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Relatos Ardientes

La trans del anuncio me hizo cruzar mis límites

Después de mi primera vez con una chica trans me quedé con una espina clavada. Habían pasado ya varios meses y, aunque seguía entrando a las páginas de anuncios casi cada noche, no me animaba a dar el siguiente paso. Miraba fotos, leía descripciones, abría conversaciones que nunca terminaba de mandar. Las ganas crecían en silencio hasta que una madrugada de insomnio decidí que ya estaba cansado de imaginarlo.

Estuve más de una hora pasando perfiles hasta que la encontré. Se hacía llamar Brisa. Tenía unos labios delicados, un rostro que parecía pintado a mano y una melena oscura que le caía hasta media espalda. En las fotos se la veía recostada de lado, con una curva en la cadera que me hizo apretar el teléfono. Las tetas firmes, el culo redondo y respingón. No era solo el cuerpo: había algo en su mirada que parecía saber exactamente lo que yo estaba buscando.

Le escribí sin pensarlo demasiado, antes de arrepentirme. Me respondió con audios. Esa fue mi perdición. Tenía una voz grave y suave a la vez, arrastrada, como si cada palabra se la tomara su tiempo. Me preguntó qué buscaba, si era la primera vez, y se rió bajito cuando le confesé que no del todo, pero casi. Para cuando acordamos la hora yo ya estaba duro con solo escucharla respirar entre frase y frase.

Si cuelgo ahora puedo arrepentirme. Si voy, ya no hay vuelta atrás.

Fui.

***

El edificio quedaba en una calle tranquila, de esas con árboles viejos y porteros que no preguntan. Me abrió por el telefonillo y subí los tres pisos a pie porque el ascensor estaba ocupado. Cada escalón me costaba más, no por el esfuerzo, sino por el corazón que me golpeaba en la garganta. Cuando llegué, la puerta ya estaba entreabierta.

Brisa era todavía mejor que en las fotos. Llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba cada línea del cuerpo, los labios pintados de rojo oscuro y el pelo suelto sobre los hombros. Me miró de arriba abajo, despacio, y sonrió como quien reconoce a alguien.

—Pasá —dijo—. Te estaba esperando.

El departamento olía a algo dulce, una vela encendida en algún rincón. Me hizo subir un último tramo de escalera interior hacia la habitación, y yo iba detrás, sin poder despegar la vista de cómo se movía bajo el vestido. Esa imagen me acompañó todo el camino: la promesa de lo que estaba a punto de tocar.

Cuando entramos, se dio la vuelta y me acorraló contra la puerta.

—Ahora sí, dejame saludarte como corresponde.

Me besó. Fue un beso profundo, lento, con la lengua buscando la mía sin prisa. Después bajó hasta mi cuello, me mordió el lóbulo de la oreja y deslizó la punta de la lengua por dentro. Sentí un escalofrío que me bajó por toda la espalda. Para entonces ya tenía las manos en su cintura y no sabía si era yo quien temblaba o ella.

—Recostate —me dijo al oído—. Y sacate la ropa.

Me quedé en bóxer y me tiré sobre la cama. Ella se acercó gateando por encima del colchón, todavía vestida, y me besó el pecho mientras una de sus manos me recorría por encima de la tela. Yo no me quedé quieto: metí la mano bajo el vestido y palpé el encaje de su ropa interior y, debajo, un bulto duro que me hizo perder el aire un segundo.

—¿Te gusta lo que encontrás? —preguntó, divertida.

No le contesté con palabras. Le dije al oído que se lo quería chupar, y noté cómo se le cortaba la respiración.

***

Me levanté de la cama y la hice sentar en el borde. Le subí el vestido despacio, revelando un conjunto de lencería que me dejó la boca seca: un sostén rojo y una tanga azul de la que asomaba todo lo demás. Antes de que pudiera agacharme, me alcanzó un preservativo.

—Con esto primero —dijo—. Después hacés lo que quieras.

La masturbé con la mano mientras la sentía crecer entre mis dedos, cada vez más firme. Cuando estuvo del todo dura, abrí el preservativo y se lo puse con la boca, deslizándolo despacio mientras ella me miraba desde arriba con los labios entreabiertos. Empecé por la punta, jugando con la lengua, y fui bajando hasta que la sentí golpear el fondo de mi garganta. La recorrí por los lados, volví a subir, me la metí entera. Brisa me agarró del pelo y soltó un gemido grave que me puso todavía más caliente.

Me levantó por los hombros y me hizo poner de pie frente a ella. Juntó su miembro con el mío y los apretó con una mano, masturbándonos a los dos al mismo tiempo, mientras con la otra me atraía para seguir besándome. Le quité el vestido del todo. Verla así, de rodillas sobre la cama, con el sostén rojo y la tanga corrida, fue una de las imágenes más excitantes de mi vida.

Le bajé un poco la copa del sostén y metí mi pene entre sus pechos. Ella los apretó con las manos y empezó a moverse, y cada tanto bajaba la cabeza para chuparme la punta. La sensación de su piel tibia y su boca alternándose me tenía al borde, y tuve que pedirle que parara para no terminar antes de tiempo.

—Tranquilo —se rió—. Tenemos toda la noche.

***

Se incorporó y caminó hasta un sillón que había junto a la ventana. Apoyó las rodillas sobre el asiento, de espaldas a mí, y corrió la tanga a un lado.

—Vení —me dijo, mirándome por encima del hombro—. Quiero que me la metas.

Yo ya no pensaba en nada. Me acerqué, me puse un preservativo y la penetré de una sola vez. Brisa arqueó la espalda y soltó un gemido largo que llenó la habitación. La agarré de la cadera y empecé a moverme con fuerza, sintiéndola apretarse alrededor de mí mientras gemía cada vez más fuerte. El sonido de su voz, esa misma voz de los audios pero ahora rota por el placer, me volvía loco.

Después de un rato se giró, se sacó el sostén y me ofreció los pechos. Se los chupé uno por uno, mordiendo apenas, mientras ella me acariciaba la nuca. Luego me llevó de vuelta a la cama y me hizo acostar. Se acomodó al revés sobre mí, en posición de sesenta y nueve, y empezamos a chuparnos al mismo tiempo.

Fue entonces cuando sentí su lengua bajar más allá de donde esperaba.

Primero fue un roce, un círculo lento que me hizo contener la respiración. Después la presión, la punta de su lengua empujando despacio. Nunca me habían tocado así. El placer fue tan inesperado y tan intenso que se me escapó un gemido y, casi sin darme cuenta, le pedí más. Le pedí que no parara. Y, al final, le pedí algo que jamás imaginé que diría en voz alta.

—Quiero que me la metas a mí.

***

Brisa sonrió y me besó el interior del muslo.

—¿Estás seguro? Es tu primera vez ahí, ¿no?

Asentí. Tenía el corazón a mil, una mezcla de nervios y deseo que me costaba sostener. Me puse en cuatro sobre la cama y la sentí untarme con crema, los dedos fríos al principio, despacio, sin prisa, preparándome. Después la sentí a ella: empezó solo con la punta. La noté gruesa, más de lo que había calculado, y por un segundo el cuerpo entero se me tensó.

—Relajate —murmuró, acariciándome la espalda—. Respirá. Yo voy de a poco.

Respiré. Y de a poco fue entrando. Hubo un instante de molestia, una resistencia que de golpe cedió, y entonces la sentí entera dentro de mí. Solté un gemido ronco, sorprendido por mi propia voz. Brisa se quedó quieta unos segundos, dejándome acostumbrar, y después empezó a moverse con un ritmo lento que fue subiendo de a poco.

No tengo palabras exactas para describir lo que sentí. Cada embestida era una descarga nueva, algo que palpitaba en lugares que no sabía que podían darme tanto placer. Me agarré de las sábanas y dejé que ella manejara el ritmo, sometido por completo, gimiendo sin ningún pudor. Brisa me sujetaba de las caderas y me hablaba al oído, diciéndome lo bien que me estaba portando, y eso me encendía todavía más.

Al cabo de varios minutos la sentí tensarse, clavarse hasta el fondo y quedarse ahí. Cuando se retiró, vi de reojo el preservativo lleno. Me quedé temblando, con la respiración entrecortada, sin entender cómo había llegado hasta ahí ni queriendo que terminara.

Pero no terminó.

***

Brisa me dio vuelta con suavidad y me empezó a chupar. Bastaron unos pocos minutos de su boca para que yo también explotara, con un orgasmo tan largo que se me nubló la vista. Me dejé caer sobre el colchón, deshecho, sintiendo cómo cada músculo se aflojaba.

Pensé que ya estaba. Me equivoqué.

La vi cambiarse el preservativo con una sonrisa traviesa.

—Me encantó tu culito —dijo, acomodándose otra vez detrás de mí—. No te voy a soltar tan fácil.

Y volvió a entrar. Yo ya no tenía fuerzas para resistirme, ni ganas. Me dejé llevar, gimiendo, mientras me tomaba una y otra vez como si fuera suyo. Terminó de nuevo dentro, y para entonces yo era un manojo de nervios temblorosos sobre las sábanas revueltas.

***

Cuando me vestí, las piernas todavía me flaqueaban. Brisa me acompañó hasta la puerta con el vestido a medio poner y el pelo revuelto, y me dio un último beso, esta vez suave, casi cariñoso.

—Volvé cuando quieras —me dijo—. Ya sabés dónde encontrarme.

Bajé los tres pisos con las piernas de gelatina y una sonrisa que no me podía sacar. Esa noche me cogieron como nunca, y en lugar de calmar mi curiosidad, la avivó todavía más. En el taxi de vuelta a casa ya estaba pensando en la próxima.

Mi nueva fantasía es repetirlo, pero de a tres: ser penetrado mientras se la chupo a alguien más. Si algún día llego a cumplirla, prometo volver a escribir y contarlo con todo lujo de detalles.

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Comentarios (1)

Nahuel_BA

Que nivel, me leí todo de un tirón. De las mejores cosas que encontré en este sitio.

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