La succioné con hambre, la lengua girando, sintiendo el sabor salado en el paladar. Mis manos apretaban sus nalgas, separándolas apenas. Ella movía las caderas en círculos lentos, marcando el ritmo, controlándome con una calma que me volvía loco.

—Levántate —ordenó.

Me empujó sobre la cama. Me bajó los pantalones y me liberó, ya palpitante. Se sentó a horcajadas sobre mí, pero no me metió todavía. Frotó su sexo contra el mío, piel caliente contra piel caliente, y el roce me arrancó un gruñido.

—Mírame —dijo—. No soy un capricho. No soy un fetiche de turista. Soy esto, completa.

La miré a los ojos mientras se dejaba caer, lenta. Entró con un quejido largo y tembloroso, el cuerpo arqueado sobre el mío.

—Tan grande —susurró—. Lléname.

Empezamos despacio. Yo sentía cada centímetro: el calor de su interior, el apretón, la forma en que su erección rozaba mi vientre cada vez que subía. Sus pechos se movían con cada embestida. Me clavó las uñas en las caderas y el ritmo se volvió frenético. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto.

—Más fuerte —gruñó—. Quiero sentirte hasta el fondo.

La giré, la puse a cuatro patas y la embestí sin tregua. Ella se acariciaba al mismo tiempo, el cuerpo entero estremeciéndose.

—Me corro —gimió—. Ah… no pares.

Se vino primero, sacudida entera, su interior cerrándose alrededor de mí. La seguí segundos después, gruñendo, vaciándome dentro de ella, profundo, hasta que no me quedó aire. Nos derrumbamos juntos, empapados de sudor, las respiraciones rotas. Por primera vez en años, no tuve ninguna gana de irme.

***

Pasaron las semanas. Me mudé temporalmente a su apartamento. Aprendí a cocinar pad thai a su lado, a discutir colores de pared a las tres de la mañana, a dormir con el peso cálido de su cuerpo contra el mío. Aprendí el ritual de sus mañanas: el café espeso, el cigarrillo a medias en el balcón, la forma en que se recogía el pelo con un lápiz cuando se concentraba en un plano. Empecé a fotografiarla sin cámara, guardando cada gesto en algún lugar más hondo que la memoria. Pero también vi las otras cosas: las miradas en la calle, los susurros, los clientes que de pronto «cambiaban de idea» cuando Naree llegaba a una reunión vestida como la mujer que era.

Una noche, después de una cena en la que un conocido mío soltó un comentario velado sobre «turismo sexual», volvimos a casa en silencio. Ella se quitó los tacones de un tirón rabioso.

—No voy a ser tu amante escondida, Adrián. No voy a ser la historia que cuentas a medias. Quiero que me presentes. Que digas mi nombre delante de tu gente.

La abracé por detrás. Apoyé la frente en su nuca y respiré su perfume.

—Te veo —le dije al oído—. Te veo entera. No hay nada de ti que quiera esconder.

Esa vez la llevé a la cama despacio. La desnudé con cuidado, como si tuviera tiempo de sobra. Besé cada centímetro: los pechos, el vientre, su sexo ya tenso y latiendo. La tomé en la boca con lentitud, saboreando, mientras mis dedos la abrían poco a poco por detrás.

—Quiero que sepas que eres mía —murmuré—. Y que yo soy tuyo.

La penetré de lado, abrazándola fuerte contra mí. Movimientos lentos, hondos. Cada embestida era una promesa que no sabía decir con palabras. Ella gemía bajito contra mi hombro.

—Así —susurraba—. No pares. No pares.

Sentía el temblor de sus muslos, el olor a sexo y a perfume caro mezclados. Cuando le mordí el cuello, ella se vino con un sollozo ahogado, el cuerpo entero sacudiéndose entre mis brazos. Yo me corrí dentro, lento, mientras le repetía al oído que la quería. Que la quería completa, sin asteriscos ni excepciones. Nos dormimos pegados, marcados el uno por el otro.

***

La llamada de mi madre desde Sevilla fue el detonante. «¿Cuándo vuelves? ¿Ya tienes una novia decente? Tu prima se casa el mes que viene». Sentí de golpe el peso de toda mi vida anterior, esa que me esperaba intacta del otro lado del mundo, lista para tragarme entero.

Esa misma noche había una fiesta. Naree inauguraba su proyecto más importante: el interiorismo de un hotel boutique a orillas del río. Iban a estar todos los clientes que importaban, toda la gente cuyo respeto ella había peleado durante años. Y yo, en el taxi, con el nudo de corbata flojo y el teléfono todavía caliente por la voz de mi madre, tomé una decisión.

Llegué con ella del brazo. La presenté como mi prometida, mirando a los ojos a cada uno que se acercó. Hubo flashes de cámaras, miradas que duraban un segundo de más, murmullos que no entendí y no quise entender. No me importó nada. Ella me apretó la mano tan fuerte que me dejó las marcas de sus uñas, y esa fue la única señal de lo que aquello significaba para ella.

Volvimos al apartamento pasadas las dos de la mañana, mareados de champán y de victoria. Apenas cerré la puerta, la empujé contra la pared del salón.

—Ahora eres mía delante del mundo —le dije al oído.

La tomé ahí mismo, de pie. Le subí el vestido, le aparté la ropa interior y la penetré de una sola embestida. Ella gritó, no de dolor, sino de algo que llevaba demasiado tiempo conteniendo.

—Sí —jadeó—. No te detengas.

El ritmo se volvió brutal. La levantaba casi del suelo con cada movimiento, las manos clavadas en sus caderas. Ella se acariciaba con furia, la espalda arqueada contra mi pecho, el cuello echado hacia atrás buscando mi boca.

—Acábate dentro —me suplicó—. Quiero llevarte conmigo a la próxima fiesta, debajo del vestido, sin que nadie lo sepa.

La giré, la doblé sobre el respaldo del sofá y la embestí como si el mundo fuera a terminarse al amanecer. Sudor, saliva, piel. El olor era denso, animal, completamente real. Ella se vino con un grito largo, el cuerpo deshecho. Yo rugí y me vacié dentro, una y otra vez, hasta que no quedó nada de mí que no fuera suyo.

Nos quedamos así, unidos, las respiraciones entrecortadas, su espalda subiendo y bajando contra mi pecho.

—Más allá del crisantemo —murmuró ella contra mi brazo, citando el título del libro que yo nunca terminé de escribir, esa novela que arrastraba como una culpa desde antes de conocerla.

Sonreí, todavía dentro de ella, todavía sin querer separarme.

—Ahora empieza la historia de verdad —le dije—. La nuestra.

Y por primera vez entendí que lo real no estaba del otro lado de una lente, ni en las fotos perfectas que coleccionaba para no tener que mirar nada de frente. Estaba dentro de alguien que me miraba como si yo, con todas mis cobardías, también fuera suficiente. Tardé treinta y seis años en encontrarlo, pensé, y casi lo dejo pasar por miedo a lo que dirían en una cena en Sevilla.

Esa noche no dormimos. Hablamos hasta que el sol empezó a filtrarse por las cortinas y pintó de dorado el cuerpo de la mujer que había decidido, por fin, no esconder a nadie.

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Comentarios (5)

DiegoMdq

increible historia, Bangkok como escenario le da un toque exotico que le queda perfecto. Muy bien escrito!

ViajeroSolitario

Por favor una segunda parte!!! me quede con tantas ganas de saber mas de ella

NochesDeRelato

Que linda descripcion del primer encuentro, se siente como si estuvieras ahi de verdad. Gracias por compartirlo

FernandoRba

Me recordo a experiencias que tuve viajando por Asia, ese tipo de encuentros que quedan grabados para siempre. Sigue escribiendo por favor

Fran_cba

El titulo ya engancha y el relato cumple todas las expectativas. Mas asi!!!

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