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Relatos Ardientes

La cita del hotel guardaba un secreto bajo la falda

No me llaméis gigoló, aunque me dedique a seducir mujeres por dinero. ¿Qué soy entonces? ¿Un prostituto? Ni siquiera es el dinero de ellas el que cobro, ni esto es mi única fuente de ingresos. Lo tomo como una buena obra, una especie de trabajo social, un pasatiempo placentero. El rumor corre de boca en boca y así es como hago nuevas «amistades».

La cosa empezó como una broma. Un tipo al que no puedo llamar amigo, más bien un impresentable, soltó que su hermana era tan poco agraciada que no había hombre que se acostara con ella por muy borracho que estuviera. Yo acepté el desafío. Supongo que ese día iba bastante borracho yo también.

Al final la chica ni era tan fea ni nada por el estilo, y resultó mucho mejor persona que su hermano. Lo pasamos bien los dos. Ella fue la primera, y a partir de ahí surgieron más oportunidades. Es un complemento a mi sueldo normal, nada más.

Los clientes son los maridos, los amigos, las amigas, incluso padres o hermanos. Alguien que quiere hacerlas disfrutar, regalarles un buen rato. A veces me dan datos sobre la víctima, perdón, el objetivo. Otras solo una descripción o el número de una habitación de hotel.

Por lo general no son ni jóvenes ni guapas, y eso no importa. Tampoco es que yo sea un adonis. No tengo mal cuerpo ni mal rostro, pero tengo cierto encanto, labia, o como queráis llamarlo.

Por eso me sorprendí al entrar en aquella cara suite y encontrarme con una joven tan tímida. Tendría dieciocho o diecinueve años, enfundada en una ropa nada provocativa.

Llevaba una falda larga de tela ligera, por debajo de las rodillas. La blusa le tapaba todo el torso, dejaba ver apenas parte de unos brazos finos, blancos, suaves. El cabello negro le caía por debajo de los hombros. Tenía la cara bonita, adornada con un maquillaje discreto, y unos ojos pardos tan profundos que uno se perdía en ellos.

Parecía nerviosa cuando me abrió. Me habían dicho que se llamaba Vanesa. Jugaba con la punta de un mechón, retorciéndolo entre los dedos.

Lógicamente no me lancé sobre ella. No soy ningún depredador. Me presenté e intenté hacerla reír con un par de bromas tontas. Su voz era apenas un susurro, dulce y suave.

—Hola, soy Darío. Tu hermana nos citó aquí.

—Yo soy Vanesa. Sí, me dijo que eres dulce y cariñoso, que puedo dejarme llevar contigo.

—Espero que pronto confíes en mí.

Conseguí arrancarle el primer beso, apenas un roce en los labios. Me lo devolvió tímida, pero un poco más firme, con sus manos entre las mías. Eran suaves, me gustaba acariciárselas, con las uñas perfectas pintadas de rojo brillante.

—Eres muy bonita —le dije—. Eso no debería impedirte tener relaciones. ¿Eres tímida?

—Algo así. Sí.

Despacio fui aumentando la intensidad de mis besos, buscando más. Sus labios, su lengua entregándose al primer roce. Me di cuenta de que ella lo tomaba cada vez con más ansia.

Solo separó la boca de la mía para decirme, con una voz ronca de excitación, que fuera tierno con ella, que era virgen.

—Nunca he estado con nadie. Ten cuidado, por favor.

—Por supuesto. Iremos a tu ritmo. Solo relájate y déjate llevar por tus deseos.

Le sonreí y llevé una de sus manos a mi pecho para que me acariciara, para que se soltara y empezara a conocer el cuerpo de un hombre. Ni siquiera toqué el suyo hasta que ella me quitó la camisa. Dejé que sus dedos siguieran las líneas de mis pectorales, que ganara confianza. Me rozaron los pezones casi con respeto.

—Estás muy bueno. Has trabajado estos músculos.

—Me cuido. Ahora te toca a ti. Me gustaría ver más de ese cuerpo que escondes tanto.

La puse de pie y le abrí el vestido entero, dejándolo caer al suelo. La lencería de encaje descubría su piel blanca, unos pechos menudos apenas insinuados, una cadera tan fina que se le marcaban las costillas. Se colgó de mi cuello para volver a besarme casi con desespero, y por fin pude agarrar su culo prieto y pegarla a mí. La suavidad de su piel me estaba volviendo loco.

Le dio otro ataque de timidez y solo dijo:

—Perdóname.

—¿Por qué? No has hecho nada malo.

Entonces tomó mi mano y la llevó a su pubis. De entre sus muslos había empezado a asomar una polla que, sin ser grande, tampoco era pequeña. Fina, recta, bien depilada. Y parecía que nuestros besos la estaban poniendo dura. Tuve que apartar el encaje de la braguita para que no le hiciera daño.

Tendría que haber estado ciego para no darme cuenta antes, pero su timidez me había despistado. No me gustó el engaño en el que había caído. Pero la dulzura de aquella muchacha hizo que volviera a besarla, sorbiendo su lengua.

—No pasa nada. Para mí eres toda una mujer. Y lo vamos a comprobar. Sin prisa.

Le prometí que no me iría sin hacerla mujer. Deseaba arrancarle la braguita de encaje y el sujetador a juego para disfrutar de su hermoso cuerpo andrógino.

—¿Te hormonas?

—Desde hace poco, sí.

—Parece que te sienta bien. Muy bien, por lo que veo. Vas a ser una mujer preciosa.

Creo que hasta se ruborizó. Pero se excitaba a pasos agigantados y quería más. Con mis caricias, su polla se había puesto bien dura. A mí también me ponía cachondo la situación, tener aquella bonita estaca entre las manos. Seguí desnudándola. Con una sola mano solté el broche del sujetador y me quedé con la prenda colgando de los dedos.

Al fin pude contemplar los pechos pequeños y duros. El pezón orgulloso, rojo oscuro, coronando dos conos de carne apenas apuntados. De sus dulces labios pasé a la oreja, al cuello, al hombro, a esas tetitas que me llamaban. No le soltaba la cadera, pero todavía no quería librarla del tanga. Solo seguía lamiendo su piel.

Recorrí sus axilas, las costillas marcadas, el vientre plano, el ombligo. Mi lengua humedeciendo su piel suave, sus gemidos halagando mis oídos. Cuando llegué al pubis era el momento de bajarle el tanga por los muslos largos. Quedó retenido unos segundos por la dureza de su polla, pero conseguí sacarlo por sus pies cuidados sin más incidentes.

Aprovechando que tenía las manos allí, me llevé sus dedos a la boca y me puse a chupárselos. Quería que entendiera que ninguna parte de su cuerpo me producía rechazo, antes de llevarme su rabo a los labios. Que todas ellas podían darle placer.

Subí lamiendo la pantorrilla, la cara interna de los muslos, hasta que, sonriendo y mirando sus ojos castaños, pasé la lengua por sus huevos depilados. Me dediqué a chuparlos un rato. De ahí deslicé la lengua por el tronco, fino y recto, con las venas marcadas, hasta el glande, tan morado como el interior de una granada y duro como una piedra.

—¡Para! Vas a hacer que me corra.

—Mejor. Déjate llevar.

Recibí su semilla en la boca con gusto. No era la primera que probaba, y cuando la persona me gusta lo hago encantado. Pero con ella fue especial. Paladeé ese sabor un segundo antes de incorporarme y dárselo a probar en un beso lascivo. Abrió la boca y recibió mi lengua, mi saliva y su propio semen con ganas atrasadas.

Le agarré el culito pétreo, pegando su cuerpo al mío. Temblaba de anticipación. Le besé el cuello, la oreja.

—¿Quieres probar la mía?

—Estoy deseándolo. Es mi primera polla, ¿sabes?

—Lo imaginaba. Haz lo que quieras, y lo que yo deseo, tanto como tú.

Me tumbé a su lado en el colchón. Todavía respiraba fuerte. Abrí las piernas para que se acomodara entre mis muslos, de rodillas. Ver su carita orientada hacia mí, medio tapada por los mechones, mirándome a los ojos, me excitaba muchísimo. Había escondido su polla flácida entre las piernas, debía de ser su costumbre. Lo hizo sin pensar.

Durante un rato estuvo contemplando mi rabo, con una cara de vicio impresionante. Lo movía con la mano de lado a lado para verlo entero, me levantaba los huevos. Su curiosidad me estaba poniendo cardíaco.

Por fin se decidió a pasar la lengua por mi piel. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. A partir de ahí todo fue rodado: empezó a chuparme los huevos, a subir por el tronco hasta el glande. Intentó tragarla, pero le dio una arcada.

—Tranquila, cielo. Eso no hace falta. Solo lámela. Chupa el glande y los testículos como caramelos. Piensa en lo que te gusta a ti. De todas formas vas a conseguir que me corra. Puedes hacer feliz a cualquier hombre con esos labios.

Se lo decía bajito, suave, acariciándole el pelo y los hombros con ternura.

—Pero yo quiero más. Lo quiero todo.

—No seas ansiosa, no tenemos prisa, ya te lo prometí. ¿Querrías follarme a mí?

Intercalaba sus frases entrecortadas con lametones a mi polla y gemidos. De vez en cuando se llevaba una mano a su sexo y se acariciaba. Se estaba poniendo dura otra vez.

—¿Me dejarías?

—Todo lo que desees, cariño.

—Y tú, ¿me vas a penetrar? Quiero que me hagas mujer, pero tengo miedo de que me duela.

—Para eso está el lubricante. Lo vamos a hacer los dos. Solo disfrutar.

Con su lengua repasando mis genitales y aquella conversación, yo estaba más que excitado.

—Me voy a correr, cielo. ¿Dónde quieres mi semen?

—No voy a perderlo. En mi lengua.

Y así fue. Siguió chupando hasta que me derramé en su boca. No se conformó: subió a besarme y compartió mi leche en un nuevo beso. Cruzamos las lenguas un buen rato, sin dejar de recorrernos con caricias suaves.

Los dos queríamos más. Ella buscaba mi polla, que con sus besos volvía a endurecerse. Yo le acariciaba el culo, deslizaba un dedo por su ano y empezaba a dilatarlo, sin prisa, con ternura. Alcancé el lubricante y empecé a ponerlo, primero con un dedo, luego con dos, abriendo su culito duro. Ella gemía.

—Móntame tú. Así tendrás más control.

Esparció más lubricante por mi rabo con su manita, haciendo que se pusiera más dura. Me tumbé boca arriba, con la polla apuntando al techo. Su cadera parecía pequeña entre mis manos mientras la subía encima de mí. Con las rodillas a los lados de mi cuerpo, fue bajando el culo poco a poco. Mi polla entraba despacio, firme. En ningún momento se echó atrás.

Los gemidos que salían de sus labios me decían que no le dolía, que disfrutaba de su primera vez.

—¡Uf! Qué rico.

—Despacio. Siéntela.

Aproveché para acariciarle la polla dura, que apuntaba hacia mi cara, y para pellizcarle los pezones con suavidad. Pero no quería que se corriera todavía; la reservaba para mi culo. Ella sí buscaba mi semen en su recto. No dejó de moverse arriba y abajo, sin prisa pero firme, hasta que tuve mi orgasmo.

Se derrumbó sobre mi pecho, cansada, besándome el cuello, los labios, hasta los pezones. Yo le acariciaba el cabello, la espalda, las nalguitas duras.

Su polla dura quedaba apretada entre nuestros vientres, latiendo, deseosa de descargar. Y yo quería que lo hiciera dentro de mí. Así que la levanté y me ofrecí. Quería verle la cara mientras me follaba. Me tumbé de espaldas, abrí bien las piernas, las levanté hasta el pecho.

—Te toca. Dilátame y lubrícame.

Clavó dos dedos con un buen pegote de lubricante en mi ano. Notaba cómo hurgaba en mi interior, y la sensación me encantaba. Estaba gozando.

—Venga, póntelo en la polla y clávamela.

Con una sonrisita perversa empezó a acariciar su mástil con el lubricante. Los pezones parecían querer escaparse de su pecho.

—¿Estás listo?

—Ansioso. Dale.

Apoyó el glande en mi ano y empujó despacio. No era mi primera vez, pero tampoco estaba muy acostumbrado a tener un rabo en el culo. Ayudaba que el suyo fuera finito y que se lo tomara con calma. No me dolió gran cosa, y empecé a gemir y jadear como había hecho ella un rato antes. Se inclinó y me acarició los pezones mientras me follaba.

Me di cuenta de que se soltaba a pasos agigantados. Iba a hacer felices a sus próximos amantes con su morbo. Recibí su semen en el culo, e hizo algo que jamás habría imaginado cuando la vi entrar en la habitación. Se inclinó y empezó a lamerme el ano, recogiendo el semen que salía cuando yo apretaba los músculos del vientre. Casi me corro otra vez en ese momento, y eso que ni siquiera tenía el rabo del todo duro.

La atraje entre mis brazos para descansar y recuperarnos.

—Sí que estás aprendiendo. Más de lo que te he enseñado.

—Eso es porque eres un maestro estupendo.

Me sonreía mientras me abrazaba con fuerza, y yo la sujetaba.

—¿Estás contenta?

—Ha sido genial. Lo estoy disfrutando mucho. Creo que voy cogiendo confianza.

—Deberías vestir más sexy. Estos trapos no te hacen justicia. Tienes unas piernas muy bonitas, lúcelas.

—Hasta ahora no me atrevía. Quería ser invisible. Pero poco a poco tendré confianza para enseñar algo más.

Le iba arrancando confesiones mientras nos acariciábamos. Hacer un poco de psicólogo es parte del trabajo. Claro que resulta más fácil hacerlo desnudos, muy juntos en una cama, que en un diván de consulta. Me contó que su hermana, la que nos había reunido en esa habitación, era quien más la apoyaba, y que su determinación era firme.

***

Desde entonces ha seguido mejorando, y ahora es una mujer bellísima con una polla fina y recta que me da placer de vez en cuando, igual que la mía la complace a ella, ya sin dinero de por medio. Hemos quemado los trapos tras los que ocultaba su cuerpo. Viste mucho más sexy. Follamos porque nos apetece y nos gusta. Y a veces, cuando me mira con esa carita de vicio, pienso que el mejor trabajo de mi vida nunca fue un trabajo.

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Comentarios (5)

LectorFurtivo

Me atrapó desde la primera linea. De lo mejor que lei en esta categoría, sin dudas.

PatricioMDQ

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue!! Muy bueno el relato

Tomás_Nocturno

jajaja la cara que se le debe haber puesto al protagonista... tremendo giro. No me lo esperaba para nada

DiegoRV_88

Leí varios relatos de esta categoría y este es de los que mas me gustaron. El planteo inicial es genail.

SoledadPB

Me encantó como está escrito, se lee fluido y engancha desde el principio. Espero que sigas publicando asi!

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