La musa trans que me enseñó a arrodillarme
La casa de Renata no aparecía en ningún directorio. Me la describieron como un rumor: una mujer que solo posaba de noche, que no dejaba que nadie eligiera la luz por ella, y que los hombres que entraban en su estudio rara vez volvían a ser los mismos. Yo había fotografiado a media docena de las modelos más cotizadas del país, y aun así todas me parecían bocetos sin terminar desde el día en que la vi cruzar una gala de caridad como si el salón entero le perteneciera.
Le escribí durante meses. Cartas, mensajes, llamadas que rara vez contestaba. Cuando por fin aceptó una sesión privada, lo hizo con una sola condición.
—Yo dirijo la luz —dijo al teléfono—. Tú solo aprietas el botón. Si es que llego a dejarte.
Debí colgar entonces. No lo hice.
El estudio ocupaba el ala más alta de su casa, un salón de techos imposibles donde olía a sándalo y a flores que no supe nombrar. No había más que una fuente de luz: un foco que caía a plomo sobre un diván de terciopelo color vino. Y bajo esa luz, esperándome, estaba ella.
Renata llevaba una bata de seda negra que no escondía nada y lo prometía todo. Era más alta que yo, con una espalda larga y unos ojos que parecían medir cuánto resistiría antes de ceder. Sentí que las manos me temblaban al ajustar el enfoque de la cámara.
—No te llamé para que captures mi imagen —dijo, y su voz tenía una gravedad que se me metió en el pecho—. Te llamé para que aprendas a mirar.
—Solo quiero que el mundo vea lo que yo veo —respondí. El pulso me golpeaba en las sienes.
—El mundo no está listo para lo que soy. Tú tampoco. Pero vas a estarlo.
Se levantó del diván con una lentitud calculada y caminó hacia mí. Cada paso de sus tacones marcaba un compás, y yo sentí que ese compás era el de mi propia voluntad rindiéndose. Se detuvo a un palmo de mi cara. El calor de su piel, mezclado con el perfume caro, me mareó.
—Deja la cámara en el suelo —ordenó.
Obedecí sin pensarlo. La autoridad que salía de ella no era un tono de voz: era una fuerza física, una gravedad de la que no podía apartarme.
—Toda tu vida buscaste la perfección en los demás —siguió—. Hoy la vas a encontrar en lo único que nunca te atreviste: entregarte.
Desató el cordón de la bata. La seda resbaló por sus hombros y cayó al suelo, y entonces me quedé sin aire. Renata era una mujer entera, de curvas que desafiaban toda lógica, y entre sus piernas se erguía una polla gruesa, larga, dura ya de solo mirarme, con el glande brillante asomando de un prepucio recogido y un par de huevos pesados colgando bajos. Estaba integrada en ella con una naturalidad que volvía absurda cualquier sorpresa. Era ella, completa, sin pedir permiso a nadie.
—¿Te asusta? —preguntó, con una sonrisa de superioridad—. ¿O al fin encontraste algo que tu lente no puede contener?
No podía apartar la vista de aquella verga que se mecía suavemente al ritmo de su respiración. La mezcla de aquella belleza y de la fuerza que latía en ella me provocó una erección inmediata, casi dolorosa, que empujaba contra la tela del pantalón. Renata lo notó y soltó una risa baja.
—De rodillas —dijo, apoyando la mano en mi hombro y empujándome hacia abajo—. Si quieres fotografiar a una diosa, primero aprende a adorarla con la boca.
Caí sobre la alfombra, con el rostro a la altura de sus caderas. El aroma denso de su excitación —almizcle, sudor caro, sexo— me envolvió y me abrió la boca sola. Su polla me golpeó la mejilla con un peso caliente y yo saqué la lengua sin que me lo pidieran, lamiendo desde los huevos apretados hasta la punta, saboreando la gota espesa que ya asomaba en el glande.
—Eso es —susurró, agarrándome del pelo con una mano firme—. Chúpamela como si tu vida dependiera de ella. Porque desde esta noche, dependerá.
Abrí la boca todo lo que pude y ella me metió la verga hasta el fondo de un solo empujón. Me atraganté, las lágrimas me saltaron a los ojos, la baba me chorreó por el mentón, y ella se rió con una crueldad blanda mientras me sujetaba la cabeza contra su pubis.
—Traga, fotógrafo. Aprende a respirar por la nariz mientras una mujer te folla la garganta.
Empezó a moverse, agarrándome con las dos manos del pelo, entrando y saliendo con un ritmo que no me dejaba tregua. Yo sentía el glande hinchado golpeándome el paladar, la campanilla, el fondo mismo del cuello. Cada vez que se retiraba, un hilo largo de saliva unía mis labios a su polla; cada vez que volvía a hundirla, mi nariz chocaba contra su vientre y respiraba el aroma cálido de sus huevos apretados. Cerré los ojos y me abandoné al vaivén, con la mandíbula abierta al máximo y las manos muertas a los lados, dejando que me usara la boca como un juguete.
—Mírame cuando te la mamas —ordenó, tirándome del pelo hacia arriba—. Quiero ver tus ojos llenos de lágrimas mientras te ahogas con mi verga.
La miré desde abajo, sumiso, y ella aceleró. Sacó la polla brillante de baba, me abofeteó la cara con ella —dos, tres, cuatro veces, un golpe carnoso y húmedo en cada mejilla— y volvió a metérmela hasta el fondo. Yo gemía alrededor de su verga, humillado y erecto, con el pantalón mojado por delante de puro deseo.
—Todavía no me corro en tu boca —dijo al fin, sacándomela con un chasquido obsceno—. Todavía te falta mucho. Ese privilegio se gana.
***
—Quítate la ropa —ordenó después, mientras yo seguía arrodillado, jadeando, con la barbilla empapada—. Quiero ver si el cuerpo que sostiene esa cámara merece estar en mi presencia.
Me desvestí con dedos torpes. La humillación de desnudarme bajo su mirada fría era el afrodisíaco más potente que había probado nunca. Cada prenda que caía me dejaba más expuesto, más a su merced. Cuando quedé desnudo bajo el foco, me sentí pequeño, y mi propia polla me delataba apuntando hacia ella como una súplica, la punta ya humedecida de líquido preseminal.
Renata se acercó. Rodeó mi cuello con una mano —no para asfixiarme, sino para recordarme que en ese instante yo respiraba con su permiso—. La fuerza de aquellos dedos largos me sorprendió.
—Mírate —susurró, obligándome a levantar la cabeza—. Estás temblando. Se te cae la baba y tienes la polla goteando como un perro en celo. Te gusta que una mujer como yo te trate como el objeto que siempre quisiste que fueran tus modelos. Te gusta mi fuerza, ¿verdad?
Bajó la mano por mi pecho, sin prisa, hasta cerrarla sobre mi verga con una firmeza que me hizo jadear. Empezó a masturbarme con una lentitud calculada, apretando la base, deslizando el puño hasta la punta con un giro de muñeca que me arrancó un gemido roto.
—Esto de aquí no sirve de nada en esta casa —dijo, sin dejar de meneármela—. Aquí la única que folla soy yo. Tu polla no es más que un adorno colgando. ¿Entendido?
—Sí —jadeé.
—Sí, ¿qué?
—Sí, señora.
Sonrió y me soltó de golpe. Me obligó a tenderme boca arriba sobre la alfombra. Se montó sobre mi pecho, apoyó las rodillas a los lados de mi cabeza y dejó que su verga caliente descansara sobre mi cara, marcándome la frente y la nariz con su peso. Los huevos pesados me colgaron sobre la boca. —Empieza por abajo —ordenó—. Mama mis huevos uno por uno. Quiero oír cómo los chupas.
Saqué la lengua y los lamí, primero uno y luego el otro, tragándomelos con cuidado, sintiendo su textura arrugada contra el paladar. Ella jadeaba en voz baja y se meneaba encima de mí para restregar su polla contra mi frente. Cuando terminé con los huevos, me obligó a lamer todo el largo de la verga, desde la base hasta la punta, una y otra vez, hasta dejarla brillante de saliva.
—Ahora la punta. Solo la punta. Como una golosina.
Cerré los labios alrededor del glande y chupé, mientras ella me hundía los dedos en el pelo y susurraba obscenidades. Yo buscaba sus caderas con las manos y ella me las apartaba de un manotazo seco.
—Las manos en el suelo —dijo—. Esta noche vas a aprender que el placer más puro nace de la entrega absoluta. Solo la boca. Solo lo que yo te dé.
Volvió a empujar hasta el fondo de mi garganta, esta vez desde arriba, follándome la cara con embestidas cortas y precisas, marcando un ritmo que no me dejaba ni tragar. Sentí sus huevos golpeándome la barbilla en cada envión. Cuando estuvo a punto de correrse, se retiró de golpe, se agarró la polla y me dio con ella una serie de bofetadas húmedas en las mejillas, riéndose al ver cómo yo abría la boca buscando su corrida como un mendigo.
—Todavía no. Esta noche aprendes que desear es lo tuyo.
***
Me levantó del pelo y me guio, desnudo y tembloroso, con la polla aún dura y palpitando entre las piernas, por un pasillo oscuro hasta una habitación circular forrada de espejos. La luz allí era violenta, repetía cada rincón de mi vulnerabilidad y cada curva de ella mil veces. En el centro esperaba una estructura mínima de acero: una especie de potro bajo, con anclajes.
—Tu problema, Damián, es que siempre miraste a través de un visor. Te escondiste detrás del cristal —dijo, empujándome contra el metal—. Ahora vas a ser el cristal.
Con una destreza que delataba costumbre, me sujetó las muñecas por encima de la cabeza con correas de cuero fino. Me obligó a inclinarme hacia delante, con el culo levantado y las piernas abiertas, y me ancló los tobillos a la base. Estaba abierto de par en par, multiplicado por todas las paredes, con el agujero expuesto a la luz y a su mirada.
Renata se colocó detrás de mí, y en el reflejo vi nuestra unión: un hombre atlético y ya roto, y una mujer imponente con la bata abierta como alas, la polla dura apuntando directo a mi entrada.
—Mira lo que eres ante una diosa —dijo, recorriéndome el pecho con las uñas hasta llegar a mis pezones, que pellizcó con crueldad—. Un cuerpo esperando a que lo reclamen. Un culo esperando a que lo abran.
Sentí un frío húmedo entre las nalgas: aceite espeso que ella dejaba caer desde arriba, chorreando por la raja hasta empapar mi entrada. Después, dos dedos largos que se abrieron paso sin pedir permiso, girando dentro de mí, tanteando, buscando. Solté un quejido.
—Estás apretado —murmuró, satisfecha—. Perfecto. Me encanta cuando lloran mientras se abren.
Retiró los dedos y sentí el glande grueso presionando contra el anillo, empujando, buscando entrar. Ella se inclinó sobre mi espalda, la firmeza de sus tetas contra mis omóplatos, y su aliento caliente en mi oreja.
—¿Lo ves en el espejo? No eres un fotógrafo. No eres un hombre. Eres un coño más para mi polla.
La primera embestida fue lenta pero brutal, una reclamación que me abrió centímetro a centímetro y me arqueó la espalda y me arrancó un grito ronco que los espejos devolvieron en mil ecos. Sentí cómo cada nervio del ano se estiraba a su alrededor, cómo la verga se abría paso por mis entrañas, buscando el fondo, hasta que sus huevos golpearon contra mis nalgas con un ruido húmedo. Renata se rió, oscura, y se quedó ahí un instante, quieta dentro de mí, dejándome sentir cada palpitación de su polla contra mis paredes.
—¿Sientes eso? —susurró—. Eso soy yo, dentro de ti, hasta la raíz. Cada centímetro es mío. Vas a aprender a amarlo.
Y empezó a moverse con un ritmo despiadado. Salía casi entera hasta dejar el glande justo en la entrada y volvía a hundirse de un envión largo que me sacaba el aire. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenaba la sala, mezclado con mis gemidos rotos y su respiración ronca. Me sujetó la mandíbula con una mano para obligarme a mirar nuestro reflejo, y aquella imagen —mi cuerpo cediendo al suyo, mi polla dura balanceándose entre mis piernas al ritmo de sus embestidas, la línea de su verga desapareciendo dentro de mí una y otra vez— era insoportable y adictiva a la vez.
—Mírame follarte —gruñó, acelerando—. Mírate abriéndote como una puta.
Cambió el ángulo y de pronto golpeó algo dentro de mí que me hizo ver blanco. Un placer eléctrico me subió desde el vientre, y mi polla, sin que nadie la tocara, empezó a gotear un hilo de líquido claro sobre el suelo. Renata lo vio en el espejo y soltó una carcajada.
—Mira eso. Se te chorrea sola. Cada mujer que te folló antes fue una pérdida de tiempo. Ninguna te encontró aquí dentro como yo.
Aceleró aún más, tirándome del pelo hacia atrás, follándome con embestidas cortas y salvajes que me hacían chocar contra las correas. Sentí el orgasmo trepando por mi espalda, sin manos, solo de ser destrozado por ella.
—No te corras —ordenó, con la voz ronca—. Ni se te ocurra. Si te corres sin mi permiso, esto se acaba y te echo desnudo a la calle.
Apreté los dientes, sollozando, aguantando. Ella se corrió antes que yo. Sentí su verga hincharse dentro de mí y luego el chorro caliente inundándome por dentro, una descarga larga que se derramó en varias oleadas mientras ella gruñía en mi oído y me clavaba las uñas en la cintura. Cuando salió, un hilo espeso de semen y aceite me resbaló por los muslos.
Yo estaba perdido en el laberinto de cristales, viendo cómo me devoraba una y otra vez hasta que la realidad se redujo a un solo punto de dolor y placer bajo su mando.
***
Cuando me soltó las correas, mis brazos cayeron sin vida. Me llevó a un baño que era casi una cripta de mármol negro, con el agua humeando cargada de jazmín. Me hundí en la tina, sintiendo cómo el agua ardiente aliviaba mi culo dolorido, y ella permaneció de pie, observándome desde su altura, con la polla todavía semirrígida colgando entre sus piernas.
—Quedaste limpio del hombre que fuiste —dijo, frotándome la piel con una esponja con una insistencia que rozaba el dolor—. Pero una página en blanco necesita una firma.
Se arrodilló al borde de la tina, no para servirme, sino para dejar la verga justo a la altura de mis ojos. El vapor hacía brillar su piel, y una gota gruesa se formaba en la punta del glande.
—Venérame —ordenó—. Demuéstrame que tu boca solo sirve para esto.
Me incorporé y me la metí de una, hasta el fondo. Esta vez no me atraganté: había aprendido rápido. La chupé despacio, empapándola de saliva, girando la lengua alrededor del glande, deslizándola por todo el largo, dedicándome a los huevos entre chupada y chupada. Ella echó la cabeza atrás, hundió las manos en mi pelo mojado y marcó el ritmo de mi devoción con gemidos cortos, autoritarios.
—Así —jadeó—. Aprende que tu único propósito es esta polla en tu boca.
Empezó a follarme la cara otra vez, más pausada, disfrutándolo. Yo dejé que me usara, con los ojos cerrados, entregado al vaivén. Cuando estuvo a punto, me sujetó por la nuca y me hundió hasta la base, y esta vez sí me corrí en la boca. Un chorro espeso y caliente me llenó la garganta, después otro, y otro más. Me obligó a mantener los labios apretados alrededor de la verga hasta que dejó de latir.
—Trágalo. Todo. Y ábreme la boca para que lo vea.
Tragué con dificultad y abrí la boca. Ella me metió el pulgar dentro, comprobó que no quedara ni una gota, y sonrió.
—Buen chico.
Sentir el peso de su mano sobre mi cabeza me hizo entender que ya no quería volver al mundo de afuera. El ritual me había vaciado de voluntad, y esa nada era lo más parecido a la paz que había conocido.
***
Me sacó del agua de un tirón y me condujo, empapado, hasta un vestidor de espejos ahumados, filas interminables de tacones y un olor denso a cuero y seda.
—Adoraste la belleza —dijo, abriendo un cajón—. Ahora vas a entender lo que cuesta sostenerla.
Me sentó en un taburete y deslizó por mis piernas unas medias finas que se ajustaron como una segunda piel. Después me obligó a entrar en un corsé de satén que me cortó la respiración y me enderezó la espalda. Me hizo ponerme unas bragas de encaje negro tan minúsculas que apenas contenían mi polla, todavía sensible. En el espejo vi una imagen que no reconocí: yo, con lencería y liguero, bajo la sombra de Renata.
—Ahora te pareces más a lo que siempre quisiste fotografiar —dijo—. Pero te falta el toque final.
Me calzó unos tacones de aguja rojos y me hizo ponerme de pie. Los tobillos me temblaban. Me rodeó el cuello con un collar de cuero que terminaba en una cadena de plata.
—Camina para mí —ordenó, y dio un tirón seco.
Lo intenté. La altura y el corsé me hacían tambalear, y ella se reía de mi torpeza con esa risa que me hacía más pequeño. De un movimiento me puso de espaldas contra la pared, frente a un espejo de cuerpo entero. Me bajó las bragas hasta los muslos, sin quitármelas, y me obligó a inclinarme hacia delante apoyando las manos en el cristal.
—¿Sientes la diferencia, Damián? —susurró, mientras su polla, dura otra vez, se frotaba entre mis nalgas—. Entre mirar y ser mirado. Entre ser el fotógrafo y ser la puta que se abre.
Levantó el borde del corsé y me invadió de nuevo, sin preámbulos, entrando de una hasta el fondo en un solo envión brutal. El culo, todavía mojado de su corrida anterior y del aceite, la recibió con un ruido húmedo que retumbó en la habitación. El dolor de los tacones, la presión del corsé y su verga machacándome adentro me cortocircuitaron el cerebro. Lloraba de puro éxtasis y vergüenza, viendo en el espejo cómo me poseía mientras yo lucía como una versión rota de sus modelos, con el rímel corrido y la boca abierta en una mueca de placer.
Me sujetó de las caderas con las dos manos y me folló con embestidas duras, secas, que me hacían golpear las palmas contra el espejo. Cada envión me arrancaba un gemido agudo. Mi polla, atrapada en las bragas, rebotaba a cada golpe, mojando el encaje.
—Eres mi muñeca —jadeó, marcándome las caderas con los dedos—. Y las muñecas no tienen voluntad. Solo se visten y se folla.
Me estiró del pelo hacia atrás, arqueándome, y me susurró al oído sin dejar de embestir:
—Dime lo que eres.
—Tu muñeca —sollocé.
—Más fuerte.
—¡Tu muñeca, tu puta, lo que quieras!
—Buen chico.
***
Unos pasos firmes resonaron en el pasillo. La puerta se abrió y entró otra mujer, de una belleza parecida a la de Renata pero de una frialdad casi militar. Bianca me observó con una mezcla de curiosidad y desprecio, sin sorprenderse lo más mínimo al vernos así: yo doblado contra el espejo, con la polla de Renata todavía dentro de mí.
—Así que este es el famoso fotógrafo —dijo, con una voz que cortaba—. Lo decoraste muy bien. Parece casi humano bajo toda esa seda.
—Es más que un adorno —respondió Renata, sacándomela con un chasquido obsceno y tirando de mi cadena para inclinarme ante ella—. Es una lección. Damián, saluda a nuestra invitada como te enseñé.
Me obligaron a arrodillarme, una hazaña sobre esos tacones. Bianca se sentó en un diván frente a nosotros y cruzó las piernas, subiéndose la falda hasta descubrir que ella tampoco era del todo lo que aparentaba: entre sus muslos, otra polla firme, más delgada que la de Renata pero igual de erguida, ya despierta al vernos. La escena alcanzó su punto más obsceno: yo, vestido de lencería, sirviendo de tributo entre dos mujeres que discutían mi valor como si fuera un objeto de subasta.
—¿Crees que ha aprendido la lección de la entrega? —preguntó Bianca, encendiendo un cigarrillo cuyo humo me envolvió la cara.
—Lo está intentando —dijo Renata—. Compruébalo tú misma. Ábrele la boca.
Bianca me hizo señas con dos dedos. Gateé hacia ella sobre las medias, con la cadena arrastrando por el suelo, y me acomodé entre sus piernas. Me metió la polla en la boca sin preámbulos, agarrándome del pelo, y me la hundió hasta el fondo de la garganta.
—Chupa bien, muñeca —siseó—. Renata te ha enseñado modales, veamos si los aplicas.
La chupé con toda la devoción que había aprendido en las últimas horas: bajando por el tronco, subiendo, girando la lengua alrededor del glande, atendiendo también a los huevos. Bianca soltó un gemido de aprobación y me sujetó la cabeza para follarme la boca a su propio ritmo.
Detrás de mí, Renata se había arrodillado. Sentí el aceite chorreando de nuevo por mi raja y su verga volviendo a abrirse paso dentro de mí. Grité, con la boca llena de la polla de Bianca, y ambas se rieron.
—Justo así —murmuró Renata, empezando a embestir—. Un juguete atravesado por las dos puntas.
Me folló con ganas mientras Bianca me usaba la garganta. Cada envión de Renata me empujaba hacia delante y me clavaba la polla de Bianca hasta el fondo, y cuando Renata retrocedía, yo caía hacia atrás para volver a empalarme en ella. Era una máquina entre ellas, un cuerpo transportado de una a otra por las embestidas, con la baba chorreando por el mentón, las lágrimas resbalando por las mejillas, la polla mía completamente empapando las bragas de encaje.
Conversaban por encima de mí, como si yo no estuviera:
—Tiene una boca decente —comentó Bianca, sin dejar de follarme la cara.
—El culo también aprende rápido —respondió Renata, dándome un manotazo en la nalga que me hizo apretarme en torno a ella—. Se le educa bien.
—Mira la diferencia entre su libertad y tu cautiverio —me ordenó Renata, clavándome los dedos en los hombros—. No eres nada sin nuestro mando.
Bianca se acercó, sacó la verga de mi boca de golpe y empezó a masturbarse frente a mi cara mientras Renata seguía folládome por detrás. Con la otra mano, Bianca me levantó la barbilla con la punta del zapato y me obligó a mirar mi reflejo multiplicado: un hombre quebrado, vestido de mujer, devorado por la autoridad de Renata bajo la mirada de otra reina, con la boca abierta esperando la corrida de Bianca.
—Abre bien —jadeó Bianca—. Saca la lengua.
Obedecí. Ella se corrió con un gruñido, chorros gruesos de semen caliente que me impactaron en la lengua, los labios, la mejilla, el pelo. Y en el mismo momento, Renata soltó un gruñido de triunfo detrás de mí y descargó también dentro de mi culo, una segunda corrida caliente que me llenó por completo. La humillación de ser observado, semen sobre la cara, semen dentro, y el éxtasis de la doble rendición me empujaron a un final que no pude controlar. Mi propia polla, atrapada en el encaje, se descargó sola en las bragas con un espasmo largo que me sacudió entero, y me derrumbé a los pies de Bianca.
***
El silencio que siguió solo lo rompía el siseo del cigarrillo al apagarse. Yo estaba tirado, un despojo de encaje, sudor, semen y lágrimas, con la corrida de Renata todavía escurriéndome por los muslos y la de Bianca goteándome de la barbilla al pecho.
—¿Y bien? —preguntó Bianca, guardándose la polla todavía húmeda bajo la falda—. ¿Qué piensas hacer con este espécimen? Afuera ya empiezan a hacer preguntas por su desaparición.
Renata caminó hasta un escritorio de ébano y bebió un sorbo de licor antes de responder.
—Damián ya no existe —dijo, volviéndose hacia mí—. El fotógrafo murió en el momento en que soltó la cámara. Lo que queda aquí es una extensión de mi voluntad, un coño y una boca que me pertenecen. He hecho desaparecer su estudio y sus cosas. Para el mundo, se retiró a buscar una inspiración que nunca va a encontrar.
El horror de sus palabras se disolvió en un alivio extraño y oscuro. La libertad de no tener que ser un hombre, de no tener que ser nadie más que su juguete follable, me invadió como un veneno dulce.
—Acepta tu destino —murmuró Bianca, acariciándome el rostro manchado con una frialdad casi protectora, recogiendo con el pulgar una gota de su propio semen de mi mejilla y metiéndomela en la boca—. Muchas darían la vida por estar en tu lugar.
Renata tiró de mi cadena y me llevó hasta un balcón que daba al mar. Afuera, el agua rugía contra los acantilados; adentro, el tiempo se había detenido.
—Esta es tu jaula de seda —dijo, pegando su cuerpo al mío una última vez, la polla ya reblandecida frotándose contra mi cadera como una promesa de más—. Serás mi musa, mi sirviente y mi puta. Cuando salga el sol, nosotros seguiremos en nuestra medianoche, donde la única ley es mi deseo.
Se inclinó y me dio un beso frío, un sello de propiedad que sabía a rendición total, con la lengua metida hasta el fondo de mi boca todavía llena de semen ajeno. La puerta se cerró, y con ella el último rastro de mi vida anterior. El fotógrafo que fui se perdió en la penumbra, y en su lugar quedó una criatura sin nombre, devota de la mujer que tenía la fuerza de dos mundos y el corazón de ninguno.