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Relatos Ardientes

La travesti del chat que llegó a mi habitación

Llevaba tres días en Guadalajara por asuntos de trabajo y la cuarta noche decidí que no iba a quedarme encerrado en la habitación mirando el techo. Hacía tiempo que había confirmado algo sobre mí mismo: que lo que sentía cuando me penetraban no era pasajero ni casual, sino un placer que volvía con fuerza cada vez que encontraba la oportunidad de buscarlo. La primera en descubrirlo conmigo fue Sandra, una travesti que conocí durante otro viaje, casi dos años antes. Esa noche en el hotel cerca del centro me dejó algo que no había podido olvidar del todo.

Saqué la laptop del maletín y la conecté al wifi del hotel. Era tarde, quizás las once de la noche, y la habitación tenía esa quietud impersonal que tienen todos los cuartos de hotel cuando estás solo: el zumbido del aire acondicionado, la luz fría del techo, el silencio detrás de las paredes. Me metí a un chat de travestis y transexuales que había frecuentado en otras ocasiones. La sala principal estaba activa, con los mensajes de siempre y los ofrecimientos de siempre. Me senté a leer sin apuro, pasando la vista por la lista de usuarios conectados.

Fue ahí cuando vi el nick. «TravActiva_GDL». Algo en esa combinación me resultó conocido, aunque no supe exactamente por qué. Le mandé un mensaje privado sin pensar demasiado.

—Buenas noches. ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y tú? —respondió casi de inmediato.

—Bien. Disculpa la pregunta directa, pero ¿de casualidad nos conocemos? Me resulta familiar tu nick.

—Puede ser. ¿Estuviste alguna vez en un hotel cerca del Centro Histórico? ¿Primera o segunda vez con alguien como yo?

No necesité más contexto. Era ella. Recordé aquella habitación pequeña, lo nervioso que había estado, lo diferente que resultó ser todo de lo que imaginaba antes de que sucediera.

—Sí, era yo. Me cambié de número y perdí los contactos.

—Pasa. ¿Qué andas haciendo por acá?

—Viaje de trabajo. Llegué el martes. Esta noche estoy solo en el hotel y me dan ganas de compañía.

—¿En serio? ¿Dónde estás hospedado?

—En la zona centro. Si te animas, te mando los datos.

Hubo unos cuarenta segundos de silencio antes de que llegara la respuesta.

—Mándame la dirección. Salgo en veinte minutos.

Le escribí el nombre del hotel y el número de habitación. Me compartió su número de teléfono y lo guardé. Dejé el celular sobre la cama y me quedé frente a la pantalla sin leer nada, escuchando el aire acondicionado, con esa mezcla de anticipación y nervios que aparece siempre en estos momentos aunque no sea la primera vez que uno los vive. Hay algo en la espera que tiene su propio sabor, una tensión que no se parece a ninguna otra.

***

El mensaje llegó puntual: ya venía saliendo. Pasé los siguientes quince minutos revisando el teléfono con demasiada frecuencia e intentando leer sin conseguirlo. La habitación era estándar: cama doble, mesita de noche, escritorio con la laptop abierta, una ventana con la persiana baja. Nada especial. Pero esa noche el espacio parecía distinto, cargado de algo que no tenía nombre claro.

Cuando escuché los golpes en la puerta me levanté de un salto.

Al abrir, la vi. Llevaba un vestido verde oscuro, ajustado a la cintura, que le llegaba por encima de las rodillas. El cabello negro y liso lo tenía recogido en un moño bajo. Labios rojos. Me miró directamente a los ojos y sonrió sin el menor rastro de incomodidad, como si este tipo de visitas fuera la cosa más natural del mundo.

—Qué gusto verte de nuevo —dijo, y entró sin esperar que la invitara.

Cerré la puerta. Antes de que pudiera girarme, sentí sus manos sobre mis caderas, apretando con firmeza. Se pegó a mi espalda y empezó a pasar los labios por el lateral de mi cuello, despacio, con una calma que contrastaba con todo lo que yo sentía por dentro. Su aliento era tibio cerca de mi oreja.

—Te acordabas de mí —murmuró.

—Claro que me acordaba —respondí.

Sin soltarme del todo, deslizó una mano por mi pecho hasta el estómago, rozando la tela de la camisa. Con la otra me sostenía de la cadera. Me dio un pequeño empujón en dirección a la cama y luego me hizo girar para quedar de frente a ella. Tenía esa seguridad en los movimientos que hace que uno se entregue sin necesidad de pensar demasiado.

Me empujó suavemente sobre la colcha. Tomó mis pies con ambas manos, los levantó, y con un par de gestos precisos me sacó los zapatos. Luego, sin bajar mis piernas, tiró del pantalón hacia afuera, llevándose también la ropa interior de una sola vez. Me quedé expuesto, con las piernas en el aire, en esa posición que ya conocía pero que generaba la misma sensación intensa de las primeras veces.

Pasó la palma libre entre mis nalgas, apretando, y rozó con los dedos justo en el centro. Cuando presionó la punta de uno de sus dedos contra mi entrada, solté un sonido que no planifiqué.

Se llevó ese dedo a la boca y lo humedeció con calma. Luego lo acercó de nuevo. La presión fue gradual, circular, sin apresurarse. Mi cuerpo ofreció resistencia, como ocurre siempre al principio. Ella no lo forzó. Echó un poco más de saliva, volvió a intentarlo, dejó de hacerlo, lo acarició un momento. Era paciente de una manera que resultaba casi desconcertante.

A la tercera vez logró introducir la punta. Empezó a mover el dedo en círculos, abriendo poco a poco, metiéndolo y sacándolo, apenas un poco más profundo con cada repetición. Yo gemía cada vez que entraba, sin poder evitarlo, con esa mezcla de presión y satisfacción que se instala justo donde el dolor y el placer se vuelven difíciles de distinguir.

Después de unos minutos sacó el dedo, me tomó de las caderas y me hizo girar sobre la cama hasta quedar boca abajo. Abrió mis nalgas con ambas manos y dijo en voz baja:

—Ya estás listo.

Se quitó el vestido. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que contrastaba con el tono cálido de su piel. Se hizo a un lado la ropa interior y quedó expuesta: erguida, tensa, lista. No era especialmente larga pero tenía buen grosor, y verla así me generó una mezcla de nervios y ganas que ya no intenté controlar.

Me hizo girar de nuevo, puso mis piernas sobre sus hombros y escupió directamente sobre mi entrada. Extendió la saliva con los dedos, despacio, y luego acomodó la cabeza de su erección justo contra mí.

Empezó a empujar.

La penetración fue gradual. Cedí mejor que la primera vez, aunque no sin cierta resistencia inicial que se fue disolviendo hasta que entró por completo. Solté el aire que había estado conteniendo sin darme cuenta, y ella soltó un gemido bajo cuando quedó dentro del todo.

—Qué bien se siente —dijo, con la respiración ya alterada.

Comenzó a moverse con ritmo parejo. Primero muy despacio, sacando casi por completo y volviendo a entrar, dejando que me acostumbrara a la sensación. Luego fue aumentando la cadencia. Con cada embestida la intensidad crecía y yo dejé de pensar en cualquier otra cosa que no fuera eso: ese calor, ese peso, esa presión que se repetía con un ritmo que empezaba a sentirse tan natural como la respiración.

Se acercaba de vez en cuando para besarme en el cuello mientras seguía moviéndose, o me decía algo al oído que yo ya no alcanzaba a procesar porque había dejado de funcionar en palabras. Solo existía la sensación.

Se detuvo un momento, me hizo levantar y me posicionó en cuatro sobre la orilla de la cama. Entró de un golpe y solté un quejido que se convirtió en gemido cuando retomó el ritmo. Aumentó la velocidad. De vez en cuando me daba una palmada seca en la nalga. El cabecero de la cama golpeaba contra la pared a cada embestida y los dos habíamos dejado de preocuparnos por los sonidos.

Después de varios minutos así, salió de golpe. Me tomó de la cadera y me hizo arrodillar en el suelo frente a ella. Quedé con la cara a la altura de su erección.

—Abre la boca —dijo—. Quiero terminar ahí.

Obedecí. Empezó a masturbarse con la mano moviéndose rápido, los gemidos más frecuentes y más cortos, la respiración más entrecortada. Metió la cabeza entre mis labios. Sentí cómo palpitaba antes de que llegara el primer chorro: caliente, espeso, directo. Traté de moverme por instinto, pero me sostuvo de la barbilla con firmeza y no me dejó apartarme.

Siguieron cuatro chorros más, cada uno igual de intenso. Cuando terminó, me soltó la barbilla y retiró la erección de mi boca. Me quedé un momento quieto, sin saber exactamente qué hacer. La tragué. Era salada, densa, con una textura que no se parecía a nada que hubiera probado antes. Extraña. No exactamente desagradable, pero tampoco lo contrario. Algo completamente propio.

Ella me observó con una sonrisa satisfecha mientras yo me incorporaba.

—Bien —dijo simplemente.

***

Se vistió despacio, con la misma calma que había tenido toda la noche. Cuando estuvo lista se acercó, me dio un beso largo, me apretó las nalgas con ambas manos y metió un dedo en mi interior todavía abierto, como si quisiera dejar una última marca. Luego se separó y fue hacia la puerta.

—Espero que no pase tanto tiempo hasta la próxima —dijo antes de salir.

La puerta se cerró y me quedé solo en la habitación, sentado en el borde de la cama, con la sensación física de todo lo que había pasado todavía presente en el cuerpo: el calor residual, la abertura que tardaba en cerrarse, el sabor que persistía en la boca. La primera vez que me corrían dentro de la boca. Una experiencia nueva, con su propia textura, sus propias preguntas.

Me pregunté mientras me duchaba si habría una próxima vez. La respuesta, en algún punto de esa noche, ya la sabía.

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Comentarios (8)

TabooWolf

Tremendo relato, me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Esperando mas!!

pichon_79

excelente!!

Gustavo_87

La tension del momento en que tocaron la puerta... eso lo describiste barbaro. Muy bueno.

Seba_noct

Por favor seguila, quede con ganas de saber como termino todo jajaja

NicoDeviante

Este tipo de relatos no se encuentran seguido por aca, que bueno que lo subiste. Hace tiempo que no leia algo tan bien escrito en la categoria.

toto_lector

Se hizo corto, necesito una segunda parte :)

LectorK88

Me recordo a algo que me paso hace unos años, pero con otro final jaja. Buen relato, muy creible.

vikingo_55

Como describiste esa espera antes de que tocaran la puerta, que nervios deben haber sido. Muy entretenido!!

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