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Relatos Ardientes

La travesti del club me moldeó a su imagen

Andrés tenía cincuenta y tres años cuando su matrimonio de dos décadas se derrumbó sin previo aviso. Su mujer lo había dejado por alguien más joven, y de un día para otro se encontró solo en un piso diminuto a las afueras de la ciudad, cuestionándolo todo. Siempre había sido el hombre de la casa, el que proveía, el que llevaba la iniciativa en la cama, el que decidía cuándo se follaba y cómo. Pero en las noches de insomnio sus pensamientos empezaron a desviarse hacia terrenos que jamás se había permitido pisar: pollas duras, bocas pintadas, manos ajenas sujetándole la nuca.

Inseguro de lo que sentía, comenzó a frecuentar locales nocturnos, buscando respuestas en el fondo de un vaso. No sabía qué perseguía exactamente. Solo que algo se había roto por dentro y que el deseo, antes tan ordenado, ahora apuntaba en direcciones que no reconocía.

Una noche, en un club discreto del centro, la vio. Rondaba su misma edad, pero su presencia era de otro mundo: magnética, rotunda, imposible de ignorar. Se llamaba Daniela.

Su cuerpo curvilíneo se ceñía a una falda ajustada de cuero negro que abrazaba sus caderas y su trasero. Una blusa escotada de satén rojo marcaba su busto, realzado por un corsé que le estrechaba la cintura hasta lo imposible. Las piernas, enfundadas en medias de seda con ligueros visibles bajo la tela, terminaban en tacones de aguja que la elevaban como a una estatua viva. Sus uñas largas, pintadas de un rojo intenso, contrastaban con el maquillaje dramático: ojos ahumados, labios carnosos, un rubor que afilaba sus pómulos.

Daniela era una travesti experimentada, y su seguridad resultaba arrolladora. Andrés, atraído por algo que no terminaba de nombrar, la invitó a una copa.

Conversaron durante horas. Ella lo escuchaba con una atención que él hacía mucho no recibía de nadie, asintiendo a cada una de sus dudas, a cada frustración acumulada.

—No tengas miedo de explorar —le susurró al fin, rozándole el dorso de la mano con la punta de las uñas.

Esa misma madrugada terminaron en el apartamento de ella. Andrés, todavía aferrado a su papel de siempre, la besó con urgencia, sintiéndose poderoso por un momento, apretándole el culo por encima del cuero. Pero Daniela, con una sonrisa que escondía un plan, lo guió con suavidad hacia otra cosa. Le tomó la muñeca, se llevó su mano bajo la falda y le hizo tocar la polla dura que escondía debajo del liguero. Andrés soltó un jadeo ahogado. Ella no le dio tregua.

—Déjame enseñarte placeres que ni imaginas —dijo, empujándole los hombros hacia abajo.

Y lo hizo arrodillarse ante ella por primera vez. Con dos dedos le abrió la boca, se levantó la falda hasta la cintura y le apoyó la polla tibia contra los labios, dejando una mancha de precorrida en el labio inferior.

—Chúpala. Despacio. Que se te haga costumbre.

Andrés dudó apenas un segundo. Después sacó la lengua y lamió el glande de abajo hacia arriba, sintiendo por primera vez el sabor salado de otro hombre, de otra mujer, de lo que fuera aquello. Daniela le agarró la nuca y lo empujó hasta el fondo, hasta hacerle arcadas. Se la sacó, le limpió la saliva de la barbilla con el pulgar y volvió a metérsela, meciendo las caderas con paciencia. Andrés cerró los ojos y se dejó follar la boca. La polla le crecía dentro de los pantalones sin que él la tocara.

—Buen chico —murmuró ella, retirándose antes de correrse—. Esto es apenas el comienzo.

Fue apenas el comienzo.

***

Andrés había cruzado un umbral invisible aquella noche, y no había vuelta atrás. Lo que empezó como un juego curioso —una blusa de satén prestada, un roce travieso— se convirtió pronto en un ritual semanal.

Daniela lo recibía siempre impecable, con su falda de cuero adherida a las caderas y las uñas rojas tamborileando impacientes sobre la mesa mientras preparaba el siguiente paso. Lo observaba acercarse con esos ojos ahumados, como quien estudia un material aún por trabajar.

—Ven aquí, amor —le decía con voz ronca, extendiendo la mano.

Lo desvestía despacio, besando cada centímetro de piel y dejando marcas de carmín a su paso: en el cuello, en las tetillas, en el bajo vientre. Le mordía la ingle, le lamía los huevos hasta hacerle gemir, le apretaba la polla con la mano sin masturbarlo del todo, dejándolo al borde y retirándose. Una noche sacó un pequeño juguete de silicona, lubricado y reluciente bajo la luz tenue.

—Hoy empieza tu entrenamiento de verdad —murmuró, embadurnándolo de lubricante frío—. Esto te hará anhelarme cuando no esté.

Lo colocó a cuatro patas sobre la cama y, con firmeza pero sin prisa, fue dilatándole el culo poco a poco. Primero un dedo, resbaladizo, hurgándole el anillo hasta encontrar ese punto que lo hizo arquear la espalda. Después dos, girando, abriéndolo. Andrés contuvo el aliento, una mezcla confusa de pudor y excitación recorriéndole el cuerpo entero. Cuando ella empujó el juguete y le atravesó el esfínter, se le escapó un gemido agudo que jamás se había oído.

—Respira hondo. Relájate —le repetía ella, frotándole la espalda mientras metía y sacaba el consolador con ritmo lento—. Sé que te gusta. Se te está poniendo la polla dura sin tocártela, mírate.

Y era verdad: Andrés goteaba precorrida sobre las sábanas, con el culo abierto para ella, y no se atrevía a mirarse.

Cada semana el juguete era un poco más grande. Daniela lo obligaba a mirarse en un espejo de cuerpo entero que había colocado a propósito frente a la cama.

—Mira cómo te abres para mí. Mira ese culo tragándose la verga —decía, apoyándole una rodilla en el hombro para hundirle el consolador hasta el fondo.

Y Andrés se veía reflejado: sudoroso, vulnerable, con el ano abierto en un círculo brillante, encendido por una sumisión que jamás habría imaginado en sí mismo. Se corría contra el colchón sin siquiera tocarse, con la boca abierta y la polla latiendo sola, y ella se reía por lo bajo mientras seguía follándolo.

***

Pronto aquella presencia se volvió parte de su rutina diaria. Llevaba un plug consigo al trabajo, sintiéndolo constante bajo la ropa interior, un secreto que lo hacía sonrojarse y apretar los muslos en mitad de las reuniones. Cada vez que se movía en la silla la silicona le rozaba la próstata y tenía que morderse el labio para no gemir. Por las noches, Daniela lo reservaba para sesiones más intensas, en las que se calzaba un arnés con un consolador grueso o simplemente lo montaba con su propia polla mientras le hablaba al oído.

—Siente cómo te lleno. Cómo te vuelves dócil —gemía, su busto rozándole la espalda, sus tetas aplastándose contra sus omóplatos mientras le clavaba la verga hasta el fondo—. Este culo ya es mío, amor. Ya nadie más va a follártelo si yo no lo autorizo.

Le agarraba las caderas con las uñas rojas hincándose en la piel, lo montaba con embestidas largas y precisas, y le susurraba al oído todas las guarradas que él nunca había dicho. Andrés, que durante veinte años había sido el dominante en su matrimonio, ahora se arqueaba pidiendo más, con su propia polla olvidada y goteando entre sus piernas mientras otro placer lo consumía por completo. Se corría con el culo lleno, sin tocarse, apretando el consolador con el esfínter en espasmos que lo dejaban temblando.

—Buena puta —le decía ella lamiéndole la oreja—. Así te quiero.

La transformación externa avanzaba en paralelo. Daniela le enseñó a maquillarse paso a paso: primero la base para suavizar su rostro anguloso, luego la sombra en tonos ahumados que imitaba la suya, y por último el carmín rojo que volvía sus labios más carnosos.

—Mírate, qué femenino estás —lo elogiaba, aplicándole rubor en los pómulos—. Con esa boquita pintada dan ganas de follártela.

Y se la follaba, allí mismo frente al espejo del tocador, sujetándolo del pelo mientras él tragaba entera la polla y le manchaba la barbilla de carmín corrido y semen. Las uñas, que antes llevaba cortas, empezaron a crecer largas y a pintarse del mismo rojo vibrante. Después llegó la ropa interior: bragas de encaje que apenas sujetaban el bulto entre sus piernas, medias de seda con ligueros que Andrés ocultaba bajo el pantalón del traje.

—Siente la seda contra la piel. Siente cómo te cambia —le decía ella, colándole la mano por debajo de la falda y apretándole la polla enjaulada.

Vino luego el corsé negro que le ceñía la cintura, moldeándole una silueta más blanda; las faldas ajustadas que dibujaban lo que antes era una figura recta; las blusas escotadas de satén. Caminar sobre tacones fue todo un desafío.

—Cadera adelante. Pasos cortos. Como yo —instruía Daniela, demostrándolo con su gracia felina.

El punto de inflexión llegó con un dispositivo de castidad, una jaula de metal que ella le colocó una noche, después de una sesión especialmente intensa en la que lo había hecho correrse tres veces solo por el culo.

—Esto es para que enfoques todo tu placer en recibir, no en dar —explicó, cerrándola con un clic definitivo alrededor de su polla flácida—. Esta cosita ya no te sirve. Ya no follas con ella. Solo se moja cuando yo te lleno el culo.

Andrés protestó al principio, su frustración convertida en rabia. La jaula lo apretaba cada vez que intentaba empalmarse, y la única forma de aliviar el hormigueo era dejar que ella lo penetrara. Pero la negación constante lo fue volviendo manso, obediente, hambriento de la única liberación que ella le concedía: correrse por el culo, sin tocarse, como una puta.

***

Daniela lo había planeado todo con la paciencia de quien moldea arcilla. Sabía que la feminización no podía quedarse en lo externo, en la ropa y el maquillaje. Para transformarlo de verdad en un reflejo de sí misma necesitaba ir más adentro, alterar su esencia desde dentro, y para eso guardaba un secreto que administraba con sigilo.

Empezó una noche, semanas después, con una cena íntima: velas, vino tinto y un plato de pasta con una salsa especial.

—Come, amor, esto te dará energía para lo que viene —dijo, y sus labios pintados se curvaron seductores.

Disimuladas entre las especias iban las primeras píldoras. Andrés devoró el plato sin sospechar nada, mientras ella lo observaba respirar. Después de cenar lo tumbó boca abajo sobre la mesa, le bajó los pantalones y le comió el culo con la lengua durante media hora antes de follárselo despacio, como quien firma un contrato.

Al día siguiente llegaron las inyecciones.

—Son vitaminas para tu belleza, para que la piel te brille como a mí —le explicó, sacando una jeringa fina del bolso.

Andrés, ya acostumbrado a sus juegos, se dejó convencer. Notó apenas un leve calor, un hormigueo sutil que atribuyó al deseo que ella siempre encendía en él.

Las semanas pasaron y el régimen se intensificó. Cada mañana le preparaba un batido «energético» y, antes de dormir, le aplicaba cremas en el pecho y las caderas.

—Masajéate aquí, amor, para que crezca como el mío —le ordenaba, guiándole las manos sobre su propia piel, pellizcándole los pezones hinchados hasta hacerlo gemir.

Encerrado en la jaula que frustraba cualquier erección, Andrés obedecía sin rechistar, excitado por la promesa de un placer que ya solo concebía pasivo. Cada noche terminaba con las piernas en el aire y la polla de Daniela abriéndole el culo, corriéndose dentro de él, dejando que el semen le goteara por los muslos mientras ella le lamía las lágrimas de placer.

Los efectos no tardaron. Al mes su piel se volvió más lisa y sensible al roce de las medias de seda. El vello disminuyó. Y el cambio más evidente apareció en el pecho: una hinchazón inicial, dolorosa al tacto, que pronto se transformó en un busto incipiente que se endurecía cada vez que ella se lo chupaba.

—Estás floreciendo, Andrea mía —susurraba Daniela, bautizándola de nuevo mientras la vestía con sujetadores bajo blusas cada vez más ajustadas, mordiéndole los pezones a través del encaje.

***

Tres meses después los resultados eran innegables. El pecho de Andrea —ya nadie la llamaba de otro modo en la intimidad— había crecido lo suficiente para llenar una copa, sus caderas se habían ensanchado, su trasero se había vuelto más prominente. Caminaba sobre los tacones con una soltura que antes le costaba sangre.

Pero el cambio más profundo no se veía. Las hormonas habían reescrito su deseo: el placer activo era ya un recuerdo lejano, casi ajeno. La polla enjaulada apenas reaccionaba, chorreando gotitas transparentes cada vez que algo le llenaba el culo. En las sesiones nocturnas suplicaba lo contrario de lo que había sido, arrodillada ante su mentora con el rímel corrido y la boca abierta.

—Fóllame, por favor —gemía—. Rómpeme el culo.

Y Daniela la follaba, contra la pared, sobre la mesa, boca abajo sobre la alfombra, hasta dejarla hecha un charco de semen y saliva. Contemplaba su obra con la satisfacción de una artista.

—Ahora eres mía. Del todo —le dijo una noche, mientras Andrea, voluptuosa y dócil, con el culo goteando corrida ajena, descansaba a su lado.

La transformación no había feminizado solo su cuerpo. Había sellado algo más hondo, algo de lo que ya no sabría volver. Y Daniela, que nunca dejaba un plan a medias, tenía claro cuál era el siguiente paso.

***

—Eres mía, pero ellos pagarán por tu belleza —le anunció una madrugada, besándola con esos labios rojos que Andrea había aprendido a desear.

El primer hombre fue un desconocido de dinero. Andrea, de rodillas sobre la moqueta del hotel, con las medias de seda y el corsé apretándole la cintura, se la mamó despacio, chupándole los huevos, tragándose la polla entera hasta la garganta mientras Daniela observaba desde un rincón, cobrando por el espectáculo. El tipo la puso a cuatro patas, le arrancó las bragas y le clavó la verga en el culo de una sola embestida. Andrea gritó, y el grito se le convirtió en gemido. La follaron durante una hora, boca y culo alternando, hasta que se corrió sobre su cara y sobre su lengua. Ella se lamió los labios y tragó.

Después vinieron otros. Ejecutivos que la usaban en pausas del almuerzo, corriéndose en su boca pintada y devolviéndola al despacho con las bragas empapadas. Grupos de tres o cuatro que se la turnaban en la cama y le llenaban los agujeros al mismo tiempo, una polla en el culo, otra en la boca, dos manos amasándole las tetas nuevas. También mujeres con arneses y consoladores gruesos, que la tomaron a cuatro patas mientras ella se entregaba sin resistencia, gimiendo como una perra en celo, apretando el culo alrededor de la silicona.

—Tu sumisión total es mi ganancia —le susurraba Daniela tras cada encuentro, limpiándole el semen de la barbilla con el pulgar y metiéndoselo en la boca para que lo chupara—. Y tu placer, también. Mira cómo goteas, zorra.

Andrea, que una vez había sido Andrés, había cedido por entero. En las noches a solas, encerrada en su castidad, con el culo abierto todavía por la última verga, ya no soñaba con recuperar lo que fue, sino con más entrega, más sumisión, más manos ajenas reclamándola, más pollas llenándola por los dos lados.

Daniela la había moldeado a su imagen exacta: una travesti voluptuosa y pasiva, un reflejo perfecto de sí misma, atrapada para siempre en el mundo de placer y control que su seductora había construido a su alrededor. Y en ese mundo, por primera vez en años, Andrea creía haber encontrado un sitio.

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Comentarios(9)

Carlos84

que relato mas bien escrito, te saca de la zona de confort y te hace reflexionar. bravo!!!

LorenaABC

Por favor una segunda parte!!! quedé enganchada, quiero saber cómo sigue la historia de Andrés después de todo eso

Emilio_lpc

Me sorprendio lo bien que está capturada la inseguridad del protagonista. esos momentos de duda se sienten muy reales, sin exagerar nada

Martincho87

Es real o ficcion? porque lo lei como si fuera un testimonio genuino, muy bien logrado

Marce_sur

me recordo a cosas que uno guarda y nunca cuenta jaja. gracias por animarte a escribir sobre esto, no es facil

Pakko2

Buenisimo!!!

Valentina_B

Lo lei de un tirón. La manera en que describis los sentimientos del personaje es notable, sin caer en lo predecible. Espero que sigas publicando

NochesFrias88

Se hizo corto queria mas jajaja, tremendo relato

DiegomirA

Nunca habia leido algo de esta categoria y la verdad me sorprendio para bien. muy recomendable

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