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Relatos Ardientes

La sorpresa que mi compañera escondía bajo el vestido

Me llamo Adrián, y quiero contar una experiencia que me obligó a tirar abajo casi todo lo que creía saber sobre mí mismo y sobre el deseo. Si la cuento es porque todavía me sorprende lo pesada que era la mochila de prejuicios que cargué durante años sin darme cuenta.

Crecí en una familia muy conservadora. En mi casa, hablar de sexo era tabú, algo que simplemente no existía en las conversaciones. Por cómo se comportaban mis padres en público, e incluso en privado, cualquiera habría jurado que yo había llegado al mundo por generación espontánea. Las muestras de cariño tampoco abundaban, aunque, para ser justo, nunca me faltó nada material.

Como era de esperar, salí parecido a ellos. Mis relaciones siempre fueron largas, con cortejos de meses antes de pasar a mayores. Mis encuentros sexuales completos no llegaban a la docena, y todos con apenas tres mujeres distintas.

La mayoría de esos encuentros habían sido con mi última novia. Si soy sincero, creo que seguía con ella solo porque me daba sexo. No me gustaba especialmente, ni físicamente ni por su forma de ser, y me parecía bastante aburrida. Estaba estancado y no tenía el valor de admitirlo.

Hace unos meses me surgió una oferta de trabajo en otra ciudad, donde vivían unos tíos míos que podían alojarme. La acepté sin pensarlo demasiado. El puesto consistía en administrar la red de una empresa nueva, lo que en la práctica significaba pasar horas encerrado en una sala pequeña y mal iluminada, mirando monitores y ejecutando tareas a horas fijas.

Era aburridísimo. No tenía trato con nadie salvo con un supervisor que aparecía de vez en cuando. Por lo poco concretas que eran sus preguntas, deduje pronto que no tenía la menor idea de lo que yo hacía allí.

A las dos semanas de tedio, el supervisor llegó con una noticia: iba a tener compañía. Una compañera, en realidad, que se incorporaría al día siguiente.

Y al día siguiente, a pocos minutos de empezar mi turno, apareció el supervisor con una chica joven a su lado.

—Adrián, le presento a Nadia. Será su compañera a partir de hoy. Confío en que la pondrá pronto al día, porque se turnarán los festivos: queremos ampliar los horarios de actividad —dijo.

—Claro, cuente con ello —contesté.

Di un paso al frente y le ofrecí la mano. Ella la estrechó con una sonrisa franca.

La imagen me impresionó: maquillaje cuidado pero discreto, morena, con el pelo recogido en una coleta. El traje de chaqueta marcaba una cintura estrecha y un pecho generoso, y unas gafas enmarcaban unos ojos azul claro que cortaban la respiración.

Me quedé un instante en silencio, y solo me salvé de parecer idiota porque me acordé de una película en la que un personaje decía en voz alta lo que pensaba. Estuve a punto de soltar «buenas tetas… digo, buenos días», pero me contuve.

—Bienvenida a mis dominios —dije al fin—. Siéntate en esa silla, que ahora mismo empiezo a explicarte. Son muchas tareas, pero ninguna complicada.

—Gracias —respondió Nadia, alargando la primera «a» de un modo que me pareció endemoniadamente sexy.

Se acercó a la silla, se sentó con las piernas muy juntas y luego giró sobre su trasero —redondo, prominente— para apoyar la espalda en el respaldo. El supervisor se despidió con cordialidad y nos dejó solos.

Empecé a explicarle las tareas mientras ella tomaba notas en un cuadernito. Me miraba con tanta atención, con los ojos tan abiertos, que perdí el hilo un par de veces.

***

Al terminar la jornada salimos a tomar algo, y la sobremesa se alargó entre risas y bromas. Nadia se manejaba muy bien con la programación, así que en pocos días desarrolló unos pequeños programas que automatizaban casi todas nuestras rutinas. De pronto teníamos el día libre dentro del trabajo, salvo por algún problema puntual.

Todo a espaldas del supervisor, por supuesto. Cuando él aparecía, fingíamos estar concentradísimos. Nadia bromeaba con que podríamos aporrear el teclado sin sentido, como en las películas, y él ni se enteraría de que no hacíamos nada.

Aprovechábamos esas horas muertas para charlar. A veces ella apoyaba la cabeza en mi hombro cuando le señalaba algo en un monitor y estaba de pie a mi espalda. Cada noche, al salir, quedábamos para tomar una copa. Poco a poco sus comentarios fueron subiendo de tono: que estaba soltera, que todos los chicos que conocía le resultaban aburridos. Yo le confesé que mantenía una relación a distancia en la que ya no creía.

Un mes después de su llegada, recibí una llamada en pleno turno. Era mi novia. Me dijo que había conocido a otro, que la entendiera, que lo nuestro había terminado. Colgué y, para mi sorpresa, me sentí liberado. Siempre fui un cobarde, y agradecí que ella tuviera el valor de hacer lo que yo también quería.

Nadia me preguntó qué pasaba y se lo conté. Después de decir que lo sentía, y de oírme responder que no había nada que sentir, sonrió y, con la mirada clavada en el monitor, murmuró:

—Bueno… ya estamos los dos libres.

***

Esa noche se mostró mucho más lanzada. Me pasaba la mano por el pecho cuando reíamos, me agarraba la muñeca al preguntarme si de verdad estaba bien. Yo solía llevarla a casa en coche, porque ella iba en transporte público. A mitad de camino, me dijo:

—Oye, Adrián, llevamos ya un tiempo trabajando juntos y nos lo pasamos genial.

—Sí, es divertido, ¿no?

—Quería decirte que me siento muy cómoda contigo. Me pareces gracioso, fácil de tratar… y bastante atractivo.

—Uh. Bueno… gracias.

—Quería saber si, ahora que estás libre, podríamos…

No la dejé terminar. Frené el coche, la miré y me lancé a besarla. Ella respondió con la lengua y los brazos alrededor de mi cuello. Un par de minutos después se separó:

—Aparca en ese descampado.

Conduje hasta allí a toda prisa. Cuando me detuve, me frenó con una mano en el pecho.

—No quiero darte una impresión equivocada —dijo—. Hoy no puedo follar.

Supuse que estaría con el periodo.

—Pero puedo hacerte una buena paja. Se me da muy bien, vas a alucinar. Si quieres, claro.

—No te preocupes. Claro que quiero.

Sonrió de oreja a oreja, se frotó las manos y exclamó:

—¡Pues venga, abajo esos pantalones!

Me incorporé apoyándome en el respaldo, me bajé los pantalones y eché el asiento todo lo atrás que pude. Nadia se inclinó sobre mí, sonriendo, y me agarró con una mano.

—Ya verás. Te va a dejar tan satisfecho como un polvo.

Empezó despacio, cambiando el ritmo, rozándome con el pulgar. Cuando me oía jadear, paraba y apretaba la base con dos dedos. Le dije lo expertas que eran sus manos y ella asintió, orgullosa. Diez minutos después, soltó:

—Ya estás bien calentito. ¿Alguna vez te has corrido con un dedo dentro? Es muchísimo mejor.

La pregunta me sorprendió.

—No sé. No soy de experimentar.

—Venga, no seas tan estirado.

—¿Y si me duele?

—No te va a doler, sé lo que hago. Estamos los dos solos, nadie lo va a saber, y te aseguro que vale la pena. Confía en mí. Vengaaaa…

—Uf, está bien. Ahora mismo aceptaría cualquier cosa.

Y era verdad. Una semana atrás me habría parecido impensable, y ahora le habría dicho que sí a casi todo.

Abrió la guantera, sacó un preservativo, se escupió en dos dedos y empezó a masajear la entrada con suavidad mientras me masturbaba con la otra mano. Un rato después rompió el envoltorio, se enfundó el dedo medio y dijo:

—Tranquilo, no voy a meterlo mucho. Solo quiero llegar a la próstata.

—Lo que tú digas, pero no aguanto mucho más.

Se rió y fue entrando despacio.

—Un poco más… ya está la yema… un poco más… hasta ahí.

No sabría decir dónde tocó, pero de repente me sentí mucho más excitado, y cada movimiento de su otra mano me hacía volar. Apenas me dio tiempo a coger un pañuelo de la guantera antes de que acelerara las dos manos a la vez.

—Ya me corro…

Me miró con media sonrisa y aceleró todavía más. No duré ni diez segundos. El primer chorro salió con tanta fuerza que me alcanzó la mejilla antes de que pudiera cubrirme. Ella reía, aflojando el ritmo poco a poco hasta parar, y luego me limpió la cara con un pañuelo.

—Te lo avisé.

—Ya… no me lo esperaba.

—¿Te ha gustado?

—Muchísimo. No sabía que una paja podía ser tan intensa.

Estuvimos un rato hablando y riéndonos antes de que la dejara en casa.

***

Al día siguiente me recibió con un guiño y un «buenos días» cómplice. A media mañana, sin trabajo a la vista, se acercó:

—Se me ha ocurrido cómo mejorar lo de ayer. Y que sea aquí.

—¿Lo dices en serio? —pregunté con la voz a medio camino entre el susto y la euforia.

—Sí. En la sala del servidor. Si aparece el supervisor, tenemos excusa para estar ahí dentro, y nos daría tiempo a disimular al oír la puerta.

Tardé varios segundos en asimilarlo, y menos aún en empalmarme. La seguí, cerramos la puerta y ella sacó tres preservativos del bolsillo.

—Ni de coña me vas a meter tres dedos.

—Tres no, pero dos sí. El otro es para que no lo pongas todo perdido otra vez. ¿Me dejas? Por favor, por favor… —dijo, poniendo cara de cordero degollado.

Resoplé mirando al techo.

—Está bien. Ayer mereció la pena.

Esta vez yo estaba de pie y ella me trabajó la entrada desde el principio. Pasó largo rato con un solo dedo, luego sumó el segundo con cuidado, y cuando los tuvo los dos dentro empezó un movimiento alterno, como si imitara las piernas de alguien caminando. El orgasmo fue espectacular.

Durante esa semana lo repetimos un par de veces más. En una nos interrumpió el supervisor, pero nos dio tiempo de recomponernos antes de que abriera. Cada día me sentía más suelto, más libre de aquella rigidez con la que había crecido.

***

El fin de semana salimos juntos y, de vuelta, me pidió de nuevo el descampado. Yo vivía con mis tíos, pero ella vivía sola, y no entendía por qué nunca subíamos a su casa. No quise presionarla.

—Hoy ya podemos follar de verdad, ¿no? —dije del modo más casual que pude.

—No puedo aún.

—Vaya, sí que te dura el periodo.

—No es la regla, Adrián. Me gustas mucho. Hay una razón por la que todavía no puedo, y te prometo que te lo explicaré pronto. Por favor, ten paciencia.

—Eso no es un gran sacrificio. He esperado por mujeres mucho peores que tú.

Sonrió y me dio un beso largo y profundo.

Seguimos con la misma rutina. Hasta logró convencerme para meterme tres dedos. A la cuarta semana de nuestro juego, un lunes, me dijo muy seria:

—El sábado te lo explico todo, en una cena en mi casa. Esta semana no habrá juegos. Y te pido algo, aunque te cueste: no te masturbes. Trataré de compensártelo el sábado. ¿Lo prometes?

Estaba intrigadísimo, pero el sábado terminaría el suspense. Lo prometí, y lo cumplí.

***

Llegué a su casa y me recibió con un vestido de noche ajustado que realzaba sus formas. Me dio dos besos y me dijo que me lo contaría todo después de cenar. Terminamos los postres, se limpió las comisuras con la servilleta y se levantó.

—Ven, acompáñame al sofá.

Nos sentamos.

—Adrián, voy a cambiar de trabajo.

—¿Y eso es todo? Pensaba que me ibas a contar otra cosa.

—No me voy de la ciudad. Y me gustaría seguir viéndote, si todavía quieres, después de lo que voy a decirte.

—Adelante.

Miró el suelo unos segundos, después me miró mordiéndose el labio inferior y se lanzó a besarme. Yo llevaba una semana sin correrme, así que ese beso me puso durísimo al instante. Nadia se apartó, bajó la vista a mi entrepierna y sonrió.

—Vaya, se te ha montado una tienda de campaña, ¿eh?

—Ya ves.

Su rostro se volvió serio.

—Lo que quería contarte es esto.

Tomó mi mano derecha, la llevó hasta su entrepierna y… noté el bulto. Me quedé mudo, con los ojos como platos, tardando una eternidad en reaccionar. Cuando lo hice, me encogí sobre mí mismo, las manos en la cara.

—Ay, Dios. Ay, Dios mío.

—Adrián, por favor, no te pongas así. Me gustaste desde el primer día. No es algo que vaya contando, y cuando se presentó la ocasión no supe cómo decírtelo. Sé que yo también te gusté desde el principio.

—¡Debiste contármelo!

—¿Habríamos tenido esta relación si te lo hubiera dicho?

—No —respondí con sinceridad.

Respiré hondo.

—¿Puedo verlo, al menos para asegurarme de que no es una broma cruel?

Me sostuvo la mirada, se levantó y se sacó el vestido por la cabeza, quedándose en ropa interior. Se bajó las bragas, y ahí estaba.

—Por favor, Adrián, no es para tanto, y sirve para lo que tiene que servir.

—Joder…

—No tienes que tener miedo. Soy la misma persona con la que has estado estos meses. Solo… tengo esto. Me voy del trabajo, ni siquiera teníamos trato con nadie más que con ese capullo. Nadie se va a enterar. ¿De verdad importa tanto? ¿De verdad cambia todos los buenos ratos que hemos pasado?

La miré. Hacia arriba veía a una mujer preciosa; hacia abajo veía «eso». Pero ni así se me iba la primera impresión.

—Deberías ser sincero contigo mismo —añadió—. A pesar del susto, mira cómo tienes la entrepierna.

Bajé la vista. Mis pantalones seguían levantados por una erección que no cedía. Me quedé pensativo, me dije «a la mierda» y me lancé a besarla. Estuvimos comiéndonos la boca varios minutos, hasta que ella se apartó con una sonrisa.

—Ven, vamos a la cama.

***

Me llevó de la mano al dormitorio. Allí se desabrochó el sujetador y me mostró un par de pechos magníficos —operados o no, ya me daba igual—. Después empezó a desvestirme.

—Notarás alguna diferencia con lo que estás acostumbrado. Es un agujero más pequeño, al fin y al cabo. Pero será igual de satisfactorio. Puedes hacerlo sin preservativo, me he limpiado bien con un enema. Tenía la esperanza de que aceptaras.

Entre besos se sentó en la cama, me pasó un bote de vaselina y levantó las piernas.

—Adelante.

No quería pensar demasiado en lo que hacía. Casi en piloto automático, cogí vaselina y la apliqué con suavidad.

—No seas bruto, ¿vale? Con cuidado.

Llevé mi miembro a la entrada y empujé poco a poco. Ella bufaba mientras yo avanzaba lentamente, hasta que entré del todo.

—Espera un momento —dijo, respirando como en un parto.

Un par de minutos después:

—Ya está. Adelante.

Empecé a moverme con suavidad, sujetándole las piernas en alto.

—Cuando vayas a correrte, para. Créeme, valdrá la pena.

Lo hice cinco o seis veces, hasta que ya no pude más.

—No aguanto. Llevo una semana esperando.

—Vale, para. Tengo una propuesta. ¿Quieres probar el otro lado? Has ido dilatando poco a poco, estás preparado, y será mejor aún que las pajas que te he hecho.

Me quedé paralizado. Me parecía un salto enorme. Una voz dentro de mí decía «esa línea no la cruces, esta no es la educación que recibiste». Otra respondía «esta persona ya te ha hecho pajas, te ha metido los dedos, y ahora tienes tu miembro dentro del suyo. Poco salto queda. Seas lo que seas, ya lo eres. ¿Acaso importa?». Ganó la segunda voz por nocaut.

Asentí.

—Confío en ti.

Salí, ella me tumbó al borde de la cama y me subió las piernas. Se puso un preservativo y me aplicó vaselina.

—¿Estás listo?

—Tanto como voy a estarlo —contesté, inseguro.

Llevó la punta a la entrada y empezó a presionar, alternando la mirada entre lo que hacía y mi cara, que debía de tener la expresión de quien recibe astillas bajo las uñas.

—Tranquilo… tienes que relajarte.

Yo bufaba con los dientes apretados, dejando escapar el aire entre los huecos.

—Ya entró la punta. Lo más difícil ya pasó. Voy poco… a… poco.

—Ah, ah.

—Vamos por la mitad. Enseguida pasa el dolor.

—Nadia, duele mucho… uf.

—Tranquiiiilo. Ya está toda dentro.

Se quedó inmóvil, se inclinó sobre mí y me besó. Permanecimos así dos o tres minutos.

—¿Mejor?

—S… sí. Ya va pasando.

—Bien, me muevo despacio. Si te duele mucho, lo dices y paro.

—Venga… dale.

Empezó muy lentamente, durante un largo rato. Mi erección no bajaba ni en los momentos de más dolor; al contrario, estaba cada vez más dura, goteando como un grifo mal cerrado. Después aceleró y me agarró para masturbarme al mismo tiempo.

—No voy a aguantar mucho.

—Yo tampoco. También llevo la semana de abstinencia.

—Entonces vamos juntos.

—Sí… ya llego.

—Y… ¡y yo!

Mientras me corría notaba las contracciones de ella dentro de mí. Fue el orgasmo más intenso de mi vida. Cayó derrumbada sobre mi pecho, entre besos. Cuando nos miramos, terminamos los dos en una carcajada.

—No ha estado tan mal, ¿eh?

—Dejémoslo en que sí —dije, y volvimos a reírnos.

Nos quedamos abrazados en silencio. No hace falta que cuente el final: seguimos juntos, felices y sin complejos. Aquella noche entendí que la carga más pesada que había llevado nunca no estaba entre las piernas de nadie, sino en mi cabeza. ¿A quién le importa lo demás?

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Comentarios (5)

ramiro_77

Excelente relato!!! Me atrapó desde el principio y el giro que toma es genial. Sigue publicando!!!

Darky_Mx

Que bien escrito, se siente real. Esperando la continuacion ya!

Curiosx_arg

La verdad que me sorprendio el giro de la historia, no me lo esperaba para nada. Me gusto mucho como lo contaste sin ser burdo.

MarcosD

tremendo relato jajaja, quede con ganas de saber mas

Valen_Rosario

Me encanto! Es de los pocos relatos que se leen solos porque la historia engancha. Por favor una segunda parte :)

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