Daniela esperaba un hombre y le abrió su mujer
Daniela había imaginado esa noche durante semanas. La conversación con Marcos había empezado como un juego de mensajes a deshora, audios que se mandaban a las dos de la mañana, fotos a medias, promesas que ninguno de los dos pensaba cumplir hasta que de pronto las dos los cumplieron. Había terminado en una dirección anotada en el dorso de la mano y un perfume que se había puesto sabiendo que se lo iban a sacar. Subió los tres pisos sin esperar el ascensor, con el corazón golpeándole el pecho y la certeza absoluta de que esa noche estarían solos los dos.
Tocó el timbre. Lo que no esperaba era que abriera una mujer.
—Hola. Soy Bianca —dijo ella, apoyada en el marco con una naturalidad que descolocaba—. Marcos me contó todo. Me pusiste a mil sin conocerte.
Antes de que Daniela pudiera responder, Bianca la tomó de la muñeca, la atrajo hacia adentro y cerró la puerta de un empujón. El beso llegó sin aviso, con la lengua, sin pedir permiso. Daniela se quedó quieta un segundo y después se dejó llevar.
Bianca era pequeña, le sacaba más de una cabeza de diferencia. Pelo azabache y rizado, cuerpo menudo y firme, una piel pálida que parecía de porcelana. Habría parecido una muñeca de no ser por la mirada, esa que te repasa de arriba abajo y decide en silencio lo que va a hacer contigo. Daniela intuyó los aros bajo la camiseta de tirantes y un tatuaje grande asomando por la espalda. El tipo de mujer que parecía haber nacido para romper reglas.
Esto no estaba en mis planes, pensó Daniela. Y me da exactamente igual.
Marcos apareció por el pasillo, en pantalón corto y camiseta, con esa sonrisa de quien lo tenía todo medido desde el principio.
—Hoy sos para los dos —dijo—. Vos, en el medio.
***
Bianca no perdió el tiempo. Se giró hacia Marcos, lo besó igual que había besado a Daniela y le bajó el pantalón con una mano mientras con la otra la sujetaba a ella por la cintura, como diciendo «no te vas a ningún lado». Se arrodilló en la entrada misma, sobre la alfombra, y empezó a mamarla sin prisa.
—Está rica —le dijo a Daniela sin sacársela del todo de la boca—. La quiero bien mojada para montarla después.
Avanzaron por el pasillo a trompicones, desvistiéndose por el camino, hasta la habitación. Marcos cayó de espaldas en la cama. Bianca lo siguió de un salto, le ordenó a Daniela que se sentara sobre su cara y Daniela obedeció sin pensarlo, apoyando las rodillas a cada lado de la cabeza de él.
La lengua de Marcos encontró el ritmo enseguida. Daniela se balanceaba despacio, buscando la presión justa, mientras abajo Bianca se arrodillaba entre las piernas de él y se lo tragaba entero. Daniela podía verlo todo desde arriba: la boca de Bianca subiendo y bajando, un dedo travieso jugando donde no se atrevía a mirar.
Los olores. Los sonidos. El calor de tres cuerpos en una habitación demasiado chica, las cortinas a medio cerrar dejando entrar la luz naranja de una farola. Daniela se aferró al cabecero para no perder el equilibrio, con la respiración entrecortada y el cuerpo entero pidiendo más de lo que se atrevía a pedir en voz alta. Se corrió con un temblor largo, pero no se apartó; siguió moviéndose, buscando el roce justo, hasta que las piernas le fallaron y tuvo que dejarse caer hacia un lado.
Se inclinó hacia delante buscando devolver el favor, pero Bianca le ganó el lugar. Sin cortarse, le quitó la verga de las manos y se la metió ella misma en la boca. Daniela, lejos de enojarse, entendió que era su oportunidad: se incorporó, se acercó y empezó a alternar. Una a Bianca, otra a Marcos, lamidas y succiones repartidas entre los dos.
Marcos no se dio cuenta del cambio hasta que escuchó a Bianca toser. Daniela la había empujado un poco más de lo que ella esperaba. Pero Bianca, en lugar de quejarse, dejó caer toda la saliva sobre Marcos, dejándolo brillante, empapado, justo como había anunciado al principio.
***
Se besaron las dos, Bianca y Daniela, saboreando lo que quedaba en sus bocas mientras Marcos las miraba con los ojos entrecerrados, masturbándose despacio para no terminar antes de tiempo.
—Quietita —le dijo Bianca, y se subió a horcajadas sobre él.
Se aferró a los pechos de Daniela, lamiéndolos, mordiéndolos suave, mientras frotaba su sexo contra la verga de Marcos sin llegar a metérsela. Era una tortura calculada, y por la cara de él, funcionaba.
Después las dos se tumbaron de costado, una frente a la otra, dejando a Marcos un momento de lado. Bianca tomó la verga de Daniela y se la introdujo despacio, hasta el fondo, y empezó a cabalgarla como una amazona. Marcos no se quedó mirando mucho rato: se acomodó detrás de Bianca, le levantó una pierna y entró por donde ella misma le pedía con la cadera.
Los tres tardaron en encontrar el compás, pero lo encontraron. Desde fuera habría parecido un solo cuerpo confuso retorciéndose en la penumbra. Desde adentro era pura sincronía. Bianca besaba a Daniela y le abría las nalgas con las manos a su propio ritmo; Marcos a veces tenía que detenerse, apretar los dientes y respirar para no acabar.
—Despacio —le pidió Bianca con la voz rota—. No quiero que termines todavía.
***
Marcos salió de Bianca y, sin pedir permiso, apoyó la punta contra Daniela. Ella miró por encima del hombro, mordiéndose la lengua con una sonrisa traviesa, y eso fue toda la respuesta que él necesitó. Entró poco a poco, milímetro a milímetro, mientras Bianca le tapaba los gemidos a Daniela con la boca.
Con las dos vergas adentro, Daniela perdió la noción de todo. Gemía, se tensaba, hundía la cara entre los pechos de Bianca para ahogar los gritos más fuertes. Marcos y Bianca encontraron un movimiento espejo, uno entraba cuando el otro salía, y Daniela quedó atrapada en el medio de esa marea sin escape posible.
Llegó al límite de golpe. El cuerpo se le sacudió con espasmos largos, la boca entreabierta, los ojos en blanco, y un orgasmo la atravesó con tanta fuerza que dejó empapados a sus dos amantes. Bianca abrió los ojos, sorprendida; nunca había visto algo así fuera de una pantalla.
La dejaron descansar unos segundos, los dos salieron con cuidado y Daniela se desplomó de espaldas, buscando aire. Bianca aprovechó para escabullirse al baño. El ruido de la ducha llegó amortiguado desde el otro lado de la pared.
***
Daniela no quería que se cortara la noche. Se puso en cuatro sobre la cama, bajó los hombros hasta el colchón y le ofreció a Marcos la vista más obscena de su trasero. Él no dudó un instante: se colocó detrás, ajustó la altura de las caderas y empezó una embestida brutal, sin contemplaciones. Daniela ahogó el grito contra las sábanas.
Bianca volvió envuelta en una nube de vapor, todavía húmeda. Vio la escena, sonrió y se metió por debajo de Daniela para chuparle la punta mientras le acariciaba el resto con la mano. Marcos seguía castigándola por detrás, dejándose caer con todo el peso, tirándole del pelo. Daniela ya no podía hablar. Solo gemir.
—Así, no pares —fue lo único que consiguió decir Bianca, antes de volver a su tarea.
Daniela se corrió en la boca de Bianca con tanta fuerza que ella tuvo que apartarse para no atragantarse; el resto le cayó caliente sobre el pecho y se lo extendió con dos dedos, sin dejar de mirarla. Marcos terminó dentro, bombeando hasta el fondo, agarrado a sus hombros, temblando.
Los tres cayeron rendidos sobre la cama deshecha. Entre risas flojas y caricias perezosas, se quedaron dormidos sin acordar nada, amontonados como si llevaran años durmiendo así.
***
Daniela no supo cuánto tiempo pasó. Despertó con esa sensación tibia e inconfundible de una boca trabajando entre sus piernas. Era Bianca, que se había deslizado bajo las sábanas y la saludaba a su manera.
Cuando estuvo dura del todo, Bianca se apartó y empezó a acariciar las nalgas de Marcos, que dormía boca abajo. Él, aún entre sueños, levantó la cadera, ofreciéndose sin terminar de despertar. Pero no fue Bianca quien siguió.
Daniela se colocó detrás de él, apuntó hacia el centro y dejó caer saliva, presionando despacio hasta que él abrió los ojos y entendió todo de un saque. Bianca, mientras tanto, se sentó frente a la cara de Marcos y le ofreció su sexo. Él entendió la orden sin que nadie la dijera y empezó a lamerla.
Daniela se movía suave, acompasada, como un baile lento, saboreando cada centímetro. Bianca le clavaba las uñas en el hombro a Marcos y le mordía el cuello. Y él, atrapado entre las dos, con un gemido ahogado contra el cuerpo de Bianca, terminó sin avisar, casi sin tocarse.
Daniela, satisfecha, se incorporó y se sacudió de pie frente a Bianca, que esperaba con la cara levantada como quien sabe exactamente lo que va a recibir. Después Marcos se dedicó a recogerlo todo a besos, y lo compartieron entre los tres en uno solo.
—¿Quién va primero a la ducha? —preguntó Bianca, ya de pie, estirando la mano.
Fueron los tres. Y lo que pasó bajo el agua esa madrugada habría que contarlo otro día.





