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Relatos Ardientes

La noche que la aldea adoró a una mujer trans

Desperté en la cabaña de caoba y palma con la selva entrándose por las rendijas, ese aire espeso que olía a musgo viejo y a tierra recién abierta. Llevaba tres días en la aldea y todavía no me acostumbraba al silencio que dejaban las voces que no entendía. En la hamaca, con el cuerpo todavía tibio de sueño, hice lo que hacía cada mañana desde que tenía memoria: me palpé como para comprobar que seguía existiendo.

Allá en la ciudad había aprendido a ser invisible. Una mujer trans que entraba a las oficinas de cartografía y a la que nadie miraba a los ojos, a la que llamaban por un nombre que no era el mío hasta que me cansé y exigí el correcto. Aun así, la indiferencia tenía un peso. Me había acostumbrado a ocupar el menor espacio posible, a no levantar la voz, a desear sin que se me notara.

Saqué del morral mi único compañero de viaje: una pequeña figura tallada en madera oscura que había comprado en un mercado del sur, un tótem con forma de cuerpo erguido al que, medio en broma medio en serio, le había puesto nombre. Coloso. Lo apreté entre las manos.

Hoy alguien te va a mirar de verdad, me dije, y fingí que la voz venía de él.

***

La aldea se abría en un claro rodeado de árboles colosales, las lianas colgando como arterias de un cuerpo enorme y vivo. Los habitantes se movían casi sin ropa, con una naturalidad que me dejaba sin aire. Nadie escondía el cuerpo, nadie pedía perdón por tenerlo. Hombres con la piel pintada de arcilla carmesí, mujeres con el torso descubierto y faldas de hojas, todos tocándose al pasar con una familiaridad que en mi mundo habría sido escándalo y aquí era simplemente la mañana.

No hablaba su idioma. Me comunicaba por señas, con paciencia, leyendo gestos. Y por primera vez en mucho tiempo nadie me preguntaba qué era yo. Aquí no había un casillero del que me hubiera salido. Era una persona más, alta y distinta, llegada de afuera con aparatos extraños, y eso bastaba.

Una mujer se acercó al brasero donde se cocía algo que olía a raíz y humo. Tenía los ojos negros y una sonrisa que no calculaba nada. Se tocó el pecho.

—Yara —dijo.

Me toqué el mío, y por primera vez en días la voz no me tembló.

—Vera.

—Vera —repitió ella, despacio, como si el nombre tuviera sabor.

Algo se aflojó dentro de mí. Una palabra. Mi nombre dicho por alguien que no dudaba de él. Sentí el calor subirme por el cuello y supe que no era vergüenza.

***

Pasé la mañana en lo mío. Para eso me habían contratado: levantar el mapa de aquella región que mutaba con cada lluvia, riscos que aparecían y ciénagas que se tragaban los senderos. Cargaba el GPS, la libreta, el compás y la radio resistente al agua con la que reportaba a la empresa, una consultora minera de la capital que se hacía llamar TerraNova y a la que solo le importaban mis coordenadas.

—Buen trabajo, Vera —crujió por la radio la voz de Rubén, mi enlace—. Seguí así.

Tres palabras secas, pero las anoté en la libreta como si fueran un tesoro. En la ciudad nadie reconocía nada. Aquí, hasta un elogio rutinario por radio me hacía sonreír sola en mitad de la selva, con el sudor pegándome la camisa a la espalda y los insectos zumbándome en la oreja.

Caminé entre los árboles trazando líneas en mi cuaderno, cada curva de nivel un pequeño desafío a la sensación de no ser nadie. Estoy aquí. Existo. Dejo marca. El mapa era eso para mí: una prueba de que había pasado por el mundo.

Al volver al borde del claro me detuve sin querer. Bajo la sombra de una ceiba, dos hombres se cogían sin disimulo. Uno estaba de rodillas, con la boca llena de la polla del otro, la mandíbula abierta, la saliva bajándole por el mentón. El de pie le sostenía la cabeza con las dos manos y le follaba la garganta a un ritmo lento, hondo, sin apuro, como quien tiene todo el día para venirse. Nadie los miraba con reproche. En la aldea el deseo no parecía tener reglas de género, solo de consentimiento y de ganas.

Los observé más de lo que era prudente. Vi cómo el arrodillado se sacaba la verga del otro de la boca para lamerle los huevos y volvía a tragársela hasta la raíz, con los ojos húmedos y la nariz pegada al vientre. Vi al otro echar la cabeza atrás, gemir ronco y empujarle la cara contra su pelvis. No era solo morbo lo que sentía, o no solo. Era una envidia honda: esa libertad de coger y ser cogido a plena luz, sin esconderse. Sentí el pulso latirme en la entrepierna, esa parte de mí que llevaba años enseñándome a callar, y noté cómo se me endurecía dentro del pantalón sin permiso. Aparté la vista y respiré hondo. Quiero eso, pensé. Quiero estar de ese lado y no del de la ventana.

***

Volví a la cabaña al mediodía, encendida y agotada a la vez. Me senté en la hamaca con Coloso en la mano, lo apoyé en mi pecho y le hablé en voz baja, como quien reza.

—Vi tanto hoy —murmuré—. Se tocan sin miedo. Se cogen sin pedir permiso.

Cerré los ojos. La imagen de los dos hombres bajo la ceiba se me metió en la cabeza y no se fue: la polla resbalando entre labios estirados, los huevos apretados, la garganta abriéndose. Me bajé el pantalón hasta las rodillas y me agarré con la mano derecha, ya dura, ya mojada en la punta. Escupí en la palma y me la envolví, apretándola despacio, imaginando que era otra boca la que me apretaba. Con la izquierda me pellizqué un pezón por encima de la tela y me arqueé en la hamaca, mordiéndome el labio para no gritar. Me la jalé rápido, sin cariño, con esa urgencia sucia de quien lleva demasiado tiempo aguantándose, hasta que me corrí en la mano en dos chorros calientes que me mancharon el vientre. Fue un alivio breve y solitario, de los que me sabían a la ciudad. Me quedé mirando el techo de palma, con el semen enfriándose sobre la piel, y una certeza nueva clavada en el pecho: no quería seguir gozando sola. Quería que alguien me viera arder. Quería una boca, unas manos, una polla, un coño, lo que fuera, con tal de que me miraran mientras me abría.

—Quizá esta noche —le dije a la figura de madera, y otra vez fingí que ella me contestaba que sí.

***

Yara vino a buscarme al crepúsculo. Me hizo señas hacia el brasero central, donde el humo subía recto como un espíritu y se mezclaba con el olor de la carne asada y de algo dulce y fermentado. La reunión nocturna empezó tranquila. Los habitantes compartían comida, frutas jugosas y un caldo espeso de raíz, y conversaban en su lengua incomprensible mientras los niños dormían ya en sus hamacas, lejos, en el otro extremo de la aldea. En los márgenes, algunas parejas se acariciaban con la misma naturalidad de la mañana, como quien estira las piernas.

Me senté junto a Yara, hombro con hombro. Ella me pasó una calabaza con un licor viscoso y agrio, de cereal fermentado, que me quemó la garganta como brasa líquida. Tosí, y todos rieron, pero era una risa que me incluía, no que se burlaba. Bebí otro trago. Después otro. El calor me soltó los músculos, me ablandó las defensas, esas que había construido durante años.

Y, envalentonada por el licor y por algo más antiguo que el licor, hice algo que jamás habría hecho sobria. Saqué a Coloso del morral y lo levanté sobre la cabeza, a la luz del brasero.

—Este es Coloso —dije, sabiendo que no me entendían y diciéndolo igual, para mí, para ellos, para nadie—. Es lo único que siempre estuvo conmigo.

Esperaba silencio incómodo. Lo que vino fue lo contrario. Hubo un murmullo de reconocimiento, manos que se tendieron hacia la figura con curiosidad y respeto. Yara la tomó, la giró bajo la luz, la mostró a los demás y dijo algo que hizo asentir a todos. La pasaron de mano en mano como si fuera un objeto sagrado que les faltaba desde siempre. Me ardieron los ojos. No de vergüenza. De pertenencia.

—Coloso bueno —me dijo Yara en su español roto, devolviéndomelo con las dos manos—. Vera, bueno.

***

No sé en qué momento la reunión se volvió otra cosa. Fue gradual, como sube la marea. Una caricia que se prolongó, una boca que buscó otra, un cuerpo que se recostó sobre otro junto al fuego. Nadie dio una orden ni encendió una mecha; simplemente el deseo que durante el día se medía empezó a desbordarse, y el claro se llenó de pieles que se buscaban bajo el resplandor naranja. A pocos metros de mí, una mujer se sentaba a horcajadas sobre un hombre y se ensartaba en su verga con un gemido largo, meciéndose despacio; más allá, dos mujeres se comían la boca mientras una le hundía la mano entre las piernas a la otra y le sacaba jadeos que sonaban a rezos.

Yo miraba desde el borde, con el corazón a punto de salírseme y la polla otra vez dura contra la tela del pantalón, hasta que un joven de cuerpo enjuto y la piel pintada de arcilla se arrodilló frente a mí. No dijo nada que yo pudiera traducir, pero su mano abierta sobre mi rodilla preguntaba con toda claridad. Y yo, por una vez en mi vida, no me hice pequeña. Asentí.

Me besó despacio, sorprendentemente despacio, y el resto del mundo se volvió ruido lejano. Su lengua entró en mi boca con la misma naturalidad con la que sus dedos empezaron a desabrocharme la camisa empapada. Me la abrió de par en par y me lamió el cuello, la clavícula, bajó hasta los pezones y se quedó ahí, chupándomelos uno tras otro, mordiéndolos apenas hasta que se me pusieron duros como piedras y solté un gemido que no supe que tenía guardado. No hubo ese instante de duda que yo había aprendido a temer en los amantes de la ciudad, ese segundo en que reevaluaban lo que tocaban al bajar la mano. Aquí no hubo reevaluación. Cuando su palma se cerró sobre mi pantalón y sintió la forma de mi polla apretada por dentro, sonrió contra mi boca y apretó más fuerte, como diciendo esto también.

Me desabrochó el cinturón y me sacó del pantalón. Yo estaba durísima, la punta brillante, y él me la miró con el mismo hambre franca con que había mirado la comida en el brasero. Se agachó y se la metió en la boca sin rodeos, tragándomela entera de una, la lengua enroscándose alrededor del glande, la garganta apretándome. Se me nubló la vista.

—Dios —jadeé—. Mírame. Mírame de verdad.

Y me miró. Levantó los ojos negros sin sacarse mi polla de la boca y me sostuvo la mirada mientras me chupaba, subiendo y bajando la cabeza con una entrega que nunca nadie me había dado. Eso fue lo que me deshizo, más que cualquier roce: unos ojos fijos en los míos mientras me mamaba, como si yo fuera lo único que valía la pena mirar en toda la noche. Gemí, y mi gemido se trenzó con los de alrededor en un coro que ya no me daba envidia, porque ahora yo formaba parte de él.

Yara se sumó desde atrás. Se arrodilló detrás del joven, me acarició el pelo y luego me tomó la cara entre las manos y me besó hondo, con la lengua, mientras él seguía tragándome. Sentí sus tetas apretarse contra mi hombro, los pezones duros marcándome la piel. Me agarró una mano y se la llevó entre las piernas, y ahí encontré su coño empapado, hinchado, abierto para mí. Metí dos dedos y ella se arqueó contra mi mano, gimiendo dentro de mi boca.

—Vera —jadeó—. Vera, Vera.

Otra mujer se acostó bajo el joven y le empezó a lamer los huevos por debajo mientras él me chupaba. Un hombre grande, de espalda ancha, se puso detrás de él y le separó las nalgas, le escupió en el culo y empezó a metérsela despacio. El joven gimió con mi polla en la boca y la vibración me subió por la columna. No había turnos ni jerarquías, solo cuerpos que se acomodaban unos a otros como piezas que llevaban toda la vida buscándose, una cadena de bocas y manos y sexos en la que yo, por primera vez, era un eslabón y no un espectador.

Yara se acostó en la estera junto al fuego y me abrió las piernas para mí, sin pudor, mostrándome su coño rosado brillando de saliva y jugo. Me hizo un gesto claro: ven. Me arrodillé entre sus muslos y le pasé la lengua entera de abajo arriba, saboreándola, chupándole el clítoris hasta que empezó a jalarme del pelo. Después me erguí, me escupí en la mano, me la unté por la verga y empujé despacio, hundiéndomela hasta el fondo. Estaba caliente, apretada, viva. Empecé a follármela con embestidas largas, mirándola a los ojos, y ella me sostuvo la mirada igual que el joven, sin bajarla ni un segundo, gimiendo mi nombre en su lengua rota cada vez que le llegaba adentro.

—Vera —jadeaba—. Vera bueno, Vera bueno.

El joven se acomodó detrás de mí. Sentí sus manos abrirme las nalgas, su lengua caliente lamiéndome el culo, empujando, entrando. Se me escapó un grito ronco. Nunca me habían comido el culo así, con esa hambre. Después subió, se untó la polla con algo aceitoso que alguien le pasó y me la fue metiendo despacio, milímetro a milímetro, mientras yo seguía enterrada en Yara. Cuando estuvo entero adentro me quedé quieta unos segundos, atravesada, temblando, con una polla en el culo y un coño apretándome la mía, y me eché a reír y a llorar a la vez, porque no cabía tanto en un cuerpo que había pasado años cerrado.

Empezamos a movernos los tres. Él me empujaba hacia adelante y yo me hundía en Yara; ella empujaba las caderas contra las mías y me devolvía al joven. Era un vaivén que no había que pensar. Otra boca encontró mis tetas, otra mano me apretó los huevos por debajo, alguien me besó el hombro, alguien me lamió el sudor de la espalda. Perdí la cuenta de las manos. Perdí la cuenta de los nombres que no sabía. Solo existía el ritmo, el calor, los ojos negros de Yara clavados en los míos, el aliento del joven en mi nuca.

Me corrí primero yo, con un rugido que no reconocí como mío, vaciándome dentro de Yara en sacudidas largas mientras el joven seguía cogiéndome el culo y me obligaba a seguir empujando aunque estuviera temblando. Ella se vino segundos después, apretándome tan fuerte que me exprimió las últimas gotas. Y el joven se vino en mí, hundiéndose hasta el fondo con un gemido gutural, y sentí su semen caliente correrme por dentro y bajarme por los muslos cuando salió.

Me quedé de rodillas, jadeando, con el sudor cayéndome en gotas gordas sobre la piel de Yara. Ella me atrajo hacia su pecho y me abrazó, con mi polla todavía blanda dentro de ella, con el semen del joven escurriéndoseme por atrás, con las manos ajenas todavía acariciándome la espalda.

—Soy de ustedes —dije, riéndome y llorando a la vez—. Por fin soy de alguien.

***

Cuando el fuego empezó a apagarse, los habitantes se levantaron entre risas perezosas y caminaron hacia el río. Los seguí, desnuda, con el cuerpo cubierto de sudor, de arcilla ajena, de saliva y semen y noche entera. El agua estaba fresca y me recibió como una bendición, lamiéndome la piel acalorada, arrastrando el cansancio y los restos pegajosos por entre los muslos. Alrededor, los demás se lavaban y bromeaban, y sus voces incomprensibles me envolvían como un abrazo en un idioma que el cuerpo sí entendía.

Yara nadó hasta mí y me apretó la mano bajo el agua.

—Vera, amiga —dijo.

Asentí, incapaz de hablar. Una sombra de duda me cruzó por un segundo, la vieja costumbre: ¿me ven a mí, o solo a un cuerpo más entre todos? Pero miré los ojos de Yara, su sonrisa cansada y franca, y dejé que la duda se la llevara la corriente. Me veían. Me habían dicho mi nombre. Me habían cogido mirándome. Eso, donde yo venía, era más de lo que había recibido en años.

***

De vuelta en la cabaña, me recosté en la hamaca con la piel todavía húmeda y Coloso apoyado sobre mi pecho. Afuera, la selva seguía respirando.

—Te presenté a ellos —le murmuré a la figura de madera—. Y no se rieron de mí. Te quisieron. Me quisieron.

Lo dije en voz alta y por una vez no necesité inventar su respuesta. La respuesta estaba en mi propio cuerpo cansado y satisfecho, en el ardor tibio entre las nalgas, en el sabor de Yara todavía en los labios, en el eco de mi nombre dicho sin dudas, en la mano de Yara apretando la mía bajo el agua.

Cerré los ojos pensando en el mapa que me faltaba trazar, en los riscos y las ciénagas que todavía esperaban mi libreta. Pero esa noche entendí que la cartografía más difícil no era la de la selva. Era la de mí misma: un territorio que había pasado años creyendo invisible y que, lejos de todo, entre el humo y la arcilla y los cuerpos de desconocidos que me trataron como propia, alguien por fin se había molestado en mirar. Y al mirarme, me había dibujado en el mapa del mundo.

Me dormí con la figura entre las manos y, por primera vez en mucho tiempo, sin la sensación de tener que disculparme por existir.

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Comentarios(7)

RominaK_Mdq

Simplemente hermoso!!! Que historia tan unica, gracias por compartirla.

Fran_2020

Se hizo cortisimo, espero la segunda parte con ansias :)

LauraPMC

Me encanto como esta escrito, se siente autentico y muy sensible. Sigue asi!

TuliaAndina

Pocas veces un relato me genera estas sensaciones... la selva, los cuerpos de arcilla, todo muy bien logrado. Seguí escribiendo por favor, sos increible.

MarcosViajero

Me recordo a viajes que hize donde la gente local te recibe de una manera que no esperás. Tremendo relato, muy bien contado.

LucianoC

Cuántas partes va a tener? Quede intrigado con el final, quiero saber como sigue

Lector_nocturno77

Que envidia jajaja. Ojalá pudiera vivir algo asi, que aventura

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