El hombre que respondió mi anuncio esa misma noche
Me llamo Brenda. Tengo veintisiete años y vivo en una ciudad del norte que prefiero no nombrar, en un departamento pequeño que es solo mío.
Soy una chica trans de armario, bajita, de piel morena y curvas que cuido con esmero. Nadie de mi entorno lo sabe, y esa parte secreta de mí es justamente la que más me enciende.
Me gustan los hombres mayores, los que no preguntan dos veces, los que entran a una habitación y ya saben hacia dónde van.
Sin más vueltas, voy a contar lo que me pasó hace unas semanas, porque todavía no me lo saco de la cabeza.
Una noche, aburrida y con ganas de algo que no tenía nombre, di con una página de contactos. La curiosidad pudo más que la prudencia. Me hice una cuenta y, antes de arrepentirme, publiqué un anuncio ofreciéndome a hombres maduros y decididos. Subí un par de fotos mías arregladas, vestida como me gusta verme cuando estoy a solas, y escribí el texto de un tirón.
El aviso decía más o menos así: busco a un hombre mayor, real y sin juegos, que sepa tratar a una chica trans como yo. Me adapto a todo, me entrego entera, y la boca es mi parte favorita. Le di a publicar y cerré la aplicación con el corazón latiéndome en la garganta, segura de que no iba a contestar nadie serio.
Me equivoqué.
A la mañana siguiente tenía la bandeja llena. La mayoría eran mensajes que ya conocía de memoria: groserías sin saludo, fotos borrosas de vergas mal iluminadas, hombres que escribían tres palabras y desaparecían. Estuve a punto de borrar todo. Y entonces apareció uno distinto.
Era de un hombre que se presentaba como Rolando, cincuenta y un años, viudo, voz tranquila incluso por escrito. No empezó pidiendo nada. Preguntó cómo me llamaba, qué me gustaba, si estaba nerviosa. Me trató como a una persona, y por alguna razón eso me desarmó más que cualquier descaro.
—No quiero apurarte —escribió—. Pero si en algún momento te animas, me encantaría conocerte.
Hablamos durante dos días. Me mandó una foto suya, vestido, apoyado contra un auto, con el pelo entrecano y una sonrisa segura. Me gustó que no fuera perfecto. Me gustó que pareciera de verdad.
Me preguntó qué buscaba, y por una vez no tuve que mentir. Le dije que quería sentirme deseada sin pedir permiso, que estaba cansada de los que escribían mucho y aparecían poco, que quería una polla de verdad, no promesas. Él leyó eso y tardó un minuto largo en contestar.
—Yo no soy de los que desaparecen —escribió—. Cuando digo que voy, voy. Y cuando llegue, te vas a acordar por qué me abriste la puerta.
Este sí, pensé. Este es el indicado.
Acordamos vernos un viernes, a las diez y media de la noche, en mi departamento. Durante toda la semana viví con ese encuentro metido bajo la piel, contando las horas en silencio mientras el resto del mundo seguía sin enterarse de nada.
En el trabajo me distraía. En el camión miraba el teléfono a cada rato, releyendo nuestros mensajes como una adolescente. Por las noches me costaba dormir, imaginando una y otra vez cómo sería abrir la puerta y encontrarlo del otro lado. Más de una madrugada terminé con la mano entre las piernas, pensando en su boca, en sus manos grandes, en lo que iba a hacerme.
***
El viernes empecé a prepararme con tiempo, como quien arma un ritual. Me di un baño largo, despacio, cuidando cada detalle, depilándome hasta el último rincón, lavándome por dentro con paciencia porque sabía que iba a terminar en cuatro y no quería sorpresas. Cuando salí de la ducha mi piel quedó suave y con un aroma dulce que no se iba.
Después me vestí. Elegí una tanga de encaje blanco, un camisón corto negro de gasa transparente y unas zapatillas de tacón fino que me alargaban las piernas. Me maquillé con calma frente al espejo, marcando los ojos, dándole forma a la boca —esa boca que se la había prometido en el anuncio—, y me puse una peluca larga y oscura que me caía sobre los hombros.
Un toque de perfume detrás de las orejas, en el cuello y entre los pechos, y ya estaba lista. Me miré una última vez y casi no me reconocí. Esa noche no era la chica de armario que nadie ve. Esa noche era exactamente quien quería ser: una puta hermosa esperando a su hombre.
A las diez y media en punto sonó el timbre. Se me cortó la respiración. Caminé hasta la puerta tratando de que no me temblaran las piernas y abrí.
Rolando era más alto de lo que imaginaba. Tenía la espalda ancha, las manos grandes y una mirada que me recorrió de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en mis tetas apenas cubiertas por la gasa. No dijo nada cervil ni soez. Solo sonrió, lento, como si confirmara algo que ya sabía.
—Hola, Brenda —dijo, y mi nombre en su boca sonó distinto.
—Hola. Pasa.
Entró, dejó sobre la mesa una bolsa con unas cervezas y miró el departamento con curiosidad amable. Yo no sabía qué hacer con las manos. Él, en cambio, parecía dueño de cada gesto.
—Estás preciosa —comentó—. Más todavía que en las fotos.
Sentí que me ardía la cara. Abrí dos cervezas y nos sentamos en el sillón, cerca, pero sin tocarnos. Brindamos por nada en particular y empezamos a hablar. Me contó de su trabajo, de su vida tranquila, de las ganas de algo que lo sacara de la rutina. Yo le conté apenas lo justo, lo que se puede contar sin descubrirse del todo.
El alcohol fue aflojando los nervios. A la segunda cerveza ya nos reíamos, y cada tanto su rodilla rozaba la mía y ninguno de los dos se apartaba.
Me gustaba cómo me miraba cuando hablaba, sin interrumpir, prestando atención de verdad. Tenía una manera tranquila de ocupar el espacio, sin presionar, como si supiera que tarde o temprano yo iba a acortar la distancia por mi cuenta.
—Estoy nerviosa —confesé, jugando con la etiqueta de la botella.
—Lo sé —respondió—. No tengas apuro. No vine a ningún lado.
—¿Sabes jugar a algo? —preguntó de repente, con una chispa traviesa.
Saqué de un cajón un viejo dado de madera, de esos que en cada cara tienen una orden. Lo habíamos convertido, sin decirlo, en una excusa. Tirábamos por turnos, y la cara que caía marcaba qué hacer: una caricia, un beso, una prenda menos.
El juego avanzó despacio, y eso era lo mejor. Lo vi buscar con cada tirada la manera de acercarse, de tocar un poco más, de ganar terreno. Varias veces el dado cayó en la cara que me obligaba a arrodillarme frente a él, y no me importó. Al contrario. Cada vez que bajaba entre sus piernas sentía cómo el bulto crecía bajo el pantalón y se me hacía agua la boca.
Con cada turno la ropa estorbaba un poco más. Él se quitó la camisa cuando le tocó, y yo descubrí unos hombros firmes y un pecho ancho, con vello canoso, que me dieron ganas de morder. Cuando me tocó a mí, dejé caer las zapatillas al piso, una y después la otra, sin dejar de mirarlo. En la siguiente tirada me sacó el camisón por la cabeza y me dejó ahí, sentada frente a él con la tanga blanca y las tetas al aire, respirando fuerte.
Sus manos empezaron a quedarse más tiempo sobre mi piel. Primero la rodilla, después el muslo, después la cintura, después una tomó una teta entera y me apretó el pezón con dos dedos hasta hacerme gemir bajito. No tenía prisa, y esa lentitud me estaba volviendo loca más rápido que cualquier urgencia. Bajo la tanga ya se me marcaba todo, dura, mojada de la punta, y él lo vio y sonrió como quien reconoce un regalo.
—Mirá cómo estás —murmuró, pasando un dedo por encima del encaje mojado—. Y todavía no empezamos.
***
Cuando el ambiente ya estaba caliente, él dejó el dado sobre la mesa y me tomó de la mano.
—Vamos a otro lado —dijo en voz baja.
Lo llevé hasta el cuarto. Apenas cruzamos la puerta me abrazó por la cintura y me besó. Fue un beso profundo, sin prisa al principio, que se fue volviendo urgente. Su lengua me abrió la boca como si ya me conociera, y yo se la chupé despacio, mordiéndole el labio, dejando que me apretara contra la pared. Sus manos bajaron por mi espalda hasta agarrarme el culo con fuerza, firme pero sin lastimar, separándome las nalgas por encima del encaje. Un escalofrío me recorrió entera.
—Qué culito tenés —dijo contra mi oreja, mordiéndome el lóbulo—. Vas a ver lo que te hago con esto.
Me dio vuelta contra la pared y me pegó su cuerpo por detrás. Sentí la verga dura marcándose entre mis nalgas, todavía atrapada en el pantalón, y empujé el culo hacia atrás sin pensarlo, buscándola. Él me pasó una mano por delante, me agarró las tetas una por una, me pellizcó los pezones hasta hacerme temblar, y con la otra bajó por mi vientre hasta encontrarme la polla dura debajo del encaje. La apretó con la mano abierta, midiéndomela, y soltó una risa grave.
—Chica traviesa. Bien dura para mí.
Me dejé caer despacio, deslizándome por su cuerpo, hasta quedar de rodillas frente a él. Le solté el cinturón mirándolo a los ojos, tironeé de la hebilla con dedos que ya no me temblaban, y bajé el cierre con los dientes. Cuando le tiré del pantalón y del calzoncillo, la polla le saltó afuera, gruesa, morena, hinchada, con la punta brillando. Se me escapó un gemido de solo verla.
La agarré con la mano, apenas la abarcaba, y le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, saboreándolo entero. Después le besé el glande, lo chupé como un caramelo, hundí la nariz en sus huevos y se los lamí de a uno. Volví arriba y me la metí en la boca, primero la mitad, después más, forzando la garganta hasta que sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. La saqué con un hilo de saliva colgando y volví a metérmela.
Lo que vino después lo hice con ganas, con devoción, como me gusta hacerlo: sin apuro, escuchándolo respirar más fuerte, sintiendo cómo se rendía con cada movimiento de mi boca. Se la mamé mirándolo, se la mamé con la mano ayudando, se la mamé escupiéndole encima y usando la saliva para masturbarlo mientras le chupaba los huevos.
Él me sostenía el rostro con una mano, sin forzar al principio, marcando apenas el ritmo, dejándome hacer. Cada tanto soltaba un sonido grave que me erizaba la piel. Yo levantaba la vista para verle la cara, y esa imagen de él perdido, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, valía más que cualquier palabra.
—Así, justo así —murmuró, hundiendo los dedos en mi peluca—. Qué bien la chupás, puta. Qué bien.
La palabra me prendió más. Le clavé las uñas en el culo y me la metí hasta el fondo, aguantando las arcadas, dejando que él ahora sí me sostuviera la cabeza y me la clavara. Me la fue metiendo con embestidas cortas contra la garganta, y yo lloraba y babeaba encima y no quería que parara. Cuando por fin me soltó, respiré fuerte, con la cara desarmada y la baba cayéndome hasta las tetas, y le sonreí desde abajo con la boca hinchada.
Lo volví loco un buen rato, hasta que ya no aguantó. Me levantó del suelo casi en vilo y me recostó sobre la cama. Me arrancó la tanga blanca de un tirón —literalmente rompió el encaje— y me abrió las piernas de par en par. Se agachó y me metió la lengua entre las nalgas, buscando el agujero, dando lengüetazos largos y golosos que me hicieron gritar contra la almohada.
—Callate, que me la vas a poner más dura —dijo, y volvió a comerme el culo con más ganas.
Me lamió, me chupó, me metió la lengua adentro, me la puntuó, y con la mano libre me agarró la polla y me masturbó al mismo tiempo. Yo me retorcía, agarrada de las sábanas, empujando el culo contra su cara, pidiendo por más sin darme cuenta.
—Metémela —le rogué—. Por favor. No aguanto más.
Él se enderezó, se escupió en la mano, se pasó saliva por el glande y me acomodó boca abajo con dos almohadas bajo la cadera para dejarme el culo en pandera. Sentí la punta contra mi entrada y me tensé.
—Tranquila —susurró, besándome la nuca—. Despacito.
Entró despacio, dándome tiempo, ganando un centímetro y esperando, después otro, hasta que sentí que me llenaba entera. Me dolió al principio, pero era ese dolor que me gusta, el que se convierte en placer si aguantás la respiración y te dejás abrir. Cuando estuvo hundido hasta los huevos, se quedó quieto, respirando pegado a mi oreja.
—Qué apretadita sos, mierda —gimió—. Qué culito me diste.
Y empezó a moverse con más decisión, cada vez más hondo, cada vez más firme. Yo gemía contra la almohada y le pedía que no parara. Me puso en cuatro, me sostuvo de las caderas con esas manos enormes y marcó un ritmo que me hacía perder la cabeza. Se oía el chasquido de sus muslos contra mis nalgas, mis gemidos ahogados, su respiración caliente sobre mi espalda.
—Decime que te gusta —jadeó, sin bajar el ritmo—. Decime.
—Me encanta, me encanta, no pares, cogeme, cogeme fuerte.
Me agarró de la peluca, me tiró la cabeza para atrás y me la clavó todavía más hondo, hasta que sentí que se me subía hasta el estómago. Me dio unas nalgadas que me dejaron la piel ardiendo, primero una nalga, después la otra, y yo temblaba entera, con la polla dura entre las piernas rebotando al ritmo de sus embestidas.
En un momento se detuvo, me dio vuelta con cuidado y me dejó boca arriba. Me levantó las piernas, las apoyó sobre sus hombros —los tacones todavía puestos me quedaron a los costados de su cara— y volvió a entrar de una sola estocada, hasta el fondo, mientras me miraba a los ojos, como si quisiera ver cada gesto mío. Esa cercanía, ese mirarnos sin esconder nada mientras me partía en dos, me prendió más que todo lo anterior.
—Mirame —me ordenó—. No cierres los ojos. Mirame mientras te cojo.
Lo miré. Le vi la frente sudada, la boca abierta, los ojos clavados en los míos. Me agarró la polla con una mano y me masturbó al ritmo de sus embestidas, apretándola justo, mientras con la otra me pellizcaba un pezón. Yo estaba desarmada, con las piernas abiertas, doblada por la mitad, chorreando de la punta contra mi propio vientre, gimiendo su nombre.
—Rolando, Rolando, me voy a correr, me voy a correr así.
—Corrételo, dale, corrételo para mí.
Y me corrí. Me corrí gimiendo agudo, apretando el culo alrededor de su polla, disparando chorros calientes sobre mi panza y mis tetas mientras él seguía cogiéndome sin bajar el ritmo, alargándome el orgasmo hasta que grité y le rogué que aflojara. Él me miró correrme con una sonrisa oscura, se agachó y me lamió el semen del vientre, y después me lo escupió en la boca. Yo se lo tragué sin pensarlo, mirándolo.
—Buena puta —dijo, y me besó con mi propia corrida en la lengua.
Siguió cogiéndome así un largo rato más, alternando la fuerza con pausas en las que se quedaba adentro y me besaba el cuello, dejándome temblando. Cuando sentí que estaba por llegar al límite, salió, me agarró de la peluca y me arrodilló otra vez frente a él, con la polla brillante y palpitando a un palmo de mi cara.
—Sacame lo que queda con esa boquita —jadeó, cascándosela rápido frente a mí.
Se la agarré, se la terminé de sacudir yo, y me la metí entera para el último tirón. Lo terminé con la boca, como le había prometido en aquel anuncio, sintiendo cómo se vaciaba en tres, cuatro chorros calientes contra el paladar, con un gemido ronco que le salió del pecho. Me quedé quieta, con él adentro, tragando despacio, y después le limpié la punta con la lengua como si le agradeciera.
Cuando por fin se la solté, abrí la boca para mostrarle que no había quedado nada, y él sonrió y me acarició la cara.
—Sos una diosa —dijo, todavía sin aliento.
Nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aire, todavía enredados sobre la cama, él acariciándome el pelo y yo con la cabeza apoyada en su pecho. Después él se vistió sin apuro y yo lo acompañé hasta la puerta envuelta en una bata, con las piernas todavía flojas y el culo latiéndome.
—¿Te puedo volver a escribir? —preguntó antes de salir.
—Más te vale —respondí, y los dos nos reímos.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella, con el corazón todavía acelerado y la boca con su sabor. Esa noche había sido exactamente lo que buscaba cuando publiqué aquel anuncio: un hombre real, decidido, que me hizo sentir suya de principio a fin.
Y algo me dice que esta historia recién empieza.





