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Relatos Ardientes

Lo que descubrí mientras mi mujer estaba con otro

Me llamo Mateo, tengo cuarenta y ocho años y llevo casi doce casado con Camila. Ella tiene treinta y cinco, un cuerpo de los que callan conversaciones cuando entra a una habitación y una sonrisa que en cualquier mesa la convierte sin esfuerzo en el centro de todo. Nunca tuvimos hijos, no por falta de intentos.

Confío en ella. Más de un amigo le tiró los perros en alguna cena y nunca me dio motivos para inquietarme. Pero desde hace años cargo con una fantasía que no me atrevía a nombrar en voz alta: verla con otro hombre. No por celos, no por castigo, sino por mirar. Por entender qué le ocurre en la cara cuando otro la toca por primera vez.

El primer paso lo dimos sin saber que lo estábamos dando. Fue en Ámsterdam, en nuestro aniversario número diez, cuando nos regalamos un mes por Europa. La penúltima ciudad fue esa, la de los canales y la luz baja, y por supuesto cruzamos la zona roja como dos turistas más, riéndonos en cada vidriera.

—¿Te gusta esa? —me preguntó Camila, divertida, señalando a una chica de piernas largas y pelo platinado al ras.

—No tanto —mentí.

Me había gustado. Lo supo enseguida. Caminamos dos cuadras más y se detuvo en seco.

—Volvamos —dijo.

—¿Adónde?

—A esa vidriera. Hace años que no te veo reaccionar así.

La miré como se mira a alguien que acaba de decir algo imposible. La rubia nos hizo el gesto del dedo cuando nos vio regresar. Camila, con la naturalidad de quien decide algo sin pensarlo, señaló a la chica, después se señaló a ella misma y por último a mí. La chica asintió con una sonrisa muy lenta.

—Entremos —dijo Camila.

Adentro había una luz tibia y una cortina de terciopelo pesado. La chica se llamaba Saskia. Hablaba un inglés roto y nos explicó algo con las manos que no terminé de entender. Acordamos la tarifa. Camila me miraba como pidiéndome instrucciones, pero yo tampoco sabía qué decir.

Saskia tomó la iniciativa. Acarició la cara de Camila con un dedo, le aflojó el cuello de la blusa y la besó en la boca con una suavidad que no le había visto a nadie nunca. Camila se quedó tiesa el primer segundo, asustada, y después le devolvió el beso despacio.

Yo me senté en la silla del rincón y me quedé mirando.

Esa fue la palabra: mirar. No participar. Mirar a mi mujer dejarse desvestir por una desconocida, ver cómo otras manos le bajaban el sostén, cómo otra boca encontraba el camino hasta sus pezones. Cada gesto que yo conocía de memoria, repetido por alguien que la descubría por primera vez.

Cuando Saskia se quitó los pantalones y apareció lo que apareció, Camila tardó un instante en entender. Giró la cabeza buscándome, los labios entreabiertos, las cejas apenas levantadas. Le hice una seña con la cabeza, una sola. Si querés, seguí. Y ella, después de pensarlo dos segundos, siguió.

Saskia la besó otra vez, esta vez más despacio, hasta que Camila se entregó del todo. Lo que vino después no necesito describirlo con detalle. Lo que importa es lo que vi en la cara de mi mujer: una vergüenza que se iba convirtiendo en curiosidad, una curiosidad que se transformaba en deseo, un deseo que terminó arrastrándola a un orgasmo distinto al que yo le había sacado nunca.

Cuando salimos a la calle, la nieve gruesa de Ámsterdam caía sobre los canales. Camila me agarró del brazo y no lo soltó. Caminamos en silencio diez cuadras.

—No me preguntes cómo me sentí —dijo al final—. Yo tampoco lo sé.

***

Volvimos a casa y la vida retomó su forma habitual. Mi trabajo, sus mañanas, las cenas con amigos los viernes. Pero algo había quedado abierto, una puerta que ninguno de los dos terminaba de cerrar y que tampoco encontrábamos el modo de cruzar otra vez.

La diferencia de edad empezó a pesar más que antes. Yo llegaba cansado, ella se quedaba leyendo en la cama hasta tarde. El sexo seguía siendo bueno, pero predecible, como una canción que conocés demasiado. Camila nunca me lo reprochó. Yo lo sentía igual.

Una venta importante me dejó suficiente para regalarnos algo grande. Propuse el Caribe. Una semana en un complejo aislado, cabaña frente a la playa, todo incluido. Camila aceptó con esa sonrisa suya que significa muchas cosas a la vez.

La isla era de las que parecen hechas para olvidar quién es uno. Agua turquesa, vegetación densa, calor pegajoso desde el desayuno. El segundo día caminamos por el tramo de playa nudista que quedaba a un costado del complejo. A Camila le costó quitarse el sostén. Decía que estaba gorda. La verdad es que esos kilos de más le habían sentado bien y los pechos se le movían al caminar con un ritmo que no se le podía pedir a nadie.

Se nos cruzó un grupo. Uno de los hombres, alto, enorme, llevaba entre las piernas algo que Camila intentó no mirar. Lo miró igual. Hubo un cruce de sonrisas que duró medio segundo más de lo necesario. Apenas llegamos a la cabaña, ella me arrastró a la cama. No volvimos a hablar de la playa, pero los dos sabíamos.

Al día siguiente, mientras Camila dormía la siesta, me acerqué a la conserjería del complejo. Pregunté con vergüenza, di rodeos, hablé en código. La mujer del mostrador me miró sin alterarse.

—No me sorprende nada de lo que me pueda pedir, señor —dijo—. Tenemos solicitudes mucho más variadas.

Me derivó a otra oficina, en otro edificio. Pedí algo concreto: alguien discreto, que hablara español y que entendiera lo que yo quería. Mirar. No participar, o participar lo mínimo. Que mi mujer fuera el centro de todo.

Esa tarde, en la piscina, se lo conté. Camila se quedó mucho rato con los ojos cerrados antes de responder.

—No conozco a muchos maridos que les ofrezcan eso a sus mujeres —dijo al fin—. Si vos lo querés ver, yo no me opongo. Es un regalo. No lo voy a despreciar.

Confirmé la cita para la noche siguiente.

***

Camila se vistió con una camisola negra que le había comprado en el aeropuerto sin saber que iba a usarla esa noche. Sin maquillaje, descalza, los pezones marcándose a través de la tela. Me costó pensar que esto lo había pedido yo.

—No sé si voy a querer besarlo —me dijo, sentada en el borde de la cama—. No lo conozco.

—Hacé lo que sientas. Si no querés algo, no lo hagas. No tenés que demostrarme nada.

A las diez en punto sonó la puerta. Era un hombre alto, mulato, de hombros anchos y una sonrisa tranquila. Se presentó como Ricardo. Era cubano, vivía en la isla desde hacía cinco años, hablaba un español rápido y suave.

—Hermosa mujer —me dijo, estrechándome la mano como si fuéramos viejos amigos—. Espero que la pasen bien los dos.

Se sentó al lado de Camila en el sofá. Le habló bajito, le acarició la cara, le retiró un mechón de pelo detrás de la oreja. No tuvo prisa. Pidió un vaso de agua. Yo me serví un whisky doble y me senté en el sillón de enfrente, exactamente donde lo había planeado.

Camila no me miró ni una vez. Estaba toda concentrada en él, en lo que él iba diciéndole al oído. Cuando le bajó la camisola y le descubrió los pechos, ella cerró los ojos como si estuviera por saltar de un trampolín. Ricardo le besó un pezón, después el otro, y la respiración de Camila cambió. La conocía bien. Ese cambio era el que yo le sacaba a veces, otras no.

La tumbó en el sofá despacio. Le besó el cuello, los pechos, el vientre, el interior de los muslos. Llegó adonde quería llegar y se quedó ahí mucho tiempo. Camila empezó a apretar el borde del sillón con las dos manos. Levantó la pelvis. Echó la cabeza atrás. La vi venirse de un modo que yo nunca había logrado: callada, con la boca abierta, sin hacer ruido.

Me di cuenta entonces de algo extraño. No sentía celos. Sentía orgullo. Como si lo que estaba viendo lo hubiera fabricado yo.

Ricardo se desvistió sin apuro. Su cuerpo era exactamente lo que yo había imaginado y a la vez no se parecía a nada que conociera. Camila tardó un segundo en mirarlo del todo. Buscó el preservativo, él lo aceptó sin discutir, y la penetró despacio, dándole tiempo. Camila gimió de un modo nuevo. Un gemido grave, de pecho, que nunca le había escuchado.

Era una imagen difícil de sostener. Los brazos blancos de Camila alrededor de su espalda. Las piernas cruzadas detrás de su cintura. Los dos sudando bajo el ventilador. Yo bebía whisky despacio y respiraba.

Cuando le pidió darse vuelta, Camila obedeció sin pensar. Cuando le pidió ponerse en cuatro, también. Cuando él, sin avisar, le pasó las muñecas por la espalda y se las sujetó con sus dos manos enormes, ella dejó escapar un sonido que no era una protesta sino una rendición.

—¿Estás bien, mi amor? —le pregunté.

—Sí —dijo, sin mirarme—. Sí, sí.

Ricardo hizo durar la noche. La giró, la besó en la boca, le tapó los ojos un momento con la camisola enrollada para que sintiera todo sin ver nada. Cada gesto era un cálculo, y aun así no parecía calculado. Camila se entregaba con una facilidad que me asustaba y me excitaba al mismo tiempo.

Hacia el final me hizo un gesto con la cabeza. Me acerqué a la cama. Camila me buscó la boca y me besó largo, con sabor a otro hombre, mientras él seguía moviéndose detrás de ella. Después me chupó despacio, sin urgencia, mirándome a los ojos. Acabé en su boca y casi al mismo tiempo Ricardo terminó adentro del preservativo.

Los tres nos quedamos quietos un rato, sin hablar. Después él se vistió, le dio un beso a Camila en la frente, me apretó el hombro al salir. Cerré la puerta y me quedé del lado de adentro, con la mano todavía en el picaporte.

—Dijiste que no ibas a besarlo —le murmuré, todavía sin moverme.

—No sé qué me pasó —respondió desde la cama—. Perdoname.

—No tengo nada que perdonarte. El que te pidió hacer esto fui yo.

Camila se levantó, se puso la camisola y se acercó. Me abrazó por detrás mientras yo seguía mirando la puerta cerrada.

—¿Sabés qué fue lo más raro? —dijo.

—¿Qué?

—Que en ningún momento dejé de pensar en vos.

Me lo dijo como quien suelta una verdad que llevaba años buscando. Apoyó la cabeza en mi espalda. Yo me quedé quieto, escuchándola respirar.

Afuera, el ventilador seguía girando y la noche del Caribe entraba por la ventana abierta con olor a sal. En algún lugar de esa isla, Ricardo ya estaba pensando en otra cosa. Yo, en cambio, supe que algo entre nosotros había vuelto a empezar después de mucho tiempo de quietud, y que no íbamos a saber del todo qué era hasta que volviéramos a casa.

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Comentarios (1)

fercho_lee

Lo que mas me gustó es que se siente auténtico, no forzado. Muy bien escrito

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