La transexual que escondía un secreto perverso
Conocí a Selene el invierno en que se incorporó al departamento donde yo llevaba ya varios años. Llegó un lunes gris, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa medida, y se presentó a cada uno de nosotros con una formalidad que casi resultaba anticuada. Era una mujer seria, de gestos contenidos, aunque siempre amable. En cuestión de semanas demostró que era endiabladamente competente: resolvía en una mañana lo que a otros nos llevaba días.
Había entrado de lleno en la madurez. Llevaba unas gafas de montura fina, se maquillaba apenas y vestía de un modo sobrio, casi austero, como si quisiera pasar inadvertida. Y sin embargo, a mí me gustó desde el primer día. Si uno se fijaba bien, descubría que era guapa, con unos ojos oscuros y expresivos que parecían reírse por dentro. Bajo aquella ropa recatada se adivinaba además un cuerpo de curvas suaves y firmes que la sobriedad no lograba disimular del todo.
Congeniamos enseguida. Compartíamos el mismo humor seco, la misma manía por las cosas bien hechas, y poco a poco las pausas para el café se fueron alargando. Al cabo de unos meses éramos buenos amigos, de esos que se confiesan cosas en voz baja mientras el resto de la oficina teclea ajeno a todo.
Una tarde, cuando ya existía entre nosotros la confianza suficiente, Selene bajó la voz y me dijo que tenía algo que contarme. Jugueteaba con el borde de su taza, sin atreverse del todo a mirarme.
—Quiero que lo sepas por mí, no por otros —dijo al fin—. Soy transexual. Travesti, si prefieres la palabra antigua. Nací en un cuerpo que no era el mío y llevo años corrigiendo ese error.
Lo dijo como quien confiesa una culpa, tensa, esperando el golpe. No hubo ningún golpe.
—Por mi parte no hay ningún problema —respondí—. No tengo prejuicios con eso. Sigues siendo la misma Selene que me salva el trasero cada vez que se me atasca un informe.
Soltó el aire que llevaba conteniendo y se rió, aliviada. A partir de ese momento se abrió conmigo de un modo distinto. Me contó cosas de su vida, de los años duros, de lo que había tenido que pelear para llegar a ser quien era. Una tarde, en el móvil, me enseñó algunas fotos suyas. En varias aparecía maquillada y vestida de una forma muy distinta a la del trabajo: ropa ajustada, tacones, una sonrisa descarada que no le conocía.
—Estás guapísima ahí —le dije, y lo pensaba de verdad—. Ojalá algún día pudiera verte así.
Ella ladeó la cabeza con una picardía que me erizó la piel.
—Quién sabe —contestó—. A lo mejor surge la ocasión.
No podía imaginar entonces lo cerca que estaba de ver cumplido aquel deseo. Ni mucho menos hasta dónde llegaría la cosa.
***
La ocasión llegó unas semanas después. El director nos cargó con unos informes endiablados, urgentes además de complicados, y vi que Selene se hundía bajo la presión. Me ofrecí a echarle una mano sin pensarlo. Nos quedamos varias tardes hasta tarde, con la oficina vacía y el zumbido de las máquinas de café apagadas, repartiéndonos columnas de cifras y frases que reescribíamos a cuatro manos. Entre los dos sacamos el trabajo adelante a tiempo.
Ella se mostró tan agradecida que, casi a modo de disculpa por las horas robadas, me invitó a cenar a su casa el viernes siguiente.
—Cocino mejor de lo que escribo informes —bromeó—. Y eso ya es decir.
El viernes, a la hora convenida, me planté ante su portal con un ramo de flores que había comprado de camino. Pulsé el intercomunicador y su voz, distorsionada por el altavoz, me abrió la puerta. Subí en un ascensor estrecho que olía a madera vieja y, al llegar al rellano, encontré la puerta del piso entornada.
—¡Pasa, pasa! —oí desde dentro—. Estoy en la cocina rematando un par de cosas.
Entré, cerré tras de mí y avancé hasta el salón. Dejé las flores sobre la mesa y me puse a curiosear los adornos que había sobre un aparador: figuritas de cerámica, un par de fotografías, un cenicero que parecía no haberse usado nunca. Casi de inmediato escuché unos pasos a mi espalda. Me volví para saludarla y la sorpresa me dejó sin palabras.
Para empezar, no llevaba las gafas. Se había maquillado de una forma muy distinta a la del trabajo, sugerente, quizá algo cargada, pero condenadamente sensual. Los labios pintados de un rojo profundo, los ojos delineados, las pestañas largas. En cuanto al atuendo, llevaba una falda de tubo negra que se ceñía a sus caderas y a sus muslos como una segunda piel, y una blusa ajustada de color violeta claro, de manga corta y hombros descubiertos, que dejaba intuir la línea de la clavícula.
—¿Y bien? —preguntó, girando despacio sobre los tacones—. ¿Qué te parezco?
—Estás preciosa —respondí, y la voz me salió más ronca de lo que pretendía—. De verdad, estás increíble.
Sonrió, coqueta, satisfecha del efecto que producía. Me dio las gracias por las flores y por el cumplido con una pequeña reverencia teatral y me invitó a sentarme.
***
Cenamos sin prisa. Había preparado un guiso que olía a domingo de la infancia y una botella de vino tinto que fue desatando la conversación. Charlamos, nos reímos, nos interrumpimos para contar la misma anécdota a la vez. La luz de las velas suavizaba los contornos y, a cada copa, la distancia entre nosotros se acortaba sin que ninguno lo decidiera del todo.
En algún momento dejamos de hablar de la oficina. Selene me contó cómo había aprendido a quererse a sí misma, frente al espejo, una pieza de ropa cada vez, hasta que la mujer del reflejo dejó de ser una promesa y se convirtió en una certeza. Yo la escuchaba con el codo apoyado en la mesa y la copa olvidada en la mano, fascinado por la seguridad serena con la que hablaba de su propio cuerpo. Cuanto más la escuchaba, más deseaba tocarla, y creo que ella lo notaba en mis silencios.
Al terminar el segundo plato, Selene apoyó la barbilla en la mano y me miró con una intención que ya no tenía nada de inocente.
—¿Te apetece postre? —preguntó.
—Depende de lo que haya —contesté, siguiéndole el juego.
Entonces se levantó, rodeó la mesa y se colocó a mi lado. Se inclinó hasta que su perfume me llenó la cabeza y susurró con una voz nueva, melosa y baja:
—¿Qué te parezco yo de postre? Puedo ser más dulce que cualquier pastel.
Y, sin dejar de mirarme, se alzó la falda con dos dedos.
Debajo llevaba unas medias color humo oscuro, con costura recta por detrás, sujetas por un liguero de encaje negro que se ceñía a sus muslos. Los zapatos eran de tacón altísimo, de un morado intenso que hacía juego con su mirada. Todo el conjunto estaba pensado, calculado, montado para ese instante. Para mí.
La miré despacio, de los tacones al escote, y cuando volví a sus ojos no me molesté en disimular.
—Pues lo cierto —dije— es que me apeteces muchísimo.
No pude aguantar más. Me levanté de golpe, la rodeé con los brazos y junté mis labios a los suyos. El beso fue largo, hambriento, de los que borran la habitación entera. Mis manos bajaron por su espalda hasta su trasero y se quedaron allí, acariciando aquellas nalgas firmes y redondas por encima de la falda tensa. Ella respondió pegándose a mí y deslizando una mano entre nuestros cuerpos, buscándome por encima del pantalón, acariciándome hasta notar cómo reaccionaba.
—Mmm... me estás poniendo a cien —murmuró contra mi oído, y su aliento me recorrió el cuello entero—. Y cuando me domina la excitación me vuelvo otra. Una auténtica desvergonzada.
—Vaya —contesté, sin soltarle el trasero—. Qué interesante. ¿Y de qué eres capaz exactamente?
—De lo que quieras —respondió, maliciosa, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Soy buenísima con la boca, créeme. Disfruto de verdad cuando un hombre se deja ir entre mis labios. Y me encanta que me tomen por detrás, sin contemplaciones, hasta quedarme sin aliento.
Su mano seguía moviéndose, lenta, perversa, midiendo mi reacción a cada palabra.
—Casi todos los juegos me gustan —continuó—. Cuanto más prohibidos, mejor.
—Toda una caliente —dije yo, con la respiración entrecortada.
—Puedes estar seguro —respondió Selene, y entonces se apartó apenas, lo justo para mirarme a los ojos, como si quisiera comprobar si yo aguantaba el siguiente nivel—. Pero hay más. Te lo digo ahora, porque no soy de las que esconden lo que son. Tengo gustos que espantan a mucha gente. Fetiches sucios, de los que no se cuentan en la primera cita. Cosas que a casi todos les revuelven el estómago y a mí me encienden por dentro.
Lo dijo despacio, vigilando mi cara, esperando otra vez el golpe, el gesto de rechazo que tantas veces habría visto antes. Yo le sostuve la mirada. Dejé que el silencio se estirara un segundo de más, solo para verla contener la respiración.
—Pues mira qué casualidad —dije al fin, acercando mi boca a la suya—. Llevaba mucho tiempo buscando a una pervertida así, una sin límites ni vergüenza. Y creo que por fin la he encontrado.
Selene abrió mucho los ojos, y lo que vi en ellos no fue alivio: fue hambre. La misma hambre que yo sentía. Me agarró de la camisa, tiró de mí hacia el pasillo y, mientras avanzábamos a tropezones hacia el dormitorio, supe que aquella noche apenas estaba empezando.
(Continuará)