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Relatos Ardientes

El camarero descubrió mi secreto esa última noche

Siempre tuve miedo de volver.

Hui de mi ciudad en cuanto pude, culpándola de todo el daño que había sufrido, como si los lugares pudieran odiar. Pensaba que en una ciudad más grande podría ser quien realmente era; que cuantas más calles interminables hubiera, más posibilidades tendría de encontrar mi camino. Y si creí que un sitio pequeño podía odiar, qué ingenua fui de no entender que una ciudad enorme podía devorarte entera.

No terminé siendo exactamente quien quería, sino una mezcla entre eso y lo que los demás esperaban de mí. Pero al menos ya tenía un rostro con el que reconocerme. Aun así, tras varios años, el ritmo y la exigencia de la gran ciudad se me hicieron insoportables. Empecé a echar de menos cosas del lugar que más detestaba en el mundo: mi vieja cama tibia, los abrazos de mi madre, su calma de pueblo, no angustiarme por tener un plato de comida en la mesa. Así que terminé cediendo a sus ruegos y le prometí una visita.

En todo ese tiempo, mi madre no había visto más foto mía que la del perfil del teléfono. No tenía idea de a qué se dedicaba su hija ni de los rincones turbios que yo frecuentaba de noche. Salvo ella, muy pocas personas allí sabían que Mario ahora se llamaba Nadia y que tenía los pechos más grandes que la mayoría de las mujeres del barrio.

La cara de mi madre no pudo disimular la impresión de ver por primera vez a la hija que ella había criado creyendo que era un hijo. Pero su abrazo guardaba tanto amor para Mario como para Nadia. Y yo le devolví todo el cariño que no había podido darle en años.

Intenté que los vecinos no me vieran demasiado durante el día, no quería dar explicaciones; intenté no contarle a mi madre demasiados detalles, no quería asustarla. Las primeras noches me porté bien, fui una niña buena que se quedó en el sofá viendo la tele. Pero el animal que llevo dentro rugía, y a la tercera noche salí a redescubrir la ciudad como si fuera una forastera. Recorrí varios garitos donde los tíos me devoraban con la mirada; dejé que me invitaran y me cortejaran tipos que habrían salido corriendo de haber sabido que la maciza a la que perseguían la tenía más grande que ellos. Les hacía creer que tenían alguna posibilidad y luego me escabullía con cualquier excusa, rápida, pese a su insistencia. Otras veces me dejaba arrastrar de un sitio a otro, y así descubrí los antros más escondidos. Fue así como llegué al bar con el nombre más adecuado que podía imaginar: La Madriguera.

Un camello de tres al cuarto me llevó hasta allí, presumiendo de que era un lugar sin ley donde podríamos meternos unas rayas sin que nadie molestara. Tras la primera visita al baño, me invitó a una cerveza. Lo pillé haciéndole un gesto disimulado al camarero para que se la apuntara, porque no llevaba ni un euro encima. Del torpe aspirante a narcotraficante no me interesaba nada salvo su mercancía y las cervezas que pudiera sacarle; sus batallitas y bravuconadas me daban exactamente igual. Pero fue al camarero al que se dirigió el primer hombre que despertó mi interés en todo el viaje. Alto, guapo, con un aire relajado y vestido de negro, no parecía un troglodita más de los que se me habían acercado hasta entonces.

Hice lo posible por volver a ese bar cada noche que me quedaba de vacaciones, con la intención de hablar con él. Siempre había alguna chica revoloteando a su alrededor, cosa que no me extrañaba, y tuve que aguantar al triste camello desesperado por tocarme una teta y a unos cuantos buitres más que ni imaginaban ni habrían tolerado lo que yo escondía entre las piernas. Hasta que una noche, por fin, hicimos contacto.

Reconozco que ningún conjunto mío es recatado, pero esa noche iba especialmente cargada. Un top color salmón de encaje que parecía más bien un sujetador y una minifalda vaquera que apenas me cubría la ingle. Mi descartado pretendiente me invitó a la cerveza de costumbre y, mientras el guapo camarero nos servía, apareció un cliente del camello con cara de pocos amigos. El tipo fue directo hacia él y empezó a reprocharle no sé qué asunto de una venta. El camello trató de calmarlo, me pidió que esperara un momento y logró sacarlo afuera para discutir lejos de oídos ajenos. Cuando el camarero dejó las cervezas sobre la barra, yo estaba sola y se me dibujó la sonrisa.

—¿Se las apunto? —preguntó por inercia.

—No, pago yo —me dio lástima el pobre traficante y pensé que esa ronda me tocaba.

Al pagar me incliné lo justo para que se me viera bien el escote. Él intentaba no mirar, pero notaba cómo sus pupilas se movían inquietas. Me dio las gracias, metió el dinero en la caja y, al girarse de nuevo, allí seguía yo, sosteniéndole la mirada. Se puso algo nervioso, soltó una risa y no le quedó otra que darme conversación.

—¿Todo bien con…? —señaló el asiento vacío de mi acompañante.

—Sí, supongo. Sus historias raras de siempre.

—Ya, me lo imagino.

Nos reímos los dos, sabiendo de qué hablábamos sin decirlo. Luego un silencio. Costaba arrancar, así que mantuve los ojos clavados en él, obligándolo a quedarse. Tenía las piernas cruzadas, dejando un muslo casi al descubierto, y los brazos bien pegados al cuerpo, apretándome los pechos. Cada vez disimulaba menos que la mirada se le escapaba.

Lo notaba cortado, así que tendría que ser yo quien siguiera. Estaba a punto de decirle algo cuando uno de los pocos clientes lo llamó para pedirle otra. Huyó de la tensión sin pensarlo, dejándome con la palabra en la boca.

La noche avanzaba y mi camello no regresaba. El camarero nadaba entre dos aguas, evitando pararse cerca de mí pero sin perder ocasión de lanzarme una mirada o una broma al pasar a toda prisa por mi lado. El bar se vaciaba aún más, mi cerveza se acababa y la del camello seguía intacta.

—¿Cuánto falta para que cierres? —le pregunté.

—Unos veinte minutos.

—No creo que este vuelva, su cerveza se va a desperdiciar. Nadie la ha tocado, ¿te la tomas conmigo? Si aparece, le sacas otra.

—Mmm… bueno. Sí, ¿por qué no?

Con la cerveza en la mano, como si fuera un ancla, se sintió más cómodo: ya tenía una excusa para detenerse a hablar conmigo. Empezaron las preguntas de cortesía. Los nombres, Nadia y Bruno; que si éramos de aquí; que si el camello era mi pareja…

—Esta cerveza ya está caliente —dijo unos minutos después, con el vaso por la mitad—. Voy a abrirme otra, ¿te saco una?

—Vale —contesté mirando la mía, a la que le quedaba apenas un sorbo.

Brindamos con las dos frías. Acabábamos de probarlas cuando el último cliente que quedaba se levantó y se marchó haciendo eses, sin despedirse.

—Quedarán diez o quince minutos para cerrar, ¿no? ¿Puedes salir de la barra y nos las tomamos juntos? Mi amigo ya no viene, y es triste beber sola estando de vacaciones.

Sin decir nada, asintiendo apenas, salió de la barra y se sentó en el taburete que antes ocupaba el camello. Volvimos a brindar.

—La verdad es que ya me tenía un poco harta —seguí—. Es pesado, y salí con él porque no conozco a nadie. A nadie interesante, al menos.

—Otra cosa no, pero gente interesante en esta ciudad se conoce. Te lo aseguro. Sobre todo en este bar.

—Cierto. Creo que ya he conocido a uno —se le escapó una risita nerviosa.

—Oye, vuelvo enseguida —pensé que quería huir—. Es casi la hora, voy a echar el cierre. Cuando quieras irte te abro, y si tu amigo tiene que entrar, que me llame.

—Tranquilo, se llevó sus cosas. Y si llama, no pienso cogerle.

Cuando Bruno se levantó, le di un buen trago a mi cerveza. Cerró rápido y volvió en un momento. Antes de que se sentara, le enseñé el vaso vacío y, poniendo cara de buena, le di a entender que quería otra. Se rio y entró a la barra a por dos más. Cuando regresó, me giré hacia él y apoyé mis pies en su taburete, de modo que nuestras piernas quedaron cruzadas en posiciones alternas.

—Creo que es el primer rato que paso de verdad a gusto en estas vacaciones.

—La próxima vez que vengas ya sabes a dónde tienes que venir. Te lo dije: aquí conoces a un montón de gente interesante. Esta ciudad es única.

—Y yo te dije que creo que ya conocí a uno.

—¡Menudo piropo me acabas de echar!

—Y podría echarte más.

—¿Sí? Con lo de interesante me daba por satisfecho. ¿Qué más se te ocurre?

—¿Que estás buenísimo?

—¡Ja! No tanto. Eso lo diría yo de ti.

—¡Vaya! Que me lo digas tú sí que es un piropo, con la cantidad de chicas guapas que tienes alrededor. No sé qué puedes ver en mí.

—No digas eso, Nadia. Esto no va de comparar.

—No sé, tendrás que decirme que me ves para poder decir que estoy buena.

—¿Y tú a mí? Yo te lo dije porque tú me lo dijiste primero —soltó, nerviosísimo, asustado del callejón al que lo llevaba.

—Pero también te pregunté yo primero —rebatí con calma, terminando la cerveza de un trago y arqueando las cejas.

—Vale, vale, ganaste. A ver… creo que eres muy guapa, tienes unos ojos grandes y bonitos, me gusta tu pelo cortito, y tus labios gorditos tienen una forma muy… ¿sensual? Parecen hechos a medida.

—Lo son. Sigue bajando.

—¿Que baje? —miró hacia otro lado tragando saliva—. Si tengo que seguir bajando… tienes unas tetas enormes y se ven preciosas. ¿Para qué negarlo? ¿También a medida? —se envalentonó, aunque estaba todo colorado.

—Sí —se me escapó la primera carcajada—. Bien contenta que estoy con ellas. Dime más, que me gusta esto.

—Se nota que tienes un tipazo, unas caderas muy bonitas —continuó sin dejar de asentir—. Y unas piernas torneadas, fuertes, preciosas. Muy completa, sí señor. ¡Ah! Se me olvidaba lo más importante: no te he visto mucho, pero cuando te levantaste antes me pareció que tenías muy buen culo. Lo dicho, completísima.

Me di cuenta de que llevaba un buen rato con la mano apoyada en mi pierna. Al mencionarlas, las acarició acercándose con cierto peligro al borde de la falda, apretando un poco aquí y allá. Respondí frunciendo los labios en señal de aprobación.

—¡Joder! Me doy por satisfecha, me creo que te parezca que estoy buena. Pero tengo un secreto. No sé si te lo imaginas.

—¿Qué secreto?

—Pues un secreto. Creo que sabes de qué hablo.

—Se me ocurre algo, pero no sé si te refieres a…

—¿Y no te importa?

—Si es lo que estoy pensando, para nada.

—¿Quieres comprobarlo? Con esa mano que tienes en mi muslo, por ejemplo. Te dejo subir todo lo que necesites.

Abrí las piernas. Dejó a un lado la risa nerviosa y me miró serio. Al principio su cara decía que no estaba seguro de lo que oía; un instante después, sus ojos me dijeron que aquello le encantaba. Sin que ninguno pronunciara una palabra más, su mano se deslizó lenta y suave por mi muslo, curvó hacia dentro al llegar a la falda y se adentró bajo ella. Avanzó a oscuras por ese corto túnel, sin apartarme la mirada, e hizo contacto.

Cuando salgo siempre uso prendas con truco: tangas con un compartimento en el perineo donde esconder el pene para que no se note. Pero como la tengo tan gorda, después de unas cervezas me la saco porque estoy incomodísima. Cuando su mano llegó a destino, mi polla apenas estaba sujeta por un tanga minúsculo, casi por fuera. Hubo roce de piel con piel y un latido de sangre me recorrió entera. Bruno dudó al tocarla, sin saber si seguir o retroceder. Esperaba una respuesta y yo me mordí el labio para dársela. Era lo único que necesitaba para continuar y agarrar mi polla, ya dura, que se negaba a quedarse dentro del tanga. La meneó despacio y llevó la otra mano a mi pierna, apretando con fuerza. Yo le devolví el gesto, contoneándome, acercamos las caras y nos besamos.

Se puso en pie y, sin soltarme la polla, me tomó de la nuca para que el beso fuera más hondo. Esa mano no tardó en bajar por mi escote y abarcar uno de mis pechos abriéndose todo lo que podía. Le mordí la boca y rugí. Le recorrí la espalda en un segundo y no me entretuve antes de buscarle el paquete. La primera impresión, con el vaquero de por medio, fue prometedora: se me llenó la mano y necesité sentir la carne. Notaba cómo crecía mientras desabrochaba botones con prisa, y cuando saqué lo que escondían sus calzoncillos, una lujuria desatada me hizo retorcerme. Por fin una polla tan grande como la mía, más estilizada y menos gruesa, pero un pollón al fin y al cabo, que me dieron ganas de devorar. Me la tragué desesperada, como si no hubiera follado en mi vida, sin saborear, hasta el límite de la garganta. De la boca de Bruno salieron gemidos suaves mientras estiraba los brazos para arremangarme la falda y poder mirarme y tocarme el culo.

Con la boca llena de babas colgantes, me erguí de nuevo. Junté mi polla con la suya y necesité las dos manos para masturbarlas a la vez, sin que se separaran. Él, mientras tanto, me manoseaba las tetas como si no hubiera un mañana.

—¿Activo o pasivo? —pregunté sin parar.

—No tengo mucha experiencia en esto…

Lo callé con un beso guarro y le susurré: «No digas más». Habría preferido oír otra cosa, pero aquel chico me gustaba tanto que me daba igual quién reventara a quién. Abrí el bolso y saqué un condón y un botecito de lubricante. Me eché un chorro en la mano y se lo extendí por la polla en cuanto se puso el preservativo. Le pasé el bote y me apoyé contra la barra, de espaldas a él, sacando el culo. Me bajó el tanga y, tras unos besos en los cachetes, sentí el lubricante frío y caliente a la vez entrando por mi ano. Me temblaron las piernas. Me lo repartía mientras con la otra mano se agarraba la polla. De un pequeño impulso se enderezó, se pegó a mí, metió las manos por debajo del top en un movimiento rápido hasta alcanzarme los pechos y levantarlos con fuerza. En ese momento sentí su polla apretada contra mi culo y resoplé. Paralizada, esperando el instante clave, empezó a besarme la nuca por detrás y soltó uno de mis pechos para guiar su polla hacia mi entrada.

Y me atravesó.

El lubricante la hizo entrar fluida y rápida; noté cómo mi ano se dilataba de cero a cien en una fracción de segundo. Me sentí llena. Con el primer gemido se me fueron las fuerzas y tuve que sostenerme con las manos en la barra para no caer al suelo. El lubricante y mi propia excitación abrieron el camino enseguida, y por más que Bruno quisiera empezar con suavidad para no hacerme daño, en un instante tuvo las puertas abiertas.

La cosa pasó a varios frentes. Con la polla me embestía el culo con fuerza, como un animal en celo, arrancándome gemidos; sus manos, mientras, danzaban por cada centímetro de mis pechos, ávidas y curiosas, como si fueran un paraíso perdido. Saciada la exploración, los soltó y me agarró de las caderas. Despegó su tronco del mío, tomó posición presionándome las caderas hacia él y empezó el verdadero espectáculo.

Sus embestidas eran ahora más hondas, más constantes. Había encontrado su ritmo. No podía levantar la cabeza por más que lo intentara, así que me quedé apoyada en la barra y, con una mano, me masturbé al compás de sus golpes. Las gotas de sudor me caían por la frente y se estrellaban en la madera; otras me resbalaban por la espalda hasta el punto donde mi culo se unía a su polla. Entre temblores, junté fuerzas para quitarme el top y la minifalda, que se me había enrollado en el estómago. Ya desnuda, solo con los zapatos y el tanga colgando de un pie, él respondió con aún más intensidad, hasta dejarnos exhaustos a los dos.

Frenó para respirar, sacó la polla y sentí el vacío en mis adentros. Me giré, le quité la camiseta empapada y nos restregamos en un abrazo resbaladizo, mientras nuestras pollas chocaban por debajo en un duelo de espadas. Para mi sorpresa, se agachó y empezó a chupármela. Era verdad eso de la falta de experiencia, pero aunque solo fuera un ratito a modo de transición, el cariño y el empeño que puso bastaron de sobra para ponerme a tono para el siguiente asalto.

Bruno se levantó y me besó, impregnándome la boca con el sabor de mi propia polla. Caí apoyada otra vez contra la barra, esta vez de frente a él. Los dos queríamos seguir, necesitábamos seguir. Alcé una pierna para indicarle el camino. Mirándonos a la cara, agarrados para no separarnos ni un centímetro, buscó con la punta de su polla la vía hacia mi culo y retomó las embestidas. El camino ya estaba hecho, volvía a estar dentro de mí. No nos apartamos la mirada, y la velocidad fue in crescendo. Apreté los dientes para retarlo a que sacara fuerzas de donde fuera. Creo que, sin darme cuenta, le estaba agarrando un pecho por debajo, tan fuerte que casi me hacía daño. Todos los músculos de nuestros dos cuerpos estaban en tensión, la maquinaria a tope. Sin que lo esperara, me lanzó un beso que pareció más un mordisco y me subió la temperatura todavía más.

Mi polla estaba tan dura como la suya, bailando libre al son de sus embestidas, entre nuestros vientres. Liberé una mano y seguí masturbándome, con dificultad por el traqueteo. A los pocos minutos me empezó a arder todo, me quemaban las manos; no lo vi venir, pero iba a correrme. El único aviso que alcancé a dar fueron unos gemidos fuertes e incontrolados, no más de tres segundos antes, que se convirtieron en una larga exhalación cuando un chorro blanco salió disparado hacia arriba, unas gotas en su cara y la mayor parte sobre mis propias tetas.

Perdí la visión a medias. Solo veía su rostro yendo y viniendo, con los colores distorsionados, y la gota de semen resbalándole por la mejilla. Cerró los ojos, apretó los labios, retorció una mano sobre mi pecho y la otra sobre mi cadera, y explotó en un grito digno de una guerra.

Recuperé la vista. Su polla aminoró dentro de mí y, tras unas pocas embestidas suaves, salió resbalando. Bruno se apoyó en la barra, a mi lado; casi se cae al suelo. Lo acaricié y le pregunté cómo estaba. Quiso contestar, pero no pudo. Al rato se rio, ya recuperado, y me abrazó. Me dio un beso tierno en la mejilla y, aunque todavía no articulaba palabra, aprovechó para tocarme los pechos una vez más.

—¿Todo bien? —fue lo primero que logró decir, entre jadeos.

—¿Bien? —contesté—. Creo que tenías razón. Parece que sí hay gente interesante en esta ciudad. Igual termino haciendo las paces con ella si me sigue regalando momentos como este —se sorprendió un poco al oírme; no le había contado que me había criado allí—. Espero que me sigas ayudando a conseguirlo… y a tener unas vacaciones que no olvide jamás.

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Comentarios (1)

Nico_BA

Tremendo relato, de lo mejor que lei por aca en mucho tiempo!!!

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