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Relatos Ardientes

Me llevé a mi amante de la selva a la ciudad

El final de mi contrato se acercaba como un eclipse, y yo lo sentía en el pecho cada vez que la radio crujía. Había llegado a esta aldea amazónica por tres meses para levantar mapas, y nueve meses después seguía aquí, anclada por algo que no estaba en ningún plano. Mis trazos eran precisos: riscos, ciénagas, ríos torcidos, senderos que solo conocían los cazadores. Por eso me llovían ofertas de las empresas rivales, y por eso Marcos, mi jefe en CartoNorte, me rogaba por radio que no me fuera.

—Tres meses más, Brisa —insistía, su voz grave entrecortada por la estática—. Pero después vuelves. Tu trabajo es lo mejor que tengo.

Esa noche, en mi cabaña de caoba y palmas, repasaba la libreta a la luz temblorosa de una antorcha. AltoMapa me ofrecía un proyecto en el sur; RutaViva, otro al otro lado de la cordillera; SelvaData, más selva todavía. Cualquiera de ellos pagaba una fortuna. Pero yo solo pensaba en una cosa, y esa cosa tenía nombre.

Mi cuerpo era distinto, y aquí nadie lo trataba como un secreto. Lejos de esta tierra volvería a ser invisible, pensaba, pero entre estos árboles soy entera. La tribu me había abrazado sin preguntas, y ese calor había hecho desaparecer años de sentirme a medias. Aquí Yuma me lamía la polla al amanecer sin bajar la voz, y las mujeres reían al pasar como si fuera lo más natural del mundo. En cualquier ciudad eso me habría costado la piel.

***

La aldea bullía de vida durante el día. Yuma tejía cestas con fibras de palma, sus dedos ágiles trenzando mientras cantaba sobre cacerías de pecaríes, los labios pintados de achiote brillando bajo el sol. Cada vez que me miraba, algo se encendía entre las dos. Los hombres volvían con presas que asaban en braseros de arcilla, el humo terroso mezclándose con el olor del río. Las mujeres molían yuca sobre piedras lisas, marcando un ritmo que parecía un tambor lento.

Yo me integraba como podía: recolectaba camu camu hasta dejarme los dedos pegajosos de jugo dulce, limpiaba pescado fresco con las manos oliendo a escamas y barro. Una mañana, bajo un árbol enorme, pelábamos guayabas y Yuma se acercó tanto que su aliento me rozó la oreja.

—Hoy quiero perderme en el río contigo —murmuró—. Solo nosotras, hasta quedarnos sin voz. Quiero chupártela debajo del agua hasta que te corras contra mi lengua.

Me reí bajito, sintiendo cómo se me hinchaba la polla debajo del pareo y cómo se me endurecían los pezones contra la tela áspera.

—Trato hecho —respondí—. Pero tú primero, que anoche me dejaste el coño ardiendo y hoy me toca a mí devolverte cada gemido.

Iara, una recolectora joven, soltó una carcajada mientras cortaba una fruta con un cuchillo de hueso.

—Brisa, ustedes dos son puro fuego —bromeó—. ¿Nos dejan algo para el resto?

—Un beso, si traes un aguaje gordo —le guiñé.

Por la tarde llovió, y todos nos apretamos bajo el toldo de palmas con un caldo espeso de pescado y yuca. Amaru, el viejo chamán, me tocó la mano con los dedos manchados de achiote.

—Tus mapas nos llevan al pecarí, Brisa —dijo despacio—. Eres una de nosotros.

—Gracias, Amaru —contesté, y sentí el pecho hinchado—. Tus historias me dan vida.

Las risas resonaban con la lluvia golpeando como un tambor. Esa camaradería era un bálsamo, y la idea de dejarla me dolía físicamente.

***

Esa misma tarde, con la lluvia todavía repiqueteando en las palmas, Yuma me arrastró de la mano al río. Nos desnudamos en la orilla sin apuro, y yo la miré: los pechos morenos con los pezones oscuros y erguidos por el agua fría, el coño depilado brillando de humedad entre los muslos, el achiote corrido por el sudor. Ella me devoraba con los ojos, mi polla ya semidura colgando entre las piernas, y sonreía sin pudor.

—Métete —me ordenó, mordiéndose el labio.

Entramos hasta la cintura, y ahí, con el río empujándonos, me buscó la boca con hambre. Su lengua entró caliente, revolviéndome, y su mano bajó y me agarró la polla debajo del agua. Empezó a masturbarme despacio, apretando, mientras yo le pellizcaba los pezones y le mordía el cuello.

—Estás durísima —susurró contra mi oído—. Quiero saborearte.

Se hundió en el agua y desapareció bajo la corriente. Sentí su boca cerrarse alrededor de mi glande, chupándome fuerte, la lengua recorriéndome de arriba abajo. Salía a respirar y volvía a bajar, tragándome la polla entera hasta la garganta, gimiendo alrededor con los ojos cerrados. Le agarré el pelo mojado y empecé a follarle la boca despacio, hundiéndome hasta que se le llenaban los cachetes.

—Así, mi selva, chúpamela así, no pares —jadeé, con las piernas temblándome contra la corriente.

La saqué antes de correrme, la levanté y le di vuelta contra un tronco caído. Le abrí las nalgas con las dos manos y le lamí el coño y el culo a lengüetazos largos, ella gritando y agarrándose a la corteza. Le metí dos dedos en el coño empapado y la lengua en el culo hasta que empezó a temblar.

—Métemela ya, Brisa, por favor, no aguanto más.

La embestí de una sola vez y ella se arqueó soltando un aullido que espantó a los pájaros. Le agarré las caderas con fuerza y empecé a follarla contra el tronco, la polla entrando y saliendo brillante de su jugo, el agua salpicando entre nuestros muslos. Yuma se aferraba a la madera y empujaba el culo hacia atrás, jadeando en su lengua, llamándome cosas que yo entendía sin traducción. La tomé del pelo y la doblé hacia adelante para hundírsela más profundo, mis huevos golpeándole el clítoris a cada estocada.

—Quiero que te corras en mi coño —gemía—. Lléname, Brisa, lléname toda.

La sentí apretarme por dentro, contrayéndose en oleadas, y su grito ronco me arrastró. Le clavé la polla hasta el fondo y me vacié en tres, cuatro chorros largos, gruñendo contra su hombro mordido. Nos quedamos unidas, ella temblando, el semen escurriéndosele por los muslos y mezclándose con el río.

Volvimos a la cabaña sin voz, como habíamos prometido.

***

Decidí hablar con Yuma una noche cargada de grillos y del murmullo del río. Nos mecíamos en la hamaca, los dedos entrelazados, y mi voz salió temblorosa.

—Me quieren en el sur, al otro lado de la cordillera, en mil sitios —empecé—. Pero no me voy sin ti. Quiero llevarte a mi ciudad, enseñarte a vivir allí, y después seguir a otra selva, a otro mapa, juntas.

Yuma frunció el ceño, los ojos nublados de duda. Me apretó la mano con fuerza.

—Yo soy selva, Brisa. Mi vida es esto. El río me canta, los árboles me abrazan. ¿Qué seré en un lugar de piedra y ruido? Tengo miedo de no encajar.

Me arrodillé frente a ella y le besé los muslos, despacio, hasta arrancarle un suspiro suave. Le abrí las piernas y le lamí el coño con la punta de la lengua, círculos lentos sobre el clítoris, hasta que empezó a jadear y a agarrarme el pelo.

—No te vas a perder, te lo juro —le dije contra la piel, chupándole los labios mojados—. Serás mi selva dentro de la ciudad. Caminaremos mis calles, dormiremos en mi cama, seremos un huracán las dos.

Le metí dos dedos y seguí chupándole el clítoris hasta que se corrió apretándome la boca, un temblor largo que le sacudió los pechos. Las lágrimas le caían mezclándose con el achiote. Le tomé el rostro entre las manos, que también me temblaban, y le pinté los labios con mi propia humedad.

—¿Y si me siento vacía allá, como si no fuera yo? —susurró, todavía agitada.

—Nunca vacía. Eres mi río, mi mapa, mi todo. Te voy a enseñar cada calle, cada luz, cada sabor. No estarás sola un solo segundo. Y cada noche te voy a follar como esta noche, hasta que la ciudad te suene a río.

Yuma sollozó, después soltó una sonrisa temblorosa, y me atrajo hasta acostarme sobre ella en la hamaca. Nos abrazamos coño contra coño, restregándonos despacio, y así, empapadas de sudor y jugo, sellamos el pacto.

—Entonces voy, Brisa. Pero si la ciudad me apaga, tú me enciendes.

La abracé tan fuerte que sentí su corazón contra el mío. Sin ella volvería a ser nadie, pensé, pero juntas somos un fuego que no se apaga.

***

Al día siguiente, en la plaza, mientras molían yuca y el humo de los braseros subía como un espíritu, anuncié mi partida. Me costó que la voz no se quebrara.

—Mira, Amaru, Tupa: me voy a mi ciudad. Pero me llevo a Yuma.

Mira, la anciana tejedora, me acarició la mano con los dedos arrugados.

—Tus mapas nos llevan al pecarí, hija. Llévatela, pero vuelve algún día. Esta tierra ya te extraña.

Amaru asintió, los ojos profundos como el río negro.

—Tu espíritu es nuestro. Hazla fuerte allá, que su fuego no se apague.

Tupa, un cazador joven, afiló su lanza y soltó una broma para tapar la pena.

—Cuídala por nosotros, Brisa. Y trae más mapas, que sin ti nos perdemos.

—Te traigo un pecarí gordo y un abrazo, terco —reí con lágrimas en los ojos.

Iara se acercó con una sonrisa triste.

—No nos olviden. Las queremos.

—Vente con nosotras —le guiñé—. Hacemos temblar la ciudad entre las tres.

La tribu aplaudió, y sus risas sonaron como un himno. Esa noche, Yuma y yo nos despedimos a nuestra manera. Nos tumbamos desnudas bajo la antorcha y ella se subió encima, en cuclillas, y se sentó despacio sobre mi polla. La sentí abrirse alrededor de mí, caliente, apretada, húmeda hasta el fondo. Empezó a cabalgarme mirándome a los ojos, los pechos rebotando, sus manos apretándome las tetas, mientras yo le agarraba las caderas y la ayudaba a subir y bajar.

—Córrete dentro —jadeaba—. Quiero llevarte adentro para el viaje.

Le chupé los pezones a mordiscos y le clavé un dedo húmedo en el culo mientras la embestía desde abajo. Yuma se dobló hacia atrás, gritando, y se corrió apretándome tan fuerte que me arrastró con ella. Me vacié en tres empujones largos, gruñendo su nombre, y ella se quedó sentada sobre mí sintiendo cómo la llenaba, riéndose y llorando a la vez. Después me lamió la polla limpia, sin apuro, tragándose todo lo que se escapaba. Por un instante el adiós se volvió promesa.

***

Después contacté a Marcos por radio, firme a pesar del nudo en el estómago.

—Renuncio a CartoNorte cuando terminen estos tres meses —dije—. Acepté otro proyecto. Pero antes me voy a mi ciudad, y me llevo a alguien.

—Eres la mejor cartógrafa que he tenido, Brisa —respondió, la voz crujiendo—. Voy a buscarte. No te vas sin mí.

Sonreí despacio. Por cada insulto que me tragué, te voy a doblegar, pensé. Marcos llevaba meses tratándome con desprecio cuando creía que la radio estaba cortada, hablando de mi cuerpo como si fuera un chiste. Me imaginé llegándome él, soberbio, y a Yuma y a mí obligándolo a arrodillarse, la boca abierta, mientras le explicábamos con la polla en la lengua que ya no era ningún chiste.

—Ven, jefe —le dije con dulzura peligrosa—. Pero prepárate, que tengo sorpresas.

***

Con la partida encima, dediqué los días a preparar a Yuma para un mundo de costumbres extrañas, ajeno a la libertad de su piel bajo el sol. En la cabaña, a la luz de la antorcha, le mostré mi ropa como quien comparte un secreto.

—Esto es lo primero que se usa en la ciudad —dije, sosteniendo un sostén de algodón y unas bragas.

Yuma las tocó con desconfianza.

—Es raro. Aquí mi cuerpo respira.

La ayudé a ajustar las tiras, mis dedos rozándole la piel cálida, mis nudillos rozándole los pezones a propósito hasta que se le pusieron duros contra la tela.

—Es un abrazo suave, nada más. Para que estés cómoda.

Se miró en un espejo de metal pulido y vio sus curvas resaltadas. Me miró de reojo, me tomó la mano y se la metió dentro de las bragas.

—Si tú lo dices —murmuró, mientras yo le acariciaba el coño mojado por encima de la tela nueva—. Pero mi piel extraña el sol. Y estas cosas se mojan rápido contigo cerca.

Le corrí las bragas a un lado y le metí dos dedos, follándola de pie frente al espejo mientras le mordía el cuello. Ella se dobló hacia adelante apoyándose en la pared, la falda que acababa de ponerse levantada sobre las nalgas, y se corrió mordiéndose el brazo para que no la oyera la aldea.

La besé en los labios pintados, saboreando esa dulzura terrosa que era solo suya.

—Te vas a acostumbrar, mi selva. Y vas a brillar conmigo.

Después vinieron la falda y la camiseta, que abrazaron sus curvas, y unas sandalias de cuero ásperas para pies acostumbrados a la tierra húmeda.

—Pisa así —la guié, arrodillada, sosteniéndole el tobillo.

—Si me caigo, tú me levantas —bromeó.

—Siempre —le prometí, y le besé el empeine, después el tobillo, después subí lamiéndole la pantorrilla hasta el muslo hasta que me tuvo que apartar la cabeza para no volver a acabar.

***

Le mostré también el frío. La envolví en una sábana húmeda para simular la brisa de la ciudad, y ella tiritó con un gruñido.

—Es como un río helado.

La cubrí con una manta de lana, suave como un abrazo, y me metí debajo con ella. Le pegué el cuerpo, mi polla dura contra su culo, y le empecé a chupar la nuca mientras le apretaba los pechos.

—Así te mantienes caliente.

Yuma se acurrucó y sonrió, buscándome hacia atrás con la mano hasta rodearme la polla y masturbarme despacio bajo la manta.

—Contigo, el frío no asusta.

Le levanté la pierna y la penetré de costado, sin salir de debajo de la manta, empujando despacio hasta el fondo. Follamos así, mansas y calientes, hasta que las dos nos corrimos casi en silencio, mordiéndonos el hombro.

Le di un teléfono viejo. Lo manejó con torpeza y un mohín.

—No canta como los pájaros.

Le guié los dedos sobre la pantalla, riendo.

—Es otra música. Escribe «te amo».

Yuma envió el mensaje y se le iluminó la cara.

—Te amo, Brisa. Esto es bonito.

Una pantalla pequeña le mostró imágenes de otras selvas, el rugido de un jaguar saliendo del altavoz. Se quedó boquiabierta.

—Es la selva metida en una caja.

—Es la magia de la ciudad —le dije, entrelazando nuestras manos—. Y todavía no viste nada. Cuando lleguemos te voy a follar frente a un espejo del tamaño de una pared, para que veas cómo te la meto.

En una hornilla de campamento se quemó un dedo, y yo se lo besé y se lo chupé hasta que el chupón terminó en otra cosa, y ella terminó sentada en el borde de la mesa con las piernas abiertas y mi cara enterrada en el coño hasta que gritó. Simulé un ascensor con una cuerda, y ella se aferró nerviosa.

—No es liana. ¿Y si cae?

—No cae. Yo te sostengo —la abracé, y ella se relajó.

—Contigo no tengo miedo.

Por último, con un peine, le desenredé el pelo hasta dejarlo como una cascada.

—Por ti me peino —sonrió, tocándose el cabello.

***

Cada paso —la ropa, las sandalias, la hornilla, el peine— era un puente hacia la ciudad, sellado con besos y promesas. Esa última noche en la cabaña la abracé bajo la manta, y nos amamos despacio, como quien aprende un mapa nuevo con las manos. La puse boca arriba, le abrí las piernas y la lamí durante horas, coño y culo, hasta que se corrió tres veces seguidas rogándome que la penetrara. Se lo hice en misionero, mirándola a los ojos, mis pechos rozando los suyos, la polla entrando lenta y profunda mientras ella me clavaba las uñas en la espalda. Después ella se puso encima y me cabalgó con las manos en mi cuello, dejándome ver cómo su coño se tragaba mi polla entera. Terminé de rodillas detrás, agarrándola del pelo y de la cadera, dándoselo duro por atrás hasta que las dos nos corrimos gritando su nombre y el mío mezclados.

La sentí derretirse contra mí, mi semen bajándole por los muslos, y supe que ningún plano que hubiera dibujado era tan exacto como ese.

Imaginé a Yuma caminando mis calles, asombrada y entera, siempre a mi lado. Mi selva, mi mapa, mi todo. Que viniera Marcos con su soberbia: lo esperábamos las dos, con la boca hecha agua y las polla y la lengua listas para bajarle los humos de una vez. Y que la ciudad hiciera lo que quisiera, porque juntas íbamos a convertir cada esquina, cada luz, cada silencio, en nuestra propia selva.

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Comentarios(7)

Gustavito88

Que historia mas tierna y caliente a la vez. Me enganche desde el primer parrafo!

LectorRioNegro

Por favor seguí con esto, me dejaste con muchas ganas de saber como les va en la ciudad. Una segunda parte!!!

ViajesClandestinos

La selva como escenario le da una magia especial. Me recordo a un viaje que hize hace años, aunque sin tanta suerte jaja. Muy bueno.

FernandoR77

Yuma se roba el relato. Qué personaje tan bien construido, se siente real.

Tucuman87

Increible como lograste mezclar el amor y el deseo sin que se sienta forzado. Genial de verdad.

SilviaNochera

Me encanto!!! Espero que sigas escribiendo, tenes un estilo muy lindo.

Noctambulo_BA

¿Y que pasa con el trabajo del narrador? ¿Lo deja todo por Yuma? Quiero saber mas jaja

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