Me plantaron en una cita y la conocí en el tranvía
La había conocido por una aplicación. Estuvimos hablando casi una semana, mensajes que iban y venían a cualquier hora, y al final acordamos vernos un sábado por la tarde, en el centro. Yo llegaba con esa mezcla de nervios y curiosidad que tiene todo primer encuentro, sin imaginar que la persona con la que terminaría la noche no era la que esperaba.
Zaragoza un sábado por la tarde es un caos de coches y semáforos eternos, sobre todo cerca del centro. No tenía sentido llevar el auto y pelearme con el tráfico, así que decidí ir en tranvía. Subí en una parada tranquila, casi vacía, y me senté junto a la ventana.
Viajaba poca gente. Un par de paradas después subió una mujer. Iba muy elegante, con un abrigo largo que le caía hasta la rodilla, porque ya empezaba el frío de octubre. Tenía asientos libres a su alrededor y, sin embargo, se quedó de pie, sujeta a la barra, mirando el paisaje pasar por la ventanilla.
Bajó dos paradas antes que yo. Justo cuando el tranvía arrancaba de nuevo, giré la cabeza y la miré, y por casualidad nuestras miradas se cruzaron a través del cristal. Tenía unos ojos verdes que se quedaron clavados en mí más tiempo del que la cortesía aconseja.
Me quedé pensando en esos ojos, pero tenía una cita esperándome. Llegué al bar acordado, me senté en una mesa de la terraza y le escribí para avisar que ya estaba allí. No hubo respuesta.
Pasó media hora. La llamé y nada. Después de una hora entera, con un café frío delante, entendí lo que estaba pasando: me habían dejado plantado. Con algo de fastidio y bastante orgullo herido, decidí no volver derecho a casa. Caminaría un rato por el centro, comería algo y haría que la tarde valiera la pena de algún modo.
Iba por la avenida principal, mirando vidrieras sin mirar nada en realidad, cuando la vi. Estaba sentada dentro de una cafetería, junto al ventanal: la mujer del tranvía. Pasé de largo, fingiendo distracción, y recién al llegar a la esquina me detuve.
¿Qué puedo perder?, me dije.
Volví sobre mis pasos, decidido a entrar y hablarle. Pero cuando llegué a la cafetería, su mesa estaba vacía. Se había ido. Me reí solo, negando con la cabeza. Era el tipo de día en que todo se escapaba entre los dedos.
Comí algo rápido en un local cualquiera, sin demasiada hambre, y resolví volver a casa en tranvía. Llegué al andén justo cuando uno arrancaba. No alcancé a subir; las puertas se cerraron en mi cara.
Y entonces, mientras maldecía mi suerte, escuché unos tacones bajando las escaleras a toda prisa. Entró al andén casi corriendo, frenó al ver que el tranvía ya se iba, y al darse vuelta quedamos frente a frente. Era ella. Por tercera vez en el mismo día.
—¿Era el último? —preguntó, todavía agitada.
—No, viene otro más —respondí.
—Uf, menos mal. —Y sonrió.
El andén se había quedado vacío, solo nosotros dos bajo las luces blancas. Sentí que no podía dejar pasar el momento otra vez.
—Hola. Me llamo Diego.
—Hola, soy Bianca.
Me tendió la mano y, al acercarse, su perfume me envolvió por completo, algo cálido y especiado que me nubló los sentidos. Fue en ese instante, viéndola de cerca, cuando entendí que Bianca era una mujer trans. Y la verdad es que solo hizo que me interesara todavía más.
Nos pusimos a charlar mientras esperábamos. Me contó que había quedado con unas amigas para ir al cine, pero a último momento ellas cambiaron el plan por una cena, y a ella no le había gustado nada la idea. Por eso volvía sola.
—Yo también tenía planes que se fueron al traste —le confesé, y le conté lo del plantón. Se rió con ganas, una risa franca, y algo entre nosotros se aflojó.
***
Subimos juntos al tranvía y seguimos hablando todo el trayecto, sentados muy cerca, hombro contra hombro. Cuando llegamos a su parada, se levantó.
—Bueno, hasta acá llego yo. Un gusto, Diego.
Se inclinó y me dio un beso suave en la mejilla. Ese era el momento, lo supe con una claridad absoluta, y me puse de pie de golpe. Bajé detrás de ella. Bianca se giró en el andén y me miró con una ceja levantada, entre divertida y sorprendida.
—Quería seguir charlando —dije, encogiéndome de hombros como un chico.
Caminamos hasta una cafetería abierta cerca de su barrio y pedimos algo. La conversación se fue extendiendo, cada vez más cerca, cada vez más baja de tono. En un momento ella se levantó para ir al baño y, al volver, en lugar de sentarse enfrente, se inclinó sobre mí y me besó suavemente en los labios.
No fue un beso largo. Fue apenas un roce, una pregunta. Le acaricié la mano por respuesta y la conversación cambió por completo de temperatura. Cuando me tocó a mí ir al baño, al regresar también la besé yo, esta vez sin prisa.
—¿Nos vamos? —murmuró ella contra mi boca.
—Sí. Acá ya no tiene sentido seguir.
Salimos a la calle fría y caminamos unos metros. La abracé y nos detuvimos a besarnos en cada esquina, contra una pared, bajo un árbol, sin importarnos quién pasaba. Íbamos camino a su casa y los dos lo sabíamos.
Llegamos a su edificio. Abrió el portal y subimos en el ascensor, donde ya hubo alguna mano que se atrevió a más de lo prudente. Su departamento era hermoso, amplio, con muebles de buen gusto y una vista de la ciudad iluminada. Me había contado que trabajaba en una empresa internacional, y se notaba en cada detalle de la decoración.
Me ofreció una copa de vino. Nos sentamos en un sillón profundo y cómodo, y charlamos un rato más, aunque ya casi sin escucharnos. En un momento me acerqué y la besé, y mis manos empezaron a recorrerla. Le quité el chaleco fino que llevaba, después la blusa.
***
Tenía unos pechos preciosos, cubiertos por un corpiño blanco de encaje que desabroché con cuidado. Sus aréolas eran apenas rosadas y las besé despacio, primero una, después la otra, con una avidez que no me molesté en disimular. Bianca echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro largo.
Sus manos no se quedaron quietas. Bajaron por mi pecho hasta mi entrepierna, buscaron mi cinturón y lo soltaron con dedos rápidos. Mi bóxer ya no daba más de sí. Ella se deslizó del sillón, se arrodilló frente a mí y terminó de quitarme todo, hasta dejarme completamente desnudo y sentado.
Apoyó las dos manos en mis muslos y empezó a chupármela con una lentitud deliciosa. Yo cerré los ojos y me hundí en el respaldo, sintiendo cada movimiento de su lengua. Cuando los abría, la encontraba mirándome fijo, esos ojos verdes atravesándome desde abajo. Por momentos quedaban hilos de saliva entre sus labios y mi glande, y la imagen me encendía todavía más.
Después de un buen rato la detuve, la atraje hacia arriba y la besé. Ahora era mi turno. La senté en el borde del sillón y le bajé los pantalones. Debajo llevaba una tanga oscura donde se adivinaba, atrapado y firme, un bulto considerable. Me miró con una pregunta silenciosa en la cara y yo asentí.
Tomé la tanga de los dos lados y fui bajándola despacio. Su pene estaba totalmente erecto, apenas curvado hacia un costado, grueso y de buen tamaño. Lo sostuve con ambas manos y bajé la piel para descubrir la cabeza. En la punta ya brillaba una gota. Apreté apenas y la gota creció; la recogí con la lengua. Tenía un sabor casi dulce.
Con la mano derecha empecé a masturbarla, subiendo y bajando, atento a cada una de sus reacciones. Mi lengua apenas rozaba la cabeza. Con la mano izquierda acariciaba sus testículos, grandes y calientes. Bianca empezó a mover las caderas, buscando más.
Estuve así unos segundos hasta que intenté metérmela entera en la boca. Apenas entraba la punta. La chupé como pude, con ganas, y de a ratos levantaba la vista para verle la cara de disfrute, los ojos verdes abiertos de par en par, la boca entreabierta.
***
Me tomó de la nuca y me apartó con suavidad. Se puso de pie y me tendió la mano.
—Vení —dijo en voz baja.
Su pelo oscuro le caía por la espalda y su piel parecía brillar bajo la luz tenue del pasillo. Caminé detrás de ella hasta el dormitorio, hipnotizado. Me tendí boca arriba sobre la cama y Bianca se acomodó entre mis piernas.
Siguió con la boca donde había quedado, pero esta vez bajó más. Me tomó los testículos, se metió uno en la boca, mientras un dedo curioso buscaba mi entrada. Cuando la encontró, se dedicó solo a eso. Reemplazó el dedo por la lengua, después volvió al dedo, alternando, abriéndome con paciencia. Tengo experiencia de sobra y me daba cuenta de que ella sabía perfectamente lo que hacía.
Se levantó y fue hasta una cómoda. Abrió un cajón y sacó un preservativo y un tubo de lubricante. Yo me di vuelta y me puse en posición, de rodillas. Quería sentirla dentro de mí. Lo estaba deseando con una urgencia que casi me avergonzaba.
Me abrió las nalgas y otra vez su lengua llegó hasta el fondo, hasta hacerme temblar. Después se colocó el preservativo, lo cubrió de lubricante y untó también mi entrada con dedos generosos. Estaba listo.
Sujetó su pene, lo apoyó contra mí y empujó. Hubo una punzada al principio, pero el placer la borró enseguida. La sentí abrirse paso, hundirse hasta el final, llenarme por completo. Cuando sus testículos quedaron apoyados contra mis nalgas, supe que la tenía toda dentro. Empecé a moverme, meciéndome hacia atrás para tragármela del todo y después casi soltándola, una y otra vez.
Me incorporé sin que ella saliera, hasta quedar de rodillas los dos, mi espalda contra su pecho. Sus tetas tibias se aplastaban contra mí, su boca me besaba el cuello, una mano me apretaba los pezones mientras la otra me sujetaba la cadera. Nos decíamos cosas al oído, palabras sucias y entrecortadas. Yo quería sentir su explosión, todo lo que tenía para darme.
No tardó mucho.
—Así, así —repetía, y de pronto estalló. La sentí latir dentro de mí, cada pulso golpeando en lo más profundo. Me dejé caer hacia adelante sobre la cama y ella encima de mí, hundiendo la cara en mi nuca, agitada.
Su pene se fue ablandando despacio, pero yo seguía duro como una piedra. Se retiró con cuidado, me hizo girar y se metió mi miembro en la boca. Tampoco yo aguanté demasiado. Entre su lengua y su mano, con un último apretón de mis testículos, salió disparado el primer chorro, que le cruzó la mejilla. Los siguientes fueron cayendo a un costado, sobre las sábanas. Fue una de esas descargas que dejan la mente en blanco.
Nos quedamos quietos unos minutos, recuperando el aire, hasta que pude levantarme a lavarme. Después entró ella e hizo lo mismo. Volvimos a la cama y nos abrazamos, desnudos y todavía transpirados, con esa sensación rara de haber encontrado a alguien importante en el lugar más improbable.
Tres veces se había cruzado en mi camino ese sábado. La cuarta, ya dormidos y enredados, fue la que de verdad cambió las cosas.