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Relatos Ardientes

El tío de mi novio abrió la puerta esa tarde

Aquella tarde me arreglé con más cuidado que de costumbre. A Bruno le gustaba que llegara así, vestida de mujer, y yo había aprendido a disfrutarlo tanto como él. Me puse un vestido azul marino que apenas me cubría las nalgas, un bóxer del mismo color debajo, un sujetador negro y un poco de brillo en los labios. Me depilé las piernas con calma esa mañana, elegí los zapatos que más me estilizaban y me perfumé detrás de las orejas. Me miré en el espejo del ascensor y sonreí. Esa noche pensaba sorprenderlo.

Hacía algunos meses que lo veía. No éramos pareja en el sentido tradicional, pero teníamos un acuerdo que a los dos nos venía bien: yo aparecía cuando él me llamaba, vestida como a él le gustaba, y a cambio recibía cariño, dinero o las dos cosas. A veces era puro negocio. A veces, cuando él apagaba la luz y me hablaba al oído, se parecía bastante a algo más. Esa tarde caminé hasta su edificio con esa mezcla de nervios y ganas que todavía me provoca ponerme tacones en la calle.

Toqué el timbre dos veces. Escuché pasos pesados al otro lado, demasiado lentos para ser los de Bruno, y cuando la puerta se abrió no era él quien estaba ahí.

Era un hombre mayor, de unos cincuenta y tantos, alto, de hombros anchos y una camisa abierta en el primer botón. Me miró de arriba abajo, sin disimulo, deteniéndose en el borde del vestido. No se sobresaltó. Solo entendió, en un segundo, lo que yo era.

—Bruno salió hace un rato —dijo con una calma que me desarmó—. No tarda. Soy su tío, Damián. Acabo de mudarme con él. Pasa, no te quedes en el pasillo.

Podría haberme ido. Tendría que haberme ido.

Pero me hizo un gesto amable, casi caballeroso, y entré. La sala estaba a medio ordenar, con cajas todavía sin abrir contra la pared. Me senté en el sofá con las rodillas juntas y el vestido tirando hacia abajo. Él fue a la cocina y volvió con un vaso de agua que me tendió como si fuéramos viejos conocidos.

—Gracias —dije, y di un trago para calmar los nervios.

Damián se sentó cerca, no enfrente. Lo bastante cerca para que sintiera el calor de su brazo. Hablamos de cosas sin importancia: la mudanza, el barrio, el calor que hacía. Tenía una voz grave y pausada, de esas que llenan una habitación sin necesidad de levantarse. En ningún momento me sentí amenazada. Me sentí, más bien, observada.

—¿Te puedo preguntar algo? —dijo al fin, girándose hacia mí—. Sin ofender, con respeto.

—Claro. Pregunta lo que quieras.

—¿Eres la novia de mi sobrino, o el novio? ¿Cómo es la cosa?

Lo miré a los ojos. Había algo en su forma de preguntar, directo pero sin burla, que me hizo querer ser igual de directa.

—Soy una amiga. Vine a verlo, a saludar.

Damián sonrió de lado, incrédulo, y se reclinó en el sofá.

—Sí, seguro. Así vestida, a saludar. Bueno, si tú lo dices.

El silencio que vino después fue distinto. Más espeso. Sentí cómo me subía el calor por el cuello y decidí que estaba cansada de fingir.

—Está bien —dije, bajando la voz—. Soy la puta de tu sobrino. A veces vengo, me coge, y él me ayuda con dinero. Otras veces es solo por gusto. Por placer.

No se inmutó. Dejó pasar un par de segundos, los suficientes para que el aire se volviera irrespirable, y entonces lo dijo:

—¿Y podría ser que también dejes que te coja yo?

***

No terminó la frase. Me tomó del brazo con una mano firme y me deslizó del sofá hasta el suelo, sobre la alfombra. No fue brusco, pero tampoco me dio margen a pensarlo. Se puso de pie delante de mí y empezó a desabrocharse la camisa con una lentitud deliberada, como si quisiera que lo mirara.

Tenía el cuerpo de un hombre que había trabajado toda la vida: ancho, con el pecho cubierto de vello cano, la piel curtida. Se bajó el pantalón y el bóxer de un solo movimiento, y lo que apareció me dejó sin palabras. Era enorme, gruesa, recorrida por venas que parecían latir, y estaba dura sin que la hubiera tocado nadie. A su edad, casi sesenta años, seguía siendo de hierro.

Me quedé hipnotizada, arrodillada frente a él, sin saber qué decir. No hizo falta. Me sostuvo la nuca con una mano y acercó mi boca, y para cuando quise reaccionar ya la tenía dentro.

Empezó despacio, metiendo y sacando, dejándome lamer toda la longitud antes de empujar más adentro. Yo cerraba los ojos y me concentraba en respirar por la nariz. Apenas me cabía. Cuando llegaba al fondo me daban arcadas, y él se reía bajito, sin malicia, y aflojaba un segundo para dejarme tomar aire antes de volver a empujar.

Tenía un sabor cálido, a piel y a jabón, y un olor que se me metió en la cabeza y ya no se fue. Le miraba la cara desde abajo, esa mandíbula apretada, los ojos entrecerrados fijos en mí, y me daba cuenta de que disfrutaba tanto de verme como de lo que sentía. Cada vez que lo sacaba para tomar aire, él me pasaba el glande por los labios, por las mejillas, marcándome, y yo lo perseguía con la boca abierta como si me faltara.

—Eso es —murmuraba—. Tranquila. Tienes tiempo de aprender.

Le sostuve los testículos con una mano mientras lo chupaba, jugando con ellos, lamiéndolos cuando él me sacaba para verme la cara. Me ardía la mandíbula. La saliva me corría por la barbilla y me manchaba el sujetador negro, y a él eso parecía gustarle todavía más. Estuvimos así un largo rato, tanto que perdí la cuenta.

Cuando se vino, me sujetó la cabeza para que no la apartara. Sentí el primer chorro caliente al fondo de la garganta y tragué, una vez y otra, porque no me dejó opción. Espeso, abundante. Me limpió la comisura del labio con el pulgar y me lo metió en la boca para que lo lamiera también.

—Buena chica —dijo.

***

Me hizo levantar y me dio la vuelta. Me subió el vestido por encima de la cintura, me bajó el bóxer y me lo quitó del todo, dejándolo tirado en la alfombra. Sentí sus manos abriéndome, su pulgar acariciando, y luego algo frío: había sacado un bote de crema de algún sitio y me la untaba con paciencia, masajeando, metiendo un dedo, después dos, abriéndome con un cuidado que no esperaba de alguien tan grande.

—Ya estás —dijo después de un rato, retirando los dedos—. Es hora de cogerte.

Asentí con la cabeza. No me salía la voz.

Me puso a cuatro patas sobre la alfombra y me separó un poco las piernas con la rodilla. Sentí la punta apoyada, presionando, y de un solo empujón firme entró hasta el fondo. Se me escapó un gemido largo, mitad dolor, mitad otra cosa. Me agarró de las caderas y se quedó quieto.

—No me voy a mover todavía —dijo—. Deja que te acomodes a mí.

—Sí —conseguí decir—. Soy tuya. Hazlo despacio y luego dame fuerte.

Esperó. Un minuto entero, quizá más, mientras yo respiraba y mi cuerpo cedía alrededor de él. Y entonces empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi del todo para volver a entrar de una embestida. Yo me mordía el labio y empujaba hacia atrás, buscándolo, y él lo notó y subió el ritmo.

No se cansaba. Esa fue la palabra que se me quedó grabada: no se cansaba. Pasaron los minutos y él seguía igual de duro, igual de frenético, sujetándome de la cintura y golpeando contra mí una y otra vez. Yo, que por costumbre siempre miro de reojo el reloj, calculé que llevábamos cerca de una hora. No estaba aburrida. Estaba deshaciéndome.

De vez en cuando se inclinaba sobre mi espalda y me hablaba al oído, palabras sucias dichas con esa voz grave que me ponía la piel de gallina. Me decía lo que era para él, lo que iba a hacerme, y yo le respondía que sí a todo, que siguiera, que no parara. Tenía las rodillas en carne viva de la alfombra y no me importaba. El vestido azul, arrugado y subido hasta la espalda, ya no tapaba nada, y nunca me había sentido tan poco vestida ni tan deseada.

Cuando por fin se vino dentro de mí, lo sentí caliente, lo sentí latir, y me abrazó por la espalda apretándome contra su pecho mientras terminaba. Salió despacio. Me quedé un momento ahí, con las rodillas hundidas en la alfombra, sintiendo cómo me escurría por dentro de los muslos.

***

Pensé que habíamos terminado. Damián fue al baño, se limpió, y volvió secándose con una toalla pequeña. Se sentó en el sillón, se tomó el resto de mi vaso de agua, y se quedó mirándome con una media sonrisa mientras se acariciaba. En cuestión de minutos volvía a estar dura.

—Ven aquí —dijo, dándose unas palmadas en los muslos—. Vamos por la segunda.

Me acerqué. Me hizo darle la espalda y me bajó sobre él, sentándome en su regazo, y de una sola bajada volvió a entrar entero. Esta vez fui yo la que tenía el control, o eso creí, porque enseguida me sujetó de la cintura con las dos manos y empezó a levantarme y bajarme a su antojo, usándome como quiso, marcando él el ritmo aunque pareciera que me movía yo sola.

Le eché la cabeza hacia atrás sobre el hombro y le ofrecí el cuello. Él me lo besó, me lo mordió suave, sin dejar de empujar desde abajo. Yo apoyaba los pies en el borde del sillón para impulsarme y ayudarlo, y la sala se llenó del sonido de nuestros cuerpos y de mi respiración entrecortada.

Duramos casi otra hora así. Cuando se vino por segunda vez yo ya estaba agotada, con las piernas temblando, pero sentí su calor dentro otra vez y me dejé caer contra él, vencida y satisfecha a partes iguales.

Había llegado poco antes de las tres de la tarde. Me fui pasadas las once de la noche. Bruno nunca apareció, o si lo hizo, su tío no me lo dijo. Damián me dio cincuenta pesos al despedirme —ni un centavo más— y llamó por teléfono a alguien para que pasara a recogerme.

El hombre que llegó por mí me miró desde el coche con una cara que no dejaba lugar a dudas, una lujuria descarada, de arriba abajo, igual que me había mirado Damián en la puerta unas horas antes.

Pero eso es otra historia.

Y la voy a contar pronto.

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Comentarios (6)

GatoNocturno

Que buena tension desde la primera linea, me engancho de entrada y no pude parar. Sigue asi!!

AnaV_87

Me encanto como describiste ese momento en la puerta. Se siente vivido, autentico. Espero que continues la historia.

Caro_LectBsAs

Por favor una segunda parte!!! Quede con ganas de saber como siguio todo

Gustavito88

jajaja ese tio lo entendio todo en un segundo, tremendo personaje. Muy buen relato

Renata_Sur

Que intenso el arranque. Me recordo a una situacion parecida que me conto una amiga... esas miradas que lo dicen todo sin decir nada.

SandraK77

Muy bien escrito, se nota que le pusiste sentimiento. Gracias por compartirlo

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