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Relatos Ardientes

Mi segunda vez de travesti en el cine porno

Hola, soy Naty. Después de mi primera experiencia en aquel cine porno, donde varios hombres me usaron por la boca y por el culo y yo lo disfruté cada segundo, supe que iba a volver. Una semana entera estuve dándole vueltas a la idea, hasta que no aguanté más y armé la mochila.

Metí mi ropa femenina, el vestido fucsia que me deja la espalda al aire y apenas me cubre el trasero. Tengo buen culo, todos los hombres me lo dicen, y esa noche pensaba sacarle provecho. Sumé zapatos de taco, tangas, un brasier, la peluca negra y el maquillaje. Cerré el cierre y salí sin pensarlo dos veces.

Entré a la sala y me senté un rato hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Cuando pude distinguir las butacas, vi que había bastante público. Unos se besaban entre ellos, otros hacían sexo oral, y al fondo una travesti recibía a un hombre en cuatro mientras varios la rodeaban masturbándose. Algunos pasivos se me acercaban a pedirme que se las chupara, pero yo les decía que también era pasiva y se iban resignados.

Al rato se sentó a mi lado una travesti que ofrecía sus servicios. Le conté a qué había ido, que quería hacer realidad una fantasía.

—¿Estás segura de esto? —me preguntó mirándome a los ojos.

—Segurísima —le contesté.

—Soy Sofi. Esperame acá, voy a hablar con las chicas.

Volvió a los diez minutos y me hizo una seña. La seguí hasta una puerta al fondo de la sala. Tocó, y abrió un señor moreno y maduro. Entramos a un cuartito con una cama, una mesita y dos sillas.

—Él es Ramiro, se encarga del orden y la limpieza —me explicó Sofi.

Lo saludé y el hombre me sonrió con amabilidad. Enseguida entraron las otras dos chicas, Mara y Vivi, que me explicaron las reglas. Por ser nueva, debía dejarles la mitad de lo que ganara la primera noche. Acepté sin chistar: yo no había ido por dinero.

—Cambiate tranquila, después salimos juntas —me dijeron, y me dejaron a solas con Ramiro.

***

Me desnudé delante de él, que me miraba sentado en la cama. Me puse la ropa que había traído, me maquillé con cuidado y me miré al espejo. Estaba lista.

—Sos bien linda —murmuró Ramiro.

—Gracias —le dije toda coqueta, y me acerqué a darle un beso en la mejilla.

Él aprovechó para apretarme las nalgas con una mano.

—Pícaro —le reproché entre risas.

En eso volvieron las chicas. Me terminaron de explicar cómo tratar a los clientes y cuánto cobrar, me abrazaron las tres y salimos a la sala. Cada una tomó una zona distinta. Yo empecé a caminar con mi cartera, que llevaba papel, condones y maquillaje. Los hombres me devoraban con la mirada.

—¿Cuánto cobrás? —me preguntaban al pasar.

Yo les decía mi tarifa y muchos me pedían que volviera en un rato. Di una vuelta completa, crucé a Vivi, que me subió un poco el vestido para que se me vieran las nalgas blancas. Pareció funcionar, porque al instante un tipo me frenó. Quería sexo oral sin condón. Me lo comí ahí mismo y me tragué su leche, espesa, tanto que casi me da una arcada. Le limpié la verga y fui al baño a enjuagarme la boca.

Estaba de espaldas frente al lavabo cuando otro me agarró las nalgas.

—¿Cuánto? —preguntó.

Aceptó mi precio y entramos al baño privado. Cerré la puerta.

—Por adelantado —le dije, y me pagó.

***

Se bajó el pantalón y sacó una verga larga pero delgada. Le puse el condón con la boca, ya la tenía bien parada. Me di vuelta y él me separó las nalgas y me chupó el culo, metiendo la lengua bien adentro. Yo me estaba excitando como una loca. Sentí su punta rozando mi entrada y empezó a entrar despacio, hasta el fondo.

Metía con fuerza y la sacaba entera. Así estuvo unos minutos, hasta que se la saqué y se la chupé limpia, porque antes de venir me había hecho una lavativa para evitar accidentes. Después me puso contra la pared, paré bien el culo y me la clavó hasta adentro. Yo gemía sin pudor.

Los que entraban al baño escuchaban y se reían.

—Pobre virgencita, no la maltrates —bromeaban del otro lado.

Él me agarró de las caderas, me jaló hacia él y, en un par de embestidas, sentí cómo su verga se hinchaba y soltaba los chorros adentro del condón. La sacó, se la limpié y se fue. Me lavé y salí a buscar más clientes.

***

El siguiente quería que se la mamara. Me senté a su lado, le puse el condón y empecé. A los pocos minutos sentí que otro me metía la mano entre las nalgas. Dejé la verga un segundo.

—Esperá, estoy ocupada —le dije.

—Te pago, pero quiero cogerte así, en esa posición —insistió, y me pagó.

Le puse condón al primero de nuevo y me acomodé con una pierna a cada lado del asiento. Corrí la tanga, me escupí en el culo y lo paré bien. El segundo me clavó primero un dedo seco que me hizo gritar, y enseguida me penetró despacio hasta meterla toda. Estaba excitadísima. Alrededor se habían juntado seis personas a mirar y masturbarse.

Retomé la mamada mientras el otro me cogía por atrás. Me usaban por las dos puntas y yo me sentía la mujer más puta del mundo. Pasó Vivi a mi lado.

—Sos bien zorrita —me soltó con una sonrisa, y siguió de largo.

El de la boca me aplastó la cabeza con la verga y acabó. Sentí el calor de su leche en el condón. La sacó, se lo retiré, le limpié y se fue. Me quedé con el de atrás, que me empujaba con fuerza hasta hacerme doler.

Los que se masturbaban alrededor me ponían las vergas en la cara, queriendo que se las chupara. Yo solo les pasaba la lengua y, uno tras otro, tres acabaron sobre mi cara. Tenía leche en la nariz, en los ojos, en la boca. No podía creer lo que estaba haciendo, y me encantaba.

El que me cogía quiso que me sentara sobre él, de frente. Me acomodé dándole la espalda a la pantalla. Lo abracé del cuello mientras él me jalaba de las caderas y me entraba entera. Sentía el culo lleno, sin que faltara nada. Le ajustaba y me tragaba toda la verga, sus huevos golpeando mis nalgas. Me bajó el vestido de los hombros y empezó a chuparme las tetitas, a morderme los pezones, hasta que no aguantó más y acabó dentro del condón.

Quiso besarme y no lo dejé, tenía la cara llena de semen. Cuando terminé con él, me fui hacia el baño. De camino vi a mis nuevas amigas trabajando, a Sofi la usaban por la boca y por el culo entre varios curiosos. Me lavé la cara y me retoqué el maquillaje. Los que entraban me manoseaban el culo al pasar.

—Qué rico —decían.

***

Estaba por ir al cuarto de Ramiro a cambiarme cuando alguien me tomó de la mano.

—Para coger —dijo simplemente.

Lo pensé un instante. El último y me voy. Me pagó lo que pedí. Me di vuelta para sacar un condón de la cartera y, cuando lo miré, casi me asusto. Tenía una verga que no era muy larga, quince o dieciséis centímetros, pero el grosor era descomunal.

—No, no puedo con eso —le dije, e intenté devolverle la plata.

Él no la aceptó. Sacó más billetes y me los puso en la mano: el triple de mi tarifa.

—Despacito entonces —cedí.

Le pasé la lengua y se la chupé hasta donde podía. Se puso durísima. El problema fue el condón, que se rompía apenas intentaba ponérselo. Él sacó del bolsillo uno de su medida y un poco de lubricante. Me quité la tanga y me levanté el vestido. Me dio vuelta, me besó los labios, el cuello, y me susurró al oído que hacía un mes que no cogía a su mujer porque acababa de tener su segundo hijo.

Me puse en cuatro sobre el inodoro y ahí empezó mi calvario. Me dilataba con los dedos, intentaba meterla y nada. Después de varios intentos, la cabeza empezó a entrar. Grité de dolor cuando entró entera. Afuera, los que pasaban me escuchaban y se reían.

Sin moverse unos segundos, empezó a empujar hasta meterla toda. Grité como hembra. La metía y la sacaba, y el dolor era insoportable. Pero me acordé de para qué había ido al cine, y decidí entregarme. Lo disfruté, me sentí una puta de verdad, regalando el culo. Él me agarraba las tetitas y empujaba.

—Te vine siguiendo toda la noche, pero siempre se me adelantaban —jadeó—. Ya me vengo.

Se movió rápido, empujó de golpe, grité otra vez y soltó los chorros adentro. Me ardía todo cuando la sacó despacio. Se la limpié, le di un beso en la punta y él me besó la boca.

—Te busco la semana que viene —me dijo antes de irse.

Me lavé, me puse la tanga y salí. Las chicas me esperaban con cara de asombro.

—¿Te comiste semejante verga? —preguntó Mara—. Nosotras nunca se la aceptamos, es un monstruo. Viene todas las semanas y no encuentra culo que lo aguante.

—Me dolió, pero supo entrar despacio —les dije tranquila.

***

Les di su parte y les pregunté si podía volver otro día. Me dijeron que sí, y que la próxima no les debía nada. Me había quedado buen dinero: muchos me habían pagado doble y triple.

Toqué la puerta de Ramiro. No estaba, había salido a dar una vuelta. Empujé la puerta y entré a cambiarme. Apenas me había sacado el vestido cuando él volvió.

—Hola, linda, ¿cómo te fue? —preguntó.

—Para ser primera vez, increíble —le respondí mientras me acercaba al espejo.

Ramiro me abrazó por detrás. Sentí su verga dura contra mi cuerpo. Me pidió un beso con cariño y se lo di.

—Vení a la cama —murmuró.

—Estoy adolorida —le dije.

—Por favor —insistió, y no me pude negar.

Me llevó a la cama, me sacó la tanga y me puso en cuatro. Me chupó el culo lastimado, metiendo la lengua, mientras se desnudaba. Su verga, de unos diecisiete centímetros y no tan gruesa, me la frotó en la entrada.

—Tenés el ano rojo —me dijo.

—Así me lo dejó el último —contesté.

Me la metió hasta el fondo y sentí un hormigueo de orgasmo. Me bombeaba parejo, la sacaba entera y, al volver a entrar, hacía sonar el aire que se colaba en mi culo. Eso me excitaba todavía más. Me puso las piernas al hombro y me penetró con todo.

—Ponete el condón —le pedí.

—No te preocupes, la saco a tiempo.

Me cogía como a una puta y yo gemía fuerte. Empujaba como si fuera la última vez. Tuve un orgasmo sin tocarme, solté mi leche sobre mi propia panza, gimiendo con los ojos cerrados. Sentí que sacó la verga y el primer chorro me cayó en la cara y sobre las tetitas. En ese momento entraron las chicas y me vieron llena de leche. Me gustó cómo me miraron.

Felicitaron a Ramiro. Resultó que a las tres también las había cogido alguna vez.

—Sofi, Vivi, Mara y vos ahora somos hermanas —dijo Sofi entre risas.

Me limpié, me vestí y, al despedirme, le dejé un dinero a Ramiro por portarse tan bien conmigo. Intercambiamos números y salí a la calle satisfecha. Me habían hecho sentir lo que quería: una puta de verdad. Esa era mi fantasía, y la hice realidad.

Volví tres veces más, cada una mejor que la anterior, ya con más experiencia. Lo único triste fue cuando cerraron el cine. Pero seguimos siendo amigas, y a veces me llaman para armar tríos con sus clientes. Cien por ciento real. Comenten lo que quieran, positivo o negativo, acepto las críticas. Besitos.

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Comentarios (5)

CuriosoBA

excelente!!! me encantó cada parte

NocheBuena99

Por favor que haya una tercera parte, me quede con ganas de mas 😅

Dante_K

increible como lo contás, se siente muy real

MiraFurtiva

Me recordó a una situación parecida que viví hace tiempo... gracias por animarte a escribirlo

ValentinaGBA

Muy bien narrado, desde el principio te quedás enganchado. Se nota que tenés un estilo propio, ojalá sigas publicando mas seguido.

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