La mañana en que Yamila terminó de conquistarme
Desperté solo, con la sábana enredada en las piernas y el cuerpo todavía pesado por la noche anterior. Tanteé el otro lado de la cama y lo encontré frío. Me puse el bóxer, me pasé la mano por la cara y salí del dormitorio sin terminar de despertarme.
Un olor a café recién hecho me guio por el pasillo. La cocina estaba iluminada por la luz blanca de la mañana, y ahí estaba ella, de espaldas, tarareando algo.
—Buen díaaaa… —canturreó al sentirme llegar.
Yamila llevaba un camisón pequeño, casi transparente, y una tanga diminuta que apenas contenía lo que escondía. Tenía el pelo suelto, ese pelo negro y ondulado que la noche anterior me había acariciado la cara mientras me besaba.
La abracé por detrás, le besé el cuello y me senté a la mesa. Había preparado café, leche, jugo de naranja. Tenía sentido: después de cómo habíamos terminado de madrugada, necesitábamos recuperar energías.
Desayunamos hablando de cualquier cosa, de nada importante. Que si el clima, que si el ruido de la calle, que si había dormido bien. Pero cada tanto nuestras miradas se cruzaban más de la cuenta y se quedaban ahí un segundo de más, y yo sentía algo apretarme el pecho. Me estoy enamorando, y mal.
Ella se daba cuenta. Cada vez que me pescaba mirándola, sonreía despacio, sin decir nada, y se llevaba la taza a los labios como si nada. Esa calma suya me desarmaba más que cualquier cosa que pudiera haberme dicho.
Era una mujer hermosa, no había otra forma de decirlo. La piel suave como terciopelo, los ojos de un azul que brillaba con la luz, ese cuerpo que parecía dibujado con regla: el abdomen firme, las caderas, el culo perfecto. Y, entre las piernas, su sexo, con un tamaño que la noche anterior me había hecho perder la cabeza por completo.
Cuando terminamos, recogí la mesa y llevé los platos a la pileta. Yamila puso a calentar agua para un té y se quedó merodeando a mi lado.
Mientras yo enjuagaba los cubiertos, ella me besaba el hombro, me pasaba la mano por la espalda, me acariciaba el cuello con la punta de los dedos. Caricias sueltas, distraídas, como quien no quiere la cosa.
Pero algo cambió. Su mano bajó despacio y se metió dentro de mi bóxer. El dedo del medio buscó mi entrada, y la encontró todavía abierta y entregada de la noche anterior. Casi ni lo sentí entrar.
Eso la prendió. Agregó un segundo dedo sin esfuerzo. Cerré la canilla y apoyé las manos en la mesada, dejándola hacer.
Yamila se pegó a mi espalda. La oí quitarse el camisón, y enseguida sentí sus pechos —firmes, tibios, duros— restregarse contra mí. Los fue arrastrando hacia abajo mientras enganchaba el elástico de mi bóxer con ambas manos.
Me lo bajó de un tirón. Sus manos me abrieron las nalgas y, sin aviso, su lengua húmeda me recorrió la entrada. Solté un suspiro largo, involuntario.
—Quieto —murmuró contra mi piel.
Sentía cómo me iba abriendo. Por momentos hundía tres dedos; por momentos era la lengua la que entraba, caliente y resbalosa. Yo no me movía. No quería perderme ni un segundo de esa mañana.
Una de sus manos pasó por delante y empezó a masturbarme despacio, sin urgencia, como si tuviéramos toda la mañana por delante. Y la teníamos. No había trabajo, no había nadie más, no había reloj que valiera. Solo nosotros dos en esa cocina llena de luz.
Después me hizo girar.
Quedé frente a ella, de pie. Se metió mi sexo en la boca hasta el fondo, lo sacó cubierto de saliva, jugó con la punta, pasó la lengua a lo largo, volvió a tragarlo entero. Yo me agarraba del borde de la mesada para no caerme.
—Despacio —le pedí—, o esto se termina antes de empezar.
Se rio sin sacármela de la boca.
***
Me hizo girar de nuevo y volví a apoyar las manos en la mesada. Sentía su saliva chorrearme por las piernas. Detrás de mí, ella terminó de desnudarse del todo, y al darme vuelta un instante vi cómo su sexo asomaba por encima del elástico de la tanga antes de que también esa prenda cayera al piso.
Se escupió la mano y se acarició a sí misma.
—Amor, me volvés loca —dijo con la voz ronca.
Me abrió con los dedos y empujó. No entró. Estaba tan caliente, tan acelerada, que no encontraba el ángulo. Soltó una maldición entre dientes, se arrodilló otra vez y hundió la cara entre mis nalgas, ensalivándome hasta que sentí que me deshacía.
Después metió los dedos de nuevo, esta vez más. Los giraba adentro, abriéndome a fondo. La cabeza me daba vueltas, la mesada se me clavaba en las caderas, tenía el sexo durísimo y los testículos doloridos de tanto aguantar.
Yamila se incorporó. Me abrió con las dos manos y, esta vez sí, empujó hasta el fondo de una sola vez.
—¡Ay! —se me escapó.
—Perdón, perdón, perdón… —dijo, besándome la espalda entre cada palabra—. Es que quiero cogerte hasta cansarme.
Empezó el vaivén, lento al principio. Yo estaba tan abierto que cada vez que ella se retiraba sentía el aire entrar, un vacío extraño, y enseguida la sentía volver a llenarme. Me apoyé con firmeza en la mesada y dejé que marcara el ritmo.
Con cada embestida el ritmo se fue volviendo más profundo, más seguro. Yamila se había soltado del todo: una mano en mi cadera, la otra recorriéndome la espalda, la boca pegada a mi nuca diciéndome cosas que apenas entendía. Y yo solo podía empujar hacia atrás, buscándola, pidiéndole sin palabras que no parara.
Sentía su sexo latir adentro, palpitando contra mis paredes. Cada embestida me arrancaba un sonido que yo ni sabía que tenía.
Por momentos se detenía y se quedaba quieta, conteniéndose.
—Esperá, amor… todavía no —jadeaba.
Y volvía a empezar.
No sé cuánto duró. Segundos, minutos, una eternidad. En un momento se aferró a mis hombros, clavó los dedos y me embistió hasta lo más hondo.
—Ahhh… tomá —gimió contra mi nuca.
La sentí terminar dentro de mí, una y otra vez, cada descarga acompañada de un temblor de su cuerpo entero. Dio un par de embestidas más, lentas, agotadas, y después me abrazó por detrás, pegando todo el torso a mi espalda. Sus pechos eran dos puntos que me quemaban la piel.
Nos quedamos así unos minutos, ella todavía adentro, respirando contra mi cuello. De a poco fue ablandándose. Cuando salió, sentí un frío repentino, un vacío que me hizo estremecer.
Me hizo girar y me besó con la lengua, abriéndome la boca.
—Te quierooo —dijo, riéndose de su propio descaro.
***
Bajó la mirada. Y ahí seguía yo, durísimo, ignorado por completo en medio de todo.
—Uy… —sonrió—. ¿Y qué hacemos con esto?
Se arrodilló sin esperar respuesta y se lo metió entero en la boca. Mientras me chupaba, deslizó una mano entre mis piernas y buscó de nuevo mi entrada, todavía abierta y sensible. Hundió dos dedos y empezó a presionar adentro, con un ritmo preciso, justo en el punto exacto.
El masaje fue demoledor. En un par de minutos sentí un calor subirme por las piernas, concentrarse en el vientre y estallar de golpe en su boca.
—Ahhh, sí… —dije, agarrándome de su pelo.
Yamila siguió chupando mientras yo me vaciaba. Dos, tres descargas. No las tragó todas; algo le escurría por la comisura de los labios y caía al piso. Cuando terminé, se incorporó despacio.
Me dio otro beso largo, profundo, y me pasó todo lo que había guardado en la boca. Lo compartimos entre las dos bocas, mezclados, sin asco, riéndonos a medias del descontrol.
—Amor —dijo después, apoyando la frente en la mía—. Te quiero. Ya sé que es pronto. Pero me volvés loca. Casi no dormí anoche pensando en vos.
Yo tampoco había dormido. Y no por el cansancio.
***
Ese fue el verdadero comienzo de nuestra historia, la que duró casi dos años. Mañanas como esa hubo muchas, y también tardes lentas, noches sin reloj, peleas tontas y reconciliaciones largas. Aprendí a quererla entera, con su cuerpo y su risa y su forma de decir «buen díaaaa» arrastrando las vocales.
Lo que había empezado como una atracción puramente física, una de esas que uno cree que se apagan en una noche, se fue convirtiendo en otra cosa. En costumbre. En extrañarla cuando no estaba. En querer contarle hasta la tontería más insignificante del día. Nunca antes me había pasado con nadie, ni con hombres ni con mujeres, y nunca volví a sentir algo igual.
Después la vida hizo lo suyo. A Yamila la trasladaron por trabajo a otro país, lejos, y la distancia fue enfriando lo que parecía indestructible. Cada vez que volvía nos buscábamos, nos encontrábamos en algún hotel o en mi departamento, pero ya no era igual. Algo se había gastado en el camino, sin culpas, casi sin darnos cuenta.
Pasaron los años. Hoy, cuando huelo café recién hecho temprano por la mañana, todavía pienso en ella. Creo que fue uno de los grandes amores de mi vida.