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Relatos Ardientes

La cita con el uniformado que pedí por la app

Marzo de 2017. Estaba recostada en la cama con el teléfono en la mano, revisando los mensajes de la aplicación. La habitación se hundía en la penumbra y lo único que la iluminaba era el brillo azulado de la pantalla contra mi cara.

Un perfil sin foto me había escrito hacía un rato. El nombre era simple: Uniforme22.

—Hola, preciosa. Veo que estás cerca. ¿Trabajas? —decía el mensaje.

Tecleé despacio, mordiéndome el labio.

—Hola, papi. Soy Renata, tengo veinte años. ¿Te interesa?

—Me encantan las chicas como tú. Soy oficial, puedo pagarte cuarenta mil por un rato. ¿Te parece?

—Me encanta la idea de estar con un uniformado. Pero cobro setenta.

—Está bien. Te doy los setenta. Pásame tu dirección y voy en quince minutos. Quiero verte de rodillas cuando llegue.

—Te espero con la puerta abierta, mi oficial.

Me vestí rápido. Una tanga roja diminuta, unos tacones altos del mismo color, las uñas de manos y pies pintadas de negro. Labial rojo intenso, maquillaje apenas marcado, el pelo suelto cayéndome sobre los hombros. Apagué casi todas las luces y me arrodillé frente a la puerta con el corazón latiéndome a mil.

Solo un rato. Setenta mil. Nada que no haya hecho antes.

***

La puerta se abrió despacio y la figura que apareció en el umbral me cortó la respiración. Medía más de uno ochenta, llevaba el pelo muy corto y una mirada que no parpadeaba. El uniforme verde oscuro se ajustaba a un cuerpo entrenado, y el chaleco le añadía volumen al torso. En el cinturón cargaba un bastón de madera y la pistola de servicio. Las botas negras brillaban incluso en esa luz miserable.

—Así me gusta —dijo—. En tu lugar y esperando como una buena chica.

Me quedé arrodillada, temblando apenas, mirando esas botas pulidas a centímetros de mi cara. La respiración se me aceleró cuando vi el arma en la cartuchera.

—Yo siempre obedezco a la autoridad, mi oficial… —susurré.

Me agarró del pelo con fuerza y me echó la cabeza hacia atrás. Con la otra mano rozó la culata de la pistola y sonrió de un modo que me erizó la piel. Soltó la cartuchera, sacó el arma y apoyó el cañón frío contra mi sien.

—Hoy no vas a ganar un solo peso —dijo en voz baja—. Y vas a cooperar, si no quieres que te lleve detenida.

Sentí las lágrimas bajándome por las mejillas mientras temblaba sin control. Entre el miedo y algo que no quería nombrar, noté mi sexo endurecerse contra la tela de la tanga.

—Por favor… no me hagas daño… haré lo que quieras…

Se rió por lo bajo mientras se desabrochaba el pantalón con la mano libre. Me frotó la pistola contra la mejilla húmeda y después me metió el cañón en la boca.

—Chúpala.

Mientras lamía el metal escuché pasos en el pasillo. Me puse aún más nerviosa cuando la puerta se abrió de nuevo y entró un segundo hombre, igual de alto, con la misma sonrisa torcida. El primero me señaló con la pistola todavía en la mano.

—Mira lo que tenemos aquí —dijo—. Una que cree que puede cobrarle a la ley.

—Se nota que necesita una lección sobre quién manda —contestó el otro.

***

Los dos se rieron. El segundo sacó una linterna táctica y me golpeó en los tobillos. Perdí el equilibrio y caí de lado contra el suelo.

—No, por favor… les hago lo que quieran gratis… pero no me lastimen… —rogué.

El primero me apretó la barbilla mientras el otro se aflojaba el uniforme. Sus risas llenaban la habitación y yo no podía dejar de llorar. Escuché un clic frío y unas esposas metálicas se cerraron alrededor de mis muñecas. Otro par me apretó los tobillos.

—Mira cómo tiembla —dijo uno—. ¿Crees que esos tacones te hacen ver más mujer?

—Déjame mostrarle lo que hacemos con las que se creen intocables —respondió el otro.

Quedé tirada, medio desnuda, con las piernas abiertas a la fuerza por las esposas de los tobillos. Jadeaba entre sollozos.

—Por el amor de Dios… tengo miedo… —dije.

El primero me puso una bota sobre el pecho y presionó despacio mientras el otro grababa la escena con el teléfono. Las carcajadas resonaban contra las paredes.

De un tirón me arrancó la tanga, dejándome completamente expuesta. Su compañero levantó el bastón de madera.

—A ver esto… —dijo con desprecio.

El bastón cayó sobre mis costillas y dejó una marca roja al instante. Grité y me retorcí en el suelo.

—A ver esos pezones… —dijo el otro.

El segundo golpe azotó mi pecho y los pezones me quedaron hinchados y ardiendo. Ya no podía contener el llanto.

—¡No más, por favor! ¡Me van a romper las costillas! —chillé.

El segundo se rió y golpeó mis nalgas una y otra vez con el bastón, dejando marcas violáceas sobre mi piel pálida. Cada golpe en las costillas me hacía toser, sentía que se me iba el aire. Y, sin embargo, mi sexo seguía completamente duro.

—Mira cómo le gusta, compañero —dijo el primero—. Esta disfruta el castigo.

Una bota me pisó los dedos. Escuché crujir un tacón. El segundo me escupió en la cara mientras me insultaba, y el sabor de su saliva se mezcló con mis lágrimas.

—¿Quieres que pare? —preguntó—. Di que no vales nada y a lo mejor te dejamos ir.

—No valgo nada —repetí, y solo consiguieron reírse más fuerte.

Las esposas me apretaban hasta casi cortar la piel. Ya no sentía las manos. El olor a cuero y a sudor de sus uniformes me mareaba.

***

El primero se abrió el pantalón y me agarró del pelo.

—Abre bien la boca —ordenó—. Vamos a darte tu merecido.

Sentí el primer chorro caliente golpeándome la cara. Me entró en los ojos y ardía horrible. Tosí cuando intentó metérmelo en la boca; el sabor era salado y amargo. El segundo se sumó. Me llenaron la cara hasta que me atraganté y no podía ni respirar, mientras yo tragaba por puro miedo.

—Trágatelo todo —dijo uno, riéndose.

Los dos siguieron orinando sobre mi rostro mientras yo temblaba, cubierta de moretones y orina. Después me soltaron los tobillos y me pusieron en cuatro.

—Así me gusta —dijo el segundo—. En posición, como corresponde.

Las rodillas me raspaban contra el piso frío. Con las muñecas esposadas a la espalda no podía apoyar las manos, así que solo tenía la cara contra el suelo y mi sexo erecto balanceándose entre las piernas. Me dieron una patada en las nalgas y me fui de boca; la frente me golpeó con fuerza contra el piso.

El primero me puso la bota embarrada sobre la mejilla y presionó hasta deformarme la cara contra el suelo.

—Chupa la suela —dijo—. Así aprendes a respetar a la autoridad.

Sentí el sabor a tierra. Apenas podía respirar y mis lágrimas empapaban el piso. La bota se movió de la cara al cuello, apretándome la garganta.

—¿Te gusta que te traten así? —preguntó.

—No puedo… respirar… —dije con un hilo de voz.

El segundo me escupió en el cuerpo y presionó el bastón contra mi entrada.

—¡No, por favor! ¡Va a desgarrarme! —grité.

La madera áspera me quemaba por dentro. Gritaba, pero la bota sobre mi cara ahogaba el sonido. La humillación pesaba más que el propio dolor.

***

Vomité en el suelo, llorando de dolor y de miedo. Me agarraron del pelo y me restregaron la cara contra mi propio vómito.

—Limpia tu desastre —ordenó uno—. Todo.

Mientras lamía el piso los escuché hablar entre ellos.

—Oye, ¿trajiste condones? —preguntó uno.

—Estaban en el velador —contestó el otro, y se rió—. Al menos sirve para algo.

Sentí al primero penetrarme, rozando cada marca que ya tenía por dentro. El dolor era insoportable, pero mi cuerpo traidor respondía con placer. Se turnaron, cambiándome de posición una y otra vez, cada cambio más brusco que el anterior. En un momento me montaron encima del primero y empecé a moverme sola, sin poder evitarlo.

—Mira cómo se mueve sola —se burló él.

No lo controlaba. El placer era demasiado intenso y empecé a correrme sin parar sobre su estómago, manchándole el uniforme. Los odio, los odio, pensaba, y aun así mi cuerpo no dejaba de temblar de placer.

El segundo me empujó contra la pared y me embistió por detrás con una fuerza animal.

—Eres puro vicio —jadeó—. Naciste para esto.

—¡Más fuerte! —me oí decir, arqueándome sin querer.

Mis gritos de miedo se habían transformado en gemidos. El primero me tiró del pelo hacia atrás y se vino sobre mi cara, sobre mis ojos. Los chorros espesos me nublaron la vista.

—Toma todo —dijo—. Quiero que te quede ardiendo por días.

—Dámelo todo, por favor —gemí.

El segundo me puso en cuatro otra vez y me clavó hondo mientras me daba nalgadas. Se vino dentro y me derrumbé contra el suelo, jadeando, completamente deshecha. Después se retiró sin prisa, como un profesional, y me dejó tirada entre fluidos y billetes.

—Vales más de setenta mil —dijo el primero, lanzando el dinero al piso—. Pero te lo ganaste.

La puerta se cerró y me quedé sola, hecha pedazos. Me arrastré hacia los billetes manchados y los apreté contra el pecho como si fueran lo único que me sostenía.

***

Abrí los ojos con dificultad y ya era de día. Seguía tirada en el mismo lugar de la noche anterior. Me quedé mirando las marcas en mis muslos y los billetes esparcidos por el suelo.

—Nunca me iban a matar… —dije con voz ronca—. Solo querían verme con miedo. Excitarse con eso.

Cuando intenté levantarme, un dolor agudo me dobló en dos. Me arrastré despacio hasta el baño, dejando un rastro detrás de mí.

Pasé horas bajo la ducha, frotándome hasta que la piel me ardía, llorando sin consuelo. Me sentía una basura por todo lo que había pasado, y peor todavía por algo que no me atrevía a admitir: una parte de mí lo había gozado.

Solo veinte años… y ya dejo que me hagan esto por dinero. ¿Qué sigue después?

Volví a dormir y no toqué el teléfono hasta el día siguiente. Cuando lo hice, había un mensaje nuevo en la aplicación.

—Valió cada peso —decía Uniforme22—. Cuando quieras la segunda ronda, avísame. Tenemos amigos que quieren conocerte.

Mis dedos acariciaron la pantalla. Segunda ronda… amigos… Sentí cómo algo dentro de mí terminaba de quebrarse, y a la vez una sonrisa temblorosa se me formaba en los labios.

Respondí con dos palabras: «Cuándo y dónde».

La respuesta llegó enseguida.

—Así me gusta. Ahora ya sabes a qué te enfrentas cuando trabajas con nosotros. Tu miedo nos pone peor.

—Ya sé que mi terror los excita —escribí—. ¿Cuándo quieren verme de nuevo?

Me recosté en la cama, aceptando, sin pelear más, que mi cuerpo se había convertido en juguete del deseo de otros.

—Avísame cuando estés recuperada —respondió—. La próxima será en otro lugar. Y seremos varios.

Me toqué las costillas magulladas mientras tecleaba la última respuesta.

—Dame una semana —escribí—. Prepara a tus amigos… y más dinero.

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Comentarios (5)

MiriamLec

increible relato!!! me dejo sin palabras, la tension desde el primer parrafo es brutal

Darkero_92

que manera de arrancar una historia. Quede enganchado de entrada.

Toni_Mdq

Por favor continuá con esto, quede con muchas ganas de saber como siguio la noche

PatricioSM

La descripcion del momento antes de que se abra la puerta esta muy bien lograda, se siente la tension

SusyGBA

me recordo a una noche que tuve hace tiempo, esa mezcla de nervios y emocion antes de lo desconocido es inconfundible jaja

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