Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La sorpresa que mi mujer escondía bajo la almohada

A partir de aquella noche, otra vez, algunas cosas cambiaron entre nosotros. Lo que durante años había sido una vida sexual rutinaria, con una frecuencia que dejaba bastante que desear, se había transformado en un éxtasis continuo. Yo estaba permanentemente excitado, con la polla medio dura buena parte del día, y bastaba con que Mariela me rozara al pasar por la cocina para que se me pusiera dura del todo. Era normal que tuviéramos algún tipo de intercambio íntimo dos o tres veces al día: una mamada rápida antes del desayuno, un dedo suyo colándose bajo la ropa a media tarde, una sesión larga y sucia por la noche.

Y sin embargo, las penetraciones se volvían cada vez menos frecuentes. Nuestros juegos giraban hacia otro lado: el uso de las medias de nylon, los besos en lugares que antes ni nombrábamos, el sexo oral interminable, las estimulaciones de todo tipo. Ella me mamaba la verga durante horas, con una paciencia de artesana, chupándome el glande con los labios apretados y bajando después hasta la base para lamerme los huevos uno por uno, mientras yo me retorcía en la cama con las medias puestas. Yo terminaba durante la noche de una forma copiosa, casi exagerada, chorros y chorros de semen que ella se tragaba o dejaba caer sobre sus tetas para restregármelos por la cara después, y a la mañana siguiente ya estaba pensando en la siguiente vez.

Ya te conté que me había vuelto una especie de adicto al nylon. Usaba pantimedias debajo de la ropa de calle, sin que nadie lo supiera, y sentía esa tela ajustándose a mi piel como un secreto, apretándome la polla contra el muslo cada vez que caminaba. Pero ahora se había sumado algo más: me había vuelto adicto a darle sexo oral a Mariela, a hundir la cara entre sus muslos y comerle el coño hasta que gritaba, y a recibir de su lengua la estimulación de mi entrada, esa lengua caliente y puntiaguda metiéndose donde nunca antes nadie me había tocado. Demás está decirte que me mantenía completamente depilado, la verga, los huevos y el culo lisos como los de un pendejo. Me convencía a mí mismo de que era por la sensación agradable de ponerme las medias sobre la piel lisa. No era del todo cierto, pero la mentira era cómoda.

Bastaba con que ella se insinuara, con un gesto mínimo, para que yo me pusiera en cuatro sobre la cama, con el culo bien abierto y expuesto, y le ofreciera mi parte de atrás para que la lamiera. Lo hacía sin pensarlo, casi como un reflejo, como si mi cuerpo respondiera antes que mi cabeza. Y ella se tomaba su tiempo: primero me besaba las nalgas, después me separaba los cachetes con las dos manos y me lamía desde los huevos hasta el agujero, empapándomelo de saliva, hasta que empezaba a clavar la punta de la lengua ahí, a rodearme el borde y a empujar hacia adentro. Yo hundía la cara en la almohada para no gritar como una perra.

Otra cosa que cambió fueron los sueños. La temática general era siempre la misma: dos mujeres a los lados de mi cama, rozando mi cuerpo con los suyos enfundados en nylon. Pero parecía que con cada práctica nueva que incorporábamos despierto, aparecía una fantasía nueva mientras dormía.

Casi todas las noches soñaba lo mismo. Yo en mi cama, las dos mujeres enfundadas en medias, una de ellas ofreciéndome su coño empapado para que la besara y se lo comiera bien comido mientras la otra me la agarraba y me masturbaba a través de las pantimedias que, invariablemente, llevaba puestas en el sueño. Sentía la tela mojarse de mi propio líquido preseminal y la mano ajena refregándome la verga por encima del nylon, arriba y abajo, sin dejarme jamás acabar.

Esa semana, sin embargo, se sumó un elemento nuevo. Mientras yo besaba a una de ellas, con la lengua enterrada entre sus labios y el clítoris latiéndome en la boca, la otra me masturbaba sin permitirme nunca llegar al final, y a la vez empezaba a explorar mi entrada con uno de sus dedos. Primero un roce, apenas una caricia con la yema mojada; después la presión, un centímetro adentro, dos, sacudiéndome por dentro mientras me apretaba la polla con la otra mano. No era exactamente el mismo sueño cada noche. A veces una besaba a la otra, con las lenguas peleándose sobre mi coño improvisado. A veces me ponían en cuatro y, mientras yo lamía a una hundiendo la nariz en su ojete perfumado, la segunda me lamía a mí con calma, empapándome el agujero, para después comenzar a introducir un dedo entero hasta los nudillos.

Y a veces no era un dedo. A lo largo de la semana fueron apareciendo pequeños vibradores con los que me estimulaban, zumbándome contra el borde del culo antes de metérmelos, y que crecían de tamaño de una noche a la otra. En una ocasión incluso soñé que me colocaban un plug pequeño, y mientras lo sentía clavándose dentro de mí, abriéndome, obligándome a rendirme, recibía los masajes en mis genitales con dos manos enguantadas en nylon y, por supuesto, lamía a la otra mujer con la lengua tan afuera que me dolía la mandíbula.

Lo que sí era invariable era la letanía que escuchaba mientras todo aquello sucedía:

—Qué lindo se siente, ¿verdad?

—¿No te gustaría tener un orgasmo así, sin que nadie te toque la pija?

—Si estimulo tu próstata, vas a terminar sin que nadie te toque, chorreando como una nena.

—Qué desperdicio no aprovechar un culo como el tuyo.

—¿Ves que hay un mundo de sensaciones que no te animás a explorar?

—¿No querés probar algo nuevo, algo más grande?

Esas son algunas de las frases que recuerdo. El caso es que, sin falta, me despertaba con la verga durísima pegada al ombligo y enloquecido por encontrar algún tipo de alivio. La sábana enredada entre las piernas, la respiración agitada, el corazón golpeándome el pecho, la mancha húmeda del líquido preseminal empapando el elástico de las medias.

Tengo que confesarte algo. En más de una ocasión, mientras me duchaba por la mañana y me masturbaba buscando ese alivio, con el agua caliente cayéndome sobre la nuca, me sorprendí explorando con un par de dedos mi propia entrada. Me embadurnaba los dedos con jabón, me apoyaba una mano contra los azulejos y con la otra me abría el culo para meterme primero uno, después dos, moviéndolos en círculos y curvándolos hacia adelante buscando ese punto del que hablaba Mariela en mis sueños. No puedo mentirte: me encantaba. Explorarme con los dedos mientras me hacía la paja era al mismo tiempo sensacional, por el placer que me daba, e insatisfactorio, porque llegaba al final demasiado rápido, salpicando la pared con chorros de leche, y me quedaba con la certeza de que faltaba algo más grande, algo más adentro.

Esos sueños de estimulación se repitieron varios días. Cada mañana me despertaba con la sospecha de que Mariela sabía más de lo que decía, como si de algún modo pudiera ver lo que pasaba dentro de mi cabeza mientras dormía. La miraba prepararse el café en la cocina, todavía despeinada, con la bata entreabierta y una teta asomando, y me preguntaba cuánto de todo aquello era casualidad y cuánto un plan que ella iba armando con paciencia, pieza por pieza, sin apurarse.

No le decía nada. En parte por vergüenza y en parte porque, en el fondo, no quería que se detuviera. Había una corriente entre nosotros que no existía antes, una tensión que llenaba los silencios de la casa, y yo me descubría esperando la noche con una ansiedad que no sentía desde los primeros meses de novios. Hasta que una noche pasó.

***

Estábamos en medio de los juegos de siempre. Ella con las medias negras hasta la cintura, yo con las mías puestas también, ya con la verga marcándose contra la tela. Me arranqué las pantimedias hasta la mitad de los muslos, me coloqué en cuatro y le presenté el culo con las piernas bien abiertas, ansioso por recibir esa lengua que ya conocía de memoria. Sentí cómo me abría los cachetes con las manos y me lamía de arriba abajo, con calma primero y con hambre después, clavándome la punta de la lengua en el agujero y empujando adentro. Empecé a gemir bajito, perdido en la sensación, moviendo las caderas hacia atrás para pedirle más, hasta que en cierto momento la vi estirar la mano y tomar algo que estaba escondido debajo de la almohada. Un instante después sentí un líquido frío recorriéndome, chorreándome por la raya del culo y bajando hasta los huevos.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, girando apenas la cabeza.

—Tranquilo. Es una sorpresa, y estoy segura de que te va a gustar.

Empezó a acariciarme el agujero con los dedos, esparciendo el gel en círculos alrededor del borde, con una paciencia que me desarmaba, hasta que finalmente sentí cómo introducía uno dentro de mí. Entró entero, sin resistencia, porque yo ya estaba abierto de tanta lamida y tanta ganas. Deduje entonces, con una lucidez admirable, que lo que me había puesto era lubricante. Brillante deducción la mía.

Siguió jugando con el dedo, entrando y saliendo despacio, curvándolo adentro para tocarme justo ahí, en ese punto que me hacía apretar los ojos y morder la almohada. Se me escapaba un gemido cada vez que empujaba hondo. Puedo asegurarte que tenía razón. Me gustaba. Me gustaba muchísimo. Me abandoné a esas sensaciones nuevas, con la cara hundida en la almohada y el culo levantado como una perra en celo, hasta que en un momento me di cuenta, sorprendido, de que ya no tenía un dedo dentro sino dos. Los movía en tijera, abriéndome, dilatándome, mientras con la otra mano me agarraba la polla y me la sacudía despacio, apenas lo justo para mantenerme al borde. Yo ya no sabía si empujar el culo hacia atrás contra sus dedos o hacia adelante contra su puño.

—Aflojá, amor —me susurró—. Aflojá el culito para mí.

Después de un rato volvió a meter la mano debajo de la almohada. ¿Qué más guardará ahí esta mujer, por Dios?, pensé. Y casi de inmediato sentí en el agujero un objeto algo más contundente que un dedo, frío, duro, con una punta redondeada que empujaba pidiendo permiso. La presión cedió, entró un centímetro, dos, y ella lo retiró; llegó un poco más de lubricante chorreándome adentro, y la presión volvió, esta vez más profunda. Eso se repitió tres o cuatro veces. No lo recuerdo con exactitud, porque para entonces el juego me estaba fascinando demasiado como para llevar la cuenta. Sentí en un momento que la parte más gruesa del juguete forzaba el anillo, un tirón, un ardor breve, y después una plenitud increíble cuando el aro se cerró detrás de la base.

—Listo. Ya está. ¿Te gusta? —me preguntó, dándome una nalgada suave.

—¿Qué hiciste?

—¿No te gustó?

—Me encantó. Pregunto por curiosidad qué hiciste.

—En este preciso momento tenés adentro del culo un plug anal. El más chico que encontré, por ser la primera vez. Sabía que te iba a gustar.

—Y tenías razón —dije, sintiendo la presión del juguete fijo dentro de mí, la base apretándome entre los cachetes, una plenitud rara y deliciosa al mismo tiempo que me obligaba a apretar los muslos.

—Pero no creas que vas a ser el único que disfrute. Compré dos.

Entendí de inmediato que aquello era una invitación. Que el otro era para ella, y que ahora me tocaba a mí. Se dio vuelta, se puso en cuatro, y me mostró todo: el coño abierto y brillante, y más arriba el ojete cerradito, apretado, virgen por ese lado. Me acomodé entre sus piernas y empecé a lamerle la entrada del culo buscando relajarla. Nunca antes habíamos practicado nada parecido por ese lado, y suponía que debía ser cuidadoso, gentil, ir despacio para dilatarla por primera vez. Le clavé la lengua ahí, la empujé, la moví en círculos, mientras con dos dedos le abría el coño y le recogía la humedad para untársela alrededor del agujero.

Igual que ella, tomé un poco de gel y me lo puse en la mano. Mientras le chupaba el clítoris con los labios, ese botón hinchado que le latía en la boca, comencé a esparcirlo por su ojete, acariciando con los dedos la apertura fruncida, esperando a que cediera, e introduciendo muy despacio uno de mis dedos. Ella dio un respingo y después soltó un gemido largo, agudo.

—Ay, la puta madre —dijo entre dientes—. Seguí, seguí despacio.

Una vez adentro, empecé a moverlo, entrando y saliendo lentamente, sintiendo cómo ese aro apretadísimo se aflojaba de a poco alrededor de mi dedo, sin dejar de lamerle el coño con la lengua bien plana. Ella respiraba cada vez más fuerte, empujaba el culo hacia atrás, se restregaba contra mi cara.

—Ponelo de una vez, que no aguanto más —me dijo, desesperada, con la voz ronca—. Metémelo, dale.

—Paciencia. Estos momentos hay que disfrutarlos —fue mi respuesta. Confieso que me gustaba tener, por una vez, el control del ritmo, y verla a ella suplicándome como yo le había suplicado tantas veces.

Tomé entonces el plug, que en realidad era apenas un poco mayor que un dedo, lo bañé bien en lubricante hasta que quedó chorreando y, de la misma forma que ella había hecho conmigo, lo apoyé contra su entrada. Hice una ligera presión y esperé a que su cuerpo se abriera y aceptara el juguete. Ella empujó también, colaboró, y de a poco el plug fue entrando: la punta primero, la parte gruesa después, un pequeño quejido cuando el aro cedió, y por fin la base quedó afuera, con el resto bien adentro. Empecé a moverlo muy despacio, sacándolo un centímetro y volviéndolo a hundir, y comprendí, por su forma, que quedaba firmemente asegurado dentro de ella sin necesidad de sostenerlo.

Así estábamos los dos, cada uno con su plug puesto, mirándonos en la penumbra con una complicidad nueva. Ella se dio vuelta boca arriba, abrió las piernas envueltas en el nylon negro y me mostró el coño empapado, brilloso, con el clítoris hinchado latiendo entre los labios. Fue entonces cuando la penetré. Le clavé la polla de una sola estocada, hasta el fondo, y los dos gritamos: yo porque el plug se me movía adentro con cada empuje, empujándome contra la próstata; ella porque el suyo la hacía sentir doblemente llena, la verga adelante y el juguete atrás.

Y mientras la cogía, con las piernas de ella cruzadas sobre mi espalda, sus manos se estiraron hacia mi culo y encontraron la base del plug. Empezó a jugar con él, moviéndolo, retirándolo un poco, girándolo, volviéndolo a colocar de un empujón. Cada vez que me lo hundía yo empujaba hacia adelante y le metía la verga hasta la última pulgada. Eran todas sensaciones desconocidas, una sobre otra: la humedad apretada del coño de ella tragándome la pija, el peso duro del plug adentro mío que le respondía golpe por golpe a su mano, la tela de las medias raspándome los muslos, sus tetas rebotando cada vez que yo la embestía. De verdad estaba sintiendo un placer que jamás había sentido en toda mi vida.

No pensaba en nada. No me avergonzaba de nada. Solo existía aquello: el calor de su cuerpo, la plenitud dentro del mío, su mano que sabía exactamente qué hacer, el ruido húmedo y sucio de nuestros cuerpos chocando. Sentí que se me venía desde muy adentro, desde un lugar que no sabía que existía, y cuando ella me arrancó el plug de un tirón justo en el momento justo, terminé con una intensidad que me dejó temblando, disparándole adentro del coño chorro tras chorro de semen, tantos que sentí cómo empezaba a escurrírsele por las nalgas. Ella un instante después, aferrada a mi espalda con las uñas clavadas, se corrió gritando algo que no entendí, apretándome la polla con las paredes del coño con tanta fuerza que me sacó la última gota.

Nos quedamos un rato quietos, encastrados, jadeando. Después ella misma se volvió a meter el plug con calma, sin decir nada, sonriendo. Cuando terminamos de coger nos quedamos dormidos uno junto al otro, los dos con el plug todavía puesto, sintiéndolo ahí, un recordatorio silencioso de lo que acababa de pasar. Y antes de cerrar los ojos pensé que aquellos sueños de las dos mujeres enfundadas en nylon ya no eran tan sueños. Que algo de todo eso, cada noche, se estaba volviendo verdad.

No sabía hasta dónde iba a llevarme aquel camino. Solo sabía que no quería bajarme.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(8)

NocturnoMDQ

Que giro tremendo, no me lo esperaba para nada. Quede pegado a la pantalla hasta el final, muy bien contado.

RomyBA

increible!!! de lo mejor que lei en esta categoria en mucho tiempo

CuriosoLector22

Hay segunda parte?? porque me quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues de eso

MiguelBA_77

Me gusto como lo narraste, se siente real sin ser burdo. Se nota que sabes escribir

Susi_lectora

Dios mio que sorpresa me lleve leyendo esto jaja, no esperaba ese final para nada. Muy bueno!!

ElBrunoDelNorte

Buen relato, corto pero bien armado. Esperamos mas de tu parte

AndreaNight

Me recordo a una situacion similar que viví hace años... hay que estar abierto a las sorpresas de la vida jaja. Muy lindo relato

PatoSalta

excelente!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.