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Relatos Ardientes

La sorpresa que mi compañera escondía bajo el vestido

Me llamo Adrián, y quiero contar una experiencia que me obligó a tirar abajo casi todo lo que creía saber sobre mí mismo y sobre el deseo. Si la cuento es porque todavía me sorprende lo pesada que era la mochila de prejuicios que cargué durante años sin darme cuenta.

Crecí en una familia muy conservadora. En mi casa, hablar de sexo era tabú, algo que simplemente no existía en las conversaciones. Por cómo se comportaban mis padres en público, e incluso en privado, cualquiera habría jurado que yo había llegado al mundo por generación espontánea. Las muestras de cariño tampoco abundaban, aunque, para ser justo, nunca me faltó nada material.

Como era de esperar, salí parecido a ellos. Mis relaciones siempre fueron largas, con cortejos de meses antes de pasar a mayores. Mis encuentros sexuales completos no llegaban a la docena, y todos con apenas tres mujeres distintas.

La mayoría de esos encuentros habían sido con mi última novia. Si soy sincero, creo que seguía con ella solo porque me daba sexo. No me gustaba especialmente, ni físicamente ni por su forma de ser, y me parecía bastante aburrida. Estaba estancado y no tenía el valor de admitirlo.

Hace unos meses me surgió una oferta de trabajo en otra ciudad, donde vivían unos tíos míos que podían alojarme. La acepté sin pensarlo demasiado. El puesto consistía en administrar la red de una empresa nueva, lo que en la práctica significaba pasar horas encerrado en una sala pequeña y mal iluminada, mirando monitores y ejecutando tareas a horas fijas.

Era aburridísimo. No tenía trato con nadie salvo con un supervisor que aparecía de vez en cuando. Por lo poco concretas que eran sus preguntas, deduje pronto que no tenía la menor idea de lo que yo hacía allí.

A las dos semanas de tedio, el supervisor llegó con una noticia: iba a tener compañía. Una compañera, en realidad, que se incorporaría al día siguiente.

Y al día siguiente, a pocos minutos de empezar mi turno, apareció el supervisor con una chica joven a su lado.

—Adrián, le presento a Nadia. Será su compañera a partir de hoy. Confío en que la pondrá pronto al día, porque se turnarán los festivos: queremos ampliar los horarios de actividad —dijo.

—Claro, cuente con ello —contesté.

Di un paso al frente y le ofrecí la mano. Ella la estrechó con una sonrisa franca.

La imagen me impresionó: maquillaje cuidado pero discreto, morena, con el pelo recogido en una coleta. El traje de chaqueta marcaba una cintura estrecha y unas tetas generosas que empujaban contra la blusa, y unas gafas enmarcaban unos ojos azul claro que cortaban la respiración.

Me quedé un instante en silencio, y solo me salvé de parecer idiota porque me acordé de una película en la que un personaje decía en voz alta lo que pensaba. Estuve a punto de soltar «buenas tetas… digo, buenos días», pero me contuve.

—Bienvenida a mis dominios —dije al fin—. Siéntate en esa silla, que ahora mismo empiezo a explicarte. Son muchas tareas, pero ninguna complicada.

—Gracias —respondió Nadia, alargando la primera «a» de un modo que me pareció endemoniadamente sexy.

Se acercó a la silla, se sentó con las piernas muy juntas y luego giró sobre su trasero —redondo, prominente— para apoyar la espalda en el respaldo. El supervisor se despidió con cordialidad y nos dejó solos.

Empecé a explicarle las tareas mientras ella tomaba notas en un cuadernito. Me miraba con tanta atención, con los ojos tan abiertos, que perdí el hilo un par de veces.

***

Al terminar la jornada salimos a tomar algo, y la sobremesa se alargó entre risas y bromas. Nadia se manejaba muy bien con la programación, así que en pocos días desarrolló unos pequeños programas que automatizaban casi todas nuestras rutinas. De pronto teníamos el día libre dentro del trabajo, salvo por algún problema puntual.

Todo a espaldas del supervisor, por supuesto. Cuando él aparecía, fingíamos estar concentradísimos. Nadia bromeaba con que podríamos aporrear el teclado sin sentido, como en las películas, y él ni se enteraría de que no hacíamos nada.

Aprovechábamos esas horas muertas para charlar. A veces ella apoyaba la cabeza en mi hombro cuando le señalaba algo en un monitor y estaba de pie a mi espalda. Cada noche, al salir, quedábamos para tomar una copa. Poco a poco sus comentarios fueron subiendo de tono: que estaba soltera, que todos los chicos que conocía le resultaban aburridos. Yo le confesé que mantenía una relación a distancia en la que ya no creía.

Un mes después de su llegada, recibí una llamada en pleno turno. Era mi novia. Me dijo que había conocido a otro, que la entendiera, que lo nuestro había terminado. Colgué y, para mi sorpresa, me sentí liberado. Siempre fui un cobarde, y agradecí que ella tuviera el valor de hacer lo que yo también quería.

Nadia me preguntó qué pasaba y se lo conté. Después de decir que lo sentía, y de oírme responder que no había nada que sentir, sonrió y, con la mirada clavada en el monitor, murmuró:

—Bueno… ya estamos los dos libres.

***

Esa noche se mostró mucho más lanzada. Me pasaba la mano por el pecho cuando reíamos, me agarraba la muñeca al preguntarme si de verdad estaba bien. Yo solía llevarla a casa en coche, porque ella iba en transporte público. A mitad de camino, me dijo:

—Oye, Adrián, llevamos ya un tiempo trabajando juntos y nos lo pasamos genial.

—Sí, es divertido, ¿no?

—Quería decirte que me siento muy cómoda contigo. Me pareces gracioso, fácil de tratar… y bastante atractivo.

—Uh. Bueno… gracias.

—Quería saber si, ahora que estás libre, podríamos…

No la dejé terminar. Frené el coche, la miré y me lancé a besarla. Ella respondió con la lengua y los brazos alrededor de mi cuello. Un par de minutos después se separó:

—Aparca en ese descampado.

Conduje hasta allí a toda prisa. Cuando me detuve, me frenó con una mano en el pecho.

—No quiero darte una impresión equivocada —dijo—. Hoy no puedo follar.

Supuse que estaría con el periodo.

—Pero puedo hacerte una buena paja. Se me da muy bien, vas a alucinar. Si quieres, claro.

—No te preocupes. Claro que quiero.

Sonrió de oreja a oreja, se frotó las manos y exclamó:

—¡Pues venga, abajo esos pantalones!

Me incorporé apoyándome en el respaldo, me desabroché el cinturón, me bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y eché el asiento todo lo atrás que pude. Mi polla ya estaba dura, apuntando al techo, y una gota espesa me brillaba en la punta. Nadia se relamió al verla, se inclinó sobre mí sonriendo y me la agarró con una mano firme por la base.

—Joder, la tienes bien gorda —murmuró—. Ya verás. Te va a dejar tan satisfecho como un polvo.

Empezó despacio, subiendo y bajando el puño cerrado por el tronco, cambiando el ritmo, rozándome el glande con el pulgar en cada pasada. Cuando me oía jadear demasiado, paraba en seco y apretaba la base con dos dedos, como estrangulando la corrida antes de que subiera. Después escupía en la palma y volvía a empezar, esta vez con la mano resbaladiza, retorciendo la muñeca alrededor del capullo. Yo se lo dije, casi babeando, que qué expertas eran sus manos, y ella asintió, orgullosa, mordiéndose el labio.

—Es que me encanta hacer pajas. Ver cómo se os pone la cara de tontos.

Diez minutos después, con mis huevos ya tensos y doloridos de tanto aguantar, soltó:

—Ya estás bien calentito. ¿Alguna vez te has corrido con un dedo dentro del culo? Es muchísimo mejor.

La pregunta me sorprendió.

—No sé. No soy de experimentar.

—Venga, no seas tan estirado.

—¿Y si me duele?

—No te va a doler, sé lo que hago. Estamos los dos solos, nadie lo va a saber, y te aseguro que vale la pena. Confía en mí. Vengaaaa…

—Uf, está bien. Ahora mismo aceptaría cualquier cosa.

Y era verdad. Una semana atrás me habría parecido impensable, y ahora le habría dicho que sí a casi todo.

Abrió la guantera, sacó un preservativo, se escupió en dos dedos y empezó a masajearme la entrada del culo con suavidad, haciendo círculos muy lentos alrededor del ojete mientras con la otra mano seguía masturbándome. La yema resbalaba, presionaba un poco, se retiraba, volvía. Yo notaba cómo el esfínter se iba abriendo por sí solo, buscando ese dedo. Un rato después rompió el envoltorio con los dientes, se enfundó el dedo medio en el látex y dijo:

—Tranquilo, no voy a meterlo mucho. Solo quiero llegar a la próstata.

—Lo que tú digas, pero no aguanto mucho más.

Se rió y fue entrando despacio, empujando con una presión constante.

—Un poco más… ya está la yema… un poco más… hasta ahí.

No sabría decir dónde tocó, pero de repente sentí como si un cable de alta tensión me atravesara desde el culo hasta la punta de la polla. Cada movimiento del dedo, cada pequeña curvatura hacia dentro, me arrancaba un gemido, y su otra mano, que ahora bombeaba más rápido, me hacía volar. Apenas me dio tiempo a coger un pañuelo de la guantera antes de que acelerara las dos manos a la vez, el puño subiendo y bajando por mi verga y el dedo entrando y saliendo del culo en el mismo compás.

—Ya me corro…

Me miró con media sonrisa, con los ojos brillantes, y aceleró todavía más, apretando fuerte justo debajo del glande.

—Venga, córrete para mí. Suéltalo todo.

No duré ni diez segundos. El primer chorro salió con tanta fuerza que me alcanzó la mejilla antes de que pudiera cubrirme, caliente y espeso. El segundo me cayó en el pecho, y luego siguieron varios más pequeños que me chorrearon por los nudillos y por su muñeca. Ella reía, aflojando el ritmo poco a poco, ordeñándome hasta la última gota, y luego me limpió la cara con un pañuelo.

—Te lo avisé.

—Ya… no me lo esperaba.

—¿Te ha gustado?

—Muchísimo. No sabía que una paja podía ser tan intensa.

Estuvimos un rato hablando y riéndonos antes de que la dejara en casa.

***

Al día siguiente me recibió con un guiño y un «buenos días» cómplice. A media mañana, sin trabajo a la vista, se acercó:

—Se me ha ocurrido cómo mejorar lo de ayer. Y que sea aquí.

—¿Lo dices en serio? —pregunté con la voz a medio camino entre el susto y la euforia.

—Sí. En la sala del servidor. Si aparece el supervisor, tenemos excusa para estar ahí dentro, y nos daría tiempo a disimular al oír la puerta.

Tardé varios segundos en asimilarlo, y menos aún en empalmarme. La seguí, cerramos la puerta y ella sacó tres preservativos del bolsillo.

—Ni de coña me vas a meter tres dedos.

—Tres no, pero dos sí. El otro es para que no lo pongas todo perdido otra vez. ¿Me dejas? Por favor, por favor… —dijo, poniendo cara de cordero degollado.

Resoplé mirando al techo.

—Está bien. Ayer mereció la pena.

Esta vez yo estaba de pie, con los pantalones a la altura de las rodillas y la polla ya durísima asomando fuera de la camisa. Ella se arrodilló delante y, antes de nada, me la metió entera en la boca de golpe, hasta el fondo. Sentí el calor de su lengua envolviéndomela, la garganta contrayéndose alrededor del glande, y solté un gruñido que rebotó contra los servidores. Chupó unos segundos, sacándomela con un ruido húmedo, y después me hizo girar apoyando la frente contra los armarios metálicos.

—Separa las piernas y saca el culo hacia atrás.

Obedecí. Me trabajó la entrada desde el principio, con la lengua primero —una sorpresa eléctrica— y luego con la yema, ya enfundada. Pasó largo rato con un solo dedo, hasta el nudillo, girándolo dentro, mientras me susurraba obscenidades al oído sobre lo apretado que estaba y las ganas que tenía de abrirme. Luego sumó el segundo con cuidado, empujando muy despacio, y cuando los tuvo los dos dentro empezó un movimiento alterno, como si imitara las piernas de alguien caminando, tocándome la próstata en cada paso. Con la otra mano me agarró la polla por delante y me hizo una paja lenta, sincronizada con los dedos. Al cabo de un rato yo estaba mordiéndome el antebrazo para no gritar. El orgasmo me sacudió de arriba abajo; me corrí a chorros contra el interior del preservativo con el que ella me había cubierto el capullo, con las piernas temblándome tanto que tuve que apoyarme con las dos manos para no caerme.

Durante esa semana lo repetimos un par de veces más. En una nos interrumpió el supervisor, pero nos dio tiempo de recomponernos antes de que abriera. Cada día me sentía más suelto, más libre de aquella rigidez con la que había crecido.

***

El fin de semana salimos juntos y, de vuelta, me pidió de nuevo el descampado. Yo vivía con mis tíos, pero ella vivía sola, y no entendía por qué nunca subíamos a su casa. No quise presionarla.

—Hoy ya podemos follar de verdad, ¿no? —dije del modo más casual que pude.

—No puedo aún.

—Vaya, sí que te dura el periodo.

—No es la regla, Adrián. Me gustas mucho. Hay una razón por la que todavía no puedo, y te prometo que te lo explicaré pronto. Por favor, ten paciencia.

—Eso no es un gran sacrificio. He esperado por mujeres mucho peores que tú.

Sonrió y me dio un beso largo y profundo.

Seguimos con la misma rutina. Hasta logró convencerme para meterme tres dedos. A la cuarta semana de nuestro juego, un lunes, me dijo muy seria:

—El sábado te lo explico todo, en una cena en mi casa. Esta semana no habrá juegos. Y te pido algo, aunque te cueste: no te masturbes. Trataré de compensártelo el sábado. ¿Lo prometes?

Estaba intrigadísimo, pero el sábado terminaría el suspense. Lo prometí, y lo cumplí.

***

Llegué a su casa y me recibió con un vestido de noche ajustado que realzaba sus formas. Me dio dos besos y me dijo que me lo contaría todo después de cenar. Terminamos los postres, se limpió las comisuras con la servilleta y se levantó.

—Ven, acompáñame al sofá.

Nos sentamos.

—Adrián, voy a cambiar de trabajo.

—¿Y eso es todo? Pensaba que me ibas a contar otra cosa.

—No me voy de la ciudad. Y me gustaría seguir viéndote, si todavía quieres, después de lo que voy a decirte.

—Adelante.

Miró el suelo unos segundos, después me miró mordiéndose el labio inferior y se lanzó a besarme. Yo llevaba una semana sin correrme, así que ese beso me puso durísimo al instante. Nadia se apartó, bajó la vista a mi entrepierna y sonrió.

—Vaya, se te ha montado una tienda de campaña, ¿eh?

—Ya ves.

Su rostro se volvió serio.

—Lo que quería contarte es esto.

Tomó mi mano derecha, la llevó hasta su entrepierna y… noté el bulto. Un bulto duro, indiscutible, apretado bajo la tela del vestido. Me quedé mudo, con los ojos como platos, tardando una eternidad en reaccionar. Cuando lo hice, me encogí sobre mí mismo, las manos en la cara.

—Ay, Dios. Ay, Dios mío.

—Adrián, por favor, no te pongas así. Me gustaste desde el primer día. No es algo que vaya contando, y cuando se presentó la ocasión no supe cómo decírtelo. Sé que yo también te gusté desde el principio.

—¡Debiste contármelo!

—¿Habríamos tenido esta relación si te lo hubiera dicho?

—No —respondí con sinceridad.

Respiré hondo.

—¿Puedo verlo, al menos para asegurarme de que no es una broma cruel?

Me sostuvo la mirada, se levantó y se sacó el vestido por la cabeza, quedándose en ropa interior. Se bajó las bragas, y ahí estaba: una polla, no muy grande, cortada, medio erguida entre unos muslos depilados y suaves, sin un solo pelo alrededor.

—Por favor, Adrián, no es para tanto, y sirve para lo que tiene que servir.

—Joder…

—No tienes que tener miedo. Soy la misma persona con la que has estado estos meses. Solo… tengo esto. Me voy del trabajo, ni siquiera teníamos trato con nadie más que con ese capullo. Nadie se va a enterar. ¿De verdad importa tanto? ¿De verdad cambia todos los buenos ratos que hemos pasado?

La miré. Hacia arriba veía a una mujer preciosa, con esas tetas enormes que me tenían obsesionado desde el primer día; hacia abajo veía «eso». Pero ni así se me iba la primera impresión.

—Deberías ser sincero contigo mismo —añadió—. A pesar del susto, mira cómo tienes la entrepierna.

Bajé la vista. Mis pantalones seguían levantados por una erección que no cedía, marcando el bulto contra la cremallera. Me quedé pensativo, me dije «a la mierda» y me lancé a besarla. Estuvimos comiéndonos la boca varios minutos, hasta que ella se apartó con una sonrisa.

—Ven, vamos a la cama.

***

Me llevó de la mano al dormitorio. Allí se desabrochó el sujetador y me mostró un par de tetas magníficas —operadas o no, ya me daba igual—, con los pezones tiesos, oscuros, apuntando hacia arriba. Después empezó a desvestirme, tirándome del cinturón con los dedos ansiosos.

—Notarás alguna diferencia con lo que estás acostumbrado. Es un agujero más pequeño, al fin y al cabo. Pero será igual de satisfactorio. Puedes hacerlo sin preservativo, me he limpiado bien con un enema. Tenía la esperanza de que aceptaras.

Cuando me tuvo desnudo, me miró la polla dura goteando pringue y sonrió. Se puso de rodillas frente a mí, me la agarró y se la metió en la boca lentamente, cerrando los ojos como si llevara meses esperándolo. Chupó despacio, con la lengua enredándose en el frenillo, con los mofletes hundidos por la succión. Me acarició los huevos con una mano y con la otra se agarró la suya propia y empezó a masturbarse en el suelo, con la boca llena. Verla así, arrodillada, chupándomela mientras se hacía una paja, terminó de derretirme cualquier resto de duda.

—Para o me corro ya —le dije, tirándole del pelo hacia atrás.

Entre besos se sentó en la cama, me pasó un bote de vaselina y levantó las piernas, agarrándose las corvas con las manos. El culo, sonrosado y perfectamente afeitado, quedó a mi altura, con su polla apoyada contra la barriga y el ojete apretado, esperando.

—Adelante.

No quería pensar demasiado en lo que hacía. Casi en piloto automático, cogí vaselina con dos dedos y la apliqué con suavidad, extendiéndola por el borde y metiendo un poco dentro. Ella gimió muy bajito cuando el dedo entró.

—No seas bruto, ¿vale? Con cuidado.

Me embadurné bien la polla, la agarré por la base y llevé el capullo a la entrada. Empujé poco a poco, sintiendo cómo el esfínter le cedía, cómo el glande se abría paso a través de aquel anillo apretado. Ella bufaba, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, mientras yo avanzaba lentamente, centímetro a centímetro, hasta que noté los huevos contra sus nalgas. La tenía dentro entera.

—Espera un momento —dijo, respirando como en un parto.

Me quedé quieto, sintiendo cómo su culo palpitaba alrededor del tronco, cómo me apretaba a oleadas. Era muchísimo más estrecho que cualquier coño en el que hubiera estado antes. Un calor apretado, húmedo por la vaselina, que amenazaba con hacerme correr sin moverme.

Un par de minutos después:

—Ya está. Adelante.

Empecé a moverme con suavidad, sujetándole las piernas en alto, apoyándoselas contra mi pecho. Sacaba la polla casi hasta la punta y volvía a hundirla entera, viendo cómo el ojete se abría alrededor de mi tronco cada vez que entraba. Ella se masturbaba mientras tanto, agarrándose su propia polla y meneándosela al ritmo de mis embestidas. La visión —una tía preciosa, con esas tetas botándole, cascándosela debajo mientras yo se lo metía— hizo saltar por los aires todo lo que quedaba de mi educación conservadora.

—Cuando vayas a correrte, para. Créeme, valdrá la pena.

Lo hice cinco o seis veces. Cada vez que sentía la corrida subiendo, sacaba la polla y me quedaba quieto unos segundos, con el corazón golpeándome las sienes, hasta que la sensación cedía. Ella se reía y se lamía los dedos, disfrutando de mi tortura.

—No aguanto. Llevo una semana esperando.

—Vale, para. Tengo una propuesta. ¿Quieres probar el otro lado? Has ido dilatando poco a poco, estás preparado, y será mejor aún que las pajas que te he hecho.

Me quedé paralizado, con la polla dentro y sin atreverme a moverla. Me parecía un salto enorme. Una voz dentro de mí decía «esa línea no la cruces, esta no es la educación que recibiste». Otra respondía «esta persona ya te ha hecho pajas, te ha metido los dedos, y ahora tienes tu polla metida en su culo. Poco salto queda. Seas lo que seas, ya lo eres. ¿Acaso importa?». Ganó la segunda voz por nocaut.

Asentí.

—Confío en ti.

Salí despacio, con un ruido húmedo, y ella me tumbó al borde de la cama boca arriba y me subió las piernas hasta los hombros, dejándome el culo expuesto y en el aire. Se puso un preservativo, se untó la polla con una generosa capa de vaselina y me aplicó también a mí, metiendo primero un dedo, luego dos, girándolos, abriéndolos en tijera. Yo apretaba los dientes, mirando el techo, sintiéndome más vulnerable que nunca en mi vida y a la vez más excitado.

—¿Estás listo?

—Tanto como voy a estarlo —contesté, inseguro.

Llevó la punta a la entrada y empezó a presionar, alternando la mirada entre lo que hacía y mi cara, que debía de tener la expresión de quien recibe astillas bajo las uñas. Noté el capullo apretándose contra el esfínter, empujando con una insistencia constante, buscando abrirse paso.

—Tranquilo… tienes que relajarte.

Yo bufaba con los dientes apretados, dejando escapar el aire entre los huecos. De pronto sentí cómo cedía, un ardor agudo, y el glande entró de golpe. Grité entre dientes.

—Ya entró la punta. Lo más difícil ya pasó. Voy poco… a… poco.

—Ah, ah.

Siguió empujando, milímetro a milímetro, hasta la mitad. El ardor era brutal, pero mezclado con algo más, una presión profunda que me recorría por dentro. Mi polla, contra todo pronóstico, seguía dura contra la barriga, con un hilo pegajoso conectándome al ombligo.

—Vamos por la mitad. Enseguida pasa el dolor.

—Nadia, duele mucho… uf.

—Tranquiiiilo. Ya está toda dentro.

Se quedó inmóvil, con las caderas pegadas a mis nalgas, se inclinó sobre mí doblándome casi por la mitad y me besó en la boca con hambre. Permanecimos así dos o tres minutos, con la lengua enredada en la mía y su polla clavada dentro de mí, latiendo.

—¿Mejor?

—S… sí. Ya va pasando.

—Bien, me muevo despacio. Si te duele mucho, lo dices y paro.

—Venga… dale.

Empezó muy lentamente, sacándola solo un par de centímetros y volviéndola a hundir, durante un largo rato. Cada vez que empujaba, me golpeaba algo en el fondo que enviaba una descarga hasta el capullo. Mi erección no bajaba ni en los momentos de más dolor; al contrario, estaba cada vez más dura, más gorda, goteando como un grifo mal cerrado, dejando un charquito brillante sobre mi propio vientre. El ardor se fue convirtiendo en una especie de placer sordo, extraño, que me obligaba a arquear la espalda y a gemir sin filtro.

—Dios… Dios, Nadia, no pares.

—¿Ves cómo te gusta, cerdo? —susurró, sonriendo—. Mírate. Mira cómo estás disfrutando de tenerla dentro.

Después aceleró, empujando ya con las caderas enteras, haciendo chocar la pelvis contra mis nalgas, y me agarró la polla con una mano llena de vaselina para masturbarme al mismo ritmo. Cada estocada suya coincidía con un tirón de su mano en mi verga. Yo ya no sabía si me venía el placer por delante o por detrás, todo era un solo circuito eléctrico que me estaba fundiendo los plomos.

—No voy a aguantar mucho.

—Yo tampoco. También llevo la semana de abstinencia.

—Entonces vamos juntos.

—Sí… ya llego. Voy a correrme dentro de ti, Adrián. Voy a llenarte el culo entero.

—Y… ¡y yo!

Mientras me corría notaba las contracciones de ella dentro de mí, los tirones fuertes de su polla vaciándose contra mis paredes, incluso a través del látex. Mi propia corrida salió a borbotones, un chorro me llegó hasta la barbilla y los siguientes me cayeron por el pecho y los abdominales, mientras el culo se me contraía convulsamente alrededor de su verga, apretándosela y ordeñándosela. Fue el orgasmo más intenso, más largo y más profundo de mi vida. Cayó derrumbada sobre mi pecho, sin importarle mancharse con mi semen, entre besos jadeantes. Cuando nos miramos, terminamos los dos en una carcajada.

—No ha estado tan mal, ¿eh?

—Dejémoslo en que sí —dije, y volvimos a reírnos.

Nos quedamos abrazados en silencio, con ella todavía dentro, ablandándose muy poco a poco. No hace falta que cuente el final: seguimos juntos, felices y sin complejos. Aquella noche entendí que la carga más pesada que había llevado nunca no estaba entre las piernas de nadie, sino en mi cabeza. ¿A quién le importa lo demás?

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Comentarios(7)

ramiro_77

Excelente relato!!! Me atrapó desde el principio y el giro que toma es genial. Sigue publicando!!!

Darky_Mx

Que bien escrito, se siente real. Esperando la continuacion ya!

Curiosx_arg

La verdad que me sorprendio el giro de la historia, no me lo esperaba para nada. Me gusto mucho como lo contaste sin ser burdo.

MarcosD

tremendo relato jajaja, quede con ganas de saber mas

Valen_Rosario

Me encanto! Es de los pocos relatos que se leen solos porque la historia engancha. Por favor una segunda parte :)

DrNocturno

Muy bueno, me recordo a una experiencia que tuve hace años que todavia recuerdo con una sonrisa. Sigue asi!

TinoMadrid

Cuantas partes va a tener?? La premisa es muy interesante

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