La terapia de pareja que lo transformó en Camila
Rodrigo y Carla llevaban casi veinticinco años juntos y, hasta hacía poco, nunca habían tenido tiempo para aburrirse. Rondaban los cincuenta, vivían sin apuros de dinero y, desde que el menor de sus hijos se mudó, la casa se les había quedado enorme y silenciosa.
Él era gerente de operaciones en una empresa de logística. Delgado, pálido, apenas un metro sesenta y ocho, nadie habría adivinado la autoridad que ejercía en la oficina. Cada noche volvía agotado y se quejaba de lo mismo.
—Estoy cansado de pelear por imponer mis ideas, de cuidarme las espaldas sabiendo que cualquiera aprovecharía un error mío para quitarme el puesto.
—Relájate —le contestaba ella—. Llevas veinte años ahí, empezaste de cadete y mira hasta dónde llegaste.
Carla trabajaba desde casa, traduciendo manuales técnicos para clientes que jamás veía la cara. Voluptuosa, de pecho grande y caderas amplias, escondía su figura bajo ropa holgada. Quiero que lean lo que traduzco, no que me miren a mí, solía pensar mientras se subía el cuello del suéter.
Se entendían en casi todo: los mismos libros, la misma comida, las tardes en que uno cocinaba y el otro leía en voz alta. El único terreno yermo era la cama. Lo que iban a estrenar como una segunda luna de miel se había vuelto una rutina capaz de desanimar a cualquiera.
El sexo ocurría los sábados, después de la película. Ella le acariciaba el sexo, él se subía encima, terminaba en pocos minutos y se retiraba. Luego le devolvía el favor con un dedo en el clítoris hasta que ella llegaba. Un beso, buenas noches, y a esperar el sábado siguiente.
Una noche, en lugar de darse vuelta, Carla habló.
—Esto no puede seguir así. Todavía somos jóvenes. ¿Por qué no podemos disfrutar?
—No es que no disfrute. Será que ya estamos grandes.
—En la luna de miel lo hacíamos tres veces al día. ¿Y ahora una vez por semana, como un trámite? Conozco a una sexóloga. El lunes pido turno.
Rodrigo conocía a su mujer: cuando se le metía algo en la cabeza, no había forma de sacárselo.
***
La licenciada Renata Salas los recibió un viernes por la tarde. Mujer de mediana edad, falda negra hasta la rodilla, blusa blanca, aire profesional. Anotó en una carpeta sus edades, su trabajo, sus hijos, y los dejó hablar.
—No hay un problema de fondo grave —concluyó—. Se complementan, ninguno intenta pisar al otro. Lo que pasó es que su vida cambió de un día para el otro y no saben qué hacer con tanto tiempo libre.
—¿Y entonces nos resignamos? —preguntó Rodrigo.
—Para nada. Les voy a pasar el enlace a un sitio muy bien categorizado. No quiero que miren porno para excitarse: quiero que exploren las categorías, que investiguen prácticas que nunca se animaron a nombrar. Cada uno, por separado, arma una lista con las cinco que más le llamen la atención. El próximo viernes las comparamos.
No salieron convencidos, pero esa misma noche cada uno se encerró con su pantalla. La tarea duró toda la semana.
***
El viernes volvieron con sus hojas impresas. La licenciada le pidió a Carla que leyera.
—Dominación y sumisión. Sugestión al oído. Castidad forzada. Feminización. Sexo anal.
—¿Hay algo que no entiendas de su lista? —le preguntó la terapeuta a él.
—La sugestión esa, y me llama la atención lo de la feminización.
—No es hipnosis de péndulo —aclaró Carla—. Es una voz que te susurra y te propone cosas mientras te toca, con vos despierto pero entregado. Y lo otro… no quiero que recorras todo el camino. Solo me gustaría que conocieras tu lado femenino. Además, creo que te quedarían bien unas medias.
—No tengo problema con tu lista, entonces —dijo él, más nervioso de lo que admitía.
La de Rodrigo también empezaba con dominación y sumisión, castidad forzada, anal, fetichismo y bondage.
—Fetichismo. Típico de un hombre —se rió ella.
—Me gustan los tacones, los corsés, las medias. Y reconozco que en vos se verían espectaculares.
La licenciada cerró la carpeta.
—No veo objeciones. Hagamos así: tómense una semana para conseguir lo que necesiten. Después empieza la semana de él: Rodrigo decide qué hacen. Al terminar, conversan qué les gustó y qué no. La semana siguiente se invierten los roles: la de ella. Y van alternando. La comunicación es lo único que no se negocia.
Durante los días siguientes llegaron paquetes a la casa todos los días. Rodrigo, alarmado por la cantidad de cajas, quiso comparar las listas de compras. Carla se negó en redondo: arruinaría la sorpresa. Acomodaron lo de cada uno en habitaciones separadas.
***
La semana de él fue intensa pero predecible. Rodrigo la esperaba en el dormitorio con un arnés de cuero y un antifaz de látex, la única concesión que le había exigido ella: «Si voy a usar lo que querés, vos también jugás tu parte».
Carla aparecía espléndida: corsé negro, medias de nailon sujetas con ligas, tacones imposibles, los labios rojos resaltando sobre el látex. Él la ataba en cruz a la cama con cintas de velcro, le ponía una mordaza y la trabajaba con la lengua y un vibrador, llevándola al borde una y otra vez antes de dejarla llegar.
—Desgraciado —jadeó ella la primera noche, las piernas temblando—. Perdí la cuenta de cuántas veces acabé.
El resto de la semana sumó variantes: un plug mientras la penetraba, sexo anal con el vibrador en el clítoris, terminar en su boca. Pero hacia el sábado Rodrigo sentía que se repetía. Atarla, amordazarla, edgearla. Me falta imaginación, pensó. Ojalá ella tenga más.
La tendría. De sobra.
***
El lunes de la semana de ella, después de la cena, Carla no fue al dormitorio.
—Hoy no jugamos acá. Bajamos al sótano —dijo, y lo tomó de la mano.
El sótano abandonado, el viejo depósito, era otro lugar. Mientras él estaba en la oficina, ella lo había transformado: una cama de dos plazas en un rincón, una silla de respaldo recto en el centro y una pared entera cubierta de mordazas, esposas, consoladores de todos los tamaños y objetos que Rodrigo ni supo nombrar.
—Bienvenido a mi sala de juegos. Sentate.
Lo esposó por detrás del respaldo. Oyó sus tacones alejarse, volver. Le quitó el antifaz y le susurró al oído:
—Hoy esto no lo necesitamos. Pero sí vamos a probar algo nuevo.
En el lugar del antifaz le ató una venda de cuero sobre los ojos.
—Mucho mejor. Quiero que esta noche prestes atención a los otros sentidos.
¿De dónde había sacado esa voz? Lenta, sensual, una cadencia que lo envolvía. Por fin entendió qué era la sugestión: lúcido del todo, y al mismo tiempo a merced de cada palabra.
—¿Confías en mí? —preguntó.
—Sí, Carla.
—Ahora no soy Carla. Soy Ama, o Señora. ¿Está claro?
—Sí, Ama.
—¿Harás lo que te pida?
—Sí, Señora.
Mientras hablaba le pellizcaba los pezones y empezaba a masturbarlo, despacio, acercándolo al borde y deteniéndose justo antes. Él habría prometido cualquier cosa.
—Levantá la pierna izquierda.
Sintió una media de nailon deslizarse por su pierna hasta el muslo. Después la otra. Unas manos enguantadas le recorrieron las piernas de los tobillos a la entrepierna.
—Te quedan preciosas. Pero te voy a pedir un favor: mañana te depilas. Todo el cuerpo. ¿Lo harás?
—Mañana me presento depilado, Ama.
Lo llevó otra vez al límite y, cuando empezó a contraerse, paró en seco. Él eyaculó por puro reflejo, sin alivio, sin orgasmo. Más tarde aprendería que eso tenía nombre.
—¿Y esto qué hacemos? —dijo ella, y le acercó la mano enguantada a la boca—. Lamé. Mostrame qué obediente sos.
Lo hizo. Reconoció su propio sabor sin atreverse a negarse. Entonces oyó un clic metálico entre sus piernas. Le sacó la venda.
—Cha-chán.
Un candado de castidad le encerraba el sexo.
—Eso se queda puesto el resto de la semana. Y dejate las medias para dormir, te quedan lindas.
Esa noche tardó en dormirse, frustrado, el nailon rozándole las sábanas. Una sola certeza tenía clara: Carla era muchísimo más creativa que él.
***
A la mañana, sobre la repisa del baño, encontró un pote de crema depilatoria que juraba no haber visto nunca. Leyó las instrucciones y se untó de pies a cabeza, dejando apenas un triángulo alrededor del candado. Al salir de la ducha se miró en el espejo, liso como la piel de un recién nacido, y algo en su estómago se apretó.
Le llevó el desayuno a la cama con la esperanza de que esa noche lo liberara.
—Me encanta sin vello —dijo ella—. Pero te olvidaste las medias. Ponete unas pantis bajo el traje. Nadie va a notar nada.
Obedeció. No había previsto la sensación del nailon sobre la piel depilada, y le costó concentrarse en la oficina. Durante el día ella le mandó mensajes pidiendo fotos del candado. ¿Qué sentís al no poder tocarte?, escribía. Él contestaba que se sentía sumiso, expuesto, encendido todo el tiempo.
***
Las noches siguientes Carla fue subiendo la apuesta con una paciencia de relojera. Cada vez bajaba al sótano con un atuendo distinto —catsuit de látex, vestido entallado, botas hasta el muslo— y cada vez agregaba una prenda nueva al cuerpo de él.
Primero los zapatos de mujer. Le hizo caminar en círculos con los ojos vendados, corrigiéndole el paso.
—Pisá con el talón, no con la punta. Te falta contoneo. Mañana lo arreglamos.
Cuando él protestó por los tacones, dos chirlos secos le ardieron en las nalgas.
—Te avisé que me trates con respeto. Contá conmigo.
Veinte nalgadas alternadas, una por una.
—No me gusta castigarte, pero es por tu bien. Tu cuerpo va a guardar la memoria de este momento.
Otra noche le dilató el ano con los dedos, despacio, y le metió un plug pequeño.
—Es muy grande, Señora.
—Es el más chico que tengo. No te hagas el nene. —Y lo mandó a desfilar—. Con esto el caminar te sale mucho más sensual. Mañana subimos de tamaño.
El plug se quedó puesto día y noche, bajo las pantis, durante las reuniones de trabajo. Rodrigo le mandaba fotos desde el baño de la oficina y ella contestaba que la humillación era un premio extra: lo volvía más obediente. Cada noche, en el sótano, lo ataba a la cama, le hacía un orgasmo arruinado tras otro y lo obligaba a lamerle los dedos enguantados.
—Tomá. Chupá como si fuera un penecito.
Después un sostén con prótesis pesadas, tan realistas que se adivinaban los pezones bajo la tela. Después un baby doll de seda rosa para dormir.
—A ver, desfilá para mí —y se sentaba en la silla con el teléfono en la mano.
—¿Hace falta filmar, Señora?
—Quiero documentar todo el proceso. Tranquilo: del cuello para abajo ya sos toda una mujer.
¿Qué proceso?, pensó él. No se atrevió a preguntar de nuevo.
***
El sábado, la última noche de su semana, Carla bajó sin disfraz de látex. Llevaba un vestido sencillo, casi de calle, y una caja grande entre las manos. Lo sentó frente a un espejo de cuerpo entero que no había estado ahí el día anterior.
—Esta noche no te vendo los ojos. Quiero que mires.
De la caja sacó cosas que él reconoció con el corazón golpeándole en la garganta: un par de pechos que le ajustó al torso depilado, una peluca de media melena castaña, un estuche de maquillaje. Le pidió que se estuviera quieto. Con dedos lentos le delineó los ojos, le sombreó los párpados, le pintó los labios de un rojo profundo.
—No hables. Solo respirá y mirate.
Tardó casi una hora. Le calzó las medias, el baby doll, los tacones. Le acomodó la peluca. Y entonces se hizo a un lado para que él se viera completo en el espejo.
Rodrigo no encontró a Rodrigo por ninguna parte. La que le devolvía la mirada desde el cristal tenía piernas largas y lisas, un escote suave, labios rojos y los ojos enormes de puro asombro. Sintió el candado tirar, el sexo intentando endurecerse en su jaula, la cara ardiéndole de vergüenza y de algo que no era vergüenza.
—Hola —dijo Carla detrás de él, las manos en sus hombros, la voz otra vez baja y envolvente—. Quiero presentarte a alguien. Ella se llama Camila. ¿Te gusta?
—Sí, Señora —murmuró, y la voz le salió rara, ahogada.
—Decilo bien. Decime quién sos.
Tragó saliva. El espejo no dejaba dónde esconderse.
—Soy Camila.
—Buena chica. —Le besó el cuello, le bajó una de las copas y le pellizcó el pezón hasta arrancarle un gemido que no reconoció como propio—. ¿Sabés por qué te dejé sin acabar toda la semana?
—No, Señora.
—Porque cuando por fin te lo permita, vas a entender que ya no necesitás esto para gozar —y apoyó la palma sobre el candado—. Camila no acaba como acababa Rodrigo. Camila goza de otra manera. Y vamos a tener todo el tiempo del mundo para descubrir cómo.
Lo acostó en la cama del sótano, frente al espejo, sin atarlo esta vez. Le quitó el candado y, en lugar de la masturbación lenta de siempre, le hizo girar y le trabajó el plug con la mano hasta que él —ella— se deshizo en un temblor largo, distinto a todo lo conocido, sin que nadie le tocara el sexo. Un orgasmo que no le pertenecía a Rodrigo.
—Eso —susurró Carla, satisfecha—. Esa sos vos ahora.
***
Volvieron a la consulta el viernes siguiente. La licenciada Salas los escuchó sin sorprenderse, anotó algo y sonrió apenas.
—Pedían recuperar lo que tenían en la luna de miel. Eso ya no existe, se los dije. Pero encontraron otra cosa. ¿Quién decide la semana que viene?
Rodrigo y Carla se miraron. Hacía meses que no se miraban así, con esa corriente eléctrica de antes.
—Las dos vamos a alternar —dijo Carla, y le apretó la mano—. Pero creo que Camila se quedó a vivir con nosotros.
Él bajó la vista hacia sus propias piernas, que esa mañana, sin que nadie se lo ordenara, había vuelto a depilar. La peluca seguía en la caja del sótano, esperando. Toda una mujer del cuello para abajo, pensó. Y a partir de ahora, también del cuello para arriba.
—Camila se quedó —repitió en voz baja.
Por primera vez en años, ninguno de los dos esperaba al sábado para desearse.