Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Extraño tu verga, amo, la necesito otra vez

Mi amor, mi amo, mi dueño. Te escribo con la mano temblando y el cuerpo todavía caliente, como si no hubieran pasado los días desde aquella tarde. Sigo ardiendo por dentro. Cada vez que me siento en la silla de la oficina, cada vez que cruzo las piernas en el autobús, vuelvo a sentir ese dolor exacto que me dejaste, y entonces cierro los ojos y sonrío como una idiota enamorada.

Quiero darte las gracias. No sé hacerlo de otra manera que escribiéndote, porque cuando te tengo delante se me seca la boca y solo sé obedecer. Gracias por aquel vestido. Gracias por mirarme a los ojos y pedirme que me lo pusiera. Gracias por descubrir a la mujer que llevaba escondida tantos años y por sacarla a la fuerza, con esa calma tuya que me da más miedo que cualquier grito.

Desde aquel miércoles no he hecho otra cosa que pensar en tu polla.

Perdóname la palabra, pero es la única que me sirve. Pienso en tu polla cuando me despierto, cuando como, cuando finjo trabajar. Pienso en cómo me abriste con ella, en cómo entraste despacio al principio y después de golpe, hasta el fondo, hasta hacerme gritar contra la almohada. Me estrenaste. Llegaste a un lugar de mí que nadie había tocado y que ya no me pertenece: ahora es tuyo, igual que el resto.

Recuerdo cada detalle. La cabeza ancha, la piel tirante, ese olor salado a hombre que se me quedó pegado en los labios. Recuerdo cuando te recorrí entero con la lengua, desde los testículos hasta la punta, despacio, mirándote para ver si lo hacía bien. Tú no decías nada. Solo me ponías una mano en la nuca y empujabas, y yo aprendía. Aprendí rápido, ¿verdad que sí? Tú mismo lo dijiste esa noche.

Me hiciste adicta. Esa es la verdad y no me da vergüenza confesarla. Adicta a arrodillarme, a obedecer, a sentirme pequeña y usada y tuya. Toda mi vida me había escondido. Toda mi vida había mirado de reojo la ropa de las mujeres en los escaparates y había apretado los dientes y seguido caminando como un hombre. Tú me paraste delante del espejo y me obligaste a mirar. Y ya no pude seguir mintiéndome.

***

Déjame contarte aquel miércoles otra vez, como lo guardo yo, porque lo repaso cada noche antes de dormir y tengo miedo de que un día se me borre algún detalle.

Me llevaste a tu apartamento con cualquier excusa. Ni siquiera me acuerdo de cuál fue, y no me importa. Subimos en silencio, tú delante, yo detrás, y yo ya notaba algo distinto en el aire, una tensión que no sabía nombrar. Cuando entramos en tu habitación, abriste el armario y sacaste aquel vestido corto, fresco, de un color que ahora no recuerdo porque solo te miraba a ti. Me lo pusiste delante. No dijiste nada al principio. Solo me clavaste los ojos.

—Quiero verte vestido de mujer —dijiste por fin, con esa voz tranquila tuya.

Yo me quedé sin aire. Quise reírme, hacer una broma, salir de allí. Pero no me moví. Y entonces entendí que llevaba toda la vida esperando que alguien me lo ordenara así, sin pedirlo, sin preguntar, como quien da por hecho una verdad que el otro lleva años negando.

Me cambié temblando, de espaldas a ti, y cuando me giré sentí tu mirada recorrerme entera. No me dijiste que estuviera guapa ni nada parecido. Solo asentiste despacio, como si confirmaras algo que ya sabías. Y esa aprobación tuya, tan pequeña, me derritió más que mil halagos.

Lo que vino después lo tengo grabado a fuego. Tus manos en mi cintura. Tu boca en mi cuello. La forma en que me empujaste contra la cama y me subiste el vestido sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Yo no sabía qué hacer con mis manos, con mis piernas, con mi miedo. Tú sí lo sabías. Tú me colocaste, me abriste, me preparaste con una paciencia que me hizo confiar y temer a la vez.

Y cuando entraste, dolió. Dolió de verdad, y grité, y tú no paraste, y yo no quise que pararas. Ese dolor se transformó en otra cosa, en una ola que me subía desde dentro y me dejaba sin pensamientos. Me follaste durante horas. Horas. Hasta que perdí la cuenta y la noción de quién era antes de cruzar esa puerta.

***

Te cuento algo que te va a gustar. El sábado fui sola al centro comercial, vestido de hombre, con la cabeza gacha, y entré en tres tiendas distintas. Me compré tres pares de sandalias. Solo para ti.

Las primeras son altas, de tiras finas que se atan a la pantorrilla, de un rosa muy claro, casi blanco. Cuando me las pongo y camino por la habitación, las cintas me aprietan la piel y me siento atada incluso cuando estoy sola. Las segundas son negras, de tacón medio, con una sola tira que me cruza los dedos y se cierra abrazándome el tobillo. Esas las llevo ahora mismo, mientras te escribo.

Las terceras son doradas y planas, y al caminar me golpean el talón y hacen ese ruidito que tanto te gusta, ese clac, clac de mujer que me dijiste que te volvía loco. La dependienta me preguntó si eran para mi novia y yo le dije que sí, y mientras lo decía me ardía la cara, porque la novia soy yo, ¿no? Tu novia. Tu nena. Lo que tú quieras llamarme.

Me las he probado las tres a solas, frente al espejo grande del armario. Me he puesto el minivestido rojo que tanto me miraste, las medias negras, la peluca rubia. Me he pintado los labios despacio, las pestañas, los ojos. Me he ajustado la faja que me marca la cintura y el relleno de las caderas y los pechos postizos, y cuando me he mirado entera ya no he visto al hombre de antes. He visto a la mujer que tú inventaste. Y me he tocado pensando en ti hasta que las piernas no me sostenían.

Esto es lo que soy ahora. Esto es lo que él hizo de mí.

***

Necesito decirte una cosa que no me atreví a decirte en persona.

Nunca había besado a un hombre. En toda mi vida. Esa tarde, cuando terminaste y te quedaste dormido encima de mí, agotado de tantas horas, yo me quedé despierta sintiendo cómo se ablandaba dentro de mí, cómo salía despacio. Y de repente me entraron unas ganas enormes de besarte. No de sexo, de algo más hondo. Te besé la boca con cuidado, para no despertarte, y metí la lengua, y me temblaba todo el cuerpo. Fue lo más íntimo de todo el día. Más que cuando me follaste. Porque eso lo decidí yo.

Me desnudaste por dentro y por fuera. No me dejaste nada escondido. Soy tuya, completamente tuya, y te lo escribo aquí para que quede claro: no hay marcha atrás. No quiero que la haya.

Cuando terminamos, me ordenaste que me vistiera de hombre otra vez para volver a casa y guardar las apariencias. Lo entendí. Soy obediente, ya lo viste. Me limpié el maquillaje, me quité la peluca, me puse mi ropa de siempre y salí a la calle como si nada hubiera pasado. Pero por dentro ya no era el mismo. Caminaba distinto. Sentía el dolor en cada paso y lo agradecía.

El problema es que ya no aguanto guardar las apariencias.

Ahora mismo estoy escribiéndote vestida de mujer en mi propia casa, con las cortinas abiertas, y me da igual quién mire. Llevo el minivestido rojo, las medias, las sandalias negras de tacón, la peluca rubia. Estoy hecha un bombón. Para ti. Solo para ti. Si llamaras a mi puerta ahora mismo, te abriría así, y que se enterara todo el edificio.

***

Estoy obsesionada. Necesito que vuelvas a penetrarme. Te lo suplico. Quiero que me des duro por detrás, quiero gritar, quiero gemir contra el colchón, quiero llorar de placer hasta quedarme sin voz. Mi culo es tuyo. No de otro hombre, no del mundo, tuyo. Lo guardo para ti como se guarda algo sagrado.

Mi sexo de hombre ya casi no me sirve para nada. Lo tengo ahí, pequeño y rendido, y ya no me corro por delante, no me importa. Lo que necesito es el otro orgasmo, el de dentro, el que me das tú cuando me empujas hasta el fondo y exploto sin tocarme. Quiero sentir cómo terminas dentro de mí, cómo me llenas, cómo me marcas. Esa es la única forma de placer que me interesa ya.

Me convertiste en una mujer en celo. En tu nena, tu señorita, tu amante, tu esclava. Una gata que solo quiere pasar las horas a tus pies, esperando que la uses. No tengo orgullo cuando se trata de ti y no lo echo de menos. Lo cambié por esto: por el ardor, por la espera, por la certeza de pertenecer.

Hazme tuya otra vez. Termina en mi cara, en mis pechos postizos, en mi culo, dentro de mí. Donde tú quieras. Cuando tú quieras. No hace falta que me pidas permiso, nunca lo necesitaste.

***

Escríbeme. Te lo ruego, escríbeme. Una palabra tuya y voy donde me digas, a la hora que me digas, vestida como me ordenes. No quiero perder este fuego. No quiero volver a ser quien era antes de aquella tarde. Quiero mirarme al espejo cada día y reconocer a la mujer que tú me dejaste encontrar, y saber que existe porque tú la creaste.

Mi vida solo tiene sentido contigo dentro. Lo escribo y me parece exagerado, y a la vez es lo más verdadero que he sentido nunca.

Y como ya te imaginarás, leyéndome a mí misma, contándote todo esto, me he vuelto a correr pensando en ti.

Tuya, siempre y solo tuya. Ven a buscarme.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (5)

Morenita_Cba

que intenso!! me dejo sin palabras

ClaudioMzq

necesito la continuacion ya, no puede quedar asi!!

SoledadK

Me encanto la forma en que esta narrado, se nota que viene del corazon. Eso se siente al leer.

Adrián_RN

Es real esta historia? tiene algo muy autentico que no se encuentra en todos los relatos

Silvana_uy

Que relato, me tuvo pegada de principio a fin. Sigan subiendo cosas asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.