La travesti que cruzó la cordillera por un trato
Renata tenía veintidós años y una belleza que parecía pensada para los lugares sin testigos. Piel canela clara, lisa como canto de río, pecho pequeño y firme, caderas estrechas y, entre las piernas, un secreto rosado que se endurecía con el simple roce del viento. Llevaba el pelo teñido en tonos de cobre cayéndole hasta los hombros, y esa tarde el flequillo se le pegaba a la frente por el calor del viaje.
Lo conoció en un bar de Esquel, una tarde de marzo en que ella ya no sabía cómo iba a pagar el alquiler. Él se llamaba Genaro, tenía cincuenta y ocho años y era estanciero de la falda de la cordillera. Barba canosa, manos como raíces viejas y una mirada que no pedía permiso para posarse donde quería.
—Venite quince días a la estancia —dijo, sin rodeos, mientras hacía girar el vaso de whisky—. Te doy ocho mil dólares en efectivo. Después te vas. No preguntes y no hables si no tenés ganas.
Renata sabía lo que esa propuesta significaba. Lo supo por cómo él le había recorrido el cuerpo con los ojos al entrar, despacio, como quien tasa un animal. Tendría que haberse negado. En cambio, algo en esa voz ronca le aflojó las rodillas y le humedeció la ropa interior de encaje negro antes de que terminara la frase.
—Está bien —respondió ella, y la palabra le salió más firme de lo que esperaba.
***
Manejaron casi tres horas por caminos de ripio, primero entre bosques de lengas y después por una meseta pelada donde no quedaba un solo poste de luz. El celular de Renata perdió señal en el primer cuarto de hora y ya no la recuperó. A los lados, nada: viento, alambrados, alguna vaca quieta mirando la nada. La estancia apareció recién al anochecer, una construcción de piedra y madera, grande y oscura, encajada contra un cerro como si llevara cien años escondiéndose.
Adentro no había electricidad. Solo faroles de querosén que dibujaban sombras largas en las paredes, y una chimenea que ardía con un rugido grave, casi animal. Olía a leña, a cuero y a algo más antiguo que Renata no supo nombrar.
—El cuarto principal es ese —dijo Genaro, señalando con el mentón—. Dejá el bolso. No vas a necesitar mucha ropa.
Sabía exactamente dónde me estaba metiendo, pensó ella. Y lo siguió igual.
***
Esa primera noche él no perdió tiempo en cortesías. La llevó frente al fuego, le bajó la falda con dos dedos y le sacó la blusa por la cabeza sin apuro, como quien desviste algo que ya considera suyo. La dejó parada sobre las baldosas, en lencería negra, con la luz naranja temblándole en la piel.
—Date vuelta —ordenó.
Renata obedeció. Sintió la mirada de él clavada en su espalda, bajando por la curva de las caderas hasta detenerse en la tela hundida entre las nalgas. Genaro se acercó. Olía a tabaco y a campo. Le bajó la prenda hasta los tobillos con una lentitud calculada y le abrió las nalgas con las dos manos ásperas, sin prisa, estudiándola.
—Hace mucho que no entra nadie nuevo en esta casa —murmuró contra su nuca.
Lo que siguió fue puro instinto. Él la preparó con paciencia bruta, los dedos gruesos abriéndose paso despacio, mientras la otra mano le sujetaba la cadera para que no se escapara. Renata jadeaba, arqueada, las manos apoyadas en el respaldo de un sillón de cuero. El único sonido era el crepitar de la leña y su propia respiración entrecortada.
—Quieta —dijo él, y la palabra sonó más a promesa que a orden.
Cuando por fin la penetró, Renata mordió el cuero del sillón para no gritar. Genaro la tomó del pelo cobrizo y la fue llevando a su ritmo, lento primero, después más hondo, su pecho ancho cubriéndole la espalda entera. La mesa de roble crujía con cada embestida. Ella sentía el calor del fuego en la cara y el peso de aquel hombre encima, y por un instante no quiso estar en ningún otro lugar del mundo.
—Adentro —pidió ella, con la voz rota—. Quedate adentro.
Él gruñó algo que no era una palabra y se vació en ella con un estremecimiento largo. Después, en lugar de soltarla de cualquier manera, la levantó en brazos como si pesara menos que un cordero, la llevó a la cama de hierro y la tapó con una manta de lana cruda. Renata se durmió escuchándolo respirar al lado, todavía temblando.
***
Los días en la estancia tenían su propia liturgia, y Renata aprendió a leerla por la luz que entraba por los postigos.
Por la mañana, antes de que clareara, Genaro la despertaba con la boca. La giraba boca abajo entre las sábanas, le separaba las nalgas y se quedaba ahí media hora, sin hablar, la lengua tibia recorriéndola, los dedos abriéndose camino hasta el fondo. Renata se aferraba a la almohada y terminaba sin que él le tocara siquiera el sexo, su miembro pequeño derramándose contra la lana áspera mientras el cielo apenas empezaba a aclarar tras el cerro.
Por la tarde, el galpón. Entre el olor a cuero curtido y a estiércol seco, él la doblaba sobre un fardo de alfalfa y la tomaba de pie, una mano enredada en el pelo, la otra clavada en la cadera. A veces le hacía beber del vino tinto de la cena directamente del pico de la botella, despacio, mientras la embestía, y Renata sentía el calor del alcohol mezclarse con el de su cuerpo hasta no distinguir uno del otro.
Por la noche, otra vez la chimenea. Genaro la sentaba en una silla de madera, le ataba las muñecas con tiento de campo —ni muy fuerte ni muy flojo, lo justo para que ella sintiera que no mandaba— y le abría las piernas frente al fuego. La trabajaba con las manos durante un tiempo que a Renata se le volvía imposible de medir, hasta dejarla deshecha, gimiendo bajo, el cuerpo entero entregado.
—Mirame —le decía él en esos momentos, y era la única exigencia que le hacía de verdad—. Mirame cuando te corrés.
Y ella lo miraba, los ojos llenos, mientras él la observaba como si fuera la cosa más valiosa que había tenido en años de soledad.
***
No todo era silencio. Hubo una tarde en que Genaro la encontró llorando en la cocina, sin razón aparente, abrumada por el vacío de aquel lugar donde no existía nadie más que ellos dos.
—No estoy acostumbrada a que me traten bien y mal al mismo tiempo —confesó ella, secándose la cara con el dorso de la mano—. No sé qué se supone que tengo que sentir.
Él se quedó un rato largo apoyado en el marco de la puerta, mirándola. Después sirvió dos tazas de café negro y se sentó frente a ella, algo que no había hecho en todos esos días.
—Acá nadie te va a decir lo que tenés que sentir —dijo al fin—. En el pueblo te miran de reojo, ¿no? Yo te vi entrar a ese bar y me pareciste lo más despierto que había pasado por la cordillera en años.
—¿Y por eso me trajiste hasta el fin del mundo? —preguntó ella, casi sonriendo.
—Te traje porque hace mucho que no quiero compartir nada con nadie —contestó él, sin apartar la vista—. Y de golpe quise. No le des más vueltas. Acá las cosas son simples si uno las deja ser.
Renata no supo qué contestar. Tomó el café en silencio, observando cómo las manos enormes de aquel hombre rodeaban la taza con un cuidado que no encajaba con su tamaño. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no le pesó. Afuera el viento seguía soplando, pero adentro hacía calor, y eso, por ahora, le alcanzaba.
***
La penúltima noche estalló una tormenta de esas que en la Patagonia parecen querer arrancar el techo. El viento aullaba contra las paredes de piedra como un animal furioso, y los faroles se sacudían colgados de sus ganchos.
Genaro la llevó al establo, donde el heno amortiguaba el fragor de afuera. La acostó sobre las pacas, le quitó lo poco que llevaba puesto y la tomó durante lo que a Renata le parecieron horas. La boca primero, lenta y profunda; después, de nuevo, boca abajo entre el heno, mientras los caballos resoplaban inquietos en sus boxes y los truenos hacían vibrar las vigas.
Él se contuvo todo lo que pudo, alargando cada minuto, y cuando finalmente cedió fue con un temblor que le recorrió la espalda entera. La abrazó contra su pecho cubierto de pelo cano, todavía sin separarse de ella, la respiración de ambos sincronizada con el ritmo de la lluvia en el techo de chapa.
Entonces, por primera vez, habló más de tres frases seguidas.
—Quedate el tiempo que quieras, piba —dijo, la voz grave amortiguada contra su pelo—. Acá no hay nadie que te juzgue. Ni a vos ni a mí.
Renata tardó en contestar. Afuera, la tormenta empezaba a aflojar. Adentro, el calor del cuerpo de aquel hombre era lo único firme en un mundo que de pronto se le había vuelto demasiado grande.
—Entonces no me voy —murmuró—. No todavía.
Y se quedaron así, enredados sobre el heno, el fuego del galpón apagándose despacio y la lluvia perdiéndose hacia el este. Dos desconocidos que ya no lo eran tanto, en medio de la nada absoluta, donde nadie preguntaba y nadie sobraba, como si el resto del mundo nunca hubiera existido.