Mi jefe descubrió a Tamara detrás del traje
Las oficinas de Vértice Capital ocupaban el piso diecisiete de una torre de cristal en el corazón de Montevideo. A las once y media de la noche solo quedaba encendida la luz tenue del despacho del director, Esteban Vidal. Todo lo demás era un desierto de cubículos a oscuras y silencio corporativo.
Tomás —así firmaba cada informe, así lo nombraban todos— estaba inclinado sobre la mesa de vidrio, repasando las últimas cifras del cierre trimestral. Camisa blanca entallada, corbata floja, pantalón negro de corte recto. Su cuerpo, después de dieciocho meses de tratamiento hormonal, había cambiado lo suficiente como para que cada prenda fuera un acto de equilibrio precario.
Los pechos pequeños pero firmes presionaban contra la tela. Las caderas se habían redondeado apenas. La cintura se le marcaba de un modo que ninguna camisa de hombre lograba disimular del todo. La piel, más fina y sensible que nunca, le ardía cada vez que el algodón rozaba los pezones endurecidos por el aire acondicionado.
Esteban estaba de pie detrás de él, con los brazos cruzados sobre el pecho ancho. Medía casi un metro noventa, hombros de exjugador de rugby, voz grave que hacía vibrar el aire del despacho cuando hablaba. Olía a madera seca, café cargado y a ese metal frío que Tomás había aprendido a reconocer como el olor del poder.
—Tomás —dijo Esteban de pronto, bajando la voz—. Mirá esto.
Le tendió la tablet. En la pantalla, abierta por accidente, estaba una carpeta personal que jamás debió salir de su nube privada. Una foto reciente. Tomás —Tamara— en ropa interior de encaje negro, frente al espejo del baño de su departamento. Pechos suaves, pezones rosados, la curva de la cadera ya femenina, el bulto todavía visible bajo la tela pero suavizado por las hormonas.
La foto la había tomado para sí misma, para recordarse quién era cuando nadie miraba. Y ahora estaba ahí, encendida, entre los dedos enormes de su jefe.
El silencio fue brutal.
Tomás sintió que el estómago se le cerraba en un puño. Esperó el rechazo. La orden de juntar sus cosas. La llamada a Recursos Humanos a primera hora.
Pero Esteban no se movió. Solo respiró más hondo. Sus ojos oscuros recorrieron la foto y después subieron despacio por el cuerpo que tenía enfrente, deteniéndose en la forma en que la camisa se tensaba sobre los pechos, en la línea delicada del cuello, en los labios más llenos que un año atrás.
—Cambiaste —murmuró, casi para sí mismo—. Hay algo en vos que no termino de leer desde hace meses.
Tomás tragó saliva. El corazón le golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que el otro lo escuchaba. Dio un paso adelante y rompió la distancia de seguridad que siempre mantenían. El aroma de Esteban —sudor limpio, colonia cara, hombre— lo envolvió como una mano apoyada en la garganta.
—Tomás es quien te termina los informes, Esteban —dijo, y la voz le salió con esa melodía nueva, más grave pero con una suavidad que antes no tenía—. Pero la persona que está frente a vos ahora… la que lleva un año y medio reconstruyéndose para ser real… se llama Tamara.
Esteban soltó la tablet sobre la mesa. El ruido seco resonó en el despacho vacío como un disparo.
—Tamara —repitió, saboreando el nombre. Su mano grande se levantó, vaciló un segundo y después le rozó la mejilla con el dorso de los dedos.
El contacto fue eléctrico. La piel de Tamara, sensibilizada por las hormonas, se le erizó entera. Un gemido bajito, casi inaudible, se le escapó de la garganta antes de que pudiera contenerlo.
—La puta madre… —murmuró él—. Sos hermosa.
Tamara cerró los ojos. El roce fue tan intenso que sintió calor inmediato entre las piernas. Cada terminación nerviosa parecía haberse multiplicado en esos meses, y ahora todas respondían a la vez.
—No sé si esto es buena idea —susurró, pero ya se estaba acercando, hasta que sus pechos rozaron el torso duro del hombre.
—Yo tampoco —gruñó él—. Pero llevo meses mirándote y preguntándome qué carajo me pasa con vos. Ahora lo sé.
La mano de Esteban bajó por el cuello de Tamara y abrió el primer botón de la camisa con dedos impacientes. El segundo. El tercero. La tela cedió y reveló la piel pálida, los pechos pequeños y perfectos, los pezones erectos.
—Mierda… —se inclinó y tomó uno en la boca. Caliente, húmedo, su lengua rodeó el pezón con un hambre que no se molestó en disimular.
—Ah… —Tamara arqueó la espalda y le clavó las uñas en los hombros—. Esteban… más fuerte…
Él succionó con ganas, ruidoso, mientras la otra mano le recorría la espalda y apretaba la curva de las nalgas por encima del pantalón. Tamara temblaba. Cada lamida le mandaba descargas directas al sexo, que ya estaba húmedo, palpitando contra la ropa interior.
Esteban se apartó solo para arrancarse la corbata y la camisa de un tirón. El pecho ancho, cubierto de vello oscuro, brillaba bajo la luz tenue del despacho. Empujó a Tamara contra el borde del escritorio. Los papeles del cierre trimestral cayeron al suelo, olvidados.
—Te quiero ver entera —gruñó, peleándose con el cinturón de ella con manos torpes de deseo.
El pantalón y la ropa interior cayeron juntos. Tamara quedó desnuda frente a él: cuerpo delgado y delicado, pechos hinchados, cintura estrecha, caderas suaves. Y entre las piernas, su miembro semierecto —todavía ahí, todavía sensible— y, debajo, la carne tibia y brillante de su entrepierna, mojada, abierta.
Esteban se arrodilló. Sin decir una palabra, le separó los muslos y hundió la cara entre ellos.
—Por dios… —Tamara gimió alto cuando la lengua gruesa lamió desde abajo hasta arriba, lento—. Sí… así… seguí, por favor…
Él gruñó contra la carne mojada, mientras dos dedos gruesos se hundían en ella. El sonido era obsceno, húmedo, rítmico, el chapoteo de sus dedos entrando y saliendo mientras la boca no paraba.
Tamara temblaba, las piernas abiertas sobre el escritorio, una mano enredada en el pelo espeso del hombre, tirando de él hacia ella.
Esto no puede estar pasando. No acá. No con él.
Pero estaba pasando, y no quería que parara por nada del mundo.
—Estoy… estoy tan sensible… las hormonas me tienen así… ah… ah… me voy a venir…
Esteban levantó la mirada, los labios brillantes.
—Vení en mi boca, Tamara. Quiero probarte.
Empujó los dedos más adentro, curvándolos contra ese punto que la hacía ver luces. Tamara se vino con un grito ahogado, el cuerpo sacudiéndose entero, mientras una corriente caliente le recorría desde la nuca hasta las plantas de los pies.
—Joder… —jadeó, temblando todavía.
Esteban se puso de pie. Su miembro estaba grueso, duro, listo. Lo frotó despacio contra la entrepierna empapada de Tamara, deslizándolo entre los pliegues hinchados.
—¿Querés esto? —preguntó, la voz ronca.
—Sí —Tamara lo miró a los ojos, audaz a pesar de las piernas temblorosas—. Quiero que me cojas. Quiero que me uses, acá, en esta oficina de mierda donde nadie sabe quién soy de verdad.
Esteban gruñó y empujó. La cabeza gruesa la abrió despacio, centímetro a centímetro. Los dos gimieron al mismo tiempo.
—Qué apretada… la concha de la lora, Tamara… estás chorreando…
—Más adentro… llename —le clavó las uñas en la espalda, atrayéndolo.
Cuando estuvo completamente dentro, Esteban empezó a moverse con fuerza. El escritorio crujía bajo el peso de los dos. Los golpes eran duros, profundos, el sonido de los cuerpos chocando llenaba el despacho silencioso.
—Ah… ah… sí… más fuerte —pedía ella, la voz quebrada.
Esteban la agarró del pelo y le tiró la cabeza hacia atrás mientras la embestía sin tregua.
—Sos mía ahora —gruñó contra su oído—. Esta oficina, este cuerpo… todo mío. ¿Entendés?
—Sí… sí… soy tuya, Esteban… no pares…
La levantó del escritorio sin salir de ella, la giró y la dobló sobre la mesa de vidrio. Ahora la tomaba desde atrás, una mano en la cadera, la otra pellizcando un pezón sensible. Tamara gemía sin control, la mejilla pegada al cristal frío, viendo su propio reflejo deformado en la superficie.
Y por un segundo, entre la bruma del placer, se vio. Realmente se vio. El pelo cayéndole sobre la cara, los labios entreabiertos, los ojos cerrados de gusto. No quedaba nada del traje, de la corbata, del nombre que usaba de día. Era ella. Por fin era ella.
—Me voy a venir —avisó Esteban, la voz rota.
—Adentro… llename… quiero sentirlo —suplicó Tamara.
Esteban rugió y se hundió hasta el fondo. El cuerpo se le tensó entero y se vació dentro de ella con un gemido grave que parecía salirle del pecho. Tamara se vino otra vez, gritando contra el vidrio, mientras su propio cuerpo, sin que nadie lo tocara, se rendía sobre la madera del escritorio.
Se quedaron así, jadeando, los cuerpos sudados pegados uno al otro. El despacho seguía en silencio, como si nada hubiera pasado en él, como si las paredes guardaran el secreto por su cuenta.
***
Después de un largo minuto, Esteban salió despacio. Giró a Tamara con cuidado y la sentó en el borde del escritorio. Le apartó un mechón de pelo de la cara con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de hacía un momento, y después la besó. Hondo. Lento. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
—Tamara —susurró contra su boca—. Esto no cambia nada… y lo cambia todo.
Ella sonrió, exhausta, radiante.
—Mañana voy a volver a ser Tomás delante de todos —dijo—. Pero cuando estemos solos… voy a ser Tamara. Tu Tamara.
Esteban le acarició el pelo húmedo de sudor.
—Y yo voy a ser el hijo de puta que te cuida —respondió—. Y el que te coge hasta que no puedas caminar derecho.
Se vistieron en silencio, intercambiando miradas cargadas. Tamara se abrochó la camisa botón a botón, sintiendo a cada movimiento el recuerdo tibio de lo que acababa de pasar, todavía latiéndole entre las piernas.
***
Al día siguiente, en la reunión de las nueve, Tomás estaba sentado en su lugar de siempre, impecable, la voz firme presentando los números del trimestre. Esteban presidía la mesa con el rostro impasible, repartiendo órdenes y firmando carpetas como cualquier otro lunes.
Nadie en esa sala sospechaba nada. Los gerentes asentían, los analistas tomaban notas, el café se enfriaba en las tazas. Era una mañana corporativa idéntica a todas las demás.
Solo ellos dos sabían que, debajo de la mesa de roble, la mano de Esteban rozaba discretamente la rodilla de Tomás. Y que entre las piernas de Tamara, la carne todavía latía, llena del recuerdo caliente y prohibido de su jefe.
El secreto era suyo. El deseo también. Y por primera vez en mucho tiempo, debajo de esa armadura de traje y corbata, Tamara se sintió completamente viva.