Marina me convirtió en mujer antes de compartirme
Los meses fueron pasando y nuestra vida juntas mejoraba cada día. Marina y yo ya no éramos solo una pareja; éramos amigas, cómplices, confidentes y amantes. Había una intimidad entre nosotras que nunca antes había sentido con nadie, una manera de entendernos sin necesidad de hablar.
Cada semana que pasaba yo me sentía más mujer. Marina lo notaba, y se la veía tan feliz como yo. A veces me sorprendía mirándome desde la puerta del baño mientras me maquillaba, con una sonrisa que lo decía todo.
Salíamos mucho. De compras, sobre todo de compras. A cenar, al cine, a caminar de la mano por el centro hasta que se nos hacía tarde.
Los hombres nos miraban por la calle, claro que nos miraban. Pero en aquellos días nosotras solo existíamos la una para la otra.
Todas las noches, antes de dormir, nos follábamos con la calma de quien tiene toda la vida por delante. Era nuestro ritual, la frontera sudorosa entre el día y el sueño. Marina se me subía encima con las tetas colgando sobre mi cara y yo se las chupaba una por una, atrapando sus pezones duros entre los dientes hasta hacerla gemir. Después bajaba la cabeza hasta mi entrepierna y me lamía despacio, con la lengua plana y caliente, recorriendo cada centímetro de mi sexo hasta que yo me retorcía sobre las sábanas. Los suyos me volvían loca, y Marina disfrutaba con los míos, que poco a poco habían ido creciendo hasta necesitar un sujetador de copa pequeña para sostenerlos. Nos corríamos siempre, una en la boca de la otra, mordiéndonos los muslos para no gritar.
Una de esas noches, todavía con la respiración entrecortada y el sabor de su coño en los labios, Marina apoyó la cabeza en mi hombro y dijo:
—Follar con la persona que amas es lo mejor del mundo.
—Tienes toda la razón —respondí—. Es lo más bonito que conozco.
—Aunque, te confieso una cosa… —añadió, conteniendo la risa—. Follar con alguien a quien no amas también está muy bien.
Las carcajadas nos salieron del alma. Nos reímos hasta que nos dolió el estómago, abrazadas, y aquella frase quedó flotando en el aire como una semilla.
***
Una mañana, mientras desayunábamos, no pude contener la curiosidad.
—Marina, ¿no te ha vuelto a llamar Rodrigo?
—No, no me ha llamado —dijo ella sin levantar la vista del café.
—¿Y tú no piensas llamarlo?
—¿Yo? Ni loca.
—¿Es que ya no te apetece?
—Pues claro que me apetece. Estoy deseando que me la meta hasta el fondo otra vez, si quieres que te diga la verdad. Pero somos mujeres, Sara, y las mujeres nos tenemos que hacer valer.
Yo todavía no terminaba de entender aquella lógica. Si las dos deseábamos algo, ¿por qué no íbamos sencillamente a buscarlo? Se lo dije, y Marina dejó la taza sobre la mesa con la paciencia de quien le explica algo importante a una principiante.
—Tienes que aprender a pensar como una mujer. Ya no eres un hombre, cariño. Ya no actúas por instinto, ya no vas de frente como un toro. El deseo de una mujer es otra cosa: se cocina a fuego lento, se hace esperar, se administra. Y eso, créeme, lo hace mil veces mejor.
Me quedé pensando en sus palabras todo el día. Había algo en esa nueva manera de desear que me resultaba ajeno y a la vez profundamente mío.
***
Unos días después, Marina entró en casa con una sonrisa que no le cabía en la cara. Rodrigo había llamado por fin. Nos invitaba a cenar el sábado siguiente, decía. Había quedado con un buen amigo y se le había ocurrido que los cuatro lo podríamos pasar muy bien.
—¿Y qué le has contestado? —pregunté, intentando disimular las ganas.
—Le he dicho que el sábado nos era imposible, que ya teníamos un compromiso. Que cenáramos mejor el viernes o el domingo.
—¿Qué compromiso tenemos el sábado? —pregunté, desconcertada.
—Ninguno —respondió ella, guiñándome un ojo.
Me reí. Empezaba a entenderlo. Hacerse de rogar también era una forma de poder, una manera de decir «soy yo quien decide cuándo».
Lo que quedaba de semana lo dedicamos a prepararnos. Peluquería, depilación, una sesión entera probándonos vestidos en las tiendas del centro. Marina elegía, yo me miraba en los espejos sin reconocerme del todo, y esa extraña que me devolvía la mirada me gustaba cada vez más.
***
Habíamos quedado el viernes a las nueve y media en un restaurante elegante del centro, de esos con manteles de hilo y camareros que hablan en voz baja. A las nueve yo ya estaba vestida y maquillada, dando vueltas por el salón con los tacones, mientras Marina seguía encerrada en el dormitorio.
—Date prisa, Marina, que vamos a llegar tarde —le grité desde la puerta.
—Pues claro que vamos a llegar tarde —contestó ella desde dentro, sin inmutarse—. Somos mujeres, Sara, y las mujeres siempre llegamos tarde. Así tiene que ser.
Llegamos al restaurante pasados veinte minutos de la hora. El maître nos acompañó hasta la mesa donde los dos hombres nos esperaban de pie. Se levantaron para recibirnos con un par de besos cada uno. Rodrigo, al que ya conocíamos, nos presentó a su amigo Daniel, que estaba realmente de buen ver: alto, sonrisa fácil, una mirada serena que no se apuraba por nada.
—Perdón por el retraso, no encontrábamos taxi —mintió Marina con una naturalidad que me dejó admirada.
La conversación fue de lo más amena. Daniel nos contó que vivía en Valencia y que había venido a la ciudad por unas reuniones de negocios. Tenía esa manera de hablar de los hombres que escuchan de verdad, que preguntan y esperan la respuesta. Cada vez que se dirigía a mí, sentía un cosquilleo nuevo en el estómago y una humedad tibia entre los muslos que me obligaba a cruzar y descruzar las piernas debajo del mantel.
La cena fue exquisita. No comimos demasiado, los platos eran pequeños y delicados, pero cada bocado era una pequeña obra de arte. Antes de que sirvieran el postre, Marina me pidió que la acompañara al baño.
Una vez dentro, frente al espejo, me sujetó por los hombros.
—¿Qué te parece Daniel? —me preguntó en voz baja.
—La verdad es que es guapísimo, y muy educado. Me gusta mucho —admití, retocándome el carmín—. Pero… ¿qué va a decir cuando se entere de mi condición?
—No va a decir nada, porque ya lo sabe —respondió Marina con una sonrisa tranquila—. Se lo contó Rodrigo cuando hablaron por teléfono. Y aun así quiso venir, Sara. Vino por ti. Vino porque quiere follarte.
Me miré en el espejo. La mujer que me devolvía la mirada tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Por primera vez no sentí miedo, sino una especie de vértigo dulce y un latido insistente entre las piernas que me anunciaba lo que se venía.
***
Cuando salimos del restaurante, decidimos seguir la noche en un bar tranquilo de copas, con luz tenue y música suave de fondo. Nos sentamos en dos sofás enfrentados: Marina y Rodrigo en uno, Daniel y yo en el otro.
No tardó en romperse el hielo. Rodrigo pasó un brazo por encima de los hombros de Marina, la atrajo hacia él y le dio un beso en los labios como si fuera la cosa más natural del mundo. La cara de Marina era de pura satisfacción, y desde donde estaba yo se le veía la mano de Rodrigo colándose por dentro del escote, sobándole una teta sin ningún disimulo.
Daniel se volvió hacia mí y, con esa calma suya, me preguntó:
—¿Puedo besarte, Sara?
—Por favor —susurré—. Lo estoy deseando.
Rozó mis labios con los suyos, despacio, y un escalofrío me recorrió la espalda entera. Sentí cómo su lengua buscaba entrar en mi boca y la abrí para recibirla. El beso fue lento al principio, exploratorio, y luego más hondo, más hambriento. Me agarré a la solapa de su chaqueta como quien se sujeta para no caerse.
A partir de ese momento, todo empezó a descontrolarse de la manera más deliciosa. Con cuidado de que no nos vieran demasiado en la penumbra del local, su mano bajó por mi cuello, rozó el escote, se coló bajo la tela y me apretó un pecho hasta hacerme jadear en su boca. Encontró el pezón, lo pellizcó despacio, lo rodó entre los dedos, y yo tuve que morderme el labio para no gemir en voz alta. La mía encontró su muslo y trepó, centímetro a centímetro, hasta dar con el bulto durísimo que se marcaba bajo el pantalón. Se la agarré por encima de la tela y la sentí latir bajo mi palma. Daniel soltó el aire por la nariz y me susurró al oído:
—Como sigas tocándome ahí, me corro en los pantalones.
Me reí bajito y apreté un poco más, sintiendo cómo la polla se le hinchaba todavía más. Estaba dura como una piedra, larga, y yo ya me la imaginaba dentro de mi boca, dentro de mi culo, en cualquier sitio en el que él quisiera metérmela.
En el sofá de enfrente, Marina y Rodrigo estaban en las mismas. Cruzamos una mirada cómplice, ella y yo, por encima de los hombros de los dos hombres, y nos sonreímos. Estábamos viviendo exactamente lo que habíamos deseado.
Un par de copas más tarde, Rodrigo sugirió que continuáramos la velada en su casa. Por la cara que pusimos los demás, la propuesta no necesitaba votación.
***
El taxi nos dejó en la puerta de su edificio. Entramos los cuatro como dos parejas de novios que llevaran tiempo sin verse, riéndonos por lo bajo en el ascensor. Daniel me tenía agarrada por la cintura y, justo antes de llegar a su piso, me arrinconó contra el espejo y me metió la mano por debajo de la falda. Sus dedos subieron por la cara interna de mi muslo hasta rozar el bulto contenido bajo las bragas de encaje. Se me escapó un gemido que Marina y Rodrigo escucharon perfectamente.
—Está empalmadísima —murmuró Daniel, apretándome por encima de la tela—. Vaya nochecita nos espera.
Rodrigo sirvió una última copa para cada uno, más por costumbre que por necesidad. La bebimos a medias. La ropa empezaba a sobrar, y en un abrir y cerrar de ojos las manos hicieron lo que las palabras ya no hacían falta para decir.
Daniel me desabrochó el vestido despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo, como si quisiera asegurarse de que yo estaba bien. Y lo estaba. Estaba mejor que nunca. El vestido cayó al suelo y quedé en sujetador y bragas frente a él. Se arrodilló, me besó el vientre, me lamió el ombligo, y luego bajó la boca hasta mis bragas y las mordió, tirando de ellas hacia abajo con los dientes. Cuando mi polla saltó libre, dura y goteando, él no dudó ni un segundo. Se la metió en la boca hasta la mitad, cerró los labios y empezó a chuparla despacio, con una habilidad que me hizo doblar las rodillas.
—Joder, Daniel… así, así… —gemí, hundiendo los dedos en su pelo.
Él subía y bajaba la cabeza, lamía la punta, me la sacaba de la boca para pasarme la lengua por los huevos y volvía a tragársela entera. Sentir sus manos recorrer mi cuerpo nuevo, mi cuerpo de mujer recién estrenado, y esa boca caliente comiéndome la polla como si le fuera la vida en ello, fue una de las sensaciones más intensas de mi vida.
Al otro lado del salón, Marina ya estaba desnuda a cuatro patas sobre la alfombra y Rodrigo, de rodillas detrás, le comía el coño con la cara metida entre sus nalgas. Marina tenía las tetas colgando y la boca abierta, y cada lametón la hacía echar la cabeza hacia atrás. Cuando nuestras miradas se cruzaron, me sonrió con los labios brillantes y me lanzó un beso al aire.
Daniel me tumbó boca arriba con suavidad y se desnudó frente a mí. Cuando por fin le vi la polla al aire, se me hizo la boca agua: gruesa, larga, con las venas marcadas y la punta ya mojada. Me arrodillé en el borde del sofá y me la metí entera en la boca. Me atraganté un poco al principio, pero enseguida cogí el ritmo. Lo miraba desde abajo mientras se la tragaba, mientras mi lengua bailaba alrededor del glande, mientras le acariciaba los huevos con la otra mano. Él me sujetó la cabeza y empezó a follarme la boca con embestidas lentas y profundas.
—Qué bien la chupas, cariño, qué bien la chupas… —jadeaba.
Cuando ya no podía más, me apartó de un tirón, me giró y me puso a cuatro patas sobre el sofá. Escupió sobre mi culo y me lo abrió con los pulgares. Sentí la punta de su polla empujando en mi entrada, ganando terreno milímetro a milímetro, y cuando por fin entró del todo grité contra el cojín.
—Fóllame, Daniel, fóllame fuerte, por favor —le supliqué.
Y me folló. Me folló como yo necesitaba que me follaran, con las manos sujetándome las caderas, con el cuerpo golpeando el mío en cada embestida, con la polla entrando y saliendo de mi culo a un ritmo cada vez más brutal. Al lado, Rodrigo tumbó a Marina de espaldas en el sofá, le levantó las piernas hasta ponérselas sobre los hombros y se la metió también. Los cuatro gemíamos a la vez, la casa entera olía a sexo, a sudor, a semen y a perfume mezclado.
En algún momento intercambiamos. Marina se arrastró hasta donde estábamos nosotros y se puso a lamerme la polla mientras Daniel seguía embistiéndome por detrás. Yo estiré el brazo y le encontré el coño empapado, hundí dos dedos y empecé a metérselos y sacárselos al ritmo de las embestidas que yo recibía. Rodrigo se acercó, me agarró del pelo y me metió su polla en la boca. Me la mamé con hambre, sabía a Marina, sabía a coño, y esa mezcla me volvió loca.
—Me corro, me voy a correr —anunció Daniel entre dientes.
—Dentro, córrete dentro —le pedí sin soltar la polla de Rodrigo.
Lo sentí explotar dentro de mí, embestida tras embestida, llenándome el culo de semen caliente. Cuando por fin salió, un chorro espeso me resbaló por el muslo. Rodrigo aprovechó para cambiarme de agujero: se colocó detrás y me metió su polla en el culo todavía abierto y goteando, mientras Marina me montaba por delante, sentada sobre mi cara, restregándome el coño por la boca hasta que le hundí la lengua tan dentro como pude.
Me corrí así, con la polla de Rodrigo bombeándome por detrás y el sabor de Marina en la lengua, sin ni siquiera tocarme, salpicando el cuero del sofá con chorros de semen que ella recogió con los dedos y se llevó a la boca sin dejar de gemir. Rodrigo aguantó un par de minutos más y terminó corriéndose sobre mis nalgas, marcando mi piel con un reguero blanco y espeso.
Hubo copas, risas, excesos, miradas que lo decían todo. Hubo más bocas y más manos y más nombres susurrados en la oscuridad, y una segunda ronda al amanecer sobre la cama deshecha de Rodrigo, con Marina y yo abrazadas boca abajo y ellos entrándonos a la vez, follándonos en paralelo hasta dejarnos sin voz.
Lo que sí cabe, lo que me llevé a casa al amanecer con la mano de Marina entrelazada en la mía dentro del taxi y el semen de dos hombres todavía escurriéndome por dentro, fue una certeza. Yo ya no actuaba por instinto. Había aprendido a desear como una mujer: despacio, a fuego lento, haciéndome valer. Y eso, como ella me había prometido, lo hacía todo mil veces mejor.





