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Relatos Ardientes

La noche que Mateo se vistió de mujer para él

Llevaban tres semanas escribiéndose antes de que Mateo se atreviera a aceptar la invitación. Damián vivía en un piso alto del centro, con ventanales que daban a las luces de la ciudad y un salón en penumbra que olía a madera y a algo cítrico. Mateo había llegado con el estómago hecho un nudo y una bolsa de tela colgada del hombro, sin decir todavía qué llevaba dentro.

—Ponte cómodo —le había dicho Damián, sirviéndole una copa—. No tienes que demostrarme nada.

Pero Mateo sí quería demostrar algo. No a Damián. A sí mismo. Por eso, cuando el silencio entre los dos se volvió denso y la conversación se redujo a miradas, pidió usar el baño, y volvió distinto. La falda de cuero negro. El encaje rojo. La parte de él que durante años había guardado bajo llave, y que esa noche, por primera vez, dejaba salir delante de otra persona.

Mateo se quedó sin aliento cuando Damián se apartó del beso. Los ojos oscuros del otro hombre ardían con una intensidad que le aflojó las rodillas. El encaje rojo de la lencería se le pegaba a la piel, todavía húmeda por el calor de la noche, y el cuero de la falda le rozaba los muslos cada vez que se movía, nervioso, sin saber dónde poner las manos.

—Eres perfecto —murmuró Damián, con la voz baja y áspera.

Deslizó las palmas por los costados de Mateo, despacio, hasta que las yemas se le engancharon en el borde del encaje. No tiró. Solo se quedó ahí, sintiendo la tela.

—Pero quiero verte entero —dijo—. Desnúdate para mí.

Mateo dudó. El corazón le latía con fuerza contra las costillas. Nunca había hecho esto, nunca había dejado que nadie lo mirara mientras se quitaba la ropa, mucho menos esa ropa. Pero el deseo en la cara de Damián era una orden imposible de desobedecer.

Lentamente agarró el dobladillo de la falda de cuero y la fue bajando por las caderas, hasta que cayó al suelo y quedó hecha un nudo alrededor de sus tobillos. El aire fresco del salón le recorrió la piel. Desabrochó los corchetes del sujetador y lo dejó caer también, descubriendo la línea esbelta de su torso.

La mirada de Damián lo recorrió entero, y se detuvo en cada detalle como si quisiera memorizarlo.

—Joder, Mateo —susurró, acercándose un paso—. Eres precioso.

Mateo se estremeció cuando las manos de Damián volvieron a tocarlo. Los dedos le trazaron una línea por el pecho, rozando un pezón, y la descarga le subió por la espalda. No esperaba sentir tanto con tan poco. No había imaginado que el contacto de otro hombre pudiera hacerlo sentir tan despierto, tan presente en su propio cuerpo.

—Damián —dijo con la voz temblorosa—. Quiero… quiero quedarme vestido de mujer.

Damián se detuvo. Sus ojos buscaron los de Mateo, sin sorpresa, solo con curiosidad.

—¿Sí? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué?

Mateo tragó saliva. Las mejillas le ardían.

—Porque me hace sentir… poderoso. Hermoso. Como yo mismo, supongo. Más yo que cualquier otra cosa.

Una sonrisa lenta se extendió por la cara de Damián, y asintió como si acabara de entender algo importante.

—Entonces lo dejamos puesto —dijo, firme—. Pero igual quiero saborearte.

Antes de que Mateo pudiera contestar, Damián se inclinó y cerró los labios alrededor de uno de sus pezones. La sensación fue eléctrica, una ola de calor que bajó directa hasta la ingle. Mateo jadeó y enredó los dedos en el pelo del otro mientras él lamía y succionaba, jugando con la lengua sobre la piel sensible.

—Dios —gimió Mateo, las caderas meciéndose solas hacia adelante—. Eso se siente increíble.

Su erección presionaba contra la única prenda que le quedaba puesta, las bragas rojas de encaje. Damián rió por lo bajo contra su piel y bajó las manos hasta sujetarle las caderas.

—Te gusta, ¿verdad? —murmuró, pasando al otro pezón—. Eres tan sensible que casi no hace falta tocarte.

Mateo solo pudo asentir. No le salían las palabras mientras Damián seguía con la boca, paciente, sin prisa. Podía sentir cada caricia de los dedos, cada paso de la lengua, cada succión exacta de los labios. Era demasiado, pero en el mejor de los sentidos.

Damián se apartó al cabo de un momento, con los ojos oscurecidos.

—Vamos al sofá —dijo, y había algo de mando en su voz que a Mateo le encantó.

De golpe se sintió expuesto, demasiado a la vista. Aprovechó para recoger la falda del suelo y se la volvió a poner; el cuero suave le rozó los muslos al ajustarse en su sitio. Las bragas seguían pegadas a las caderas, marcando sin disimulo la erección, pero la falda le devolvió una pizca de seguridad, y eso bastó.

Damián lo observó con una sonrisa ladeada, divertido, pero sin un gramo de burla.

—No tienes que esconderte de mí —dijo, tendiéndole la mano—. Ven.

Mateo dejó que lo guiara por la habitación. Sus pasos eran silenciosos sobre la alfombra. El aire entre los dos crepitaba de anticipación, y notaba la presencia de Damián a su espalda, firme, sólida, como un calor que le ponía la piel de gallina.

Al llegar al sofá, Damián se volvió hacia él. En sus ojos había deseo, sí, pero también algo más suave, algo que a Mateo le apretó el pecho. Por un instante se quedaron quietos, las respiraciones mezclándose en el silencio del salón. Después, sin una palabra, Damián lo ayudó a sentarse con cuidado sobre los cojines de cuero.

Las piernas de Mateo temblaban un poco al acomodarse, con la falda resbalándole contra los muslos. Miró a Damián con los labios entreabiertos, sin saber qué decir ni qué hacer. Pero el otro no necesitaba que dijera nada. Se arrodilló entre sus piernas y le apoyó las manos en las rodillas, con un toque firme y a la vez delicado.

—Relájate —murmuró—. Estás conmigo.

Mateo soltó el aire de forma entrecortada y se recostó mientras las manos de Damián subían más arriba, trazando la curva de sus piernas por debajo de la falda. El contacto le sacó un escalofrío y se mordió el labio para no gemir. Los ojos de Damián no se apartaron de los suyos, oscuros e intensos, como si quisiera guardar cada reacción, cada temblor que le recorría el cuerpo.

La tensión en la habitación era espesa, densa, casi física. Mateo se sentía al borde de algo que no podía nombrar. Pero con Damián ahí, guiándolo, tocándolo, supo que podía dejarse ir sin riesgo.

Pensó en todas las veces que se había vestido a escondidas, frente al espejo del baño, con la puerta cerrada y el oído atento por si alguien llegaba. En todas las veces que había sentido vergüenza de algo que, en el fondo, lo hacía feliz. Y ahora estaba ahí, con la falda puesta y otro hombre arrodillado entre sus piernas, sin esconderse de nada. La diferencia le pareció enorme, casi mareante.

—Tócame —dijo Damián al fin, en voz baja, como una invitación que también era una orden.

Mateo dudó apenas un segundo antes de extender la mano y rozar con los dedos el bulto bajo el pantalón. Sentía el calor a través de la tela, y eso le hizo doler de ganas. Lentamente desabrochó el cinturón y bajó la cremallera, hasta liberar la erección de Damián.

—Joder —gimió él cuando Mateo lo rodeó con la mano y empezó una caricia lenta—. Tienes unas manos increíbles.

A Mateo se le secó la garganta. Sus movimientos eran torpes al principio, vacilantes, pero fueron ganando seguridad a medida que sentía cómo respondía el cuerpo del otro. Observaba la reacción de Damián, la mandíbula apretada, el pecho subiendo y bajando cada vez más rápido.

—Así —lo animó Damián, con la voz ronca—. Joder, se te da de maravilla.

Las mejillas de Mateo se encendieron con el elogio, y aceleró el ritmo. Notaba la tensión acumulándose en el cuerpo de Damián, oía cómo se le cortaba la respiración. Había algo embriagador en saber que era él quien provocaba esos gemidos graves, que era su mano la que lo llevaba hasta el límite.

—Estoy cerca —avisó Damián, agarrándose al borde del sofá—. No pares.

Mateo no paró. Siguió, la mano cada vez más rápida y firme, hasta que Damián se corrió con un gemido grave que pareció salirle de muy adentro. Después se quedaron los dos quietos, recuperando el aliento, mirándose.

—Estás lleno de sorpresas —murmuró Damián, y se inclinó para besarlo, hondo, sin prisa.

Mateo se derritió en el beso, todavía vibrando de deseo. Cuando se separaron, apoyó la cabeza en el hombro del otro y sintió, por primera vez en mucho tiempo, que no tenía que disculparse por nada.

—Cuéntame tus secretos —dijo Damián en voz baja, pasándole una mano por el pelo—. ¿Qué más quieres? ¿Qué te hace sentir vivo?

Mateo se estremeció con la pregunta. Nunca se lo había dicho a nadie. Pero algo en la forma en que Damián lo miraba le dio el valor suficiente.

—Quiero que me dominen —admitió en un susurro—. Quiero estar atado, que alguien tenga el control. Y me encanta vestirme de mujer. Sobre todo de cuero. Me hace sentir poderoso y deseado al mismo tiempo.

Damián sonrió y lo atrajo hacia sí.

—Entonces lo exploraremos juntos —prometió, con una voz suave pero llena de intención.

Una oleada cálida de alivio recorrió a Mateo. El pecho se le ensanchó ante esa aceptación tan simple, tan sin condiciones. Se quedaron un rato así, las respiraciones mezclándose en el silencio, hasta que Damián volvió a besarlo, esta vez lento y tierno, un gesto que decía más que cualquier promesa.

Al separarse, Mateo miró el reloj de la pared y se sorprendió de lo tarde que era.

—Debería irme —murmuró, sin ganas.

Damián asintió, con una expresión imposible de leer pero amable.

—Claro —dijo, poniéndose de pie y alisándose la ropa. Le tomó la mano y se la apretó—. Sabes dónde encontrarme si quieres… hablar más.

Mateo asintió, con una mezcla de emociones apretadas en el pecho: nervios, excitación y una extraña sensación de claridad. Recogió sus cosas, se ajustó la falda de cuero y se acomodó el encaje con la mayor discreción posible. Los restos del encuentro seguían en su piel: el tacto de Damián, su aroma, el calor de su presencia.

Caminaron juntos hasta la puerta, el aire entre ellos lleno de cosas no dichas. Damián la abrió y se apoyó en el marco mientras Mateo salía a la noche fresca.

—Cuídate —dijo en voz baja.

Mateo cerró la puerta tras de sí y se quedó un momento apoyado contra ella, exhalando despacio. Menuda noche, pensó, con el corazón todavía golpeándole el pecho.

En casa, fue directo al dormitorio. Se quitó la lencería con cuidado y la colgó en el armario, donde guardaba esa parte de sí mismo que tan pocas veces se permitía mostrar. Mientras se ponía el pijama, no pudo evitar sonreír a solas.

Por primera vez en mucho tiempo se sentía vivo. Comprendido. Y tal vez, solo tal vez, un poco esperanzado por lo que pudiera venir.

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Comentarios(7)

TransFan_ok

que relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, me encanto

SoledadBA

quede con ganas de mas... por favor que haya segunda parte, no puedo quedarme asi jajaja

RominaBaires

me recordo a una situacion parecida que vivi, ese miedo mezclado con la emocion es muy real. muy bueno el relato

NaliaRos22

me encanto como lo contaste, sin vulgaridades y con mucho sentimiento. felicidades

EduardoLector

¿habra continuacion? porque me dejaste con el corazon en la boca jajaja. muy buen relato

Lola_Cruz

que manera de escribir, se nota que esto viene de adentro. me emocione leyendolo y eso no pasa siempre con estos relatos. muy recomendable, ojala haya mas

lector_nocturno23

segui por favor!!! necesito saber como termina esto

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