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Relatos Ardientes

La primera vez que me entregué vestida de mujer

Era un jueves de marzo, cerca de las ocho de la noche, cuando me senté en aquella banca del parque a orillas del río, en Rosario. Las luces empezaban a encenderse a lo largo de la costanera y el cielo se teñía de un azul espeso, casi morado. Yo me llamaba Lara aquella noche, o al menos así había decidido presentarme. Llevaba un vestido cortísimo de licra negra que se me pegaba al cuerpo como una piel prestada, tacones altos y unas medias finas con la rayita marcada por detrás. Una peluca rubia me caía lacia por la espalda.

La brisa fresca que subía del agua me acariciaba las piernas y me hacía cruzarlas una y otra vez. Me sentía expuesta. Deseada. Y, por primera vez en mucho tiempo, lista para que alguien me mirara de verdad.

El celular vibró dentro de mi bolso. Era él, Damián, el hombre con el que había estado chateando varias noches seguidas, alargando cada conversación hasta que se me cerraban los ojos. El mensaje fue directo, sin rodeos:

«Lara, desde que empezamos a hablar no dejo de pensar en vos. Quiero verte hoy. Un café, una copa, lo que sea, pero verte en persona y comprobar si sos tan linda como en las fotos. ¿Te puedo llamar?»

Se me aceleró el pulso. Le contesté que sí antes de pensarlo demasiado. El teléfono sonó casi en el acto.

—Hola, Lara —su voz era grave, baja, con algo de hambre contenida—. ¿Aceptás mi invitación? Necesito conocerte hoy. Te me metiste en la cabeza y ya no salís de ahí.

—Hola… sí, claro —dije, y noté que me temblaba un poco la voz—. ¿Cuándo? ¿Dónde?

—Ahora. Estoy cerca, caminando por la peatonal. ¿Dónde estás vos?

—En el parque de la costanera, en una banca cerca de la entrada.

—Perfecto. Llego en unos minutos. ¿Cómo te reconozco?

—Vestido negro corto, tacones, medias con rayita, peluca rubia larga y un bolso negro.

—No me hagas eso… ya salgo para allá.

Colgó. Yo me quedé con el teléfono apretado contra el pecho, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas. ¿Y si no le gusto en persona? ¿Y si se da media vuelta apenas me vea? Pero también había otra cosa, más fuerte que el miedo: las ganas de que llegara de una vez.

***

Veinte minutos después lo vi acercarse por el sendero iluminado. Alto, delgado, con una manera de caminar que ocupaba todo el espacio. Traía una flor en la mano, algo que me pareció a la vez ridículo y encantador. Se detuvo frente a mí, me recorrió de arriba abajo bajo la luz anaranjada de una farola y dejó escapar un sonido grave, casi un gruñido.

—Hola… soy Damián —dijo, y se sentó a mi lado sin pedir permiso—. Sos mucho más linda de lo que imaginaba. Estas piernas… son una locura. ¿Puedo sentarme un rato con vos?

Asentí. Ya estaba sentado, pero el gesto de preguntarlo me derritió un poco. Empezó a acariciarme el dorso de la mano mientras hablábamos de cualquier cosa, de la ciudad, del río, del frío que empezaba a colarse. Su contacto era cálido y, al mismo tiempo, posesivo. A los pocos minutos su mano ya había bajado a mi muslo y subía despacio por encima de la media, apretando la carne con una calma que me ponía nerviosa.

—Me dejaste sin palabras —murmuró pegando los labios a mi oído—. ¿Puedo besarte?

No esperó la respuesta. Me besó en la boca, hondo, y yo gemí bajito contra sus labios. Me rodeó la cintura con el brazo y me atrajo hacia él, y mientras me besaba su mano subía y bajaba por mi pierna, marcando un territorio que yo le entregaba sin discutir.

—Vení —dijo de pronto, levantándose y tirando de mi mano—. Te invito esa copa. Trabajo en un hotel acá cerca, el Astor; hay un bar tranquilo a la vuelta. Vamos.

Caminamos abrazados por las calles del centro, ya completamente de noche. En el camino su mano no se quedaba quieta: me rodeaba la cintura, bajaba, volvía a subir. Yo caminaba sobre los tacones sintiendo que las piernas me flaqueaban, no por el calzado, sino por todo lo demás.

***

El bar era pequeño, de luz baja y música apenas audible. Pidió dos copas de vino. Apenas dimos el primer sorbo cuando me rodeó con los dos brazos, me besó con más ganas que en el parque y bajó las manos hasta mis nalgas, apretándolas por encima del vestido.

—Quiero estar a solas con vos —dijo contra mi boca, con la voz ronca—. No aguanto más.

Yo temblé entera. Había una verdad que él debía saber, aunque seguramente ya la intuía.

—Sabés que soy así, ¿verdad? —solté, conteniendo el aliento—. Que debajo de todo esto…

—Lo sé —me cortó, sin soltarme—. Y me gustás igual, o más. Esa cara, esas piernas, esa manera de mirarme. ¿Es tu primera vez?

—Sí —admití en un susurro—. Nunca estuve con nadie.

—Entonces déjame enseñarte —dijo, y la promesa sonó como una amenaza dulce—. Despacio, sin apuro. Vas a acordarte de esta noche toda la vida. ¿Querés venir?

Estaba empapada de nervios, con el corazón latiéndome en la garganta. Asentí.

—Vamos.

Me llevó de la cintura los pocos metros hasta el hotel. En la recepción, mientras firmaba con una mano, con la otra me sostenía pegada a su cadera, los dedos rozándome la parte baja de la espalda por debajo del vestido. Subimos en un ascensor estrecho donde no dejó de besarme el cuello ni un segundo.

***

La habitación tenía una ventana grande con vista a la ciudad encendida. Damián encendió una lámpara tenue y dejó la flor sobre la mesa. Se acercó por detrás, me apartó el pelo de la peluca y me besó la nuca mientras me bajaba el vestido hasta la cintura. Sus manos grandes me recorrieron la espalda, los costados, las nalgas, separándolas con suavidad.

—Tranquila —susurró, notando cómo temblaba—. Mírame cuando quieras parar y paramos. Pero no vas a querer.

Me dio vuelta y me sentó al borde de la cama. Se desabrochó el pantalón sin prisa, sosteniéndome la mirada todo el tiempo. Cuando se liberó, lo tenía duro, grueso, y yo tragué saliva sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Acercate —dijo en voz baja, guiándome la cabeza con una mano—. Despacio. Usá los labios primero, la lengua después.

Lo besé primero, como si fuera algo frágil. Después abrí la boca y él empujó apenas, dejándome marcar el ritmo. Lo escuché soltar el aire entre dientes.

—Así… exacto… qué boca tan caliente —gimió, las manos enredadas en la peluca rubia, sin forzar, solo acompañando.

Pasaron varios minutos en los que el único sonido era el de mi respiración y la suya, cada vez más entrecortada. Luego me apartó con delicadeza, me tendió de espaldas sobre la cama y me levantó las piernas.

—Voy a entrar despacio —dijo, humedeciéndome con saliva y con algo que sacó del bolsillo de la mochila—. Si te duele, me avisás. Pero relajate, dejate llevar.

El primer empuje fue intenso, una mezcla de ardor y presión que me hizo cerrar los ojos y clavar los dedos en las sábanas. Gemí fuerte, casi sin voz.

—Ahh… esperá… es mucho…

—Shh… respirá conmigo —murmuró, quieto, dejándome tiempo—. Mirame. Estás conmigo.

Lo miré. Y, poco a poco, el ardor se fue transformando en otra cosa, en una sensación profunda y desconocida que me hacía temblar de arriba abajo. Él empezó a moverse, lento, hondo, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con una paciencia que me volvía loca.

—¿Ves? —jadeó—. Te dije que no ibas a querer parar.

—No… no pares —le rogué, sorprendida de mi propia voz—. Seguí… así…

Cambió de posición. Me puso de costado, me levantó una pierna y siguió moviéndose con un ritmo cada vez más firme. El choque de su cuerpo contra el mío llenaba la habitación, un sonido obsceno y húmedo que me encendía todavía más. Yo había dejado de pensar; solo sentía, gemía, me arqueaba contra él buscando más.

—Me estás volviendo loco —gruñó, agarrándome de la cadera—. No vas a olvidar esta noche jamás.

El placer me subía en oleadas, mezclado con las lágrimas que me corrían por las mejillas sin que yo entendiera bien por qué. De pronto él se puso tenso, empujó hasta el fondo y soltó un rugido grave contra mi cuello mientras se vaciaba dentro de mí. Yo sentí cada espasmo y temblé con él, el cuerpo entero convulsionando en algo que no tenía nombre.

***

Cuando terminó, se derrumbó a mi lado, sudado, respirando con dificultad. Me atrajo hacia su pecho y me besó la frente, después la boca, con una ternura que no esperaba de un desconocido.

—Estás temblando —dijo, acariciándome la espalda—. ¿Estás bien?

—Sí —susurré, con la voz rota—. Mejor que bien.

Nos quedamos un rato así, en silencio, escuchando el ruido lejano de la ciudad por la ventana. Él me acariciaba el pelo de la peluca, las piernas, los hombros, como si quisiera memorizarme.

—La próxima vez —dijo al fin, con una sonrisa torcida— te llevo a cenar antes. Te lo debo.

—¿Va a haber próxima vez? —pregunté, fingiendo no saber la respuesta.

—Si vos querés —contestó, mirándome a los ojos—, todas las que quieras.

Se levantó, se vistió sin prisa y me miró desde la puerta con esa misma media sonrisa.

—Quedate descansando si querés. Bajo a la recepción un momento y vuelvo con algo de tomar.

Cerró la puerta con cuidado. Yo me quedé tirada en la cama, mirando el techo, con el cuerpo todavía vibrando y una sonrisa boba que no me podía quitar. Por fin había dejado de ser virgen, una noche cualquiera de marzo, en una habitación con vista al río en Rosario.

Y mientras escuchaba sus pasos alejarse por el pasillo, ya sabía una sola cosa con total certeza: quería más. Mucho más.

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Comentarios (5)

Rodrigo_Cba

tremendo!!! me gusto mucho como lo contaste

LuzAndina

Que bien escrito. La tension de la espera se siente en cada linea, no pude parar de leer

NocheRelatos

Hay segunda parte?? me quede con ganas de mas jaja. espero que si

DiegoK_lector

No soy muy de comentar pero este me llego. Muy autentico y bien narrado. Gracias por compartirlo.

CristianLec

Me recordo a una situacion parecida, esa mezcla de nervios y emocion antes de algo nuevo es inconfundible jaja

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