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Relatos Ardientes

La noche que un desconocido me llamó Mica

Esa tarde no tenía nada que hacer. Llovía, había refrescado de golpe y yo estaba aburrida en el departamento, dando vueltas de la cama al sillón y del sillón a la cama. No tenía a quién llamar. Salir me parecía una idea ridícula con ese clima. Y para colmo no podía distraerme como cualquiera: soy ciega, así que el porno no es lo mío, y las aplicaciones para conocer gente son un laberinto que ningún lector de pantalla logra ordenar. No empiecen a buscarme excusas, ya las tengo todas. Como si fuera poco, esa semana estaba intentando dejar de fumar, y la ansiedad me comía por dentro.

Pero al caer la noche el cielo se despejó un poco y me entró el envión. Pensé en buscar un bar de ambiente y probar suerte. Con el celular y la voz del lector fui rastreando opciones hasta dar con uno que sonaba bien y me quedaba cerca. Cené algo rápido, me puse el abrigo y salí decidida.

Tomé un colectivo que me dejó a unas cuatro cuadras. Al principio me orientó una pareja de turistas que paseaba por el centro; muy amables, me acompañaron media cuadra y me señalaron la dirección. Pero cuando llegué al lugar donde, según el mapa, debía estar el bar, no había nada. Persianas bajas. Un vecino me confirmó que había cerrado hacía meses.

Me quedé parada en la vereda, resignada, diciéndome que no era mi noche. Decidí volver a casa. Caminé hasta la esquina, donde tenía que cruzar la avenida, y me detuve a escuchar el tránsito para calcular el momento. Fue entonces cuando una voz grave se acercó por mi izquierda.

—¿Vas a cruzar la calle o la avenida? —me preguntó.

—La avenida, gracias —contesté.

—Te ayudo —dijo, y me tomó la mano.

No era la forma habitual de guiar a una persona ciega; lo correcto es ofrecer el codo. Pero no se lo dije. Me gustó sentir su piel, áspera y cálida, envolviendo la mía. Me apretó los dedos y agregó:

—Esperá, que todavía no tenemos paso.

Mientras aguardábamos en el cordón, sus dedos se movieron despacio sobre el dorso de mi mano. Un roce mínimo, casi una pregunta. Sentí un escalofrío que me subió por el brazo. Dejé pasar unos segundos, lo justo para no parecer asustada, y entonces moví los míos en respuesta. El semáforo cambió y empezamos a cruzar.

Avanzamos en un silencio tenso, cargado. A mitad de la avenida me preguntó de dónde venía, y yo le conté lo del bar que ya no existía. Se rió bajito.

—¿Cómo es eso? —dijo, divertido.

—Busqué un bar en internet, y cuando llegué resulta que cerró o se mudó. Una pérdida de tiempo.

—¿El bar de ambiente que estaba ahí enfrente?

—Ese mismo —dije, y sentí cómo se me aceleraba el pulso. Él sabía exactamente de qué bar hablaba.

Llegamos a la otra esquina, pero no me soltó la mano. Nos quedamos ahí, parados en una bocacalle solitaria, sin razón aparente para seguir tomados. Y entonces, sin que me diera cuenta de cómo, sus labios se acercaron a los míos y me dio un beso pequeño, apenas un roce.

—¿Qué fue eso? —pregunté, sorprendida. Y vaya si lo estaba.

—Un beso —respondió, y le sentí la sonrisa en la voz—. ¿Te molestó?

—No. Solo que no me lo esperaba.

Sin decir nada más, volvió a besarme, ahora con la boca abierta, con lengua, con ganas. Me dejé besar y lo repetimos varias veces ahí, en plena calle, hasta que se separó apenas y empezó a caminar. Me pasó un brazo por la cintura y avanzamos sin hablar. Solo el repiqueteo de mi bastón sobre la vereda mojada y el ruido de algún auto lejano rompían el silencio.

Se detuvo frente a un portal. Escuché el tintineo de unas llaves.

—Me llamo Darío —dijo, y abrió la puerta—. ¿No me vas a decir tu nombre?

Dudé unos segundos. Era la pregunta de siempre, la que nunca tiene una respuesta sencilla para mí.

—Tengo dos nombres —admití—. Uno de hombre y otro de mujer. ¿Cuál querés que te diga?

—El que sientas esta noche —contestó, sin titubear.

Algo se me aflojó en el pecho. Pocas veces alguien me lo había puesto tan fácil.

—Me gustaría estar más arreglada —dije, sonriendo— y ser Mica.

—Hola, Mica.

—Hola, Darío.

***

Entramos a su departamento. Olía a madera y a un perfume amaderado, ordenado, de hombre que vive solo y le gusta. Me abrazó apenas cerró la puerta y me besó otra vez, con más ganas que en la calle. Nos sacamos los abrigos. Él los colgó en algún lado y me guió hasta una mesa, donde nos sentamos uno frente al otro.

—¿Y vos qué hacías en esa esquina? —le pregunté.

—Había salido a comprar cigarrillos —dijo. Hizo una pausa y agregó, con guasa—: y a ver si encontraba una princesa necesitada de ayuda para cruzar.

Nos reímos los dos. Me tomó la mano y tiró suave hacia él para que nuestras bocas volvieran a encontrarse. El beso fue más largo esta vez, más hondo. Sentí su respiración cambiar.

—¿Querés ponerte más cómoda? —murmuró contra mis labios.

Asentí. Me puse de pie y empecé a desvestirme despacio, dejando que él mirara. Me saqué la campera de lana y quedé con una remera ajustada que marcaba mis pequeños pechos. Después me bajé el pantalón hasta quedar en una media de red que dejaba transparentar la tanga roja debajo.

—Mmm. Qué sexy estás —dijo, y la voz se le puso ronca.

—Una de las ventajas de no ver es que elegís a la gente por lo que es y no por cómo luce —le dije—. La desventaja es que nunca sé si combiné bien los colores.

Volvimos a reírnos. Lo escuché ponerse de pie, y enseguida lo sentí desnudo frente a mí, el calor de su cuerpo grande, macizo, pegándose al mío. Me hizo bajar despacio hasta quedar arrodillada a sus pies. Tomó su miembro y me lo pasó por la cara, por los labios, por la mejilla. Era grueso y olía a hombre, a piel encerrada, a deseo guardado. Lo agarré por la base y comprobé el tamaño con la mano. Lo acaricié unas pocas veces, sin apuro, hasta que no aguanté las ganas y me lo llevé a la boca.

Le di un par de besos en la punta, después lamí a lo largo, de arriba abajo, y volví para metérmelo de a poco. Sentí que Darío empezaba a gemir, que se ponía más duro entre mis labios. Cuando ya estaba entregada del todo a lo que hacía, me apoyó una mano en el hombro y me hizo parar.

Pero yo quería que terminara así, en mi boca. Nunca me habían penetrado, y la idea me daba más miedo que ganas. Así que no le hice caso y me esmeré todavía más. Me lo metí hasta el fondo, hasta atragantarme, y lo saqué para lamerlo entero. Lo sentí temblar. Supe que estaba por correrse, y lo masturbé con la mano mientras jugaba con la lengua en la punta.

El primer chorro me pegó en los labios; lo recogí enseguida con la boca, sin desperdiciar nada. Darío se movía despacio, gimiendo, mitad por el placer, mitad por haberme salido con la mía contra su pedido de que parara. Aun así, se inclinó, me levantó la cara y me besó, saboreando su propio sabor en mi boca.

—Yo quería hacerte otra cosa —dijo, todavía agitado—. No quería acabar tan rápido.

—Lo sé —contesté, y después solté la verdad—: lo que pasa es que soy virgen.

Se quedó callado un segundo. Lo sentí sorprenderse, y enseguida sentí también cómo la confesión lo encendía de nuevo. La idea de tener en su departamento a alguien sin estrenar parecía gustarle más de lo que esperaba, porque, para sorpresa de los dos, no tardó en endurecerse otra vez.

***

Yo estaba satisfecha con lo que había pasado. La verdad, me habría ido a dormir a casa contenta. Pero Darío no pensaba igual. Salió de la sala y volvió al rato con dos copas de vino tinto. Me puso una en la mano y brindamos. Con la otra mano me acariciaba las piernas enfundadas en la media de red, despacio, como quien tantea hasta dónde puede avanzar.

El vino era bueno, suave, y la situación daba para animarse. Pero yo tenía miedo. Un miedo viejo, mezclado con un deseo que no terminaba de ganarle. Cuando vaciamos las copas, él se puso de pie, me sacó la remera y me dejó los pezones al aire. Los rozó apenas con las yemas y me estremecí entera. Después sentí el filo suave de una uña jugando con ellos, y los noté endurecerse contra mi voluntad.

Luego me fue bajando las medias con una lentitud que me arrancó un gemido. Quedé solo con la tanga roja, que para ese momento ya estaba húmeda. Me hizo girar y me empezó a tocar, sabiendo bien lo que hacía, con una seguridad que me ponía a mil. Yo ya quería sentirlo, que me hiciera suya de una vez, aunque el miedo no se iba del todo.

Entonces sentí un dedo, untado en aceite, presionar despacio. Entró con cuidado, abriéndose paso. Yo me había tocado antes, sola, pero que otro lo hiciera, a su manera y a su ritmo, era algo completamente distinto. Me lubricó bien, sin apuro. Lo escuché abrir un sobre, ponerse un preservativo. Y enseguida sentí la punta de su miembro contra mí, todavía con la tanga corrida apenas a un lado.

Empujó despacio. Sentí cada milímetro abrirme, un ardor profundo que me hizo saltar las lágrimas.

—Despacio —pedí—. Por favor.

Pero seguía entrando, milímetro a milímetro. Cuando lo más ancho pasó la primera resistencia, me fui acostumbrando a tenerlo, y él avanzó un poco más. De a poco, el ardor empezó a mezclarse con otra cosa, una sensación cálida que me iba inundando mientras me llenaba por completo. Cuando lo sentí entero, todo dentro, su cuerpo pegado al mío, me invadió una alegría rara, casi de orgullo.

—Qué bien estás, Mica —murmuró contra mi nuca—. Qué linda sos.

Empezó a moverse. Salía y entraba, primero apenas, después con embestidas más firmes que me arrancaban gemidos que ya no eran de dolor. Era abrumador sentirlo, y saber que él gozaba con mi cuerpo me encendía todavía más. Así que me animé y empecé a moverme yo también, a buscarlo, a darle el ritmo. Fue el efecto deseado: no tardó en correrse, hundiéndose hasta el fondo con un gemido largo.

Nos quedamos así, pegados, mientras él se aflojaba dentro de mí y nuestras respiraciones se acompasaban. Me hizo unos mimos en los hombros, en la nuca, y me besó la espalda.

Después encendió dos cigarrillos. Me puso uno entre los dedos, y los dos fumamos en silencio, en la penumbra, sin necesidad de decir nada. Yo, que esa semana intentaba dejarlo, no dije una palabra. Esa noche me lo permití. Esa noche fui Mica de principio a fin, y por una vez no tuve que explicarle a nadie quién era.

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Comentarios(2)

RominaLect

Que relato tan hermoso, me llego al corazon de verdad. Gracias por escribirlo!!

Soñador_nocturno

Por favor sigue con esto, quede con ganas de saber mas sobre lo que paso despues. El final me dejo sin palabras.

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