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Relatos Ardientes

La sorpresa que mi mujer escondía bajo la almohada

A partir de aquella noche, otra vez, algunas cosas cambiaron entre nosotros. Lo que durante años había sido una vida sexual rutinaria, con una frecuencia que dejaba bastante que desear, se había transformado en un éxtasis continuo. Yo estaba permanentemente excitado. Era normal que tuviéramos algún tipo de intercambio íntimo dos o tres veces al día.

Y sin embargo, las penetraciones se volvían cada vez menos frecuentes. Nuestros juegos giraban hacia otro lado: el uso de las medias de nylon, los besos en lugares que antes ni nombrábamos, el sexo oral interminable, las estimulaciones de todo tipo. Yo terminaba durante la noche de una forma copiosa, casi exagerada, y a la mañana siguiente ya estaba pensando en la siguiente vez.

Ya te conté que me había vuelto una especie de adicto al nylon. Usaba pantimedias debajo de la ropa de calle, sin que nadie lo supiera, y sentía esa tela ajustándose a mi piel como un secreto. Pero ahora se había sumado algo más: me había vuelto adicto a darle sexo oral a Mariela, y a recibir de su lengua la estimulación de mi entrada. Demás está decirte que me mantenía completamente depilado. Me convencía a mí mismo de que era por la sensación agradable de ponerme las medias sobre la piel lisa. No era del todo cierto, pero la mentira era cómoda.

Bastaba con que ella se insinuara, con un gesto mínimo, para que yo me pusiera en cuatro y le ofreciera mi parte de atrás para que la lamiera. Lo hacía sin pensarlo, casi como un reflejo, como si mi cuerpo respondiera antes que mi cabeza.

Otra cosa que cambió fueron los sueños. La temática general era siempre la misma: dos mujeres a los lados de mi cama, rozando mi cuerpo con los suyos enfundados en nylon. Pero parecía que con cada práctica nueva que incorporábamos despierto, aparecía una fantasía nueva mientras dormía.

Casi todas las noches soñaba lo mismo. Yo en mi cama, las dos mujeres enfundadas en medias, una de ellas ofreciéndome su entrada para que la besara mientras la otra me masturbaba a través de las pantimedias que, invariablemente, llevaba puestas en el sueño.

Esa semana, sin embargo, se sumó un elemento nuevo. Mientras yo besaba a una de ellas, la otra me masturbaba sin permitirme nunca llegar al final, y a la vez empezaba a explorar mi entrada con uno de sus dedos. No era exactamente el mismo sueño cada noche. A veces una besaba a la otra. A veces me ponían en cuatro y, mientras yo lamía a una, la segunda me lamía a mí para después comenzar a introducir un dedo.

Y a veces no era un dedo. A lo largo de la semana fueron apareciendo pequeños vibradores con los que me estimulaban, y que crecían de tamaño de una noche a la otra. En una ocasión incluso soñé que me colocaban un plug pequeño, y mientras lo sentía clavándose dentro de mí recibía los masajes en mis genitales y, por supuesto, lamía a la otra mujer.

Lo que sí era invariable era la letanía que escuchaba mientras todo aquello sucedía:

—Qué lindo se siente, ¿verdad?

—¿No te gustaría tener un orgasmo así?

—Si estimulo tu próstata, vas a terminar sin que nadie te toque.

—Qué desperdicio no aprovechar un cuerpo como el tuyo.

—¿Ves que hay un mundo de sensaciones que no te animás a explorar?

—¿No querés probar algo nuevo?

Esas son algunas de las frases que recuerdo. El caso es que, sin falta, me despertaba con una excitación terrible y enloquecido por encontrar algún tipo de alivio. La sábana enredada, la respiración agitada, el corazón golpeándome el pecho.

Tengo que confesarte algo. En más de una ocasión, mientras me duchaba por la mañana y me masturbaba buscando ese alivio, me sorprendí explorando con un par de dedos mi propia entrada. No puedo mentirte: me encantaba. Explorarme con los dedos mientras me tocaba era al mismo tiempo sensacional, por el placer que me daba, e insatisfactorio, porque llegaba al final demasiado rápido y me quedaba con la certeza de que faltaba algo.

Esos sueños de estimulación se repitieron varios días. Cada mañana me despertaba con la sospecha de que Mariela sabía más de lo que decía, como si de algún modo pudiera ver lo que pasaba dentro de mi cabeza mientras dormía. La miraba prepararse el café en la cocina, todavía despeinada, y me preguntaba cuánto de todo aquello era casualidad y cuánto un plan que ella iba armando con paciencia, pieza por pieza, sin apurarse.

No le decía nada. En parte por vergüenza y en parte porque, en el fondo, no quería que se detuviera. Había una corriente entre nosotros que no existía antes, una tensión que llenaba los silencios de la casa, y yo me descubría esperando la noche con una ansiedad que no sentía desde los primeros meses de novios. Hasta que una noche pasó.

***

Estábamos en medio de los juegos de siempre. Yo me coloqué en cuatro, ansioso por recibir esa lengua que ya conocía de memoria. Sentí cómo me besaba y empecé a gemir bajito, perdido en la sensación, hasta que en cierto momento la vi estirar la mano y tomar algo que estaba escondido debajo de la almohada. Un instante después sentí un líquido frío recorriéndome.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, girando apenas la cabeza.

—Tranquilo. Es una sorpresa, y estoy segura de que te va a gustar.

Empezó a acariciar mi entrada con los dedos, con una paciencia que me desarmaba, hasta que finalmente sentí cómo introducía uno dentro de mí. Deduje entonces, con una lucidez admirable, que lo que me había puesto era lubricante. Brillante deducción la mía.

Siguió jugando con el dedo, entrando y saliendo despacio, y puedo asegurarte que tenía razón. Me gustaba. Me gustaba muchísimo. Me abandoné a esas sensaciones nuevas, con la cara hundida en la almohada, hasta que en un momento me di cuenta, sorprendido, de que ya no tenía un dedo dentro sino dos.

Después de un rato volvió a meter la mano debajo de la almohada. ¿Qué más guardará ahí esta mujer, por Dios?, pensé. Y casi de inmediato sentí en mi entrada un objeto algo más contundente que un dedo. La presión cedió, llegó un poco más de lubricante, y la presión volvió. Eso se repitió tres o cuatro veces. No lo recuerdo con exactitud, porque para entonces el juego me estaba fascinando demasiado como para llevar la cuenta.

—Listo. Ya está. ¿Te gusta? —me preguntó.

—¿Qué hiciste?

—¿No te gustó?

—Me encantó. Pregunto por curiosidad qué hiciste.

—En este preciso momento tenés dentro un plug anal. El más chico que encontré, por ser la primera vez. Sabía que te iba a gustar.

—Y tenías razón —dije, sintiendo la presión del juguete fijo dentro de mí, una plenitud rara y deliciosa al mismo tiempo.

—Pero no creas que vas a ser el único que disfrute. Compré dos.

Entendí de inmediato que aquello era una invitación. Que el otro era para ella, y que ahora me tocaba a mí. Me acomodé entre sus piernas y empecé a lamerle la entrada buscando relajarla. Nunca antes habíamos practicado nada parecido por ese lado, y suponía que debía ser cuidadoso, gentil, ir despacio para dilatarla por primera vez.

Igual que ella, tomé un poco de gel. Mientras le lamía el clítoris, comencé a esparcirlo por su entrada, acariciando con los dedos la apertura, esperando a que cediera, e introduciendo muy despacio uno de mis dedos.

Una vez adentro, empecé a moverlo, entrando y saliendo lentamente, sin dejar de estimularla con la lengua. Ella respiraba cada vez más fuerte.

—Ponelo de una vez, que no aguanto más —me dijo, desesperada.

—Paciencia. Estos momentos hay que disfrutarlos —fue mi respuesta. Confieso que me gustaba tener, por una vez, el control del ritmo.

Tomé entonces el plug, que en realidad era apenas un poco mayor que un dedo, lo lubriqué bien y, de la misma forma que ella había hecho conmigo, lo apoyé contra su entrada. Hice una ligera presión y esperé a que su cuerpo se abriera y aceptara el juguete. Al poco tiempo ya estaba completamente adentro. Empecé a retirarlo muy despacio y comprendí, por su forma, que quedaba firmemente asegurado dentro de ella sin necesidad de sostenerlo.

Así estábamos los dos, cada uno con su plug puesto, mirándonos en la penumbra con una complicidad nueva. Fue entonces cuando la penetré. Y mientras lo hacía, ella jugaba con el plug en mi entrada, moviéndolo, retirándolo un poco, volviéndolo a colocar. Eran todas sensaciones desconocidas, una sobre otra, y de verdad estaba sintiendo un placer que jamás había sentido en toda mi vida.

No pensaba en nada. No me avergonzaba de nada. Solo existía aquello: el calor de su cuerpo, la plenitud dentro del mío, su mano que sabía exactamente qué hacer. Terminé con una intensidad que me dejó temblando, y ella un instante después, aferrada a mi espalda.

Cuando terminamos de hacer el amor nos quedamos dormidos uno junto al otro, los dos con el plug todavía puesto. Y antes de cerrar los ojos pensé que aquellos sueños de las dos mujeres enfundadas en nylon ya no eran tan sueños. Que algo de todo eso, cada noche, se estaba volviendo verdad.

No sabía hasta dónde iba a llevarme aquel camino. Solo sabía que no quería bajarme.

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Comentarios (5)

NocturnoMDQ

Que giro tremendo, no me lo esperaba para nada. Quede pegado a la pantalla hasta el final, muy bien contado.

RomyBA

increible!!! de lo mejor que lei en esta categoria en mucho tiempo

CuriosoLector22

Hay segunda parte?? porque me quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues de eso

MiguelBA_77

Me gusto como lo narraste, se siente real sin ser burdo. Se nota que sabes escribir

Susi_lectora

Dios mio que sorpresa me lleve leyendo esto jaja, no esperaba ese final para nada. Muy bueno!!

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