El disfraz que usé en la fiesta de la oficina
Renata tenía veintitrés años y una manera de entrar en una habitación que obligaba a todos a callarse un segundo. Once años de hormonas la habían convertido en algo difícil de mirar sin quedarse mirando: un metro setenta y nueve, piel pálida que parecía iluminada desde dentro, pelo negro larguísimo cayéndole en ondas hasta la cintura. Láser total, ni un vello en ningún sitio, ni en las axilas ni en las piernas ni en esa polla depilada que escondía bajo las enaguas como una carta que nadie sabía que llevaba. Trabajaba como analista en una agencia de medios y le faltaban dos materias para recibirse de Comunicación. Esa noche, la fiesta anual de disfraces era el permiso perfecto para soltarse.
Llegó vestida de un steampunk que rozaba lo obsceno. Un corsé de cuero marrón le ceñía la cintura hasta dejarla de avispa y le empujaba el pecho —firme, redondo, ganado a fuerza de paciencia y química— casi hasta el borde del escote. Debajo, una falda corta de volantes con engranajes metálicos cosidos al ruedo, medias altas de encaje, ligas negras y botas hasta el muslo con hebillas doradas. Un sombrerito con gafas de aviador y una cadena de relojes diminutos completaban el conjunto. Cada paso hacía tintinear los engranajes y dejaba asomar el liguero un instante.
Los hombres de la agencia se quedaban con la copa a mitad de camino. Las mujeres fingían no mirarle el culo que el corsé enmarcaba como una invitación firmada. Renata caminaba entre las mesas sabiendo exactamente el efecto que causaba, y eso —saberlo— era la mitad del placer.
Se acodó en la barra y pidió un gin tónico que no pensaba terminar. No estaba ahí para emborracharse. Estaba ahí para elegir. Recorrió el salón con la mirada por encima del borde del vaso, descartando a los becarios que la espiaban desde lejos sin atreverse, a los gerentes casados que se reían demasiado fuerte de sus propios chistes. Buscaba a alguien que no necesitara permiso para acercarse. Alguien que entrara a la conversación como entraba a una reunión: convencido de que iba a salirse con la suya.
En la pista, con la música retumbando contra las paredes, apareció él. Esteban, director comercial, cuarenta y ocho años, alto, con las sienes plateadas y un traje de capitán victoriano que le quedaba demasiado bien para ser casualidad. La vio del otro lado del salón y sonrió con la calma de quien ya ganó antes de empezar a jugar. No hubo presentaciones. Se acercaron como si el resto de la fiesta hubiera sido un trámite hasta ese momento.
Primero fue un roce de caderas, fingidamente accidental, al compás del bajo. Después las manos de él en la cintura de ella, apretándola. Renata sintió la dureza de Esteban contra el vientre y sonrió sin esconderlo.
—Le queda fatal el disfraz, jefe —le dijo al oído, mordisqueándole apenas el lóbulo—. Parece que vino a conquistar algo, no a una fiesta de oficina.
—Y vos viniste a que te conquisten, Renata —respondió él con la voz baja, deslizando la mano hasta rozarle el culo por debajo de la falda—. No te hagas la difícil ahora.
Bailaron pegados, sudados, hasta que el roce dejó de alcanzar. En un rincón mal iluminado del salón se besaron como si llevaran meses esperándolo: lengua contra lengua, él apretándole el pecho por encima del cuero, ella frotándose contra el bulto de su bragueta. Un compañero los descubrió de reojo y apartó la vista enseguida. A nadie le importaba. Era esa clase de fiesta.
—Vámonos —dijo Esteban, y le tomó la mano sin esperar respuesta.
***
El edificio de él estaba en Puerto Madero, un ático con ventanales que daban al río. En el ascensor ya se estaban desvistiendo. Renata le abrió el chaleco mientras él le subía la falda y descubría que debajo del liguero no llevaba absolutamente nada. La polla de ella, rosada y depilada, ya brillaba en la punta.
—Por dios… —murmuró Esteban, y se arrodilló ahí mismo, entre dos pisos, mientras los números subían en rojo sobre la puerta.
Se la metió entera en la boca sin rodeos. Renata gimió fuerte, le agarró la cabeza con las dos manos y le marcó el ritmo, mirándose en el espejo de acero del ascensor: el rímel empezando a correrse, los engranajes del corsé tintineando con cada empujón. El director comercial de la agencia, de rodillas, con la saliva resbalándole por la barbilla. La imagen le gustaba casi tanto como la sensación.
El ascensor se detuvo y entraron al departamento medio a tropezones, sin encender más que la luz de la cocina. Esteban la empujó sobre el sofá de cuero, le separó las piernas y se hundió de boca entre ellas. Le lamió el culo depilado con una concentración que ella no esperaba de un hombre de traje, la lengua adentro, los dedos abriéndose paso despacio.
—Así, no pares —jadeaba Renata, arqueándose contra su cara—. Más fuerte.
Él levantó la cabeza apenas para responder.
—Vos no das órdenes esta noche. Esta noche pedís.
Y volvió a bajar. Renata se rió y gimió al mismo tiempo, las uñas clavadas en el respaldo del sofá, sintiendo cómo la tensión le subía por la espalda. Esto va a durar hasta que amanezca, pensó, y la idea la hizo temblar más que la lengua.
Esteban se incorporó, se bajó los pantalones y dejó salir una polla gruesa, marcada, de hombre que sabe usar lo que tiene. La escupió, la apoyó contra ella y entró de una sola vez, hasta el fondo. Renata soltó un grito que era mitad placer y mitad sorpresa, el cuero del sofá crujiendo bajo sus dedos.
Lo que siguió no tuvo nada de delicado. Él encima, empujando con todo el cuerpo, el pecho de ella saliéndose del corsé con cada embestida, Renata masturbándose al ritmo que él imponía. Después la dio vuelta, la puso a cuatro patas sobre la alfombra y la tomó del pelo como de una rienda, llevándola hacia atrás contra él mientras le dejaba la mano marcada en la piel clara de las nalgas.
—¿Esto es lo que querías cuando te pusiste el disfraz? —le preguntó él, sin aflojar.
—Sí —contestó ella entre dientes—. Exactamente esto.
La giró otra vez, la dejó de rodillas frente a él y terminó sobre su cara, sobre la boca abierta, sobre las pestañas largas. Renata se corrió casi sin tocarse, derramándose sobre su propio corsé steampunk, el cuerpo entero sacudiéndose mientras se reía bajito, todavía con la respiración rota.
***
No terminaron ahí. Esteban le sirvió un vaso de agua, la dejó recuperar el aliento apoyada contra el respaldo, y mientras ella bebía la fue desvistiendo despacio, desabrochando una a una las hebillas de las botas, bajándole las medias por las piernas largas, dejándola con el corsé abierto y nada más. La luz de la cocina entraba apenas hasta la cama. Afuera, las luces de la otra orilla del río temblaban en el agua negra.
—Date vuelta —le dijo él, y esta vez ella obedeció sin discutir.
Esteban usó las correas sueltas del corsé para atarle las muñecas a la espalda, con un nudo que sabía hacer. La dejó así, boca abajo y expuesta, y se tomó su tiempo: la lengua, los dedos, la boca, recorriéndola sin apuro hasta que ella terminó suplicando que volviera a entrar. La segunda vuelta fue más lenta y más sucia que la primera. Él de espaldas, ella encima moviendo las caderas con la seguridad de quien conoce su cuerpo de memoria, los dos brillando de sudor, el departamento entero oliendo a cuero y a sexo.
—Mirame —le pidió Renata, apoyándole las manos atadas sobre el pecho para sostenerse—. Quiero verte la cara cuando te corras.
Él no apartó la mirada ni un segundo. La dejó marcar el ritmo, la dejó decidir cuándo aflojaba y cuándo apretaba, aunque tuviera las muñecas atadas y todo el cuerpo a su merced. Esa era la parte que a Renata más le gustaba: descubrir el momento exacto en que un hombre acostumbrado a dar órdenes en una sala de juntas se entregaba del todo y dejaba de fingir que mandaba. Lo vio en la mandíbula de Esteban, en cómo se le tensó el cuello, en cómo le clavó los dedos en las caderas un instante antes del final.
Esteban la miró. Le sostuvo la mirada hasta el final, hasta que los dos se vinieron casi al mismo tiempo, ella temblando sobre él, él agarrándola de las caderas como para que no se fuera a ningún lado.
Quedaron tirados sobre las sábanas revueltas, respirando agitados, el río oscuro detrás de los ventanales. Renata se pasó la lengua por los labios, todavía con la marca de la noche encima, y sonrió de costado.
—El lunes me vas a tener que mirar la planilla de presupuestos con esta misma cara —dijo—. La de querer arrancarme el disfraz otra vez.
Esteban le dio una última palmada en el muslo y la atrajo hacia él.
—Contá con eso —respondió—. Y vení con el corsé puesto debajo de la camisa. Nadie tiene por qué saberlo.
Renata apoyó la cabeza en su hombro y se quedó pensando, todavía atada, en cómo iba a sostenerle la mirada el lunes en la reunión de las nueve sin sonreír. Decidió que no iba a poder. Y decidió, también, que no le importaba.