La trans del club que un millonario no olvidó
Llovía sobre Guadalajara sin tregua, una lluvia mansa y constante que lavaba las luces de neón del Club Escarlata. Adentro, el aire olía a perfume barato y a humo, y Valeria se retocaba el labial frente al espejo de un privado. Era trans y era la mujer más solicitada del local, no por casualidad: pocas en ese rincón peligroso de la ciudad sabían tratar a un hombre como ella, ni cobrar por hacerlo.
De niña jamás imaginó esa vida, pero había aprendido a verle el lado práctico. Cada cliente pagaba una cirugía más, una hormona más, un paso más hacia el cuerpo que siempre había querido. Lo curioso era lo que sus clientes buscaban: casi todos venían a que ella los penetrara. Tenía un miembro que más de uno habría envidiado, y lejos de incomodarla, le gustaba la posición que le daba. Detestaba ser la sumisa de cualquier desconocido.
Esa noche su amiga Renata la llamó pasada la medianoche, arrastrando las palabras.
—Lau, ven, estoy en un lugar increíble —se reía con la voz pastosa del alcohol—. Hay hombres guapísimos que se mueren por conocerte.
—Renata, suenas borrachísima. Mándame la dirección y voy por ti.
—Qué aburrida eres. Ven y disfruta la compañía que te conseguí.
Valeria conocía a su amiga y conocía la clase de gente peligrosa con la que terminaba metiéndose. Llegó lo más rápido que pudo a la dirección: un hotel de lujo, todo mármol y ventanales, el último sitio donde una mujer vestida como ella podía entrar por la puerta principal. Se coló por una entrada de carga mientras unos hombres descargaban mesas, y subió hasta la habitación que Renata le indicó por mensaje.
Quien abrió fue un rubio alto, esbelto, de sonrisa perfecta y aliento a whisky, llamado Marco. Pero quien de verdad la desarmó fue el otro: el dueño del departamento, un hombre de pelo oscuro y porte tranquilo que se llamaba Adrián. Renata estaba sobre él en el sofá, medio desvestida, ajena al mundo.
—Renata, vámonos. No es momento de trabajar.
—Tu amiga dijo que esto lo hacía por diversión —soltó Marco, manoseando a Renata sin disimulo.
—Nadie se mete con mi amiga sin pagar. Por eso vine.
El rubio se le acercó por la espalda y le clavó las manos en la cintura. Valeria lo apartó de un manotazo.
—No soy pasiva, y no me gusta que me toquen. Quita las manos.
—Solo te haces la difícil —dijo él, y la sujetó del cuello con fuerza—. Admite que te encantaría que te taladrara ese culo.
Le rasgó la falda de un tirón. Valeria reaccionó con un taconazo entre las piernas que lo dobló en dos, pero alcanzó a darle una bofetada que la tiró al suelo. Fue entonces cuando Adrián se levantó del sofá, agarró a su amigo del brazo y lo empujó hacia la puerta.
—Se acabó. Lárgate.
—¿En serio te pones del lado de esa puta? —escupió Marco antes de que la puerta se cerrara.
Adrián se arrodilló frente a Valeria con una crema para la mejilla enrojecida. Ella se la arrebató de la mano, furiosa, pero no con él.
—Perdón por mi amigo. No imaginé que se comportaría así.
—El que debería disculparse es ese imbécil, y ni aunque lo hiciera lo aceptaría.
Le prestó un pantalón para que no saliera con la falda rota y, mientras esperaban el taxi, Valeria no pudo evitar fijarse en él. Educado, bien vestido, con un perfume que se le metía en la cabeza. Lo descartó enseguida: ningún hombre así se fijaría en alguien como ella.
***
Renata, por supuesto, no lo dejó pasar. Al día siguiente, en el camerino del Escarlata, la persiguió con el tema.
—Adrián nos invitó de compras, a las dos. Se siente fatal por lo de anoche y quiere reponerte la falda. Anda, será divertido.
—No quiero volver a ver a ninguno de ellos.
—Pero él no hizo nada malo. Te defendió. Casi se me hace un charco de recordarlo.
—Te defendió porque quiere acostarse contigo. Dudo que quiera algo conmigo.
—Quiere que vayas tú. Si no vas, no me lleva, y yo me quedo sin ropa nueva. Por favor.
Valeria cedió, como siempre cedía con Renata. Y el día resultó distinto a todo lo que esperaba. Adrián las paseó en su coche, les abría las puertas, las cubría de las miradas indecentes de los dependientes. En una tienda, un viejo intentó ligar con Valeria y Adrián apareció por detrás, le rodeó la cintura y fingió ser su pareja.
—Disculpa, viene conmigo.
—Podía haberlo rechazado sola —dijo ella, nerviosa por el calor de esa mano.
—Lo sé. Pero quería verte con ese vestido. Seguro luces preciosa.
Se lo probó. Y al salir del vestidor, lo primero que vio fue la cara de Adrián, la boca entreabierta, los ojos clavados en ella. Él apartó la vista de golpe, avergonzado, como si lo que sentía no debiera sentirlo por una mujer como ella.
Después fueron a un lago apartado fuera de la ciudad. Se bañaron, tomaron sol, y entre el agua los cuerpos se rozaban sin querer. Valeria notó el bulto considerable en el bañador de Adrián y tuvo que salirse del agua para que él no viera lo que ese roce le provocaba a ella. Se tumbó boca abajo en una toalla, y él la siguió.
—Nunca te agradecí que me protegieras de tu amigo.
—Claro que tenía que hacerlo. No quiero ni imaginar qué habría pasado.
—La verdad es que ni miedo tenía. Cuando llevas toda una vida siendo un objeto para los hombres, una se acostumbra.
—Alguien como tú no debería acostumbrarse a eso —dijo él, y se calló de golpe, dejándola con la frase a medias.
Empezó a llover y tuvieron que huir. Pero esa noche, solo en su coche empapado, Adrián se sorprendió susurrando: no sé por qué te deseo tanto.
***
Una semana de mierda lo arrastró de vuelta. Su padre, dueño de la empresa donde Adrián trabajaba por puro apellido, lo había humillado en la oficina delante de todos. Toda su vida había sido eso: un padre frío que lo trataba de incompetente, una casa donde apenas le dirigían la palabra. Esa tarde, sin saber adónde ir, terminó en la barra del Club Escarlata con un trago en la mano.
Valeria lo reconoció de lejos y se volteó, rezando por que no la viera. Demasiado tarde.
—Cuidado con beber tanto. Si buscas a Renata, no está.
—¿Y si vine por ti? —la miró con esa sonrisa profunda—. Pon un precio. ¿Cuánto por toda la noche?
Ella, por hacerse la dura, lanzó una cifra absurda. Él ni parpadeó.
—Diez mil por cada hora que pasemos juntos, y yo decido cuándo acaba.
Era una locura de dinero. Dinero que la salvaría a ella y a Renata por meses. Aceptó de mala gana, poniendo sus condiciones, y se fueron al departamento de él envuelta en su saco para no morir de frío.
Pero cuando llegaron, Adrián no la llevó a la cama. Se sentó a una distancia respetuosa en el sofá y le ofreció algo de tomar. Valeria esperaba la orden de siempre, ponte en cuatro, hazme una mamada. Nunca llegó.
—¿Este es tu plan? ¿Quedarnos aquí hasta que amanezca?
—Nunca he estado con una trans. No sé qué tan distinto se siente.
—Pues soy activa. Esa parte no va a pasar.
—Entonces solo nos queda esto. Hablar hasta que acabe la noche.
Servía copa tras copa, cabizbajo, vacío. Y a Valeria le costó reconocer en ese hombre derrumbado a quien sonreía en el lago. Le detuvo la mano antes de que tomara otro trago.
—¿Y si mejor me cuentas qué te pasa?
Habló de su padre, de la soledad, de que no tenía a nadie. Y ella, que sabía de esa soledad mejor que nadie, se recostó en su regazo y dejó que él la rodeara con los brazos. El departamento helado se volvió cálido. Hablaron de todo y de nada, riéndose de tonterías, acariciándose apenas, sin atreverse a cruzar la línea. Y se durmieron así, abrazados, hasta que la mañana los encontró enredados.
Valeria despertó con la cabeza en su pecho y algo duro empujando entre sus nalgas. Traviesa, movió las caderas hasta que él abrió los ojos.
—Vaya, ya estás despierto. Y muy parado, si lo piensas.
Se buscaron la boca. El beso fue lento, luego hambriento, las lenguas jugando, las manos de Adrián recorriéndole las curvas. Pero cuando la mano de Valeria bajó hacia su entrepierna, él la frenó en seco.
—No tienes que hacer esto. Te pagaré igual lo acordado.
—No lo hago por el trato. Lo hago porque quiero. Eres lindo, y anoche...
Volvió a detenerle la mano. Y Valeria entendió, o creyó entender. Se levantó del sofá, ardiendo de vergüenza por haber pensado que tenía alguna oportunidad.
—Está bien. Perdón por confundir las cosas.
—Espera, no es lo que crees, déjame explicarte...
Cerró la puerta antes de que terminara la frase.
***
Pasó una semana. Adrián la llamó, le escribió, fue al club; ella lo ignoró todo. Desesperado, buscó a Renata y la citó en su oficina.
—Te ayudaré —dijo ella, después de escucharlo—, pero si le haces daño te arranco los huevos. ¿Por qué la apartaste ese día?
—Porque soy un idiota. Dudé un segundo, me asusté de lo que podía encontrarme. Pero esa noche con ella me sentí en casa por primera vez en años. No puedo olvidarla, Renata. Quiero estar con ella, sin esconderme.
—Para Valeria es difícil creer que alguien la quiera de verdad, sabiendo lo que es y a qué se dedica. Llévale flores. Sé sincero. Y trátala como una princesa: a ella siempre le dijeron que nunca podría ser una.
***
Cuando Valeria abrió la puerta y lo vio ahí, de traje, con un ramo entre las manos, el corazón le dio un vuelco. Lo dejó pasar. Se sentaron frente a frente.
—Nunca quise que pensaras que me das asco. Cada parte de ti me parece hermosa, pero...
—Pero hay una parte de mí que no sabes si te gustaría —lo interrumpió ella.
Y entonces le contó lo que nunca contaba. El primer chico que la aceptó, de adolescente, el que la besaba en privado y la trataba de desconocida en público. El día que corrió el rumor de que eran pareja y él, para limpiar su nombre, la golpeó delante de sus amigos jurando que jamás andaría con alguien como ella. Se le quebró la voz.
—Desde entonces creí que ningún hombre podría no avergonzarse de mí. Por eso, cuando me apartaste, me sentí otra vez aquella idiota.
—No tienes nada que lamentar. El idiota fui yo por dudar. Claro que me gustas, y voy a demostrártelo. Primero: lo nuestro no será un secreto de nadie. Y segundo...
La calló con un beso. Esta vez no se apartó. La fue recostando en el sofá, su cuerpo sobre el de ella, las manos repasando cada curva sin miedo. El calor subió de golpe, y Valeria sintió contra su muslo el tamaño de él, sin comparación con el suyo.
—Creo que es momento de que me muestres lo que escondes ahí abajo.
Se arrodilló frente a él y le bajó el pantalón. El miembro saltó duro, grueso, surcado de venas, y a ella se le encendieron las mejillas.
—Tengo algo que confesarte —murmuró Adrián, acariciándole la mejilla—. Ese día te espié en la ducha. No pude describir lo hermosa que te veías. Debí entrar y hacerte mía ahí mismo.
—¿Y qué te lo impide ahora?
—Nada.
Le sostuvo la nuca y guio su boca hasta la punta, donde ya brillaba una gota. Valeria la besó, abrió los labios y fue bajando, sin detenerse, hasta tocar con la nariz su vientre. Lo trabajó despacio, la lengua recorriendo el tronco, deteniéndose en sus testículos, mojándolo entero. Adrián gemía con la cabeza echada hacia atrás.
—Podría hacer que te corras solo con la boca —dijo ella, soltándolo—, pero quiero saber qué se siente tenerte dentro.
Lo detuvo a tiempo y se sentó a horcajadas sobre él, frotando su miembro contra el de él mientras se desnudaban el uno al otro. Cuando cayó la última prenda, se miraron, las dos pieles desnudas por fin sin nada en medio.
Valeria llevó dos dedos a la boca de Adrián para que los ensalivara, y los usó para prepararse. Él la ayudó, abriéndole las nalgas con las manos mientras le chupaba los pezones endurecidos. El cuerpo de ella, siempre tan reacio a ceder, se abrió poco a poco. Por primera vez en mucho tiempo, lo deseaba.
La penetración fue lenta y profunda. Valeria nunca se había sentido tan abierta, y lejos de doler, la enloquecía.
—Hazme tu mujer —jadeó, moviendo las caderas para acostumbrarse a su tamaño.
—Es lo único que quiero desde que te vi.
Empezó a subir y bajar, su trasero ondulando con cada impacto, y él la sostenía de las caderas para hundirse más hondo. Pero algo la frenó: su propio miembro, aplastado entre los dos abdómenes, también gozaba, y temió que a él le repugnara. Lo detuvo.
—¿Te lastimé? —preguntó Adrián, con la preocupación pintada en la cara.
Esa mirada la deshizo más que cualquier embestida.
—Claro que no, mi amor. Solo quiero cambiar de posición.
Se puso en cuatro sobre el sofá y le ofreció el culo.
—Sígueme cogiendo. Quiero sentir cómo te corres dentro de mí.
Adrián la tomó de la cintura y volvió a entrar, esta vez sin reservas. Las embestidas eran firmes, casi salvajes, pero nunca brutales como las de su pasado. Le dio una nalgada, le sujetó el pelo en una coleta improvisada, y el departamento entero se llenó de gemidos.
—Estoy a punto... ya no aguanto más, amor.
—Por favor, lléname. Lo quiero sentir adentro.
Adrián se vació dentro de ella con un bufido largo y se desplomó sobre su espalda, agotado. El semen se escurrió por los muslos de Valeria cuando él salió.
—¿Por qué no nos quedamos así todo el día? —ronroneó ella, atrayéndole los brazos para que la abrazara.
—Me encantaría. Pero a Renata no le gustaría encontrarnos desnudos en su sala. A menos que la invitemos.
Valeria rio. Luego se incorporó y lo miró seria.
—Si vas a ser mi novio, quiero algo claro. No me ocultes. No quiero que te dé vergüenza que te vean conmigo, ni por mi trabajo ni por ser trans. Sobre todo por ser trans. Es lo único que te pido.
—Me pides muy poco para la mujer que eres —le tomó la cara y pegó su frente a la de ella—. No solo no me daría vergüenza. Querría gritarlo a los cuatro vientos. Mereces que te traten como una princesa, y eso voy a hacer, porque eso eres para mí.
Iban a besarse de nuevo cuando el teléfono de Valeria vibró: Renata venía de camino. Adrián se vistió, le dejó un último beso en el cuello y le prometió que pronto vendría por ella, que cocinaría algo en su casa mientras veían una serie.
—¿Esa es tu forma elegante de decir que quieres volver a cogerme?
—Podemos hacer ambas. Tendremos toda la noche para pensarlo. Hasta pronto, amor.
Y se fue, dejándola desnuda en mitad de la sala, con una sonrisa tonta y una erección que él, distraído de placer, ni siquiera había notado. Valeria se metió a la ducha y, bajo el agua caliente, se acarició pensando en él, imaginando sus manos en cada rincón de su cuerpo, incluso en aquel que tanto la había avergonzado y que él la había hecho querer de nuevo. Cuando acabó, gritó su nombre tan fuerte que Renata, ya en casa, la escuchó desde el cuarto.