Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Tres universitarios descubrieron a la travesti del chat

Esta historia la he cambiado lo suficiente como para que nadie se reconozca en ella. Conocí a los protagonistas en una etapa rara de mi vida, y prefiero quedarme con lo bueno de aquella tarde y dejar el resto fuera de la página. Así que no esperes nombres reales ni demasiados detalles: solo lo que pasó, contado como lo recuerdo.

Por entonces ya llevaba un tiempo vistiéndome de mujer, y me había acostumbrado a coquetear por mensajes con hombres que encontraba en las redes. Había uno en particular, lo llamaré Diego, con quien me gustaba calentarme a distancia. Le contaba mis fantasías, él me contaba las suyas, y entre los dos armábamos escenas que casi nunca llegaban a cumplirse.

—¿Te gusta chupar, preciosa? —me escribió una noche.

—Es lo que más me gusta del mundo —le respondí—. Cuando estoy con un hombre, lo primero que busco es eso. Vengo de lejos: en las fiestas de la prepa, cuando ya había tomado de más, le pedía a algún chico que me dejara verla y terminaba de rodillas sin que nadie me lo pidiera dos veces.

—No te creo.

—Créeme. Hubo una noche que conté siete distintas. Algunos ya ni preguntaban, se acercaban directo y yo no sabía decir que no.

Diego se desconectó esa madrugada con una promesa de vernos que, como siempre, no se concretó. Pero ese chat iba a tener consecuencias que ninguno de los dos imaginaba.

***

Unos días después tuve que resolver un trámite urgente y, como no tenía buena señal en casa, entré a un café internet del centro. Pagué una hora, terminé lo que necesitaba en quince minutos y, ya que había pagado, abrí mis redes para matar el tiempo. Justo estaba Diego conectado.

Nos saludamos, empezamos con cosas dulces y en dos mensajes ya estábamos otra vez en lo de siempre. Le recordé cuánto me gustaba que me pusieran la mano en la nuca, cómo se la había chupado a hombres que ni me atraían solo porque sabían pedírmelo bien. Estaba metidísima en la conversación cuando me entró una llamada del trámite: tenía que ir a otra oficina antes de que cerrara.

Cerré un par de ventanas a las apuradas, pagué y salí casi corriendo. No me di cuenta de que había dejado mi sesión abierta.

Esa noche, al volver a entrar desde mi teléfono, encontré un mensaje de una cuenta que no conocía.

«Hola. Dejaste tu sesión abierta en el café. La cerré por ti. Vi un poco de tu perfil, lo confieso, pero no toqué nada más. Perdón por meterme donde no me llamaban.»

Me dio una vergüenza horrible. Le contesté agradeciéndole el detalle de avisarme y de no haber hecho ningún desastre con mi cuenta. Un rato más tarde llegó su respuesta, y de ahí empezamos a charlar de verdad.

Era un estudiante de primero o segundo año, lo llamaré Bruno. Ni guapísimo ni feo, un chico común. Me contó que iba a una universidad privada de las caras, que jugaba básquet en el equipo de la escuela, que le gustaba toda la música y bailar, aunque casi no salía por las exigencias de las clases. Yo le hablé de mi trabajo, de las películas que veía, de lo que hacía cuando tenía su edad. Una conversación tranquila, casi tierna.

Llevábamos unos cuarenta minutos cuando se animó a preguntar.

—Oye… ¿eres travesti?

—Sí, lo soy.

—Es que te ves muy guapa. En las fotos pareces una chica de toda la vida.

—Gracias, me halagas.

—Vi tu conversación con el otro… ¿es cierto todo eso que le decías?

—Algunas cosas sí, otras las exagero. ¿Por qué?

—Te voy a ser sincero —escribió, y noté que tardaba más en cada mensaje—. Leí lo que decías sobre el sexo oral y me prendí muchísimo. Me gustaría que me lo hicieras alguna vez. ¿Te animarías?

Ahí estaba otra vez la misma trampa de siempre.

—Ay, corazón, pero estás muy chico —le contesté—. Y no es lo mismo ver a una en fotos que tenerla enfrente. A lo mejor ya no te gusto cuando me veas en persona.

Su respuesta no fue con palabras. Fue una foto: la suya, erecta, nada del otro mundo, pero bonita, limpia, joven. Debajo escribió: «¿Todavía me ves tan chiquito?».

—Jaja, no lo decía por el tamaño.

—Ándale. Si le presumías a tu amigo que se la chupabas a cualquiera. ¿O no te gusta cómo se me ve? ¿Nunca le has hecho a una de mi edad?

Ese comentario me tocó justo donde quería. Tenía razón: desde que me vestía, jamás había estado con alguien tan joven. La idea me encendió, pero quise jugar un rato más y seguí diciéndole que no.

—Es que estás muy chiquito. Capaz que te regaña tu mamá por andar con mujeres como yo.

—No se va a enterar. En mi casa no hay nadie hasta la noche. Solo estamos mi hermano y yo, y cada quien en su cuarto.

—¿Y si acabas rápido por la edad? Va a ser una visita cortísima.

—Para nada. A mí se me para enseguida otra vez, me masturbo varias veces seguidas, lo sé.

—¿Y mientras se te vuelve a parar yo qué hago? Necesito entretenerme con algo… o con alguien.

—Si quieres invito a un par de amigos.

Con esa última frase me ganó. Acepté con una condición: que llamara a dos amigos suyos. Tres vergas universitarias en una sola tarde me parecía un buen plan. El trato era claro de mi lado: solo sexo oral, nada de más.

***

Quedamos en vernos a una cuadra del mismo café donde había dejado mi sesión abierta, como si el lugar quisiera cerrar su propio círculo. Para mi sorpresa, Bruno apareció manejando una camioneta enorme, la de su papá según me dijo después. Entendí enseguida con qué clase de chico estaba tratando: dinero, casa grande, todas las comodidades.

En el camino, él y sus dos amigos —los llamaré Mateo e Iván, los tres del mismo equipo de básquet, altos y de cuerpos trabajados— me hacían preguntas sin parar. Que si me vestía en la calle, que si mi familia lo sabía, que cómo se habían tomado la noticia. Yo contestaba a todo con calma, divertida con la curiosidad de esos tres.

La casa era de dos pisos, con un patio enorme y todo demasiado ordenado. Pedí que me indicaran el baño para cambiarme. Llevaba mi ropa de nena en una bolsa: un top gris sobre un sostén con relleno, unos leggins negros que apenas disimulaban la tanga, una peluca castaña, ondulada y muy larga, y el maquillaje que me hacía sentir otra. Cuando salí, los tres me miraron de otra manera.

Bruno me guió hacia su cuarto. Mateo e Iván iban detrás, y los escuché murmurar sobre cómo se me veía el trasero. Les agradecí el cumplido moviendo las caderas un poco más de lo necesario.

A mitad del pasillo nos cruzamos con otro muchacho, parecido a Bruno pero más callado, que se quedó con la boca abierta al verme.

—¿Qué onda? —le preguntó Bruno, y adiviné que era su hermano. Lo llamaré Tomás.

—Me asomé por el escándalo que andan haciendo —contestó sin dejar de mirarme.

Bruno les dijo a sus amigos que me llevaran a su cuarto, que nos alcanzaba en un segundo, y se quedó hablando con Tomás en voz baja. Yo seguí caminando, sintiendo la mirada del hermano clavada en la espalda.

***

En el cuarto, uno de los chicos se puso frente a mí.

—Te ves muy guapa —dijo Mateo—. Más que varias mujeres que conozco.

Me tomó de la mano y se acercó a besarme la mejilla. Le di las gracias y le devolví el beso, mientras sentía cómo Iván se acomodaba a mi espalda, me rodeaba la cintura con las manos y me hablaba al oído.

—Tienes unas nalgas riquísimas.

—¿Te gustan? Ven, tócalas —le dije, y le jalé la mano para que me abrazara desde atrás y me pegara su cuerpo.

Los dos empezaron a frotarse contra mí, Iván por detrás y Mateo por delante, mientras me besaba el cuello. Yo gemía bajito entre los dos, dejándome manosear, cuando entró Bruno.

—¿Ya empezaron sin mí?

Le hice una seña para que se acercara. Nos besamos en la boca mientras los otros dos seguían apretándome las nalgas, y para mi sorpresa también notaron, contra la tela del leggin, lo dura que estaba yo de la pura excitación de ser el juguete de esos tres.

Mientras besaba a Bruno, bajé las manos y busqué a los otros por encima del pantalón. Los acaricié un momento, pero ellos no tuvieron paciencia: se bajaron la ropa solos. Con las dos al descubierto empecé a masturbarlos despacio, una en cada mano, mientras Bruno me sobaba las nalgas por encima de los leggins y me mordía el cuello. Mateo e Iván, con las manos en la cintura, se dejaban hacer y me decían que sabía muy bien lo que hacía.

Estuvimos así varios minutos, hasta que Bruno se puso serio.

—Ahora sí, a lo que viniste.

Se sacó la verga y pidió ser el primero. Me agaché hacia él.

—A ver, corazón, tráela para acá —le dije antes de metérmela en la boca—. Mmm, qué rica, así, limpia, me encanta cómo sabes.

Se la chupé con ganas, sin soltar las otras dos, que esperaban su turno rozándome la mejilla. Los chicos no paraban de hablar.

—Eres toda una experta, se nota que te gusta de verdad.

—Me fascina —contesté entre una y otra—. Y las de ustedes están mejor porque nadie se las ha probado, ¿verdad?

—Verdad —dijo Iván—. Nadie nos había hecho esto.

Saber que era la primera boca en sus vidas me prendió todavía más.

***

Estaba tan metida en lo mío que no escuché la puerta. Lo que sí sentí fueron unas manos nuevas en las nalgas. Me detuve y giré la cabeza: era Tomás, agachado detrás de mí, acariciándome con una mirada que ya no tenía nada de tímido.

—Qué bueno que te animaste a unirte —le dije, caliente de verlo pasar de ángel a demonio en cuestión de minutos—. Desde el pasillo se me antojó.

Le pedí que se bajara el pantalón. Cuando lo vi, me lancé a chupárselo igual que a los demás, sin orden ni paciencia. En poco tiempo estaba duro y húmedo, y algo en mí dejó de respetar el trato que yo misma había puesto.

—Quiero que me la metas tú —le dije.

Me bajé los leggins y la tanga, me puse en cuclillas a su altura y le acerqué las nalgas. Lo ayudé a acomodarse mientras los otros tres miraban morbosos, sin perder detalle. Seguí con la boca ocupada en las vergas que tenía enfrente mientras Tomás se abría paso por detrás.

Aguanté así unos minutos, hasta que empezó a empujar con más fuerza y se me hizo imposible concentrarme en otra cosa. Solté las demás, me puse en cuatro y me dejé llevar por completo.

—Así, papá —le decía—. ¿Te gusta? Es tuyo, me vuelve loca tener tu primera vez.

Los otros tres ya ni fingían disimular: se masturbaban viéndonos, cada vez más cerca, esperando su momento. Tomás aguantó poco. Acabó con un gemido largo, resoplando, entre las risas de sus amigos, que segundos después terminaron también, uno tras otro, contra mi cara y mi pelo.

***

Antes de cambiarme para irme, todavía vestida de mujer, me despedí de los cuatro. Pero a Tomás lo dejé para el final. Le di un beso largo en la boca y, con ese mismo beso, me lo llevé hasta el baño para sentir una vez más a ese hermano que se había sumado de último y se había robado toda la tarde.

Cuando salí a la calle ya era de noche. La camioneta del papá me dejó a una cuadra del café, justo donde había empezado todo, y me fui caminando con una sonrisa que no se me borró en días. A veces dejar una sesión abierta es el mejor error que una puede cometer.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (6)

TransFan22

Buenisimo!!! de los mejores que lei en esta seccion. Sigan subiendo asi

Nestor_M

Se hizo muy corto, quede con ganas de saber como termina todo jaja. Esperando la segunda parte

DiegoNoche7

Me recordó a una situacion que viví hace tiempo, estas historias parecen tan reales. Muy bien escrito

Camilo_99

Como hicieron para encontrarla? jaja, pregunto por curiosidad. El relato esta muy bien armado de todas formas

Roxxy_lec

Tremendo el morbo, no me esperaba ese giro al principio y me atrapó de entrada. Muy bueno

GusLector

Escasean los buenos relatos en esta categoria, ojala suban mas seguido. Excelente!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.