Sofía invitó a un desconocido a nuestra cama
La idea fue de Sofía, aunque tardó semanas en decirla en voz alta. Llevábamos casi dos años juntas y nos conocíamos el cuerpo de memoria, esa clase de intimidad que se vuelve cómoda y peligrosa a la vez. Una noche, con la luz apagada y mi cabeza apoyada en su hombro, lo soltó como si fuera una confesión.
—¿Nunca te imaginaste a alguien más con nosotras? —preguntó.
No contesté enseguida. La verdad es que sí me lo había imaginado, muchas veces, pero nunca había tenido el valor de ponerlo en palabras. Que lo dijera ella primero me quitó un peso enorme de encima.
—Un hombre —añadió, girándose para mirarme en la penumbra—. Quiero verte con un hombre. Quiero ver cómo te folla mientras yo miro. Y después quiero que me veas a mí con la verga de él dentro.
Así que las dos pensábamos lo mismo.
A partir de esa conversación, todo cambió. Hablábamos del tema en la cocina, mientras preparábamos la cena, como quien planea un viaje. Sofía abrió un perfil para las dos en una de esas aplicaciones, con fotos donde no se nos veía la cara, y se encargó de filtrar a los candidatos con una paciencia que yo no tenía. La mayoría duraba dos mensajes. Buscábamos a alguien que entendiera lo que éramos sin necesidad de explicárselo, que me tratara a mí, una mujer trans, con el mismo deseo con el que la trataría a ella.
Marcos fue distinto desde el principio. Escribía despacio, hacía preguntas, no exigía nada. Tenía treinta y ocho años, una sonrisa tranquila en las pocas fotos que mandó y una manera de hablar que no resultaba ni tímida ni invasiva. Lo citamos en un bar del centro para conocernos antes de cualquier otra cosa, porque eso lo teníamos claro: si alguna de las dos sentía que algo no encajaba, se acababa ahí.
Nada falló. Marcos llegó puntual, nos invitó a la primera ronda y conversó con las dos por igual. No me miró como a una curiosidad ni evitó mirarme; me miró como a una mujer que le gustaba, como a una hembra que quería follarse. En algún momento, debajo de la mesa, la rodilla de Sofía buscó la mía y supe que ella también lo había decidido.
—¿Os apetece seguir esto en otro sitio? —dijo Marcos, dejando la pregunta en el aire.
Sofía me apretó la mano y respondió por las dos.
—En casa.
***
El trayecto en taxi fue corto y silencioso. Yo iba en el medio, con un muslo pegado al de cada uno, y notaba cómo el calor me subía por el cuerpo a cada semáforo. La mano de Marcos se posó en mi rodilla y fue subiendo hasta rozarme por encima de la ropa el bulto que ya me marcaba entre las piernas. No la retiró. Cuando Sofía abrió la puerta del apartamento y encendió solo la lámpara del rincón, el salón se llenó de una luz ámbar que lo volvía todo más lento.
—Sentaos —dijo ella, descalzándose—. Voy a por algo de beber.
Marcos se sentó a mi lado en el sofá. No se abalanzó. Apartó con un dedo el mechón que me caía sobre la mejilla y me preguntó, en voz baja, si estaba cómoda. Esa pregunta, hecha en ese tono, me desarmó más que cualquier caricia. Asentí, y entonces sí me besó, despacio, con la lengua metiéndose entre mis labios, dejándome tiempo para responder. Su mano ya estaba en mi muslo, subiendo por debajo del vestido, y cuando me encontró y me apretó por encima de la tela de la ropa interior no pude reprimir un jadeo. Se me estaba poniendo dura al roce de sus dedos, y él lo notó, y sonrió contra mi boca.
Sofía volvió con tres copas, pero solo dejó dos sobre la mesa. La tercera se la quedó en la mano mientras se acomodaba en el brazo del sofá, observándonos con una media sonrisa, como una directora que mira su escena favorita.
—No paréis por mí —dijo—. Quiero verlo. Quiero ver cómo se la chupas.
El beso de Marcos se hizo más hondo. Su mano bajó por mi cuello, por el escote, y yo sentí que el vestido me sobraba. Me lo quité yo misma, sin prisa, y dejé que sus ojos recorrieran todo lo que soy: las tetas pequeñas y firmes de hormona, los pezones ya duros, la ropa interior tensada por lo que había entre mis piernas. No hubo ni una sombra de duda en su cara. Eso, para mí, vale más que el sexo: que alguien te desee entera, sin condiciones, sin asteriscos.
Sofía se acercó por detrás y empezó a acariciarme los pechos con una familiaridad que a Marcos lo encendió. Me pellizcó los pezones del modo justo, el que ella sabe que me hace arquear la espalda, mientras me hablaba al oído.
—Mírale la polla, mi amor —susurró—. Mira cómo la tiene por ti. Sácasela. Chúpasela bien, quiero verte con esa verga en la boca.
Le desabroché el pantalón con dedos torpes y se la saqué. La tenía gorda, gruesa, la punta ya mojada de un hilo brillante. Me arrodillé en la alfombra entre sus piernas y me la metí en la boca sin más preámbulo, hasta el fondo, hasta que se me clavó en la garganta y se me saltaron las lágrimas. Marcos soltó un gemido ronco y me puso la mano en la nuca, sin empujar, solo guiando. Subí y bajé despacio, ensalivándosela entera, lamiéndole los huevos, chupándole la punta con los labios apretados mientras Sofía me tiraba del pelo suavemente para verme mejor la cara llena de polla.
—Así, mi amor, así —jadeaba ella—. Trágatela toda.
Marcos me quitó las bragas de un tirón y me agarró la polla entre los dedos, masturbándomela mientras yo se la mamaba. La sensación de tenerla a ella detrás y a él delante, los dos usándome, me hizo gemir con la boca llena.
***
Nos trasladamos a la habitación sin decirlo, como si los tres conociéramos la coreografía. Marcos terminó de desnudarse y me dejó marcar el ritmo. Lo empujé sobre la cama y me volví a montar sobre su verga con la boca, mamándosela desde arriba mientras Sofía se tendía a mi lado, se sacaba la falda y las bragas de un movimiento y se abría el coño con dos dedos para que Marcos la viera. Ya tenía los labios brillantes de lo mojada que estaba.
—Ven aquí —le dijo él, y ella se pasó una pierna por encima de su cara y le hundió el coño en la boca sin ninguna vergüenza.
Yo seguía chupándosela mientras él le comía el coño a Sofía. La escuchaba gemir por encima de mí, agarrada al cabecero, moviendo las caderas contra su lengua, y de vez en cuando bajaba conmigo y me buscaba la boca, y nos besábamos ella y yo con el sabor de él entre las dos y el sabor de ella todavía en la lengua de él. Le lamí a Sofía el clítoris al mismo tiempo que Marcos le metía la lengua adentro, y las dos le hicimos gritar.
—Sois increíbles —murmuró Marcos, con la voz ya tomada—. Follables. Las dos.
Me tumbé bocabajo y le pedí que viniera. Se colocó detrás, me abrió las nalgas con las dos manos y escupió antes de apretar la punta contra mi entrada. Empujó despacio, atento a cada gesto mío, y yo sentí cómo esa polla gorda me abría de a poco, cómo iba entrando centímetro a centímetro hasta que me llenó entera. Solté un gemido largo contra la almohada.
—Métemela toda —le pedí—. Fóllame fuerte.
Marcos me obedeció. Empezó a embestirme con la cadera, ganando ritmo, y el ruido de sus muslos chocando contra mi culo llenó la habitación. Sofía se colocó frente a mí, se sentó en el borde de la almohada y me abrió las piernas al lado de mi cara. Me agarró de la nuca y me llevó la boca a su coño.
—Cómemelo mientras te folla —me ordenó.
Y eso hice. Le hundí la lengua en el coño empapado, le chupé el clítoris hinchado, con los ojos clavados en los suyos, mientras Marcos me destrozaba por detrás con embestidas cada vez más brutales. Esa conexión, la de tenerla a ella delante mientras él me llenaba por detrás y me hacía gemir contra su carne, era exactamente lo que habíamos imaginado en la oscuridad de tantas noches. Mi propia polla iba rozándose contra las sábanas a cada empujón, y me dolía de dura que la tenía.
El placer me subió en oleadas, cada vez más hondas, hasta que dejé de pensar. Marcos aceleró, me sujetó de las caderas con las dos manos y avisó con un gruñido ahogado de que ya no aguantaba.
—Córrete dentro —le supliqué, con la boca pegada al coño de Sofía—. Lléname, por favor.
Sentí cómo se le hinchaba dentro de mí y cómo el chorro caliente de su corrida se derramaba a borbotones hasta el fondo. Me llenó tanto que empezó a chorrear por mis muslos incluso antes de que sacara la verga. Casi al mismo tiempo, mi propio cuerpo se rindió contra las sábanas en un orgasmo largo, y me corrí también, sin tocarme, sintiendo cómo el semen mío mojaba la cama debajo de mi vientre mientras temblaba y me quedaba sin aire.
Sofía se agachó y me lamió los restos de la cara y del cuello, con esa hambre suya. Después bajó por mi espalda y me separó las nalgas con los dedos, y sentí su lengua recogiendo la corrida de Marcos que se me escurría del culo. Me estremecí entera.
—Qué hermosa estás cuando acabas —dijo, y me besó la sien, la comisura de la boca, y me metió en la boca su propia lengua todavía llena de él.
***
Hicimos una pausa los tres, tirados en la cama, recuperando el aliento. Marcos nos trajo agua de la cocina, andando desnudo por nuestro pasillo con la verga colgando pesada entre las piernas, como si llevara años haciéndolo, y la naturalidad del gesto nos hizo reír. Brindamos por lo absurdo y maravilloso de la situación. Hablamos de tonterías durante un rato, con esa risa floja que solo aparece cuando uno se siente a salvo.
Pero Sofía no había venido a mirar toda la noche, y yo no había olvidado la otra mitad del trato. La vi mirar la polla de Marcos, que empezaba a hincharse otra vez contra su muslo, morderse el labio, y supe lo que tocaba.
—Ahora ella —dije, y me incorporé—. Te toca, mi amor. Que te folle bien.
Sofía no se hizo de rogar. Le agarró la verga con la mano, se la puso dura del todo con unas cuantas pajas lentas y se la chupó un rato, saboreándomela a mí también en ella. Después se subió encima a horcajadas, se la colocó en la entrada y se dejó caer de golpe, empalándose entera con un gemido que se le rompió en la garganta.
—Ay, joder —jadeó—. Qué grande la tienes.
Empezó a moverse con esa seguridad suya que siempre me ha vuelto loca, subiendo y bajando sobre la polla de Marcos, con las tetas rebotándole al ritmo de las embestidas. Yo me acomodé detrás de ella, de rodillas, le aparté el pelo de la espalda y le recorrí la columna con los labios, hasta llegar a la nuca. Le sostuve los pechos con las dos manos, jugué con sus pezones igual que ella había jugado con los míos, y noté cómo se le aceleraba la respiración entre mis brazos.
—No pares —me pidió ella, con la voz quebrada—. Sigue así, mi amor.
Le mordí el hombro, le bajé una mano hasta el clítoris y empecé a acariciárselo en círculos mientras Marcos la seguía embistiendo desde abajo. Mi propia polla, otra vez dura, se apretaba entre las nalgas de ella cada vez que se dejaba caer. Sofía lo notó y me buscó con la mano por detrás.
—Métemela en la boca —jadeó, girando la cabeza—. Quiero probarte.
Me puse de rodillas al lado de su cara, con las piernas abiertas sobre el hombro de Marcos, y ella se metió mi verga en la boca sin dejar de cabalgarlo. Chupaba con avidez, con la boca abierta, dejando que se le escapara la saliva por la comisura, mientras Marcos la sostenía de las caderas desde abajo, marcando un ritmo cada vez más firme. Verla a ella perderse de placer, con mi polla en la boca y otra dentro del coño, entregada entre los dos, me excitó tanto como lo que había vivido yo hacía un rato.
—Qué preciosa eres así, mi amor —le susurré—. Toda llena. Déjate ir. Te tenemos.
Marcos la agarró de las tetas y aceleró desde abajo, embistiéndola con fuerza, y yo le seguí frotando el clítoris con dos dedos mojados de su propio flujo. Sofía se corrió con un grito que seguro despertó a más de un vecino, apretando mi polla entre los dientes sin querer, y todo el cuerpo se le sacudió a horcajadas sobre él. Se desplomó hacia atrás, contra mi pecho, y yo la sostuve mientras Marcos, con dos o tres embestidas finales y salvajes, se corría también dentro de ella con un estremecimiento que le recorrió entero.
Cuando salió, Sofía se dejó rodar sobre las sábanas con las piernas todavía abiertas, y vi cómo la corrida de él le chorreaba fuera del coño. Me agaché sin pensarlo y se la lamí, limpia entera, tragándome lo que él había dejado adentro. Ella me miraba desde arriba con los ojos vidriosos, respirando fuerte, y me acarició el pelo.
Los tres nos quedamos enredados, sudados, con esa risa cansada del que ha llegado al final de algo importante.
***
Marcos se vistió cuando el cielo empezaba a aclararse por la ventana. No hubo torpeza ni esa incomodidad típica de las despedidas. Nos dejó su número apuntado en un papel, sobre la mesa de la cocina, y dijo que le encantaría repetir si nosotras queríamos, sin presionar, dejando la puerta abierta.
—Gracias —dijo, ya en el umbral, y lo dijo de verdad—. Las dos sois algo serio.
Cuando cerramos la puerta, Sofía y yo nos quedamos un momento de pie en el recibidor, abrazadas, sin hablar. Después nos preparamos un sándwich cada una y nos los comimos sentadas en la encimera de la cocina, con el pelo revuelto y los ojos brillantes, con los muslos todavía pegajosos, como dos adolescentes que acaban de cometer una travesura.
—¿De verdad querés volver a verlo? —le pregunté, mordisqueando el pan.
Sofía sonrió por encima del borde de su taza.
—Por supuesto. ¿O acaso tú no?
No le contesté con palabras. Solo me reí, me bajé de la encimera y la besé, despacio, con la certeza de que esa noche no había sido un final sino un comienzo. Apagamos la luz, nos metimos en la cama y nos abrazamos bajo las sábanas todavía tibias, con el olor de él aún flotando entre nosotras. No sabría decir cuál de las dos se durmió primero.





