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Relatos Ardientes

La travesti que lo dominó en el motel rojo

El cuarto del motel a la salida de Córdoba olía a perfume barato, a sábana recién planchada y a esa humedad dulzona que dejan los cuerpos que pasaron antes. La única luz venía de una lámpara con pantalla roja, y bañaba las paredes de un tono de sangre vieja. Sabrina estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, terminando de retocarse, sabiendo de memoria el efecto que iba a provocar.

La minifalda escocesa, roja y a cuadros, apenas le cubría las nalgas. Las medias de red con pequeños corazones bordados le mordían los muslos y dejaban una franja de piel desnuda antes del borde de la falda. El tanga negro, ya tirante, no alcanzaba a disimular nada: por debajo de la tela se marcaba el bulto duro, grueso, latiendo con cada respiración. Se pasó la lengua por los labios pintados y sonrió de medio lado.

Escuchó la llave en la cerradura y no se dio vuelta enseguida. Lo dejó esperar. Que mirara primero la espalda recta, el pelo cayendo sobre los hombros, las piernas plantadas como quien es dueña del lugar.

—Llegaste —dijo al fin, girando despacio, con una voz grave que no buscaba sonar femenina sino dominante—. Pensé que te ibas a arrepentir en el ascensor y salir corriendo, como el cobarde que sos.

Damián entró y cerró la puerta a su espalda. Tendría poco menos de treinta, hombros anchos, esa pinta de tipo acostumbrado a ganar las discusiones. Pero los puños apretados y la mandíbula tensa lo traicionaban. Y los ojos, sobre todo los ojos: no podían dejar de bajar hacia el borde de esa falda.

—No me arrepiento de nada —contestó, y la última sílaba le tembló apenas.

Se conocían de hacía semanas. Damián la había cruzado primero en el bar de la esquina, después en la vereda, y cada vez había sostenido la mirada un instante de más antes de apartarla, fingiendo que no pasaba nada. Sabrina lo había dejado madurar a fuego lento, contestándole con monosílabos, sabiendo que la curiosidad de un hombre así es una mecha corta. La invitación al motel la había mandado él, con un mensaje a las tres de la mañana que después había intentado borrar. Demasiado tarde.

Sabrina soltó una carcajada corta, seca, sin una gota de ternura. Avanzó hacia él pisando fuerte con los tacos, y cada paso resonaba en el silencio del cuarto.

—¿Ah, no? —Se detuvo a un palmo de su cara—. Entonces explicame por qué desde acá te veo el pantalón a punto de reventar. No me mientas a mí, querido. A vos te puede engañar tu novia. A mí no.

Lo agarró del cuello de la camisa y lo empujó contra la pared con una fuerza que lo descolocó. La espalda de Damián golpeó el revoque y se quedó ahí, quieto, respirando rápido.

—Tocame —ordenó ella, con la boca pegada a su oído—. Metés la mano debajo de la falda y sentís lo que te va a partir en dos esta noche. Ahora.

Él dudó un segundo. Un solo segundo. Después la mano subió por el muslo enfundado en la red, pasó el borde de la falda y los dedos rozaron primero la tela mojada del tanga, después la carne caliente y dura que palpitaba debajo. Damián tragó saliva. Tenía la respiración entrecortada y el pulso golpeándole en las sienes.

—La concha de la lora… —murmuró, con la voz hecha pedazos—. Está durísima.

—¿Te gusta? —Sabrina le clavó las uñas en la nuca y le tiró la cabeza hacia atrás—. Decímelo. En voz alta. Quiero escucharte decir lo que querés.

—Me… me vuelve loco —confesó él, cerrando los ojos—. Te la quiero chupar. Hace días que no pienso en otra cosa.

Ella sonrió como una diabla satisfecha y, de un empujón en el hombro, lo mandó al piso.

—Entonces de rodillas, mi amor. Y abrí bien esa boca, que para esto naciste.

***

Damián cayó de rodillas sobre la alfombra gastada sin oponer resistencia. Sabrina se levantó la falda del todo, con las dos manos, y la verga saltó libre, gruesa, brillante, con una gota espesa asomando en la punta. Le agarró el pelo con el puño cerrado y le pegó la cabeza contra los labios entreabiertos.

—Abrí —dijo, y no era un pedido.

Él abrió la boca y ella entró despacio al principio, mirándolo desde arriba, disfrutando cada centímetro que desaparecía. Damián gimió ahogado, con las palmas apoyadas en los muslos de ella para sostenerse.

—Así, despacito… aprendé a respirar por la nariz —le indicó Sabrina, casi con dulzura, antes de empezar a empujar de a poco con la cadera—. Eso es. Tomátela toda. Quiero verte los ojos llenos de lágrimas.

El ritmo subió. Sabrina lo agarró de la nuca con las dos manos y empezó a moverse contra su boca sin contemplaciones. La saliva le chorreaba a Damián por el mentón y le caía en gotas espesas sobre el pecho. Hacía un ruido húmedo, obsceno, que llenaba el cuarto. Cada tanto él arqueaba la espalda con una arcada, pero no se apartaba. No quería apartarse.

—Buen chico —jadeó ella, mirándolo con los párpados a media asta—. Mirate, todo babeado, hecho un desastre. Quién te viera ahora, el señor que entró haciéndose el duro.

—Mmmph… —fue todo lo que pudo contestar él, con los ojos enrojecidos y vidriosos.

Sabrina sintió el cosquilleo subir por la base y, justo antes de que fuera demasiado tarde, lo sacó de golpe. Un hilo de saliva conectaba todavía la punta con los labios de Damián, que tomó aire como si saliera del fondo del agua.

—Todavía no —dijo ella, recuperando el aliento—. No te voy a regalar el final tan fácil. Primero quiero esa cola.

***

Lo levantó tirándole del pelo, casi sin esfuerzo, y lo arrojó boca abajo sobre la cama. El colchón crujió. Antes de que Damián pudiera acomodarse, Sabrina ya le estaba bajando el pantalón y el bóxer de un tirón seco, dejándolos enredados en los tobillos. El culo le quedó expuesto a la luz roja, tenso, temblando apenas.

—Mirá esto —murmuró ella, abriéndole las nalgas con los pulgares—. Mirá cómo te tiembla. Te morís de ganas, aunque te hagas el que no.

Escupió sin asco y frotó la cabeza gruesa contra el agujero apretado, mojándolo, jugando, sin entrar todavía. Damián gimió contra la almohada y empujó la cadera hacia atrás, buscándola.

—¿Qué querés? —le preguntó Sabrina, deteniéndose justo en el borde—. Si lo querés, lo pedís. Con todas las letras.

—Metémela —dijo él, con la voz quebrada contra la tela—. Por favor. Metémela toda.

—Eso me gusta más.

Empujó de a poco, midiendo. La cabeza forzó la entrada y Damián soltó un quejido largo, mitad dolor, mitad alivio. Sabrina se quedó quieta un momento, dejándolo acostumbrarse, sintiendo cómo el cuerpo debajo de ella se rendía centímetro a centímetro.

—Respirá —le ordenó, una mano firme en la base de la espalda—. Aflojá. Eso es. ¿Sentís cómo te voy ganando?

—Sí —jadeó él—. Está muy adentro… no puedo creer cuánto entra.

—Y todavía falta, mi amor.

Empujó hasta el fondo de una vez y Damián gritó contra la almohada. Sabrina se quedó hundida, completa, respirando sobre su espalda, dándole tiempo. Después empezó a moverse.

***

Las primeras estocadas fueron lentas, largas, casi crueles de tan pausadas. Sabrina lo agarró de las caderas y marcó un ritmo que él tuvo que aprender a soportar. El sonido de la piel contra la piel empezó a llenar el cuarto, sordo y constante, mezclado con los gemidos que Damián ya ni intentaba contener.

—Eso, dejate llevar —murmuraba ella, acelerando—. No te aguantes nada. Quiero escucharte.

—No pares… por favor, no pares —rogaba él, con la cara hundida en la almohada y las manos retorciendo las sábanas.

El golpe se volvió más duro. Sabrina le clavó las uñas en la cadera y empujó con todo el cuerpo, una y otra vez, sin darle tregua. La cama golpeaba contra la pared con un ritmo que delataba todo lo que estaba pasando ahí adentro.

—¿Querés más fuerte? —le gruñó ella—. Decilo.

—Más fuerte —pidió Damián, casi llorando de placer—. Dame más. No me sueltes.

Lo tomó del pelo, le arqueó la espalda y lo embistió con una fuerza que lo hizo gritar. El cuerpo de Damián empezó a temblar de una forma distinta, descontrolada, y de pronto, sin que nadie se la tocara, su propia verga se descargó contra la sábana en sacudidas violentas. El ano se le cerró como un puño alrededor de Sabrina.

—Ahí está… —jadeó ella, sintiéndolo apretarla por dentro—. Me estás ordeñando, hijo de puta. Vení, vení que voy con vos.

Dio tres embestidas más, salvajes, y se hundió hasta el fondo. Un gruñido ronco le salió del pecho mientras se vaciaba caliente y espeso en lo más profundo de él. Los dos se quedaron temblando, pegados, jadeando como si hubieran corrido kilómetros bajo el sol.

***

Cuando por fin salió, despacio, un hilo blanco le corrió a Damián por la nalga y le manchó la cara interna del muslo. Sabrina se dejó caer de espaldas a su lado, la falda hecha un desastre, el pecho subiendo y bajando rápido.

Estiró una mano y le acarició el pelo empapado de sudor, con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.

—Buen chico —dijo en voz baja, ronca—. Te portaste como Dios manda.

Damián, todavía agitado, con la cara apoyada de costado y los ojos a medio cerrar, esbozó algo parecido a una sonrisa.

—La próxima —siguió ella, mirando el techo rojizo— te doy vuelta contra el ventanal, con las cortinas abiertas, para que media Córdoba vea quién manda acá. ¿Te animás?

Él tardó en contestar. Cuando lo hizo, le salió apenas un susurro, pero no había una sola duda en él.

—Cuando quieras —dijo—. Dueña.

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Comentarios (1)

NocheOscura33

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

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