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Relatos Ardientes

La noche que una travesti me hizo cruzar la línea

Era pasada la medianoche y traía unos cuantos vinos encima. Había habido reunión en casa de Marcos, una de esas juntadas que empiezan con una picada y terminan con todos hablando a los gritos y nadie acordándose de la hora. Salí cuando ya quedábamos cuatro, me subí al auto con esa sensación tibia que deja el alcohol cuando todavía no es demasiado, y manejé por las avenidas medio vacías con la ventanilla baja.

No iba buscando nada. O eso me decía a mí mismo. Pero esa noche en particular tenía el cuerpo despierto, caliente, con una urgencia que no había podido descargar en toda la semana. Manejaba lento, sin apuro, mirando las esquinas como si esperara que algo me saliera al paso.

Y algo me salió al paso.

Circulando por una avenida ancha, el semáforo se puso en rojo y frené. Giré la cabeza casi por inercia y la vi, parada contra la pared de un local cerrado, bajo la luz amarilla de un farol. De lejos se veía espectacular: alta, las piernas larguísimas, el pelo cayéndole sobre los hombros. Sentí que el estómago se me apretaba.

El semáforo cambió a verde y no arranqué. Atrás no venía nadie. Me quedé mirándola unos segundos más de la cuenta, y ella, que conocía esa mirada mejor que yo, me hizo un gesto leve con la barbilla, como diciendo «¿y entonces?».

Estacioné medio mal contra el cordón y bajé el vidrio del lado del acompañante.

—¿Tienes apuro? —me preguntó, agachándose para mirarme. Tenía una voz grave y suave a la vez, y una sonrisa que parecía saber demasiado.

—No —dije, y la palabra me salió más ronca de lo que esperaba.

Arreglamos el precio ahí mismo, en pocas frases, sin vueltas. Le abrí la puerta y subió. Y recién entonces, con la luz del techo del auto encendida, me di cuenta de algo que en realidad ya había intuido desde la vereda: era trans.

No me eché para atrás. Para nada. Lo que me había seducido desde el primer momento seguía intacto frente a mí: esas piernas morenas, torneadas, brillantes bajo las medias finas; la cadera marcada pero sin exageración; la cintura estrecha. Imaginen un cuerpo delgado, pero hecho con cuidado, cada curva en su lugar. Me sostuvo la mirada sin pestañear, esperando a ver qué hacía yo con esa información.

—Bianca —dijo, y me tendió la mano como si fuéramos a cerrar un trato de oficina.

—Mucho gusto —contesté, y los dos nos reímos de lo absurdo de la formalidad.

Le dije que buscáramos un lugar tranquilo. Conocía un hotel de paso a unas cuadras, de esos con cochera cubierta y luz tenue en la habitación. Manejé esas pocas cuadras con las manos un poco tensas en el volante y ella mirándome de costado, divertida, sin decir nada.

***

La pieza era chica, con una cama grande que ocupaba casi todo, un espejo en la pared y una luz cálida que venía de una lámpara con la pantalla medio amarillenta. Apenas entramos y cerré la puerta, Bianca se acercó, me apoyó las manos en el pecho y me empujó suave hasta sentarme en el borde de la cama.

Por un segundo me quedé quieto, con las manos a los costados, sin saber bien qué hacer con ellas. Hacía mucho que no me sentía tan expuesto. No era la primera vez que pagaba por estar con alguien, pero sí la primera que el cuerpo me pedía algo que mi cabeza todavía no terminaba de aceptar. Bianca lo notó, porque se tomó su tiempo, sin apuro, dejándome respirar.

Se arrodilló entre mis piernas y me bajó el cierre con una lentitud calculada, mirándome todo el tiempo. Cuando me liberó, se inclinó y, antes de hacer nada más, subió y me dio un beso en la boca. Yo respondí sin pensarlo. Intercambiamos lenguas despacio, con ganas, y fue un beso mucho más rico de lo que cualquiera esperaría de un encuentro pago.

Después bajó otra vez. Empezó a usar la boca de una manera que me dejó sin aire. Lo hacía mirándome, levantando los ojos cada tanto, y después cerrándolos como si ella misma lo estuviera disfrutando. Le metía un cuidado, una entrega, que tenía poco que ver con el dinero que habíamos arreglado.

—¿Quieres verme desnuda? —preguntó de repente, deteniéndose, con los labios todavía cerca.

—Claro que sí —dije.

Mencionó un extra y le dije que sí sin dudarlo. Vestida ya se veía increíble; necesitaba ver el resto.

No me equivoqué. Se levantó, se sacó la ropa con una naturalidad de quien conoce su cuerpo de memoria, y lo que apareció era casi perfecto. La piel morena, tirante, brillando apenas bajo la luz de la lámpara. Me incliné y le besé el pecho, lamí, chupé, y ella dejó escapar un sonido bajo, real, que me erizó la espalda.

—¿Me quieres coger? —preguntó, con una sonrisa de costado.

—Sí —dije.

—Te va a costar… —empezó.

No la dejé terminar. La hice girar de espaldas a mí y bajé la boca hasta sus nalgas: redondas, firmes, lisas, con un olor limpio y tibio que me volvió loco. Las separé con las manos y la recorrí con la lengua, despacio primero, después con más hambre. Mi lengua tenía fiesta. Exploré cada centímetro mientras ella se agarraba del respaldo de la cama y arqueaba la espalda.

La acosté boca arriba. Le levanté las piernas, me acomodé y la penetré de frente, mirándola a la cara. Mientras me movía dentro de ella, sus expresiones eran las de alguien que de verdad lo estaba sintiendo: la boca entreabierta, los ojos cerrándose, las manos buscándome los brazos. Empujé despacio al principio y después con todo, hasta que terminé con un escalofrío que me bajó por las piernas.

Me quedé encima de ella unos segundos, respirando fuerte, sintiendo su pecho subir y bajar contra el mío.

***

Y entonces, todavía con la cabeza apoyada en mi hombro, me preguntó algo que me cambió la noche entera.

—¿Y a ti ya te han penetrado?

—No —respondí con firmeza, casi a la defensiva.

No dijo nada. Solo me abrazó, me besó otra vez, despacio, riquísimo, y con un movimiento suave de las caderas me hizo girar hasta dejarme a mí de espaldas contra el colchón. Híjole, esto sigue, pensé, con el corazón de golpe acelerado. Pero no dije nada. No quería decir que no.

Se incorporó y se puso de rodillas delante de mí. Me miró, y vi cómo bajaba apenas la vista hacia ella misma.

—¿Te gusta? —preguntó, refiriéndose a su miembro.

—Sí —dije, y era verdad, aunque la palabra me temblara un poco.

Se acercó y, sin apuro, me lo acercó a la boca.

—Chúpala —dijo, suave.

—¿Cómo? —pregunté, y no sé si me oyó la voz quebrada o la inexperiencia entera.

—No tiene ciencia —contestó—. Abrí y hacé presión con los labios. Los dientes no, que lastiman.

Y lo hice. Torpe al principio, después un poco menos. Ella empujó dos veces, despacio, y sentí el reflejo de devolver, pero me contuve. Al final cerró los ojos, soltó un suspiro largo y se quedó quieta un instante, como saboreando algo que yo todavía no entendía del todo.

Después se acostó encima mío. Sentí su peso, su piel caliente, y enseguida la punta de su miembro buscando la entrada de mi cuerpo. Se me cerró todo de los nervios.

—Por favor, despacio —le pedí, y la voz me salió fina, casi de chico.

—Tranquilo —dijo ella contra mi oreja—. Avisame y paro.

Empujó. Cuando entró la primera parte, sentí un dolor terrible, agudo, que me hizo apretar los dientes y aferrarme a las sábanas. Bianca se detuvo de inmediato. Se quedó completamente quieta, esperando, acariciándome el costado con una mano.

—No, sacala —alcancé a decir.

Pero en lugar de eso empujó una vez más, con cuidado, y entró el resto. El dolor seguía, pero de golpe era distinto: soportable, mezclado con algo que no sabía nombrar. Ella esperó otro momento, dejándome acostumbrar, y recién entonces empezó a moverse, lento, midiendo cada empuje según mi cara.

De a poco el dolor aflojó. No desapareció del todo, pero quedó en segundo plano, debajo de una sensación nueva, intensa, que me tenía con la respiración entrecortada y los ojos clavados en el techo. Bianca aceleró apenas, gimió contra mi cuello, y terminó dentro mío con un temblor que sentí recorrerle todo el cuerpo.

Se quedó encima un rato, hundida en mi hombro, las dos respiraciones desordenadas. Le pasé un brazo por la espalda y la abracé sin pensar, como si fuera lo más natural del mundo.

—Te voy a volver a ver —le dije, y no era una pregunta.

Ella levantó la cabeza, me miró con una sonrisa cansada y verdadera, y no contestó. Solo me dio un beso corto en los labios.

***

Bianca estuvo conmigo otras tres veces más, en ese mismo hotel o en otros parecidos. Cada vez fue distinta, más tranquila, más conocida. Fue buena conmigo desde el principio, paciente con mis nervios, atenta a lo que yo todavía no me animaba a pedir en voz alta. Le agradezco mucho esa delicadeza: me enseñó algo sobre mí mismo sin hacerme sentir un torpe, sin apurarme, sin juzgar nada.

No hubo cuarta vez. Una noche fui a la misma esquina y no estaba. Volví la siguiente, y la otra, manejando despacio bajo los faroles amarillos como aquella primera vez, pero la pared del local cerrado seguía vacía. Dejó de aparecer por esa zona y nunca más la volví a ver.

Durante mucho tiempo me costó pensar en esas noches sin ponerme a la defensiva, sin necesitar explicármelas. Tardé en entender que no hacía falta. Lo que pasó en esa pieza de hotel no me convirtió en nada que no fuera ya, solo me lo mostró sin filtros. Bianca no me sedujo con trucos ni con palabras bonitas; simplemente me dio permiso para querer lo que quería, y eso, a esa altura de mi vida, valía más que cualquier cosa que hubiera arreglado en una esquina.

A veces, cuando freno en un semáforo de noche y traigo unos vinos encima, giro la cabeza hacia la vereda casi sin darme cuenta. No sé bien qué busco. Tal vez a ella. Tal vez solo aquella versión de mí que esa noche, por primera vez, se animó a no decir que no.

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Comentarios (4)

NocheLectora

que relato... me dejo sin palabras. de los mejores que lei en mucho tiempo.

ElChino_Cba

Uno cree que conoce sus limites y de repente la vida te da una vuelta de tuerca inesperada jajaja. Muy bueno, se agradece la honestidad.

OscarLeeMas

Me sorprendio la honestidad con la que esta contado. Hay algo muy real en ese tipo de descubrimiento y el relato lo captura sin juzgar ni exagerar. Bien logrado.

MatiasBsAs

esto necesita continuacion, deja demasiado para imaginar!!!

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