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Relatos Ardientes

Lo que me pasó en el último vagón del metro

Hola, queridos. Me dicen Valeria, aunque la mayoría de la gente que me cruza por la calle me ve como un chico cualquiera. Soy travesti de clóset y les traigo algo bien fresquito, de esta misma semana. Digamos que alguien se encargó de despedirme el mes como Dios manda: con la boca llena, el culo abierto y el semen chorreándome por las piernas.

Todo empezó como cualquier otro día. Iba camino al trabajo, eran cerca de las siete y media de la mañana y el metro venía medio lleno, de esa hora en que la gente todavía tiene cara de sueño y nadie habla con nadie. Como siempre, me subí al último vagón. Quien viaja seguido sabe muy bien por qué uno elige ese vagón y no otro: ahí es donde se cocinan las cochinadas, donde las manos se pierden entre la ropa y donde una putita como yo puede terminar con la tanga empapada antes de llegar a la oficina.

Ese día no llevaba nada del otro mundo: un pantalón ajustado, una playera negra y mis tenis de siempre. Lo único especial iba por debajo. Unos cacheteros de encaje que me marcaban la curva de las nalgas y las dejaban paraditas, redonditas, apetecibles. Nadie podía verlos, pero yo sabía que estaban ahí, y eso me cambiaba la forma de caminar. Sentía el encaje rozándome la raya del culo con cada paso, colándose entre las nalgas, y me imaginaba las manos de un desconocido bajándomelos hasta las rodillas.

Me han dicho mil veces que, aunque vista de chico, despido una carga femenina que no puedo esconder ni queriendo. Y debe ser cierto, porque apenas subí al vagón sentí cómo más de una cabeza giraba hacia mí. Entre los empujones del horario pico, sin que nadie dijera una palabra, terminé rodeada de hombres. Podía oler el after shave barato, el sudor recién bañado, el aliento a café. Podía sentir los bultos rozándome sin querer queriendo, la tela de sus pantalones apretando contra mi cadera.

Ninguno se animaba a dar el primer paso. Se notaba en el aire esa tensión, esas ganas contenidas. Yo me hacía la distraída, mirando el túnel pasar por la ventana, pero por dentro estaba disfrutando cada segundo de saberme observada. El coño imaginario que tengo entre las piernas ya estaba palpitando, y mi vergita, chiquita y aprisionada por el encaje, empezaba a mojar la tela con esa gotita traicionera que siempre me delata.

Fue entonces cuando uno se plantó justo enfrente de mí.

Tenía unos ojos cafés preciosos, de esos que te miran fijo y no te sueltan. Era un macho maduro, rondaría los cuarenta y cinco. No muy alto, pero fuerte, de espaldas anchas, y despedía un olor que me desarmó: a hombre limpio, a hombre con ganas. Olor a macho en celo, a verga dura debajo del pantalón esperando que alguien se la ordeñe.

No dejaba de mirarme a los ojos mientras se acercaba, milímetro a milímetro, hasta que entre los dos no cabía ni el aire. Con una mano se acomodaba el bulto del pantalón, despacio, como invitándome a comprobar lo que había ahí abajo. Y lo que había ahí abajo, se veía a leguas, era una polla gorda que le hacía una montaña entre las piernas.

Así que decidí dejar de hacerme la inocente.

Subí lentamente el muslo derecho, fingiendo que el movimiento del vagón me empujaba, hasta que lo apreté contra él. Y ahí estaba. Dura, gruesa, caliente debajo de la tela, latiendo contra mi pierna como un animal preso. Sentirla me prendió de inmediato y bajé la mano casi por instinto. Sus ojos seguían clavados en los míos mientras mis dedos le recorrían el paquete por encima del pantalón, siguiéndole el largo, calculándole el grosor, apretándole los huevos por debajo.

—Tranquila —me susurró, tan bajito que solo yo lo escuché—. No hay apuro.

—Sí hay —le contesté en el oído—. Me bajo en tres estaciones y te quiero dejar seco antes.

Se le escapó una sonrisa. Se notaba que la estaba pasando bien, porque cada tanto entrecerraba los ojos y aflojaba la mandíbula. Sentí algo así como una responsabilidad: tenía que hacerlo terminar ahí mismo, antes de mi parada. Le bajé el cierre con disimulo, metí la mano por la abertura del bóxer y se la saqué rápido, con la práctica de quien ya lo ha hecho otras veces. Era todavía más gruesa de lo que había calculado. Gorda en la base, con las venas hinchadas y una cabeza roja y brillante, ya húmeda de precum. Me relamí sin querer.

Empecé despacio, acariciándola de la base a la punta sin dejar de mirarlo a la cara. Se la puñeteaba con la palma bien pegada al tronco, sintiendo cómo palpitaba en mi mano, cómo el prepucio subía y bajaba tapando y destapando el glande. Se le fue poniendo roja, las orejas primero, después las mejillas. Con el dedo pulgar le esparcía la gotita de precum por toda la cabeza, dándole vueltas, mojándosela para que resbalara mejor. Entonces aceleré. Subía y bajaba la mano con un ritmo firme, apretando un poco más cada vez que llegaba al glande, torciendo un poco la muñeca al llegar arriba como sé que les vuelve locos. El hombre se estaba volviendo loco y tenía que morderse el labio para no gemir delante de todos. Con la mano libre le bajé el bóxer lo suficiente para agarrarle los huevos y masajeárselos, sintiendo cómo se le apretaban y le subían hacia el cuerpo. Eso siempre es señal de que ya no aguantan mucho más.

***

El señor que iba a su lado se dio cuenta de lo que pasaba. No dijo nada. Solo bajó una mano y empezó a acariciarme las nalgas por encima del pantalón. Mi cuerpo respondió solo: las paré un poco más, se las ofrecí, le di a entender que podía seguir. Sentí cómo me apretaba una nalga entera con la mano, cómo me tanteaba la raya del culo por encima de la tela, y se me escapó un gemidito ahogado que fue directo al oído del de los ojos cafés.

Con la mano que tenía libre me desabroché el pantalón por detrás, lo suficiente para que su mano entrara. Lo entendió al instante. Sus dedos se metieron debajo de la tela y, cuando rozaron el encaje de mis cacheteros, lo escuché soltar un suspiro. Buscó el camino hasta mi entrada, despacio, tanteando, siguiendo la línea del encaje hasta encontrar el hueco entre mis nalgas. Ahí se demoró, acariciándome el ojete por encima de la tela, con la yema del dedo dando círculos que me hacían apretar el culo sin poder evitarlo.

Cuando la encontró, sacó la mano, se mojó dos dedos con saliva sin ningún disimulo y volvió a meterla. Esta vez fue directo. Apartó el encaje a un lado y sus dedos apuntaron a mi culito, que ya lo esperaba ansioso, palpitando, abriéndose y cerrándose solo. Empujó el primer dedo hasta el nudillo y no pude evitar gemir como una putita. Varios voltearon a ver qué pasaba. Yo bajé la mirada, colorada, pero no paré ni un segundo lo que estaba haciendo con la otra mano. Sentía cómo su dedo entraba y salía de mi culo, cómo lo torcía adentro buscando la próstata, cómo agregaba un segundo dedo abriéndome de a poco. Cada vez que sus dedos me tocaban ahí adentro yo apretaba más la polla del de los ojos cafés, y él respondía con un temblor en las piernas.

Estaba calientísima, y le estaba dando un trabajo de primera al de los ojos cafés. Le pajeaba la verga con las dos manos ahora, una encimada arriba de la otra, girando en direcciones opuestas cada vez que llegaba a la cabeza. Ya se acercaba mi estación, así que apreté el ritmo para que terminara conmigo. Le agarré los huevos y se los apreté suavecito, mientras con la otra mano le trabajaba solo la mitad de arriba, la parte más sensible, rápido y firme. Sentí cómo la polla se le ponía todavía más dura, cómo pulsaba en mi mano, cómo la cabeza se le hinchaba de golpe.

Y terminó. No había dónde descargar, así que se vino sobre mi pantalón. El primer chorro fue tan fuerte que me golpeó el muslo y sentí el calor a través de la tela. Después dos, tres, cuatro chorros más, cada uno menos violento que el anterior, corriéndole por los dedos, por mi mano, resbalando por mi pierna. La polla le seguía temblando en mi mano incluso después del último chorro, y yo se la seguí ordeñando, apretándosela de la base hacia la punta, sacándole hasta la última gota.

Lo que hice después dejó a más de uno con la boca abierta. Me llevé la mano a la boca y la limpié entera, despacio, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Le chupé cada dedo uno por uno, sintiendo el semen espeso, salado, caliente, cómo se me pegaba al paladar. Estaba deliciosa. La tragué sin apuro, relamiéndome, sacando la lengua para agarrar hasta el último resto que me quedaba en la comisura. Él respiraba agitado, todavía sin creer lo que acababa de pasar, con la polla afuera del pantalón goteando los últimos hilos de semen.

El otro señor se conformó con seguir un rato más con los dedos adentro. Me metió un tercero y empezó a bombeármelos con más fuerza, sin importarle ya si alguien miraba. Yo me apoyaba contra él, moviendo el culo hacia atrás, cabalgándole los dedos como una perra en celo. Cuando el metro frenó en su estación, sacó la mano, se llevó los dedos a la nariz y los olió delante de mí antes de darme una palmada suave en la nalga, como diciendo gracias. Se bajó sin mirar atrás.

Yo me bajé en la siguiente, acomodándome la ropa, con la mancha de semen todavía tibia en el pantalón, las piernas temblando y el culo palpitando de tanto dedo, y una sonrisa que no me cabía en la cara. Pensé que ahí terminaba todo. Una mañana caliente camino al trabajo y listo.

Me equivoqué.

***

Al día siguiente, a la misma hora, el macho de los ojos lindos me estaba esperando en el andén de Las Lomas, que es la estación donde subo siempre.

Lo vi de lejos, buscando entre la gente con esos ojos que me derriten. Cuando me encontró, se le iluminó la cara y me hizo una seña con la mano. Pero no iba solo. Lo acompañaban otros dos hombres, y eso me puso nerviosa. Ignoré su seña y subí al vagón. Ellos hicieron lo mismo.

Adentro no dejaba de mirarme. Yo me hacía la que veía el celular, pero notaba su mirada como una mano en la nuca. Me volvió a hacer una seña, esta vez para que me acercara. Tímida, di los pasos que nos separaban.

—No te preocupes —me dijo bajito—. Ya les hablé de ti.

Lo dijo señalando a sus dos acompañantes, que me miraban con un morbo que no disimulaban. Uno se estaba tocando el bulto por encima del pantalón sin ningún pudor. Me los presentó. Eran compañeros de trabajo, dos hombres mayores que se notaba que no eran de la ciudad: tenían esa torpeza de los que no están acostumbrados a estas cosas, pero también esas ganas contenidas de los que llevan mucho tiempo aguantando.

—Queremos ver si nos puedes visitar mañana —soltó uno de ellos, casi sin aire—. Este cabrón nos contó cómo lo dejaste ayer y no nos deja dormir.

Quedé petrificada. Me estaban invitando a entregarme a los tres.

—Ándale, te pagamos algo —agregó el otro, como si necesitara endulzarme la oferta—. Y te la vamos a pasar bien, palabra.

Miré al de los ojos cafés. Él, sin decir nada, hizo un gesto con la cabeza, un ademán de convencimiento. Y esos ojos… ay, esos ojos. No me pude resistir.

—Está bien —dije, y sentí cómo se me aceleraba el pulso solo de escucharme decirlo.

Me dieron una dirección. Quedamos en que pasaría el viernes, después de mi trabajo, ya entrada la noche. Me despedí de ellos rozándoles el bulto sobre el pantalón, uno por uno, apretándoselos con la mano abierta lo suficiente para sentir la forma, el largo, el grosor. Sentí que los tres estaban duros con solo imaginarlo. Al de los ojos cafés le di un apretón extra, un pellizco cariñoso en la punta, y me guiñó el ojo.

***

Llegó el viernes y yo era un manojo de nervios y de ganas. Hasta último momento no supe si iba a ir o no. Por un lado me daba miedo: tres desconocidos, una casa que no conocía, un barrio en el que nunca había estado. Por el otro, la sola idea de entregarme a esos tres machos, de tener tres vergas para mí sola, tres bocas mordiéndome el cuello, seis manos apretándome las nalgas, me tenía mojada todo el día. En el trabajo tuve que ir dos veces al baño a pajearme para poder concentrarme.

Tenía que pensar también qué le iba a decir a mi pareja. Ella no sabe que soy más puta que ella, jaja. Algo se me ocurriría, siempre se me ocurre algo.

Me vestí normal, de hombre, como voy todos los días al trabajo. Solo que esta vez, debajo de la ropa de siempre, llevaba unas medias de nylon negras, extra transparentes, con una abertura por detrás para facilitar las cosas. Una tanguita chiquita del mismo color que apenas me tapaba la vergita y me dejaba las nalgas al aire, y un top transparente pegado a la piel que se me marcaban los pezones parados. Como hacía frío, me puse unos tines cortos y coquetos. Nadie en el metro lo notaría, pero yo iba toda armada por debajo, con la tanga colándoseme entre las nalgas y las medias frotándome los muslos con cada paso.

La casa quedaba en un barrio tranquilo, de esos de calles oscuras y perros que ladran a lo lejos. Toqué el timbre con el corazón a mil. Abrió él, el de los ojos cafés, y al verme se le dibujó esa sonrisa que ya me tenía atrapada.

—Pensé que no venías —dijo.

—Casi no vengo —le contesté, y me dejé llevar adentro.

Los otros dos esperaban en la sala, con cervezas en la mano y una tensión que se mascaba. Apenas crucé la puerta, los tres se quedaron callados mirándome. Me sentí como un plato servido. El olor a hombre, a cerveza, a colonia mezclada con sudor, me pegó en la cara y se me aflojaron las rodillas.

No hubo mucho preámbulo. El de los ojos cafés se acercó por detrás, me abrazó la cintura y me besó el cuello mientras sus manos buscaban el borde de mi pantalón. Me lo bajó de un tirón hasta las rodillas. Cuando descubrió las medias de nylon y la tanga, cuando vio mis nalgas al aire enmarcadas por el elástico negro, soltó un gruñido contra mi oreja.

—Mira nada más lo que escondías —me dijo, y me pasó la mano abierta por toda la raya del culo—. Puta, estás para comerte entera.

Los otros dos se acercaron como hipnotizados. Se sacaron las playeras, se bajaron los pantalones sin ningún pudor. Los dos tenían las vergas duras asomando por encima del elástico de los calzoncillos. Uno la tenía larga y flaquita, con la cabeza morada. El otro corta pero muy gruesa, de esas rechonchas que no sabés si te van a caber en la boca.

Me senté entre ellos en el sillón y empecé por el que tenía más cerca, el de la verga gruesa. Le bajé el bóxer, se la saqué y me la metí a la boca despacio, saboreándola, sintiendo cómo se me abría la mandíbula para hacerle lugar. Al principio no me entraba más que la cabeza y unos centímetros, pero fui bajando de a poco, mojándosela con saliva, dejando que el hilo de baba me chorreara por el mentón. Con cada mano le agarraba el paquete a los otros dos y se las pajeaba a un ritmo parejo, quería atenderlos a todos por igual, que ninguno se sintiera de menos.

La verga gorda me llenaba entera la boca. Le pasaba la lengua por debajo, alrededor de la corona, se la chupaba con ganas, sacando ruidos húmedos que resonaban en toda la sala. Cuando levantaba la mirada, me lo encontraba con los ojos cerrados y la boca abierta, la cabeza tirada para atrás sobre el respaldo. Le solté un momento para lamerle los huevos, chupárselos uno por uno, y le escuché soltar un "hija de puta" que sonó a piropo.

Me pasé al otro. La verga flaquita y larga me entraba entera hasta la garganta sin mucho esfuerzo. Le di garganta profunda hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas, y cuando volví a subir un hilo de saliva me colgaba de la boca a su polla. Me limpié con el dorso de la mano y volví a bajar. El tipo me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a moverme él, a coger mi boca a su ritmo, cogerme la garganta como si fuera un coño.

El de los ojos cafés se arrodilló detrás de mí. Sentí cómo apartaba la tanga por la abertura de las medias, cómo me abría las nalgas con las dos manos y me quedaba expuesta entera. Escupió justo sobre mi ojete y sentí la saliva caliente resbalar. Después su lengua, ancha, húmeda, lamiéndome desde el perineo hasta el culito, dando vueltas alrededor, penetrándome con la punta. Solté la verga que tenía en la boca de puro placer y grité contra el sillón. Él siguió comiéndome el culo como si fuera un manjar, apretándome las nalgas, separándomelas, ensañándose con la lengua ahí adentro.

Después el primer dedo, después dos, abriéndome paso despacio, mientras yo volvía a la boca de mis dos comensales. La sala se llenó de gemidos, los míos ahogados por la verga que tenía adentro, los de ellos roncos y cortados. Podía escuchar los ruidos húmedos de la mamada, los chasquidos de la mano del de los ojos cafés escupiéndome el culo, el sonido de los huevos golpeándome la barbilla cada vez que el de la verga larga me empujaba la cabeza hasta el fondo.

Cuando ya no aguantó más, el de los ojos cafés me lo dijo al oído.

—¿Te puedo dar?

—Despacio —le pedí, soltando un momento al que tenía en la boca—. Despacio al principio, papi. Después me la das como quieras.

Y fue despacio. Me escupió una vez más el ojete, se escupió la polla, y sentí la cabeza apoyarse contra mi entrada. Empujó de a poco, sintiendo cómo cedía el aro, cómo me iba abriendo. Sentí cómo entraba milímetro a milímetro, cómo me llenaba, cómo me agarraba las caderas con esas manos fuertes. Tuve que apretar los dientes y respirar hondo, morder el respaldo del sillón, porque la sentí gruesa, mucho más gruesa de lo que había calculado. Pero cuando el dolor se transformó en otra cosa, cuando la polla me tocó ese puntito adentro que me hace ver las estrellas, empecé a empujar hacia atrás, pidiéndole más sin palabras, meneándole el culo, apretándoselo con el esfínter para que sintiera cómo lo apretaba mi anillo.

—Puta madre —gruñó él, sujetándome con más fuerza—. Qué culito tan apretado tienes.

Y me empezó a coger de verdad. Primero embestidas largas, casi sacándomela entera y volviéndomela a meter hasta la base. Después más cortas, más rápidas, chocándome las nalgas contra su pelvis con un sonido que hacía eco en toda la sala. Yo me sacudía adelante y atrás, empalada, con el sudor corriéndome por la frente, con el semen del de los ojos cafés que todavía no había echado goteándome dentro por el precum.

Los otros dos no se quedaron quietos. Me turnaba entre las dos vergas con la boca mientras el de los ojos cafés me embestía atrás, marcando un ritmo cada vez más firme. Uno me agarraba de los pezones por encima del top transparente, me los pellizcaba, me los retorcía. El otro me acariciaba la mejilla y me metía la verga hasta el fondo, sin importarle si me atragantaba. En algún momento dejé de pensar. Solo había cuerpos, calor, manos por todos lados, saliva, sudor, voces que me decían cosas al oído que me prendían todavía más: "puta", "putita", "así, así, tragátela toda", "qué rico culo, mamacita", "te vamos a dejar como un colador".

El primero en terminar fue el que tenía en la boca en ese momento, el de la verga gruesa. Me la clavó hasta la garganta, me apretó la cabeza contra su pelvis y sentí los primeros chorros directo en el fondo. Después me sacó y siguió corriéndose sobre mi lengua, sobre los labios, sobre el mentón. Me vació todo y lo tragué sin pensarlo, mostrándole la lengua después para que viera que no había quedado nada. Me lamí los labios y le di un último chupetón a la cabeza, sacándole las últimas gotas.

El segundo aguantó un poco más. Me hizo levantarme un poco y me la metió a la boca de nuevo, cogiéndome la cara con ganas, hasta que dijo que ya no aguantaba. Me la sacó y se vino sobre mi pecho, sobre el top transparente que para entonces ya no transparentaba nada, empapado de semen, de saliva, de sudor. El primer chorro me llegó hasta la clavícula, los otros me cayeron sobre los pezones, uno de esos hilos me chorreó hasta el ombligo. Me pasé un dedo por el pecho, agarré una gota bien gorda y me lo llevé a la boca, chupándomelo con los ojos cerrados.

Y el de los ojos cafés, el dueño de toda esta historia, terminó adentro. Aceleró las últimas embestidas, me agarró de las caderas con las dos manos y me apretó contra él hasta clavármela hasta las bolas. Sentí cómo la polla se le hinchaba adentro, cómo palpitaba, cómo me descargaba el primer chorro de semen bien al fondo. Me mordió el hombro para no gritar y me llenó entera, chorro tras chorro, agarrándome del pelo con una mano, apretándome la cintura con la otra. Cuando finalmente me la sacó, sentí cómo el semen empezaba a chorrearme por la abertura de las medias, tibio, resbalando por los muslos, colándose por las nalgas.

Quedamos los cuatro tirados, agitados, riéndonos como adolescentes que acaban de hacer una travesura. Yo tenía el pecho lleno de semen ajeno, el culo abierto y goteando, la boca todavía con el sabor salado de los tres. El de los ojos cafés me acarició el pelo y me dio un beso en la sien, un gesto que no esperaba y que me gustó más que todo lo anterior.

—La semana que viene, ¿otra vez? —preguntó uno de los compañeros, todavía sin recuperar el aliento, con la verga blanda descansando sobre el muslo.

Yo me reí y no le contesté. Pero ustedes ya me conocen.

Me vestí como pude, con el semen todavía chorreándome del culo, empapando la tanga y las medias, acomodándome como podía para que no me chorreara por el pantalón, recogí la propina que me dejaron sobre la mesa más por insistencia de ellos que por mía, y salí a la calle fría con las piernas temblando y el cuerpo deshecho de la mejor manera.

Camino a casa, ya en el metro vacío de la noche, sentía cómo la tanga se me iba mojando cada vez más, cómo el culo me palpitaba con cada movimiento del vagón. Pensaba en qué excusa le iba a inventar a mi pareja. Pero también pensaba en esos ojos cafés y en el andén de Las Lomas, donde sé que el lunes, a las siete y media, alguien me va a estar esperando con la verga dura.

Gracias por leerme, queridos. Como siempre, les pido sus mensajes, que son los que me mantienen calientita. Besos.

Valeria.

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Comentarios(8)

TransFan21

tremendo relato!! me quede con ganas de mas

AndresBaires

necesito una segunda parte, ese final me dejo con la intriga jaja

MetroViajero_

me hizo recordar a un viaje que hice hace tiempo, la tension de esos momentos no se explica. muy bueno

Fede_nocturno

y como termino? que paso con ese del vagón?? la curiosidad me mata

Vale_Noche

muy bien escrito, se nota que es genuino. Sigue así!!

NocturnoPY

buenisimo!!!

Pilar_39

Que valentia contarlo, me gusto mucho la forma en que lo narraste. Esperando el proximo

Miguelito_BA

el metro es un mundo aparte jajaja, estas cosas pasan y nadie habla. muy buen relato

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