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Relatos Ardientes

La musa trans que me enseñó a arrodillarme

La casa de Renata no aparecía en ningún directorio. Me la describieron como un rumor: una mujer que solo posaba de noche, que no dejaba que nadie eligiera la luz por ella, y que los hombres que entraban en su estudio rara vez volvían a ser los mismos. Yo había fotografiado a media docena de las modelos más cotizadas del país, y aun así todas me parecían bocetos sin terminar desde el día en que la vi cruzar una gala de caridad como si el salón entero le perteneciera.

Le escribí durante meses. Cartas, mensajes, llamadas que rara vez contestaba. Cuando por fin aceptó una sesión privada, lo hizo con una sola condición.

—Yo dirijo la luz —dijo al teléfono—. Tú solo aprietas el botón. Si es que llego a dejarte.

Debí colgar entonces. No lo hice.

El estudio ocupaba el ala más alta de su casa, un salón de techos imposibles donde olía a sándalo y a flores que no supe nombrar. No había más que una fuente de luz: un foco que caía a plomo sobre un diván de terciopelo color vino. Y bajo esa luz, esperándome, estaba ella.

Renata llevaba una bata de seda negra que no escondía nada y lo prometía todo. Era más alta que yo, con una espalda larga y unos ojos que parecían medir cuánto resistiría antes de ceder. Sentí que las manos me temblaban al ajustar el enfoque de la cámara.

—No te llamé para que captures mi imagen —dijo, y su voz tenía una gravedad que se me metió en el pecho—. Te llamé para que aprendas a mirar.

—Solo quiero que el mundo vea lo que yo veo —respondí. El pulso me golpeaba en las sienes.

—El mundo no está listo para lo que soy. Tú tampoco. Pero vas a estarlo.

Se levantó del diván con una lentitud calculada y caminó hacia mí. Cada paso de sus tacones marcaba un compás, y yo sentí que ese compás era el de mi propia voluntad rindiéndose. Se detuvo a un palmo de mi cara. El calor de su piel, mezclado con el perfume caro, me mareó.

—Deja la cámara en el suelo —ordenó.

Obedecí sin pensarlo. La autoridad que salía de ella no era un tono de voz: era una fuerza física, una gravedad de la que no podía apartarme.

—Toda tu vida buscaste la perfección en los demás —siguió—. Hoy la vas a encontrar en lo único que nunca te atreviste: entregarte.

Desató el cordón de la bata. La seda resbaló por sus hombros y cayó al suelo, y entonces me quedé sin aire. Renata era una mujer entera, de curvas que desafiaban toda lógica, y entre sus piernas se erguía una anatomía orgullosa, integrada en ella con una naturalidad que volvía absurda cualquier sorpresa. Era ella, completa, sin pedir permiso a nadie.

—¿Te asusta? —preguntó, con una sonrisa de superioridad—. ¿O al fin encontraste algo que tu lente no puede contener?

No podía apartar la vista. La mezcla de aquella belleza y de la fuerza que latía en ella me provocó una erección inmediata, casi dolorosa. Renata lo notó y soltó una risa baja.

—De rodillas —dijo, apoyando la mano en mi hombro y empujándome hacia abajo—. Si quieres fotografiar a una diosa, primero aprende a adorarla.

Caí sobre la alfombra, con el rostro a la altura de sus caderas. El aroma de su excitación me envolvió. La sesión de fotos había terminado antes de empezar; lo que comenzaba era otra cosa.

***

—Quítate la ropa —ordenó después, mientras yo seguía arrodillado—. Quiero ver si el cuerpo que sostiene esa cámara merece estar en mi presencia.

Me desvestí con dedos torpes. La humillación de desnudarme bajo su mirada fría era el afrodisíaco más potente que había probado nunca. Cada prenda que caía me dejaba más expuesto, más a su merced. Cuando quedé desnudo bajo el foco, me sentí pequeño, y mi propio cuerpo me delataba apuntando hacia ella como una súplica.

Renata se acercó. Rodeó mi cuello con una mano —no para asfixiarme, sino para recordarme que en ese instante yo respiraba con su permiso—. La fuerza de aquellos dedos largos me sorprendió.

—Mírate —susurró, obligándome a levantar la cabeza—. Estás temblando. Te gusta que una mujer como yo te trate como el objeto que siempre quisiste que fueran tus modelos. Te gusta mi fuerza, ¿verdad?

Bajó la mano por mi pecho, sin prisa, hasta cerrarla sobre mí con una firmeza que me hizo jadear.

—Esto de aquí no sirve de nada en esta casa —dijo—. Aquí la única que reclama soy yo.

Me obligó a tenderme boca arriba sobre la alfombra. Se montó sobre mi pecho, dejó que su anatomía rozara mi rostro, hundió los dedos en mi pelo y me abrió la boca.

—Adórame —ordenó—. Saborea el poder que vive en mí.

Me entregué entero. La sensación de ser sometido por una criatura tan segura de sí misma me llevó al borde del delirio. Ella no tenía prisa; disfrutaba de mi rendición voluntaria, marcaba su territorio contra mi piel, me llamaba su juguete entre dientes mientras yo buscaba sus caderas con las manos y ella me las apartaba de un golpe seco.

—Las manos en el suelo —dijo—. Esta noche vas a aprender que el placer más puro nace de la entrega absoluta.

***

Me levantó del pelo y me guio, desnudo y tembloroso, por un pasillo oscuro hasta una habitación circular forrada de espejos. La luz allí era violenta, repetía cada rincón de mi vulnerabilidad y cada curva de ella mil veces. En el centro esperaba una estructura mínima de acero.

—Tu problema, Damián, es que siempre miraste a través de un visor. Te escondiste detrás del cristal —dijo, empujándome contra el metal—. Ahora vas a ser el cristal.

Con una destreza que delataba costumbre, me sujetó las muñecas por encima de la cabeza con correas de cuero fino. Me separó las piernas y las ancló a la base. Estaba abierto, multiplicado por todas las paredes. Renata se colocó detrás de mí, y en el reflejo vi nuestra unión: un hombre atlético y ya roto, y una mujer imponente con la bata abierta como alas.

—Mira lo que eres ante una diosa —dijo, recorriéndome el pecho con las uñas—. Un cuerpo esperando a que lo reclamen.

Sentí su piel contra mi espalda, la firmeza de su pecho entre mis omóplatos y, más abajo, la presión de su deseo buscando el camino con una insistencia que no admitía duda.

—¿Lo ves en el espejo? —me susurró al oído, con el aliento caliente—. No eres un fotógrafo. No eres un hombre. Eres mío.

La primera embestida fue lenta, una reclamación que me arqueó la espalda y me arrancó un grito que los espejos devolvieron en mil ecos. Renata se rió, oscura, y empezó a moverse con un ritmo despiadado. Me sujetó la mandíbula para obligarme a mirar nuestro reflejo, y aquella imagen —mi cuerpo cediendo al suyo— era insoportable y adictiva a la vez.

—Mírame poseerte —gruñó, acelerando.

Yo estaba perdido en el laberinto de cristales, viendo cómo me devoraba una y otra vez hasta que la realidad se redujo a un solo punto de dolor y placer bajo su mando.

***

Cuando me soltó las correas, mis brazos cayeron sin vida. Me llevó a un baño que era casi una cripta de mármol negro, con el agua humeando cargada de jazmín. Me hundí en la tina mientras ella permanecía de pie, observándome desde su altura.

—Quedaste limpio del hombre que fuiste —dijo, frotándome la piel con una esponja con una insistencia que rozaba el dolor—. Pero una página en blanco necesita una firma.

Se arrodilló al borde de la tina, no para servirme, sino para dejar su anatomía justo a la altura de mis ojos. El vapor hacía brillar su piel.

—Venérame —ordenó—. Demuéstrame que tu boca solo sirve para esto.

Me incorporé y la adoré con la lengua, recorriendo cada relieve de su poder, embriagado por su aroma. Ella echó la cabeza atrás, hundió las manos en mi pelo mojado y marcó el ritmo de mi devoción con gemidos cortos, autoritarios.

—Así —jadeó—. Aprende que tu único propósito es este.

Sentir el peso de su mano sobre mi cabeza me hizo entender que ya no quería volver al mundo de afuera. El ritual me había vaciado de voluntad, y esa nada era lo más parecido a la paz que había conocido.

***

Me sacó del agua de un tirón y me condujo, empapado, hasta un vestidor de espejos ahumados, filas interminables de tacones y un olor denso a cuero y seda.

—Adoraste la belleza —dijo, abriendo un cajón—. Ahora vas a entender lo que cuesta sostenerla.

Me sentó en un taburete y deslizó por mis piernas unas medias finas que se ajustaron como una segunda piel. Después me obligó a entrar en un corsé de satén que me cortó la respiración y me enderezó la espalda. En el espejo vi una imagen que no reconocí: yo, con lencería y liguero, bajo la sombra de Renata.

—Ahora te pareces más a lo que siempre quisiste fotografiar —dijo—. Pero te falta el toque final.

Me calzó unos tacones de aguja rojos y me hizo ponerme de pie. Los tobillos me temblaban. Me rodeó el cuello con un collar de cuero que terminaba en una cadena de plata.

—Camina para mí —ordenó, y dio un tirón seco.

Lo intenté. La altura y el corsé me hacían tambalear, y ella se reía de mi torpeza con esa risa que me hacía más pequeño. De un movimiento me puso de espaldas, frente a un espejo de cuerpo entero.

—¿Sientes la diferencia, Damián? —susurró, mientras su deseo golpeaba rítmico contra el encaje—. Entre mirar y ser mirado. Entre ser el fotógrafo y ser la pieza que se rompe.

Levantó el borde de mi prenda y me invadió de nuevo, sin preámbulos. El dolor de los tacones, la presión del corsé y su fuerza dentro de mí me cortocircuitaron el cerebro. Lloraba de puro éxtasis y vergüenza, viendo en el espejo cómo me poseía mientras yo lucía como una versión rota de sus modelos.

—Eres mi muñeca —jadeó, marcándome las caderas—. Y las muñecas no tienen voluntad. Solo se visten y se usan.

***

Unos pasos firmes resonaron en el pasillo. La puerta se abrió y entró otra mujer, de una belleza parecida a la de Renata pero de una frialdad casi militar. Bianca me observó con una mezcla de curiosidad y desprecio.

—Así que este es el famoso fotógrafo —dijo, con una voz que cortaba—. Lo decoraste muy bien. Parece casi humano bajo toda esa seda.

—Es más que un adorno —respondió Renata, tirando de mi cadena para inclinarme ante ella—. Es una lección. Damián, saluda a nuestra invitada como te enseñé.

Me obligaron a arrodillarme, una hazaña sobre esos tacones. Bianca se sentó en un diván frente a nosotros y cruzó las piernas. La escena alcanzó su punto más obsceno: yo, vestido de lencería, sirviendo de tributo entre dos mujeres que discutían mi valor como si fuera un objeto de subasta.

—¿Crees que ha aprendido la lección de la entrega? —preguntó Bianca, encendiendo un cigarrillo cuyo humo me envolvió la cara.

—Lo está intentando —dijo Renata, y sin aviso volvió a invadirme desde atrás.

Solté un grito que se estrelló contra los espejos. Bianca no apartó la vista; se inclinó hacia delante, fascinada, mientras Renata me poseía al ritmo de su propia conversación sobre arte y negocios. El contraste me destrozaba: la elegancia de las dos charlando mientras yo era usado a sus pies.

—Mira la diferencia entre su libertad y tu cautiverio —me ordenó Renata, clavándome los dedos en los hombros—. No eres nada sin nuestro mando.

Bianca se acercó, me levantó la barbilla con la punta del zapato y me obligó a mirar mi reflejo multiplicado: un hombre quebrado, vestido de mujer, devorado por la autoridad de Renata bajo la mirada de otra reina. La humillación de ser observado por una tercera y el éxtasis de la rendición me empujaron a un final que no pude controlar.

Renata soltó un gruñido de triunfo y se derrumbó su propia tensión con una fuerza que me hizo colapsar a los pies de Bianca.

***

El silencio que siguió solo lo rompía el siseo del cigarrillo al apagarse. Yo estaba tirado, un despojo de encaje, sudor y lágrimas.

—¿Y bien? —preguntó Bianca—. ¿Qué piensas hacer con este espécimen? Afuera ya empiezan a hacer preguntas por su desaparición.

Renata caminó hasta un escritorio de ébano y bebió un sorbo de licor antes de responder.

—Damián ya no existe —dijo, volviéndose hacia mí—. El fotógrafo murió en el momento en que soltó la cámara. Lo que queda aquí es una extensión de mi voluntad. He hecho desaparecer su estudio y sus cosas. Para el mundo, se retiró a buscar una inspiración que nunca va a encontrar.

El horror de sus palabras se disolvió en un alivio extraño y oscuro. La libertad de no tener que ser un hombre, de no tener que ser nadie más que su juguete, me invadió como un veneno dulce.

—Acepta tu destino —murmuró Bianca, acariciándome el rostro con una frialdad casi protectora—. Muchas darían la vida por estar en tu lugar.

Renata tiró de mi cadena y me llevó hasta un balcón que daba al mar. Afuera, el agua rugía contra los acantilados; adentro, el tiempo se había detenido.

—Esta es tu jaula de seda —dijo, pegando su cuerpo al mío una última vez—. Serás mi musa, mi sirviente y mi espejo. Cuando salga el sol, nosotros seguiremos en nuestra medianoche, donde la única ley es mi deseo.

Se inclinó y me dio un beso frío, un sello de propiedad que sabía a rendición total. La puerta se cerró, y con ella el último rastro de mi vida anterior. El fotógrafo que fui se perdió en la penumbra, y en su lugar quedó una criatura sin nombre, devota de la mujer que tenía la fuerza de dos mundos y el corazón de ninguno.

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Comentarios (1)

NocheEterna

tremendo relato, me dejo sin palabras

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