La ex de mi novia llegó con una sorpresa entre las piernas
Mariela se había ido a casa de sus padres el fin de semana entero, así que yo tenía el departamento para mí sola. Me pasé el sábado en pijama, sin una gota de maquillaje, viendo series malas y comiendo todo lo que ella nunca me dejaba tener en la heladera. A media tarde, aburrida y caliente, ya estaba metiendo la mano debajo del elástico cuando tocaron el timbre.
Pensé en ignorarlo. Volvieron a tocar, esta vez dos veces seguidas. Me levanté del sillón maldiciendo, sin sostén, con la camiseta vieja marcándome los pezones por el aire acondicionado. Abrí la puerta de mala gana.
Y ahí estaba ella.
—Hola, preciosa —dijo con una sonrisa torcida—. ¿Te molesta si paso un segundo?
Era Renata, la ex de Mariela. Hacía años que no la veía, pero nunca me había caído mal. Al contrario: siempre me había parecido tremendamente atractiva. Alta, de pelo oscuro y lacio, labios gruesos y unos ojos que sabían mirarte como si ya supieran lo que estabas pensando. Entró sin esperar respuesta, caminando por el living como si todavía viviera entre estas paredes.
Llevaba unos jeans ajustados y una blusa blanca entreabierta que dejaba adivinar un corpiño negro. Se dejó caer en el sillón, cruzó las piernas y me miró de arriba abajo con un descaro que me incomodó.
—¿No estás muy sola vos acá? —dijo—. Qué maleducada, ni un vaso de agua me ofrecés.
Fui a la cocina solo para no discutir.
Mientras llenaba el vaso, sentía su mirada clavada en mi espalda, pesada, como una mano. Su presencia me ponía nerviosa. O tal vez no era nervios. Tal vez era otra cosa que prefería no nombrar todavía.
Cuando volví al living, ella se había sacado la blusa. El corpiño negro apenas le contenía el pecho. Me detuve en seco con el vaso en la mano.
—¿Te pasa algo? —preguntó, notando perfectamente adónde se me iban los ojos.
—No. Es que… estás un poco desvestida.
—¿Y eso te molesta?
Negué con la cabeza y tragué saliva. Ella se echó el pelo hacia atrás sin dejar de mirarme.
—Siempre pensé que vos eras mucho más caliente que mi ex —soltó, sin ningún rodeo—. ¿Me equivoqué?
Me quedé sin palabras. Dejé el vaso en la mesa porque me temblaba un poco la mano. Sentí el calor subiéndome desde el vientre, esa pulsación incómoda y deliciosa entre las piernas. No contesté, pero creo que mi silencio fue respuesta suficiente.
Renata se levantó despacio. Se acercó hasta quedar a un paso de mí, me rodeó la cintura con una mano y bajó la cara hasta dejar su boca a la altura de la mía.
—¿Querés que te coma despacio, traviesa? —murmuró.
La frase me dejó paralizada. Tenía sus labios tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. Asentí sin pensarlo. Ella sonrió satisfecha y me empujó suavemente hacia el sillón.
Me senté, nerviosa y excitada a partes iguales. Renata se arrodilló entre mis rodillas, me levantó la camiseta y me fue bajando la bombacha con una lentitud calculada, sin dejar de mirarme a los ojos en ningún momento. Cuando me dejó desnuda de la cintura para abajo, se quedó un instante simplemente observándome.
—Sabía que ibas a ser hermosa así —susurró.
Y sin decir nada más, empezó. Primero la cara interna de los muslos, besos lentos, casi una tortura. Después subió con la lengua, despacito, como si tuviera todo el tiempo del mundo y supiera exactamente dónde estaba cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Se detenía justo en el punto más sensible, lo recorría con ternura y de golpe cambiaba a algo más insistente, más hambriento.
Me sujetaba los muslos con las dos manos, abiertos, como si no pensara dejarme escapar. Me arqueé contra su boca. Empecé a gemir sin ninguna vergüenza, agarrándole el pelo, marcándole el ritmo sin querer.
No puede ser que la ex de mi novia me esté haciendo esto.
El pensamiento me cruzó por la cabeza un segundo, y en lugar de frenarme, me encendió todavía más. Me corrí en su boca con un temblor que me recorrió de los pies a la nuca. Ella no se detuvo enseguida. Siguió un rato más, suave, recogiendo cada espasmo, hasta que el placer se me volvió casi insoportable.
—Ahora te toca a vos —dijo, levantándose.
Se desabrochó los jeans y se los bajó. Después el tanga. Y lo que vi me hizo sonreír de pura sorpresa.
Renata tenía una sorpresa entre las piernas. Una que yo no me esperaba para nada, gruesa y ya completamente dura.
Tengo que aclarar algo. Soy bisexual, aunque la enorme mayoría de mis relaciones fueron con mujeres, y en los últimos años podría decir que el cien por ciento de mis encuentros fueron con chicas. Como dirían en mi pueblo, siempre fui más de pescado que de carne. Pero verla así, parada frente a mí, segura y desafiante, despertó en mí unas ganas que no sentía hacía mucho tiempo.
Así que no me lo pensé dos veces y me lancé.
—Demostrame que sos mejor que mi ex —me dijo en voz baja, casi como un reto.
No necesitaba más incentivo. La tomé con las dos manos y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, lento, mirándola. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco. Me la llevé a la boca y empecé despacio, recorriéndola entera con los labios, jugando con la punta mientras la acariciaba con la mano.
—Así, despacio —jadeó, hundiendo los dedos en mi pelo—. Sos muy buena en esto…
Fui ganando ritmo. Ella me sostenía la cabeza y marcaba el compás, y a mí me encantaba quedar así, completamente a su merced. Sentía cada reacción de su cuerpo, cada vez que se tensaba, cada respiración entrecortada.
—Si seguís, me vas a hacer terminar —me advirtió.
No la dejé. Me aparté a tiempo y la miré con picardía. Ella entendió el mensaje al instante. Me empujó contra el respaldo del sillón, se acomodó sobre mí y empezó a frotarse entre mis labios, que ya estaban tan mojados que se deslizaba sin el menor esfuerzo.
—¿Querés? —me preguntó al oído.
—Sí —gemí—. Por favor.
Renata se acomodó mejor y me fue penetrando de a poco, centímetro a centímetro. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba con una lentitud que era casi cruel. Era gruesa, más de lo que estaba acostumbrada, y al principio me dolió apenas, una molestia que el placer borró enseguida. Cuando estuvo del todo dentro, me abrazó y se quedó quieta un segundo, dejando que me acostumbrara.
Después empezó a moverse.
Al principio despacio, casi con dulzura. Pero el ritmo fue creciendo, haciéndose más firme, más profundo. Me cogía como si me conociera de toda la vida. Me agarraba del cuello con una mano, me mordía el labio, me decía cosas al oído que me hacían apretarme contra ella. Yo le clavaba las uñas en la espalda y le pedía más, sin filtro, sin pudor.
—No entiendo cómo Mariela te deja sola un fin de semana —me dijo entre embestidas.
Cambiamos de posición. Me puso de rodillas sobre el sillón, de espaldas a ella, y me tomó de las caderas. Desde ese ángulo entraba más hondo, y cada movimiento me arrancaba un gemido que no podía contener. El choque de su cuerpo contra el mío llenaba el living de un sonido húmedo, obsceno, que me daba todavía más placer.
—Estás temblando entera —dijo con la voz ronca.
—No pares —contesté, sin un gramo de vergüenza.
Sentí que me iba a correr de nuevo. Estaba justo en el borde cuando ella se detuvo de golpe, salió de mí y me hizo girar para quedar frente a frente.
—Quiero terminar en tu boca —me dijo.
Me arrodillé frente a ella sin dudarlo. Abrí bien la boca y me entregué a chuparla con ganas, sosteniéndole la mirada. Renata empezó a respirar más fuerte, a tensar todo el cuerpo, hasta que finalmente se dejó ir con un gemido largo. La recibí entera, sin dejar escapar nada, y después la limpié con la lengua despacio, todavía mirándola a los ojos.
—Sos una adicción —dijo, dejándose caer a mi lado en el sillón.
Nos quedamos las dos ahí, sudadas, agitadas, recuperando el aire. Me acarició el pecho, el cuello, y volvió a besarme, esta vez sin urgencia, casi con ternura.
—Esto se va a repetir, ¿no? —me preguntó con media sonrisa.
Sentí su mano volver a bajar lentamente entre mis piernas. Sabía que la respuesta correcta, la que cualquiera con dos dedos de frente le habría dado, era no. Sabía que Mariela volvía el domingo a la tarde y que esto era exactamente el tipo de cosa que destruye una relación.
—Claro que sí —le respondí.
Y me dejé arrastrar otra vez, con la certeza de que ya no había marcha atrás.





