Lo que mi instructora ocultaba bajo la malla
Durante años había arrastrado la misma fantasía sin atreverme a darle forma. Acostarme con una mujer trans era una idea que volvía a mí en los momentos más inesperados, casi siempre de noche, casi siempre a solas. Había leído relatos, había visto vídeos, alguna vez incluso me había masturbado imaginando esa escena concreta. Pero el miedo siempre ganaba. Cada vez que la curiosidad me empujaba un paso adelante, daba dos atrás y enterraba el deseo bajo capas de excusas.
Hacía unos tres meses que me había apuntado al gimnasio del barrio. Nada del otro mundo: un local mediano, máquinas algo viejas y un horario de mañana que me venía bien antes del trabajo. Lo único realmente extraordinario de aquel sitio era ella. Mi instructora.
Se llamaba Nadia y tenía veintiséis años. Era rubia, con el pelo cayéndole por la espalda en una melena que parecía pesada, ojos de un verde claro casi transparente y un cuerpo que no parecía real. El primer día que la vi me quedé sin palabras. Anonadado es la palabra que mejor lo describe. Me preguntó mi nombre, le dije que Adrián, y a partir de ahí no pude dejar de buscarla con la mirada.
Sesión tras sesión, la relación entre alumno y monitora fue creciendo hasta convertirse en algo parecido a una amistad. Bromeábamos entre serie y serie, me corregía la postura apoyándome la mano en la espalda baja, se quedaba charlando conmigo cuando ya no quedaba casi nadie. Y yo, mientras tanto, no dejaba de imaginar lo que escondía debajo de la ropa de deporte.
Porque Nadia entrenaba con una malla ajustadísima que le marcaba el trasero y el pubis con un detalle casi indecente, y un top corto que le ceñía los pechos. Me los imaginaba firmes, tersos, con esos pezones que de vez en cuando se le adivinaban bajo la tela cuando bajaba la temperatura del local. Cada repetición que hacía frente a ella era una excusa para mirarla.
***
Una mañana, después de la sesión, fui al baño por el pasillo del fondo sin darme cuenta de que ella me seguía. Entré en el de hombres y, para mi sorpresa, Nadia entró detrás de mí. Me quedé desconcertado. Pasó por delante, se metió en uno de los reservados y, cuando yo iba camino del último cubículo, salió a mi encuentro.
—Te estaba esperando —dijo, apoyada en el marco con una media sonrisa.
—¿A mí? —pregunté, como un idiota.
—Claro que a ti. ¿Crees que no me doy cuenta de cómo me miras? —Se acercó un paso—. Sé que te mueres por mi cuerpo. Y voy a ser sincera: desde que llegaste, yo también tengo ganas de algo contigo. Algo sin compromiso.
El corazón me golpeaba en el pecho. Tragué saliva antes de contestar.
—No voy a mentirte. Me gustas. He fantaseado muchas veces con esto.
Su sonrisa se apagó un poco, como si dudara.
—Pero tenemos un problema, Adrián. No todo es como parece.
—¿Qué quieres decir? —Fruncí el ceño—. ¿Qué es lo que no se ve?
En lugar de responder, sacó un papel del bolsillo de la malla y me lo puso en la mano. Un número de teléfono escrito a bolígrafo.
—Llámame. Quedamos, te lo explico con calma y aclaro esas dudas que acabo de meterte en la cabeza. —Me guiñó un ojo y salió del baño dejándome con el pulso disparado y el papel sudándome en la palma.
***
No paré de pensar en ella durante días. En su cuerpo, en su voz, en aquella frase que se había quedado clavada como un anzuelo. No todo es como parece. Cinco días después, al terminar la sesión, me acerqué a ella y le recordé que teníamos una conversación pendiente.
—Vale —dijo ella, divertida—. Esta tarde, sobre las ocho. Paso a buscarte, tengo tu dirección de la ficha del gimnasio.
A las ocho en punto bajé a la calle. Me esperaba dentro de un coche bajo y negro, de esos que rugen al ralentí. Subí, y la conductora era todavía más impresionante que el coche. Dimos un par de vueltas largas por la ciudad mientras hablábamos de todo: del trabajo, de los estudios, de si teníamos pareja, de lo que nos gustaba en la cama. Cada pregunta suya era un poco más atrevida que la anterior. Terminó proponiéndome subir a su casa a tomar algo, y acepté antes de que terminara la frase.
Su piso era cálido, ordenado, con una luz tenue que invitaba a quedarse. Me indicó que me sentara en el sofá mientras ella se cambiaba. Cuando la vi aparecer por el pasillo, el corazón me dio un vuelco. Me pareció más hermosa que nunca: un pantalón corto negro ajustado y una blusa verde claro, muy corta, que le resaltaba el pecho. Comimos algo ligero, bebimos vino, y después se sentó a mi lado en el sofá, muy cerca.
—¿Te acuerdas de que te dije que había cosas que no veías? —Me miró fijamente—. Que serían una sorpresa para ti.
—Me acuerdo perfectamente. No he pensado en otra cosa.
—Entonces es mejor que lo descubras ya. No quiero tenerte intrigado más tiempo. —Tomó una de mis manos entre las suyas.
—¿Qué es eso que tienes que contarme?
—No te has fijado, ¿verdad? —Sonrió con una mezcla de nervios y descaro—. Ni en el gimnasio con la malla, ni hoy con el pantalón.
—No me he fijado en nada que no fuera tu cara —admití.
Entonces llevó mi mano hasta su entrepierna y la apoyó allí, sin soltarla. Di un respingo. Bajo la tela del pantalón había un bulto inconfundible. Nadia era una mujer trans. Me quedé sin habla, paralizado, con la mano todavía sobre ella. Y lo más desconcertante fue darme cuenta de que, lejos de apartarme, mi propio cuerpo había empezado a responder. Notaba la erección crecer dentro del pantalón.
—Si quieres me visto y te llevo a casa —dijo en voz baja—. No pasa nada.
—No —contesté, más firme de lo que esperaba—. No quiero irme.
***
Me puse de pie y ella se colocó frente a mí. Le besé el cuello despacio y olí su perfume, intensamente femenino. Pasé las manos por su cuerpo y comprobé lo que ya sabía: estaba con una mujer. Una mujer con pene, sí, pero una mujer en cada curva, en cada gesto, en cada poro de su piel. Y me estaba gustando más de lo que jamás me había atrevido a imaginar.
Sin decir nada, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. La habitación estaba presidida por una cama amplia. Nadia se tumbó y me pidió que me colocara sobre ella. Volví a su cuello, a sus orejas, a ese perfume que ya no iba a olvidar nunca, mientras sus manos me desabrochaban el pantalón y me lo bajaban junto con la ropa interior. Le quité la blusa corta y descubrí los pechos que tantas veces había imaginado: redondos, firmes, con unos pezones que pedían a gritos que los lamiera. Y eso hice, durante un buen rato, mientras ella terminaba de desnudarme por completo.
Todavía conservaba el pantalón corto. Me pidió que me tumbara boca arriba. La tenía dura, mojada en la punta antes incluso de empezar. Me la cogió con la mano y, muy despacio, se la llevó a la boca. Su lengua me recorría la cabeza mientras subía y bajaba con una calma exasperante. Nunca me habían hecho algo así, con esa mezcla de técnica y hambre. Cuando notó que estaba a punto de perder el control, se apartó.
—Todavía no —murmuró.
Se puso boca abajo. Me coloqué a su lado y empecé a besarle las piernas, largas y suaves, mientras le bajaba el pantalón corto y unas braguitas diminutas. Estaba completamente depilada, con apenas un trazo de vello recortado en forma de corazón. Aquel detalle me puso todavía más caliente de lo que ya estaba.
Le separé las nalgas y descubrí un culo perfecto, con un orificio rosado que parecía pedir guerra. Ella se giró y vi su pene por primera vez de cerca, depilado y erecto, de unos catorce centímetros, con el glande asomando rosado bajo la piel. De la punta brotaba una gota de líquido. Mojé los dedos en ella y me los llevé a la boca, casi sin pensarlo.
El sabor terminó de quitarme cualquier vergüenza. Me lancé sobre su pene y empecé a chupárselo. Era la primera vez que lo hacía, así que me guié por lo que a mí me gustaba que me hicieran: despacio, con la lengua, sin prisa. Nadia gemía y arqueaba la espalda, y yo disfrutaba tanto de su placer como del mío.
***
Me arrodillé sobre la cama. Ella estiró el brazo hacia la mesilla, abrió un cajón y sacó dos preservativos. Cogió uno, se lo metió en la boca y, con una maestría que me dejó atónito, me lo colocó solo con los labios. Después se puso a cuatro patas, dejando el culo justo frente a mí, y se abrió las nalgas todo lo que pudo.
Entré despacio, centímetro a centímetro, hasta que la sentí entera alrededor de mí, caliente y estrecha. Empecé a moverme con un ritmo lento que fui acelerando, sujetándola por las caderas. Con la otra mano le acariciaba el pene, y de vez en cuando recogía el líquido de la punta y se lo acercaba a la boca para que se saboreara a sí misma. Aguanté lo que pude, pero el conjunto era demasiado: su culo, sus gemidos, la imagen de los dos en el espejo del armario. A los pocos minutos noté el calambre subiéndome por la espalda y me corrí en varias oleadas dentro del preservativo. Cuando salí, ella me lo retiró y me limpió los restos pasándome la lengua por el glande.
—Ahora me toca a mí —dijo, tendiéndome el otro condón—. Póntelo tú.
Se lo coloqué con bastante menos arte que ella, y obedecí cuando me pidió que me pusiera a cuatro patas. Me abrió las nalgas y empezó a lamerme con una destreza que me hizo descubrir un placer que ni sabía que existía. Fue tan intenso que estuve a punto de correrme otra vez sin que me tocara. Entonces apoyó la cabeza de su pene contra mí y, con una suavidad infinita, fue entrando poco a poco.
Sentí cada milímetro de aquella penetración. Los movimientos rítmicos me gustaban más a cada empuje. De pronto entró un poco más fuerte y noté algo que me llegó al alma: la cabeza de su pene rozándome la próstata, una sensación indescriptible que me hizo apretar las sábanas con los puños. Poco después la noté estremecerse a mi espalda, clavarme los dedos en las caderas y correrse. Salió despacio y yo mismo le retiré el preservativo, lamiendo después los restos con un gusto que me sorprendió.
No quería separarme de ella. Nadia me lo devolvió empezando a chupármela de nuevo, y acabamos en un sesenta y nueve, comiéndonos el uno al otro hasta que los dos llegamos a una última corrida casi a la vez.
***
Nos levantamos y fuimos al baño. Ella me enjabonó el cuerpo entero, me enjuagó y me secó, no sin antes volver a besarme el pene y la boca. Cuando estuve seco, me metí yo en la ducha con ella e hice exactamente lo mismo: la enjaboné, la aclaré, la sequé y le repartí besos por la boca, por el pene y por el culo. Reírme con ella bajo el agua, desnudos y agotados, fue casi tan bueno como todo lo anterior.
Después nos vestimos y le dije que tenía que marcharme. Se ofreció a llevarme. Cerca de casa, al bajar del coche, me incliné para darle un beso.
—Espero que la experiencia te haya gustado —dijo—. Si quieres, repetimos cuando se te antoje. Para mí ha sido un placer enorme estrenar a un chico como tú.
—Seguro que habrá más veces —contesté—. Esta noche ha sido increíble. Igual que tú.
Me despedí con otro beso y subí a casa con la certeza de que aquel miedo que me había frenado durante años acababa de quedar enterrado para siempre. Por fin había dado el paso. Y no pensaba dar ninguno atrás.