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Relatos Ardientes

La asesora de imagen que me feminizó en silencio

El salón del hotel olía a alfombra nueva y a café recalentado. «Presencia Ejecutiva», anunciaba el rótulo en la puerta, sobre un atril de metal pulido. Las sillas estaban formadas con precisión militar, había botellas de agua delgadas en cada sitio y libretas de canto dorado que nadie había abierto todavía. La sala estaba vacía. Tomás había llegado el primero, como siempre, porque llegar temprano era su manera de no llamar la atención.

Treinta y tantos, responsable de comunicación interna recién ascendido, traje oscuro correcto pero olvidable, el pelo corto peinado con disciplina y unas ojeras que ni el café lograba disimular. Estaba ahí porque su jefe lo había inscrito con un correo sin cortesías: «te falta presencia, voz más cuidada, postura, y un trato más complaciente con el cliente». Había oído esas frases mil veces, pero esa mañana pinchaban por precisas. Mañana sostendría una presentación que le pesaba en el estómago como una piedra.

Se sentó en la tercera fila, al borde del pasillo, con el escepticismo doblado dentro de la libreta y la secreta esperanza de salir distinto.

Entonces entró ella.

Entró como si la luz le perteneciera. Vestido entallado de un rosa imposible, tacones que marcaban un metrónomo sobre la alfombra, el pelo platino pulido como cristal y una mirada de mando que perforaba el aire antes que cualquier defensa. No necesitaba presentación. La sala entera pareció enderezarse cuando se detuvo frente a la mesa, donde la esperaban un frasco rosa y un par de tacones transparentes de plataforma.

Dio un rodeo lento por el borde de la mesa. El tacón dibujó un semicírculo a la espalda de Tomás; el perfume llegó antes que las palabras. Se detuvo a la altura de su hombro, le alisó la solapa con dos dedos y, con la punta del tacón, desplazó la silla un palmo.

—Siéntate aquí, frente a mí —su voz, grave y cálida, no pedía—. Respira conmigo. Uno… dos… tres. Vamos a limpiar el ruido.

El aire subió un grado. El latido se le quedó atascado en la base de la garganta. Empezó a respirar por la boca sin darse cuenta.

Ella se acercó un paso más y detuvo el metrónomo del tacón. Le tomó la mano por el dorso, sin apretar, y la guió hasta el costado de su vestido. Con la uña recorrió la costura.

—Toca —susurró, coqueta—. La tela se entiende con los dedos.

Tomás la rozó: lisa y firme, fría al principio, después tibia por el calor de ella. Le llegó su aroma —cereza limpia, talco discreto, un filo de metal tibio—; no invadía, ordenaba. Una saliva dulce le llenó la boca. Tragó despacio. La respiración se le acompasó sola, como si el aire hubiera aprendido modales.

—Me llamo Madame Lux y seré tu asesora de imagen —dijo, y una sonrisa mínima le ablandó el borde de la orden—. Estás a salvo aquí, frente a mí. Yo marco el ritmo y tú respiras. Conversemos. ¿A qué vienes hoy? ¿Qué te pidió tu jefe para mañana? ¿A dónde quieres llegar en seis meses?

Él respondió con sí y no al principio. Después, sin notarlo, empezó a armar frases. Que su jefe lo enviaba por la presentación. Que quería presencia, voz cuidada, postura sin tics ni muletillas, porque representaría a la empresa ante el comité del cliente. Que si fallaba, lo bajarían de la cuenta. Que su voz temblaba, que se quedaba sin aire al minuto tres. Que en seis meses quería un ascenso y que esa presentación era la condición.

Madame Lux pescó las palabras ancla —presencia, voz, postura, cuenta, seis meses, condición— y le devolvió un resumen limpio, como quien ajusta una chaqueta a medida.

—Perfecto. Mañana presentas; tu jefe quiere presencia, voz cuidada, postura y trato complaciente. Y tú madrugas, café solo, metro, almuerzo rápido, sueño ligero. Eres eficiente hasta para dudar.

Hablaron de rutas, de tráfico, de la corbata que apretaba, de las madrugadas en silencio. La voz de ella alisaba el aire y las respuestas de él encontraban sitio. A Tomás se le escapó una risa breve que no pedía disculpas.

—Ah —dijo Madame Lux, retomando el tema de las madrugadas y el silencio—, tú eres de los hombres que orinan sentados y disfrutan de las cosas femeninas —lo soltó como quien comenta el clima.

Tomás no pudo negar lo obvio. La realidad se acomodó sin aspavientos: un instante antes no era así; ahora lo era porque ella lo había dicho. Así funciona con ella, pensó sin entenderlo del todo. Cada frase caía y el mundo se plegaba alrededor; no era recuerdo, era edición. Y su mente, obediente, corría detrás a justificarlo: más limpio en casa, menos ruido de madrugada, cero salpicaduras, y así revisaba notas en el teléfono con calma.

—S-sí… —admitió, sonrojándose—. Es más limpio. No hago ruido tan temprano.

—Y eres de los hombres que se depilan —lo dijo en voz baja, casual.

El pensamiento aterrizó y encajó. Un latido antes jamás lo habría considerado; en cuanto ella lo nombró, le pareció lógico. Y descubrió que le gustaba: la piel suave, pulida, el pubis liso como el de una niña bien cuidada, la polla desnuda de vello asomando limpia entre los muslos afeitados. La razón se ordenó sola: desde que nadaba en la piscina del edificio prefería estar depilado, la camisa caía mejor, la tela no raspaba, la crema penetraba pareja. Una justificación suave, casi femenina: cuidado, tacto, brillo. Se le subió el rubor a las orejas al pensar en su propio coño imberbe —así, sin pelo, le parecía casi un coño—, en cómo se ponía duro contra el encaje de la tanga sin un solo pelo que estorbara. Madame Lux había dicho en voz alta algo que ni él sabía.

—Y, si disfrutas depilarte, eres de los hombres que usan crema corporal cada mañana —deslizó—. Piel preparada trabaja mejor que prisa.

Y la usaba. Su cabeza acomodó: se absorbía rápido, evitaba la tirantez del aire acondicionado, fijaba mejor el perfume. Se veía cada mañana sentado al borde de la cama, desnudo, la polla depilada colgando blanda, untándose crema en los muslos, en el vientre, deslizando los dedos entre las nalgas para no dejar zona sin brillo. La novedad lo exponía y lo avergonzaba un poco, pero encajaba.

—Eres un hombre femenino —afirmó Madame Lux, grave—. Afeminado. Te gustan las cosas femeninas; y cuando yo lo digo, es verdad.

La realidad se acomodó sin ruido. Él lo disfrutaba: la textura lisa sobre la piel, el brillo pulido, los gestos delicados. Se sentía sensual y femenino, y lejos de incomodarle, lo ordenaba. Bajo el pantalón, la polla depilada empezó a latir gorda contra la tanga; sintió cómo el encaje se le humedecía en la punta, una gota de líquido preseminal empapando la puntilla.

Madame Lux lo vio. No hizo falta que mirara: lo olió, lo intuyó por el rubor. Se inclinó y le posó la mano abierta sobre el muslo, muy alto, casi en la ingle. La palma tibia se apoyó justo al borde del bulto que tensaba la tela.

—Estás mojando la tanga —le susurró al oído, sin reproche—. Un hombre femenino se corre por delante como una nena. Aguanta, Tomás. Todavía no.

Él tragó saliva. La mano de ella no se movió. Le apretó apenas la ingle, dos dedos rozando el tallo endurecido a través del pantalón, y volvió a alisar como si no hubiera pasado nada. La polla le palpitó dura contra el encaje mojado. Un gemido bajo se le escapó por la nariz.

—Buen chico —dictó ella—. Se aguantan las ganas y se respira.

***

Las puertas se abrieron y empezaron a entrar participantes con murmullos cortos, sillas que se arrastraban lo justo.

—Y, con ese cuidado, eres de los hombres que llevan un bralette de encaje bajo la camisa —añadió ella, casual, como si hablara de un accesorio—. Queda liso bajo el traje, te evita roces.

Nunca lo habría comprado antes de conocerla. Lo sabía y se encendió de pudor. Pero esa mañana —ahora lo recordaba como si siempre hubiera sido así— había abierto el cajón y elegido uno de puntilla rosa. Los tirantes fríos le habían besado la clavícula, el broche se había cerrado con un clic blando y el tul le había envuelto el pecho. Se había pellizcado los pezones a través del encaje frente al espejo, mordiéndose el labio al ver cómo se le endurecían, dos puntitos rosados marcando la tela. Había bajado la mano por el vientre depilado, por debajo del elástico de la tanga, hasta rodearse la polla dura y pajearse tres veces largas, mirándose bonito, apretándose los pezones con la otra mano, hasta parar justo antes de correrse porque la corrida era de ella, no suya. Había sonreído al espejo, leve: se había sentido bonito bajo la camisa, una superficie lisa y un secreto vibrando en la piel.

Y lo prefería. Su cabeza lo archivó: el encaje sujetaba suave sin apretar, alisaba la camisa, dejaba la línea del pecho limpia, los botones no tiraban. A veces creía adivinar un pequeño par de tetitas bajo la tela, y ese abrazo ligero le resultaba sensual. La coartada se multiplicaba: la postura mejoraba, el clip del micrófono quedaba mejor anclado, los tirantes le recordaban mantener la espalda larga. Cada paso activaba un latido suave en el centro del pecho, y otro más grueso, más urgente, en la polla apretada bajo la tanga.

—Eso —susurró Madame Lux al oído—. Dilo.

—Me gusta… sentir el tirante rozando la clavícula —admitió, caliente de rubor—. Me ordena. Y me gusta cómo el encaje me roza los pezones cuando respiro. Se me ponen duros.

—Más —pidió ella, y con dos dedos le rozó el pecho por encima de la camisa, justo donde el pezón izquierdo ya asomaba como un botón—. Dime cómo se te ponen.

—Se me ponen duros como los de una chica —murmuró él, con la voz rota—. Me palpitan. Me dan ganas de que los muerdan.

—Buen chico —dictó ella, y le pellizcó el pezón a través de la camisa y el bralette. Tomás dio un respingo mínimo, la polla le pegó un latigazo dentro de la tanga. Ella no soltó: giró el pezón entre el pulgar y el índice, despacio, hasta arrancarle un jadeo por la nariz. Después alisó y siguió, como quien acomoda una solapa.

Dos compañeros pasaron por detrás y dejaron caer en voz baja:

—Impecable. Mira cómo le cae el pantalón, cero marcas.

—Diría que trae encaje debajo. Truco fino. —Una risita—. Qué mona se ve.

Ella avanzó un paso, lo bordeó y evaluó el drapeado del traje.

—¿Te hacen fotos corporativas a menudo?

—Una o dos veces al mes —respondió él.

—Entonces cuidas el fitting. ¿Qué usas debajo cuando no quieres marcas?

—Lo básico… —alcanzó a decir, pero la frase se le ahogó.

—Y eres de los hombres que llevan una tanga de encaje —dijo como quien toma inventario—, bien femenina, para que el traje caiga perfecto. Y hoy la llevas bajo ese pantalón. Y el hilo se te mete entre las nalgas y te separa el culo. Y te gusta.

El murmullo del salón bajó un grado. Madame Lux se inclinó, grave, y con la yema de dos dedos le dibujó en el esternón dos respiraciones lentas —entra, sale—. Su aliento tibio y su perfume denso se le pegaron a la piel como un beso; la boca se le abrió sin querer.

—Siéntate. Siente cómo cae la tela. Deja que todo se ordene.

La cintura respondió con un recuerdo que no sabía tener: un elástico fino, un borde conocido. El bóxer que llevaba se encogió y se transformó en una tanga diminuta de puntilla, con un lacito central, descaradamente sensual. El hilo trasero se le hundía entre las nalgas depiladas, rozándole el ojete cada vez que respiraba hondo, y el triángulo delantero apenas contenía la polla dura y curvada hacia arriba, con la punta empapada asomando por el borde superior. Una imagen nítida le atravesó la cabeza: el cajón de su ropa interior, ordenado en hileras de tangas de encaje —negro, nude, rosa—, dobladas con mimo. No había bóxers ni briefs. Ni uno.

Al sentarse apareció un cuidado nuevo: juntó las rodillas, dibujó la columna en una ese suave y dejó un balanceo mínimo de cadera. Era consciente del hilo y le gustaba llevarla. Ese roce discreto le recordaba que estaba bonita. Cada leve movimiento hacía que el hilo se le clavara más entre las nalgas, rozándole ese punto que él nunca se había atrevido a nombrar y que ahora, con Madame Lux al lado, latía caliente y hambriento.

Y le llegó, como si siempre hubiera estado ahí, el recuerdo de la primera vez. Mediodía, el probador de una boutique mínima, luz blanca desde arriba. Encaje rosa entre los dedos, una etiqueta pequeña, un elástico suave que le besaba la cadera. Había entrado con una excusa casi ridícula —canjear unos puntos de fidelidad por «un regalo para una prima»— y la dependienta, práctica, le había advertido que el descuento solo corría si se lo probaba. La cinta midiendo, el «respira» de ella y él obedeciendo. El triángulo subiendo limpio, la polla empujando contra el encaje rosa, la camisa cayendo otra vez sin arrugas. Se vio de perfil en el espejo: gesto tímido, cadera blanda, la línea de la tanga marcando una obediencia dulce, el bulto de la polla dura levantando la puntilla. Se sonrojó, sí, pero también sonrió. En el probador cerrado, con la cortina echada, se había bajado el pantalón hasta las rodillas, se había mirado el reflejo con la tanga tensada sobre la polla hinchada, y se había pajeado despacio por encima del encaje, frotándose la punta empapada contra el tul rosa hasta manchar la tela con dos gotas gruesas de líquido preseminal. Se había obligado a parar antes de correrse. Qué bonita, pensó, y la palabra se le quedó.

—Y te gusta cómo delante queda contenido —apuntó Madame Lux, sin énfasis—. El corte te acomoda la polla hacia arriba, apretadita contra el vientre. Y detrás el hilo te separa las nalgas y te roza el culito.

—S… sí —admitió, bajito—. Se adapta. Limpio. Me… me gusta el roce detrás.

—Ya lo sé, cariño. Un hombre femenino se sienta y se acomoda el hilo entre las nalgas como una señorita. —Le acarició la nuca con una uña—. Y sueña con que se lo llenen ahí atrás.

El calor le subió por la espalda como un latigazo. La polla dio otro tirón dentro de la tanga y sintió cómo la humedad de la punta le empapaba un poco más el encaje. Un espasmo mínimo le apretó el culo alrededor del hilo y jadeó bajito por la boca abierta.

—Así no se marca nada, ¿viste? Sastrería de la buena —susurró alguien al fondo.

—Y le luce —respondió otro, casi admirado.

***

Madame Lux le miró las cejas.

—Y eres de los hombres a quienes les gusta llevarlas perfiladas —constató.

Las cejas, hacía un minuto descuidadas, ahora se perfilaban: arco limpio, cola pulida, un aire andrógino que la cámara agradecería.

—¿Barbería… o «barbería»?

—«Barbería» —admitió, con una sonrisa de coartada—. Una promoción.

Le rozó las uñas.

—Cortas pero cuidadas, brillo limpio. Eres de los hombres que cuidan sus uñas.

—Manicura —admitió—. «Se ve profesional.»

Ella inclinó la cabeza, casi en confidencia.

—Largas y francesas te harían una mano bonita para cámara. Y una mano bonita para chupar una polla. Te excita la idea.

A Tomás se le subió un calor mínimo a las yemas. La idea lo excitaba: se imaginó las uñas más largas, blancas de punta, envueltas alrededor de una verga gruesa, sujetándola firme mientras se abría la boca. Se le hizo agua la boca; tragó saliva y sintió, sin querer, el gusto imaginado de semen espeso resbalándole por la lengua. La polla le dio otro latigazo dentro de la tanga empapada.

Ella aspiró cerca de su cuello.

—Eres de los hombres que disfrutan de los perfumes dulces. ¿Regalo?

Asintió, y en cuanto ella lo afirmó, la realidad se plegó: lo era, y lo llevaba porque había sido un regalo de su jefe. El recuerdo brotó con detalle: frasco rosa, una tarjeta breve —«te queda bien para sala»—, su voz grave al entregarlo. Y otro recuerdo, más denso, empujó por debajo: el despacho del jefe una tarde de viernes, la puerta con seguro, él arrodillado sobre la moqueta, la falda gris del traje subida hasta la cintura mostrándole la tanga negra al jefe sentado en su sillón. El jefe le había desabrochado el pantalón y le había sacado la polla gorda, y Tomás se la había metido en la boca sin dudar, chupándola entera, respirando por la nariz el mismo perfume dulce que ahora llevaba, apretándose los pezones bajo el bralette mientras el jefe le agarraba la nuca y le follaba la boca. Se había tragado la corrida sin escupir una gota. El calor le subió al cuello; respiró por la boca y saboreó el aire dulce, con un regusto imaginario a semen tibio al fondo del paladar.

—No has terminado —dijo Madame Lux, casi para sí—. Solo te sostengo en el borde. Cuando respires mi perfume, sabrás dónde seguir.

Las coartadas llegaban solas: una nota limpia que no ofende, estela corta, branding personal. Pero debajo de la razón latía la excitación: le gustaba sentir el dulzor pegado a la piel, el pulso del perfume en cada trago de aire. Imaginar que olía justo como a su jefe le gustaba que oliera —el mismo perfume que llevaba puesto la tarde que lo había arrodillado y le había vaciado la polla en la garganta— lo calentaba hasta el punto de que la tanga ya no aguantaba una gota más.

Madame Lux se lo notó. Le posó la palma en la rodilla y le subió muy despacio la mano por dentro del muslo, hasta rozar con el dorso de los dedos el bulto tensado bajo el pantalón. Apretó apenas.

—Duro como una piedra, cariño. Y goteando. Un hombre femenino gotea en la tanga durante horas y no se corre hasta que se le ordena.

—Sí, Madame —jadeó él, con los ojos entrecerrados.

—Y eres de los hombres que usan tacones muy altos —afirmó, paseando la mirada por sus pasos quietos—. Los practicas por el pasillo del edificio. Equilibrio impecable.

El cuerpo respondió con una memoria que no tenía un segundo antes: caminaba como si lo hubiera practicado. Él fabricó la coartada al vuelo —unos minutos cada noche por recomendación del fisioterapeuta, para fortalecer los tobillos—. Sonaba sensato, y delicioso: el arco agradecía la altura, la pantorrilla se encendía.

Y entonces llegó, nítido, el primer recuerdo de los tacones. Martes por la noche, la cocina de baldosas frías, una caja negra con letras plateadas, correas de vinilo y una plataforma imposible. Se los calzaba «para fortalecer el arco», se decía, y el clic, clic sobre la cerámica le recorría la espalda. La pantorrilla se tensaba, el arco se abría, la columna se dibujaba en ese y la cadera soltaba un balanceo mínimo. Lavaba los platos en ellos, en tanga y bralette, la polla dura rebotando entre los muslos depilados con cada paso. Pasaba la bayeta, tendía la cama; cada gesto le parecía sensual sin querer. A veces se apoyaba contra la encimera, se bajaba la tanga hasta las rodillas y se pajeaba despacio mirándose los tacones altos en el reflejo del horno, mordiéndose el labio, hasta correrse en el fregadero con las piernas temblando sobre las plataformas.

Otro recorte de memoria lo alcanzó, y este llegó más gordo, más denso. Un jueves cualquiera. Su cama. Él boca abajo sobre las sábanas, en tacones, tanga negra corrida a un lado, un consolador rosa de silicona lubricado brillando en la mano. Se lo había apoyado en el ojete depilado y había empujado despacio, respirando por la boca, hasta que la punta se le había hundido. La cabeza le había caído sobre la almohada, un gemido largo se le había escapado. Se había follado él solo, empujando el consolador dentro y fuera de su culito estrecho, con los tacones clavados en el colchón para hacer palanca, la polla dura goteando sobre la sábana sin que la tocara. Se había venido así, sin manos, con el juguete metido hasta el fondo, gimiendo ay Madame contra la almohada aunque todavía no la conocía. Ese recuerdo —que un minuto antes no existía— era ahora tan real como el peso de la libreta sobre las rodillas.

Sentía la pantorrilla dura, el empeine despierto, la espalda más larga; un calor bajo el ombligo le acompasaba el paso, un sudor fino le perlaba la nuca. Se detenía frente al espejo del ascensor, sostenía la mirada. Funcional, insistía la coartada. Bonito, repetía el cuerpo. Puta, añadía ahora, bajito, una voz nueva que también era la suya.

Se sabía afeminado. Se gustaba. Y, frente a Madame Lux, entendió que todo eso era verdad por una sola razón: porque ella lo había dicho.

Ella se lo notó, se inclinó una vez más y le habló al oído, tan cerca que los labios pintados le rozaron el lóbulo.

—Antes de que empiece la clase, cariño, vas a hacer una cosa por mí. Vas a meter la mano en el bolsillo, vas a apretarte la polla por encima del pantalón dos veces, muy despacio, y te vas a correr dentro de la tanga sin mover un músculo de la cara. Sin gemir. Sonriendo como un buen chico. ¿Entendido?

—Sí, Madame —murmuró él, sin voz.

Metió la mano en el bolsillo. Encontró el bulto duro, apretadito contra el encaje. Apretó una vez, despacio, y la polla le brincó. La segunda vez sintió cómo se le disparaba: chorros gruesos y calientes le llenaron la tanga, el encaje empapado se le pegó al glande palpitante, el semen le resbaló por el vientre depilado, por los muslos, un charco tibio y pegajoso extendiéndose contra la puntilla. La cara se le mantuvo lisa, la sonrisa mínima, como le habían ordenado. Solo un temblor microscópico en las pestañas delató la corrida. La tanga se le llenó de leche caliente y él apretó las nalgas contra el hilo, sintiendo cómo el semen resbalaba también hacia atrás, empapándole el ojete.

—Buen chico —susurró Madame Lux, satisfecha—. Ahora la vas a llevar así toda la clase. Empapada. Y no te vas a limpiar hasta que yo te lo diga.

—Sí, Madame —jadeó, con los ojos húmedos.

El salón ya estaba lleno. Las luces bajaron un punto. Ella se irguió, recuperó el metrónomo del tacón y, antes de empezar la clase para todos, se inclinó una última vez sobre su oído.

—Mañana, en tu presentación, vas a brillar —murmuró—. Vas a llevar tanga rosa, bralette a juego, tacones de cinco centímetros bajo el pantalón, perfume dulce, uñas francesas y el culo depilado y bien abierto por si tu jefe te llama al despacho después. Y vas a saber exactamente quién te hizo brillar. Respira conmigo. Uno… dos… tres.

Tomás respiró. El aire dulce le llenó el pecho, los tirantes le rozaron la clavícula, el tacón imaginario le sostuvo la espalda larga, el semen tibio le empapaba la tanga entre las piernas. Y, por primera vez en mucho tiempo, no le tembló la voz al pensar en el día siguiente.

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Comentarios(8)

NachoB

Tremendo relato, no pude parar de leer. 10/10

ClaraVillar_23

Quede enganchada, necesito saber que pasa despues!!! Por favor seguí escribiendo

TatanaK

Lo mejor que lei en mucho tiempo, que sutil y profundo a la vez

LectorFurtivo

Me recordó a algo que viví, esa sensacion de que algo cambia en vos sin que te des cuenta. Muy bien escrito.

Daniloop87

buenisimo!!!

Valentina_Sur

Se hizo muy corto... habrá segunda parte? Quedé con ganas de mas

Andrea_lit

Me encantó como construiste la tension, sin apuro. Se siente real cada momento, esa tercera fila con el café frío ya me atrapo desde el principio. Ojalá escribas más cosas así.

Tramposo23

jaja me identifiqué demasiado con el protagonista. Qué bien lo contaste

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