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Relatos Ardientes

La travesti del turno noche me esperaba bajo la lluvia

La ciudad de noche olía a asfalto mojado y a fritanga barata. Mara bajaba del colectivo a las ocho y media, con el uniforme de cajera todavía pegado al cuerpo y una trenza que ya empezaba a deshacerse. Tenía veintitrés años y hacía rato que vivía plena como la mujer que siempre había sido: la piel suave, los pechos pequeños y redondos marcándose apenas bajo la camiseta blanca, y entre las piernas un secreto íntimo que nunca le había pesado. Era baja, delgada, con una cola firme que moldeaba los jeans gastados.

Nadie la miraba dos veces, y eso le bastaba. Pero debajo del uniforme, siempre, escondía un lujo: esa noche, un tanga de encaje negro y un corpiño de seda que le rozaba los pezones y la hacía sentirse viva entre la gente gris del turno.

El aula de la escuela nocturna estaba mal iluminada, con tubos fluorescentes que zumbaban como insectos moribundos. Era la primera semana de clases. Mara se sentaba en la tercera fila, siempre en la misma silla. Tobías llegaba tarde, con olor a aguarrás y a cigarrillo recién apagado. La primera vez que sus miradas se cruzaron de verdad fue cuando la profesora pidió que formaran parejas para corregir un ejercicio. Mara sintió que le ardía la nuca antes de girarse.

—¿Te molesta si me siento con vos? —preguntó él, en voz baja, casi tímido.

Ella negó con la cabeza. Cuando se sentó a su lado, el brazo de Tobías rozó el suyo y ninguno se movió. Trabajaron en silencio, pero Mara notó que escribía con la mano izquierda y que tenía una cicatriz fina en el dorso. Sin pensarlo, pasó el dedo por encima. Tobías se quedó quieto, la lapicera suspendida en el aire.

—¿Te duele todavía?

—No —respondió él, y la miró fijo—. Ya no.

Desde esa noche empezaron los juegos pequeños.

En el recreo de diez minutos, Mara salió del baño y lo encontró apoyado contra la pared del pasillo, fumando a escondidas. La luz del fluorescente le dibujaba sombras duras en la cara.

—¿Me das una pitada? —preguntó ella.

Él le pasó el cigarrillo. Los labios de Mara rozaron sus dedos al inhalar. Soltó el humo despacio, sin dejar de mirarlo.

—Sabés feo —dijo.

—Vos también —respondió él, y sonrió por primera vez.

Otra noche el colectivo iba repleto. Mara quedó de pie, agarrada del pasamanos. Tobías se paró detrás, tan cerca que ella sintió su aliento en la nuca. El vehículo frenó de golpe y el cuerpo de él se pegó al de ella por completo: pecho contra espalda, cadera contra cadera. Mara notó que ya estaba medio duro. Se movió apenas, restregándose disimulada. Él le apretó la cintura con una mano, solo un segundo, pero suficiente para que ella se mojara dentro del encaje.

Al bajar, ninguno dijo nada. Pero Mara caminó más lento de lo normal, y él la acompañó tres cuadras sin que se lo pidiera.

En clase empezaron los roces que fingían ser accidentes. Tobías le pasaba la goma y dejaba los dedos enganchados más de lo necesario. Mara le devolvía la hoja corregida y le rozaba el interior de la muñeca con la uña. Una vez, mientras la profesora escribía en la pizarra, él deslizó la mano bajo el banco y le acarició la rodilla por encima del jean. Mara abrió las piernas apenas, lo justo para que subiera un centímetro más. Cuando la yema rozó la costura tensa entre sus muslos, tuvo que morderse el labio para no jadear.

El juego se volvió más sucio.

Una noche de mucho calor, Mara llevó una botella de agua helada. Bebió despacio, dejando que un hilo le corriera por la barbilla y bajara entre los pechos. La remera blanca se le pegó, transparentando el corpiño de puntilla. Tobías la miró fijo, la mandíbula tensa. Cuando ella le ofreció la botella, él bebió del mismo lugar donde habían estado sus labios, sin quitarle los ojos de encima.

Después, en el colectivo, se sentaron juntos por primera vez. Mara cruzó las piernas de modo que la tela se le tensara en la entrepierna. Tobías apoyó la mano en el asiento, entre los dos. Ella bajó la suya despacio hasta que los meñiques se tocaron. Luego entrelazaron los dedos, escondidos entre los muslos de ambos. Ninguno habló en todo el viaje. Cuando llegaron a la parada de Mara, él apretó fuerte antes de soltarla.

La tensión se volvió insoportable.

Una noche, después de un examen, Mara se quedó ordenando la carpeta. Tobías se acercó por detrás y le habló al oído.

—¿Sabés que me toco pensando en vos todas las noches?

Mara sintió que se le aflojaban las rodillas.

—¿Y en qué pensás, exactamente?

—En bajarte ese jean en el baño y lamerte hasta que me supliques que pare.

Ella se giró, tan cerca que sus labios casi se tocaban.

—Entonces por qué no lo hacés.

Él la miró, respirando pesado.

—Porque cuando te toque de verdad, no voy a parar en toda la noche.

***

Esa misma semana llovió como si alguien hubiera roto el cielo con los dientes. Mara esperaba el colectivo con el paraguas cerrado, empapándose a propósito. El agua fría le bajaba por el cuello y se colaba entre los pechos, endureciendo los pezones contra la seda del corpiño. Debajo del jean barato llevaba un tanga negro de una marca italiana carísima que apenas le cruzaba la cola, recordándole a cada paso que, aunque el mundo la viera como una más del turno noche, ella guardaba un lujo íntimo y obsceno.

Tobías llegó corriendo, la remera blanca pegada al torso, transparente por la lluvia. Se le marcaban los músculos delgados de tanto cargar baldes de pintura, y los pezones oscuros se le veían duros bajo la tela. Se metió bajo el paraguas sin pedir permiso. El espacio era tan chico que sus cuerpos se rozaron de inmediato: el pecho de ella contra el brazo de él, la cadera de él contra la de ella.

—Perdón —murmuró Tobías, pero no se apartó.

Caminaron quince cuadras así, pegados. Cada paso hundía un poco más el tanga entre las nalgas de Mara, y la humedad que sentía entre las piernas ya no era solo de lluvia. Respiraba por la boca, tratando de no gemir. Cuando llegaron al portal, ella temblaba de frío y de ganas.

—Subí —dijo, y fue más una orden que una invitación.

El departamento olía a ella: perfume barato en la ropa, perfume caro en la piel. La puerta se cerró con un golpe seco. Afuera, la lluvia seguía cayendo como si quisiera borrar la ciudad.

Mara ni encendió la luz del living. Lo empujó contra la pared del pasillo, le mordió el labio inferior y le metió la lengua hasta el fondo.

—Hace semanas que me tenés mojada todos los días —susurró contra su boca—. Ahora te hacés cargo.

Tobías gruñó, la agarró por la cintura y la levantó como si no pesara nada. Mara le rodeó la cadera con las piernas, el encaje empapado rozándole la dureza de él a través de la tela.

—Pared —ordenó ella.

Él la estampó contra el yeso frío. Le sacó la remera de un tirón y el corpiño negro voló al suelo. Los pechos pequeños quedaron al aire, los pezones tensos.

—Chupámelos —jadeó ella—. Fuerte.

Tobías bajó la cabeza y le succionó el pezón izquierdo con hambre, tirando apenas con los dientes hasta que Mara soltó un chillido agudo. Con la otra mano le pellizcó el derecho, y ella se retorció, clavándole las uñas en la nuca.

—Más… mordé, no me rompo.

Él obedeció: mordió, lamió, dejó marcas rojas alrededor de las areolas. Mara le metió la mano dentro del jean, lo agarró por la base y apretó.

—Estás que explotás —susurró—. Esa leche la quiero dentro mío hoy.

La bajó al suelo de golpe y la giró de cara a la pared. Le bajó el jean y el tanga de un solo tirón. La cola le quedó al aire, redonda, firme, brillando bajo la luz que entraba por la ventana.

Tobías se arrodilló. Le separó las nalgas con las dos manos y hundió la cara entre ellas.

—Qué rico olés —gruñó, y lamió en una pasada larga y húmeda.

Mara soltó un gemido gutural, las piernas temblándole.

—La lengua… dale, no pares.

Él la penetró con la lengua, entrando y saliendo rápido, chupando como si quisiera comérsela. Después metió dos dedos lubricados con su propia saliva y los movió adentro, abriendo, buscando ese punto.

—Ahí… ahí, justo ahí —gimió Mara, empujando la cola hacia atrás.

Tobías se incorporó, se bajó el jean y los boxers. Se la pasó por la raja, arriba y abajo, untándola.

—Mirá lo que me hacés.

Mara giró la cabeza, los ojos vidriosos.

—Metémela ya, Tobías… te lo pido.

Él escupió en la mano, se preparó y empujó. Entró de una sola estocada lenta y profunda.

—Sí… así… —jadeó ella—. No pares.

Tobías le agarró las caderas y empezó a moverse. Primero lento, hasta el fondo; cada embestida chocaba contra las nalgas con un golpe seco.

—Estás tan apretada que me vas a hacer terminar enseguida.

—Todavía no —gruñó Mara, tocándose ella misma con furia—. Más fuerte.

Él aceleró. El pasillo se llenó de sonidos: la carne chocando, los gemidos de ella cada vez más altos, los gruñidos de él contra su nuca. Mara se corrió primero, casi sin tocarse, un temblor caliente que le recorrió todo el cuerpo y la dejó floja contra la pared. Su interior se cerró como un puño alrededor de él. Tobías rugió, empujó hasta el fondo y se quedó clavado, vaciándose en oleadas largas.

Se quedaron así un segundo, jadeando. Después él la giró y la besó con lengua, todavía pegados.

—A la cama —susurró—. Esto recién empieza.

La cargó en brazos y la tiró sobre el colchón. Mara abrió las piernas, todavía encendida, el cuerpo brillante de sudor.

—Ahora me cogés despacio —dijo, la voz ronca—. Quiero sentir cada centímetro tuyo hasta que me duela.

Tobías se subió encima y la penetró de nuevo, esta vez cara a cara. Se movió lento, profundo, mirándola a los ojos.

—Me parece que me estoy enamorando —dijo de pronto, casi sin aliento.

Mara sonrió y le acarició la cara.

—Callate y seguí.

Y lo hizo. Toda la noche. Bajo la lluvia que no paraba, bajo las luces de mercurio que entraban por la ventana, se buscaron una y otra vez hasta que el cuerpo les dolió y el amanecer los encontró todavía unidos, sudados, temblando, llenos el uno del otro.

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Comentarios (6)

NochesMdq

Que relato... la imagen de ella esperando bajo la lluvia me quedó grabada. Muy bien escrito.

DiegoRock88

Por favor seguí con esta historia, quede con ganas de mas. Excelente!

LunaBA_ok

buenisimo!!!

GatoMadrid

Me recordó a un viaje de madrugada que hice hace tiempo, esa sensación de misterio en el último colectivo. Muy real.

Martina_91

Es verdad esto que contás o es ficción? Se siente demasiado real jajaja

MatiasLP

Me encantó como desarrollaste a los personajes sin decir demasiado. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno cualquiera. Seguí escribiendo asi de verdad.

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