Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El cumpleaños que festejamos con dos desconocidos

El club «Tropic Fire» abrió la noche con una energía que se sentía en el pecho antes que en los oídos. Eran las diez y los graves del reggae ya hacían vibrar las copas sobre la mesa. Dayana y Selena llegaron juntas, como llegaban siempre, agarradas del brazo y riéndose de algo que nadie más entendía.

Dayana llevaba un vestido corto de seda verde agua que le abrazaba las caderas. Selena había elegido uno rosa pálido, más atrevido en el escote. Las dos se habían maquillado en el departamento durante dos horas, brindando con prosecco barato mientras decidían qué pestañas usar.

—Hoy es tu noche —dijo Selena, acomodándole un mechón detrás de la oreja—. Te lo merecés.

—Nuestra noche —corrigió Dayana.

La mesa VIP estaba reservada a su nombre. Sobre ella, una botella de ron especiado, hielo, rodajas de lima y cuatro copas que todavía nadie había tocado. Se acomodaron en el sillón de cuero y dejaron que la música hiciera el resto.

No tardaron en notarlas. Dos hombres altos, de hombros anchos y piel oscura, se acercaron desde la barra con esa seguridad que no se finge. Eran gemelos, aunque uno llevaba el pelo más corto que el otro. Se presentaron como Marcus y Damián.

—¿Festejan algo? —preguntó Marcus, señalando la botella con un gesto.

—Mi cumpleaños —dijo Dayana, y sintió que se ruborizaba sin razón.

—Entonces no pueden tomar solas.

Se sentaron sin pedir permiso, pero con una sonrisa que volvía imposible negárselo. Marcus se ubicó al lado de Dayana; Damián, frente a Selena. La conversación fluyó fácil, entre tragos de ron y bromas, y muy pronto las distancias empezaron a acortarse.

Marcus apoyó la mano sobre la rodilla de Dayana, sin avanzar, esperando. Ella no la apartó. Damián, mientras tanto, se había inclinado hacia Selena y le hablaba al oído cosas que la hacían reír y morderse el labio. El calor de la pista parecía haberse mudado a esa esquina.

—Bailás bien o sos de las que miran —preguntó Marcus.

—Depende de la canción —respondió Dayana.

—Y de la compañía —agregó ella, sosteniéndole la mirada.

Marcus se rió por lo bajo y le llenó la copa sin que ella lo pidiera. Tenía una forma de mirar que no incomodaba, que parecía decir que no tenía apuro, que la esperaría el tiempo que hiciera falta. Dayana, que había aprendido hacía rato a desconfiar de los hombres demasiado seguros, descubrió que con este no le pasaba. Quizás era el ron, quizás la noche, quizás que por una vez se permitía no pensar tanto.

Del otro lado de la mesa, Selena ya se había acomodado casi sobre las piernas de Damián. Le contaba algo con las manos, exagerando, y él la escuchaba como si fuera lo más interesante del mundo. Dayana conocía esa risa de su amiga: era la que ponía cuando algo le gustaba de verdad y todavía no quería admitirlo. Bajo la mesa, la mano de Damián ya se había metido debajo del vestido rosa y le acariciaba el interior del muslo; Selena abría apenas las piernas, sin dejar de sonreír, dejándolo llegar más arriba.

***

Faltaban minutos para la medianoche cuando la música bajó de golpe. El DJ tomó el micrófono y el reflector giró hasta posarse sobre la mesa VIP.

—¡Hoy cumple años una de nuestras chicas más hermosas! —anunció—. ¡Todos para Dayana!

El club entero estalló en el «feliz cumpleaños». Marcus y Damián cantaron más fuerte que nadie, golpeando la mesa con las palmas. Dayana se llevó las manos a la cara, entre la risa y las lágrimas, sin saber dónde meterse.

Selena la abrazó con fuerza. Las dos quedaron así un momento, frente con frente, ignorando el ruido alrededor.

—Gracias por estar siempre —susurró Selena, con la voz quebrada—. Por crecer conmigo, por aguantarme.

—Sos mi familia —respondió Dayana—. La que elegí.

Fue un instante de ternura pura, ajeno a la lujuria del resto de la noche. Cuando se separaron, las dos tenían los ojos brillantes y se reían de estar llorando en un boliche.

—Bueno, basta de drama —dijo Selena, secándose con cuidado de no arruinar el delineado—. Ahora sí, a festejar en serio.

***

El ron se terminó y la pista se volvió pequeña para lo que querían. Fue Damián quien lo dijo primero, casi al oído de Selena, lo bastante alto para que las dos lo oyeran.

—Tenemos una suite reservada acá cerca. Con vista al mar. Podríamos seguir la fiesta tranquilos.

Dayana y Selena se miraron. No hizo falta que dijeran nada: bastó una ceja levantada y media sonrisa para ponerse de acuerdo, como hacían desde siempre.

—Una copa más —dijo Dayana—. Y vamos.

Un coche las llevó por la costanera hasta el «Bahía Azul». La suite era enorme: una cama amplísima con sábanas oscuras, un ventanal que daba al agua negra y un par de espejos que devolvían la luz tenue de las lámparas. Olía a sal y a perfume caro.

Selena se sacó los tacos en cuanto entró y se dejó caer en la cama con un suspiro.

—Podría vivir acá.

Marcus cerró la puerta. Algo en el aire cambió: el bullicio del club quedó afuera y, de pronto, los cuatro se sintieron muy conscientes de estar solos.

***

Marcus se acercó a Dayana despacio. Le tomó la cara con las dos manos y la besó sin apuro, como si tuvieran toda la noche, que era exactamente lo que tenían. Ella le respondió enredando los dedos en su nuca, sintiendo el calor del cuerpo de él a través de la camisa, y también el bulto duro que ya se le marcaba en el pantalón contra su vientre.

—Feliz cumpleaños —murmuró él contra sus labios.

Dayana le desabrochó la camisa botón por botón, recorriendo con las palmas el torso firme que iba quedando al descubierto. Él bajó los tirantes del vestido verde agua y dejó que la seda resbalara hasta la cintura. Las tetas de Dayana quedaron al aire, los pezones ya endurecidos, y él bajó la boca sin dudar: le chupó uno mientras le apretaba el otro con la mano, tirándoselo apenas con los dientes hasta arrancarle un gemido corto. Ella le agarró la cabeza y lo apretó contra su pecho.

—Más fuerte —susurró Dayana—. No te cortés conmigo esta noche.

Marcus mordió con más ganas y ella arqueó la espalda. Le bajó el vestido del todo, junto con la tanga, y la dejó desnuda parada en medio de la habitación. Él se arrodilló, le abrió los muslos con las manos y le hundió la boca en el coño sin preámbulos. Le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, se detuvo en el clítoris, lo chupó despacio, después lo lamió en círculos, y Dayana tuvo que agarrarse de sus hombros para no caerse.

—Ay, la puta madre, no pares —jadeó—, así, seguí así.

Marcus se metió dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, y encontró enseguida ese punto que la hacía temblar por dentro. La sintió mojada, apretada alrededor de sus dedos, y aceleró. Dayana empezó a mover las caderas contra su boca, cada vez más rápido, hasta que se le doblaron las piernas y se corrió a chorros, mordiéndose el puño para no gritar. Él siguió lamiéndola despacio mientras ella terminaba de temblar, tomándose todo lo que largaba.

En la otra mitad de la cama, Damián y Selena no esperaron. Él la había recostado y le besaba el cuello, bajando por la clavícula mientras ella le clavaba las uñas en la espalda y arqueaba el cuerpo. El rosa del vestido terminó en el piso, hecho un ovillo, y Selena quedó en una tanga negra que Damián le arrancó de un tirón.

—Quiero escucharte —le dijo Damián al oído.

—Entonces hacé que valga la pena —contestó Selena, mordiéndose una sonrisa.

Damián se bajó los pantalones y se sacó los calzoncillos. La verga le saltó dura, gruesa, y Selena abrió los ojos.

—Vení acá —le dijo, y lo agarró de la base para llevárselo a la boca.

Se la metió entera de una, hasta el fondo, y Damián soltó una puteada de sorpresa. Selena le clavó los ojos mientras se la chupaba con ganas, subiendo y bajando la cabeza, dejándola resbalar hasta la garganta y sacándola bien despacio, todo mojado de saliva. Le ensalivó las bolas también, se las lamió una por una, y volvió a metérsela hasta arcadearse un poco antes de sacarla.

—Puta madre, así, chupámela toda —gruñó Damián, agarrándole el pelo—. Sos una perra.

—Tu perra, esta noche —le respondió Selena, y le dio un beso húmedo en la punta antes de volver a tragársela.

Marcus recostó a Dayana en la cama y terminó de desvestirse. Cuando quedó desnudo, ella se pasó la lengua por los labios: la tenía larga, gruesa, con las venas marcadas. Se acomodó de lado y se acurrucó detrás de ella, abrazándola por completo. Le besó el hombro, la nuca, despacio, mientras una mano le apretaba una teta y la otra le buscaba el coño desde atrás para pasarle dos dedos por los labios abiertos. Cuando la sintió empapada otra vez, se posicionó, y con la verga bien duro le fue empujando la punta contra la entrada.

—¿La querés? —le murmuró al oído.

—Metémela ya —jadeó Dayana—, toda, no me hagas esperar más.

Marcus se la metió de a poco, centímetro a centímetro, hasta enterrársela hasta las bolas. Dayana contuvo el aire y después lo soltó en un gemido largo que él calló con otro beso, girándole apenas la cara.

—Estás apretadísima —le dijo—, se te siente todo.

—Así, no pares —pidió Dayana—. Cogeme así, despacio, quiero sentirla toda.

—No tengo ningún apuro —respondió Marcus, y mantuvo ese ritmo lento que la volvía loca, una mano firme sobre su cadera para clavársela hasta el fondo en cada embestida y la boca pegada a su oído diciéndole cochinadas al ritmo de las caderas.

Selena, a pocos centímetros, ya se había subido encima de Damián. Le agarró la verga bien mojada de su propia saliva, se la puso contra el coño y se dejó caer despacio, empalándose entera, con la boca abierta y los ojos cerrados. Cuando la tuvo toda adentro, empezó a moverse en círculos, apoyando las manos en el pecho de él, y él le apretaba las tetas mientras la miraba cabalgarlo.

—Qué culo tenés, la puta madre —jadeó Damián, agarrándoselo con las dos manos—. Movelo así, no pares.

—¿Te gusta cómo te la monto? —jadeó Selena, mordiéndose el labio—. ¿Te gusta cómo te la aprieto con el coño?

—Me tenés loco, dale, más fuerte.

Selena empezó a rebotar de arriba abajo, las tetas moviéndose con cada embestida, y por momentos las dos amigas se buscaban con la mirada por encima de los hombros de los gemelos, y se reían bajito, cómplices hasta en eso, sin dejar de gemir.

—¿Lo estás disfrutando, cumpleañera? —preguntó Selena, casi sin aliento, mientras seguía cogiendo con Damián.

—No tenés idea —jadeó Dayana—, me está partiendo al medio.

El ritmo fue subiendo de a poco, sin prisa pero sin tregua. Marcus rodó hasta dejar a Dayana boca arriba, le levantó las piernas y se las apoyó sobre los hombros. Volvió a entrar en ella mirándola a la cara, esta vez más profundo, más duro, leyendo cada gesto, ajustándose a lo que el cuerpo de ella le pedía. Cada embestida hacía sonar la piel contra la piel, y Dayana no paraba de gemir cada vez más fuerte.

—Así, cogeme así, más fuerte —le pedía—, rompeme toda.

—¿Te gusta así, cumpleañera? —le gruñó él—. ¿Te gusta cómo te la meto?

—Sí, sí, no pares, no pares.

Le sostuvo las manos contra la almohada, entrelazando los dedos, y siguió cogiéndosela sin tregua hasta que la sintió tensarse entera y romperse en un grito ahogado, apretándole la verga con el coño como un puño. Marcus aguantó unos segundos más y después se salió a último momento; se corrió sobre el vientre y las tetas de Dayana, chorros gruesos y calientes que la mancharon entera. Ella se pasó los dedos por el semen y se los llevó a la boca, mirándolo, y él soltó un gemido más al verla.

Damián y Selena llegaron casi a la vez. Él la agarró de las caderas y la clavó hacia abajo mientras se corría adentro, gruñendo, y Selena se dobló hacia adelante con un grito, apretándole la verga con todo el coño mientras se venía encima de él. Después quedó tirada sobre su pecho, sudada, riéndose sin fuerzas. Cuando todo se aquietó, los cuatro quedaron tirados sobre las sábanas oscuras, sudados, sin energía y completamente felices.

***

La luz del amanecer caribeño se filtró por las cortinas y bañó la cama. Dayana abrió los ojos primero. Marcus dormía con un brazo cruzado sobre su cintura; del otro lado, Selena estaba acurrucada contra Damián. Por un segundo pensó en lo absurdo y hermoso que era todo, en cómo una noche cualquiera se había convertido en algo que iba a recordar por años.

Se movió apenas y Marcus despertó. No dijo nada: solo la acercó más y le besó la frente con una suavidad que no tenía nada que ver con la urgencia de la madrugada.

—Buen día, cumpleañera —murmuró.

—Técnicamente ya pasó mi cumpleaños —respondió ella, sonriendo.

—Entonces empecemos el día siguiente como corresponde.

Esta vez no hubo apuro ni euforia, pero tampoco ternura pasiva. Marcus la besó largo, recorriéndole la espalda con las yemas, y se acomodó entre sus piernas. Dayana lo agarró de la verga, ya dura otra vez, y se la guió al coño, todavía sensible de la noche. Él se metió despacio, hasta el fondo, y empezó a moverse con calma, mirándola a los ojos. Ella le rodeó la cintura con las piernas y le clavaba los talones cada vez que quería que empujara más hondo.

—Así, así —le susurraba—, quedate adentro.

Fue lento y profundo, un cierre más que un comienzo. Se corrió despacio, en oleadas suaves, apretándolo con las piernas, y él la siguió poco después, esta vez adentro, con un gemido ahogado contra su cuello.

A unos pasos, Damián había despertado a Selena con besos en la nuca y una mano entre las piernas. Ella se rió, todavía dormida, y separó los muslos sin abrir los ojos, dejándose acariciar. Damián la giró boca abajo, la levantó apenas de las caderas y se la metió por atrás, despacio, hundiéndosela toda de una vez. Selena gimió contra la almohada, arqueando el culo hacia él, y Damián empezó a cogérsela así, en cuatro, agarrándola del pelo con una mano y de la cintura con la otra.

—Buen día a vos también —le dijo entre embestidas, y Selena se rió jadeando.

—Callate y seguí.

Los cuatro se movían en la misma habitación pero cada pareja en su propio mundo, en una mañana que olía a sal, a sábanas tibias y a sexo. Damián se corrió sobre el culo de Selena, chorros blancos que le resbalaron por la raja y los muslos, y después la besó en el hombro mientras ella se estiraba, satisfecha.

—Esto es solo el comienzo —dijo Damián después, acariciándole el pelo a Selena.

—Eso dicen todos —contestó ella, pero lo dijo sonriendo.

Cuando por fin se quedaron quietos otra vez, Dayana buscó la mano de Selena por encima de la cama deshecha. Se la apretó fuerte, como cuando eran dos pibas asustadas que recién empezaban a ser ellas mismas y solo se tenían la una a la otra.

—Mejor cumpleaños imposible —dijo Dayana.

—Te lo dije —respondió Selena—. Te lo merecías.

Afuera, el mar seguía golpeando la costa con la misma paciencia de siempre. Adentro, las dos amigas se durmieron de nuevo, abrazadas a dos desconocidos que ya no lo eran tanto, sabiendo que esa madrugada había sellado algo: el vínculo con los gemelos, sí, pero sobre todo el que ellas dos compartían desde el principio.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(7)

MilaCba

buenisimo!! me encanto

Rosario_71

Que noche tan especial! por favor sigue contando como termino todo

cumplero_mx

Me engancho desde el primer parrafo, muy bien escrito. Espero la continuacion

Carlitos_uy

jajaja tremendo cumpleanos!! que envidia sana jeje

nocturna_87

La ambientacion del club esta muy bien lograda, uno se siente ahi bailando. Segui asi!

NicoK_reader

Me recordo a una noche de cumple que tuve hace años, aunque la mia fue mucho mas tranquila jaajaja. Muy buena historia, se lee de corrido.

Ramiro_Vidal

Increible!!! quede con ganas de mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.