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Relatos Ardientes

La crossdresser que me llamó Lorena esa noche

Había leído su anuncio tantas veces que me lo sabía de memoria. Cada palabra describía a una criatura de belleza ambigua, una crossdresser delgada que prometía suavidad y dominio a partes iguales. Llevaba semanas dándole vueltas, leyendo y releyendo, hasta que una noche el deseo pudo más que el miedo y marqué su número.

—Tardo media hora en llegar —dije, y mi propia voz me sonó extraña, temblorosa.

Llegué antes. El corazón me golpeaba el pecho como si quisiera salirse. Pero ella, con una precisión que ya anunciaba quién mandaba allí, me hizo esperar cinco minutos exactos en el portal, hasta que el reloj marcó la hora prometida.

Entonces su voz bajó desde el interfono, tranquila, indicándome el piso. La puerta se abrió con un zumbido y crucé un portal impecable, sin portero, sin nadie que vigilara. Subí los escalones de dos en dos, con la garganta seca.

El piso era nuevo, limpio, perfumado con algo cítrico que contrastaba con todo lo que estaba a punto de pasar. Nada más entrar, en lo que hacía de salón, había un futón de matrimonio sobre una estructura baja, de inspiración japonesa, con un colchón firme. La decoración era sobria, casi monacal. Un sitio donde uno podía dejar de ser quien era fuera de aquellas paredes.

Ella era tal como la habían descrito. Delgada, de una feminidad frágil y etérea, pero sobre todo cariñosa, de esas que te envuelven en los brazos antes de cualquier otra cosa. Me gustó al instante. Había en su mirada una calma que me desarmó por completo.

—¿Quieres darte una ducha o vienes duchado de casa? —preguntó. Su voz era suave, aterciopelada.

—Vengo duchado, pero me gusta ducharme antes de todo, para que esté todo limpio —respondí, y noté que la voz ya me salía ronca de pura anticipación.

Salí del baño envuelto en vapor y ella me esperaba de pie. Llevaba un top negro de mangas transparentes que dejaba intuir la delicadeza de sus brazos, y unas braguitas rojas de tipo tanga que moldeaban un culo redondo, tentador, imposible de ignorar. No tenía pecho. Y no le hacía ninguna falta.

Me tomó de las dos manos, con dedos firmes, y me llevó hasta el borde del futón. Nos agachamos a la vez: yo quedé sentado en la cama baja, ella de rodillas frente a mí. La escasa altura del colchón dejó nuestras caras al mismo nivel, y sus ojos se clavaron en los míos.

—Qué ojos más bonitos tienes —susurró.

Y en ese instante nos fundimos en un beso que se alargó durante minutos. Sus labios eran suaves pero exigentes, y mientras me besaba su mano bajó hasta mi polla, despertándola con caricias lentas, calculadas, que me hicieron contener la respiración.

Cuando notó que estaba duro y a punto de reventar, se levantó. Dejó justo frente a mi cara su pene, todavía preso en la tela roja del tanga, hinchado, marcando la tela. Con una delicadeza casi felina se quitó la prenda y se tendió boca arriba en la otra mitad del futón. Me miró con una sonrisa lasciva, invitándome sin palabras. Más bien invitándome a su pene, erecto y perfecto frente a mí.

No supe ni quise negarme. Me giré sobre la cama y gateé hacia ella, desnudo, temblando. Me detuve cuando mis labios estaban a milímetros de los suyos, rozando apenas el aire cargado entre los dos. Entonces su mano se posó con firmeza en mi nuca y me atrajo hacia ella en un beso feroz, los cuerpos pegados, el mío desnudo contra el suyo cubierto solo por aquel top ajustado.

Nos besamos durante un buen rato, mi pene contra el suyo, frotándose en un duelo de carne dura y caliente. De vez en cuando los agarraba a ambos con una mano y los meneaba despacio, o empujaba el mío por debajo de sus testículos, rozando hacia su ano, esa entrada que la excitaba tanto como a mí.

Sin decir nada, posó la mano en mi cabeza y me guió hacia abajo, hasta que mi cara quedó a la altura de su pene. Lo besé con devoción y ella empujó despacio, metiéndomelo entero en la boca hasta que la punta me tocó la garganta. No sé cuánto tiempo estuve así, mamándola. Era una polla perfecta: ni demasiado grande ni pequeña, rasurada, suave, dura. Me gustaba bajar hasta el fondo, quedarme inmóvil ahogado en placer, y a ella le gustaba tanto como a mí. Se removía y dejaba escapar pequeños gemidos.

Sin sacármela de la boca, le cogí la mano y volví a ponerla en mi nuca, invitándola a empujar más fuerte. Me encantaba sentirme dominado, entregado a su voluntad. Cuando paré un momento para respirar, le dije:

—¿Sabes lo que me gustaría?

—¿Qué, cariño?

—Vestirme yo también de mujer.

—Qué excitante, preciosa. ¿Quieres que te hable en femenino?

—Sí. Me gusta que me llamen Lorena.

***

Sacó de un cajón un conjunto de encaje y unas medias, y me ayudó a ponérmelo con paciencia, ajustándolo aquí y allá, mirándome luego de arriba abajo con aprobación. Algo cambió en mí en cuanto sentí la tela sobre la piel. Dejé de ser yo. Me tumbó boca arriba y se sentó encima, a horcajadas. Mientras nos besábamos con hambre, jugueteaba con la punta de mi miembro, rozando su ano apretado.

El juego escaló deprisa. Primero se metió solo la punta, y un miedo viejo me asaltó de golpe: las enfermedades, los riesgos. Se lo confesé en voz baja. Ella, sin perder la calma, me dijo que no me preocupara, que seguramente estaba mucho más sana que yo. Y en un abrir y cerrar de ojos se hundió por completo, tragándose mi miembro entero en un interior caliente y estrecho que parecía abrazarlo. Empezó a subir y bajar con un ritmo lento, hipnótico, que me llevaba poco a poco al borde.

—No te corras dentro de mí —me ordenó.

Seguimos así hasta que notó que el clímax se me acercaba demasiado. Entonces se apartó y se tumbó a mi lado, dejando mi pene erecto apuntando al techo, y el suyo en la misma dirección, gemelos en su dureza.

—Quiero que me domines —le dije desde aquella postura relajada, casi suplicando.

—De acuerdo. Ven, ponte así —me guió, colocándome boca arriba con la cabeza colgando fuera de la cama, la garganta recta como un pasillo abierto.

Vi venir lo que pasaría. Me metió toda la verga en la boca hasta el fondo y empezó a follarme la garganta con fuerza, entrando y saliendo, provocándome arcadas que se mezclaban con un placer que no sabía explicar, la saliva espesa desbordándome. Para compensar aquella dureza, se inclinó sobre mí y empezó a chuparme la polla despacio, una boca cálida en medio de la tormenta. La intensidad bajó y pude respirar de nuevo.

Un rato después se levantó y se tendió boca arriba en el centro del futón, la cabeza en la almohada, las piernas abiertas, el pene erecto como una columna.

—Ven, vuelve a chuparme. Quiero darte toda mi leche —dijo.

Tras todo lo que ya había arriesgado, no me atreví a negarme. Empecé a chupar pensando en el momento en que sentiría su corrida llenándome la boca. Miedo y deseo entretejidos. Nunca lo había probado, pero lo deseaba con una excitación que me ponía duro sin necesidad de tocarme.

A ella le encantaba; se le notaba en cada gemido. A mí más todavía. Sus movimientos anunciaron el final: una corrida enorme me inundó la boca, chorro tras chorro, caliente, espesa, salada. Apreté los labios para no derramar ni una gota y abracé con la lengua su pene, que se iba ablandando mientras yo lo retenía.

Me incorporé de rodillas frente a ella, con la boca llena, sin abrirla. Ella sonrió complacida, entendiendo perfectamente mi miedo a tragar. Como un gesto de piedad, sacó unos pañuelos de la mesilla y me los ofreció.

—Tranquila. No hace falta que lo tragues.

Escupí con cuidado y ella tomó los pañuelos y los dejó a un lado. Luego me movió para volver a meter mi pene en su ano, yo sobre ella, besándonos mientras entraba y salía de su esfínter, ahora más laxo pero igual de delicioso.

—Recuerda, no te corras dentro de mí.

—¿Dónde quieres que lo haga?

—Sobre mi pene. Rocíalo entero con tu leche, que luego lo vas a limpiar bien. Sé que quieres tragar, y tu propio semen no te va a dar miedo.

Seguimos así un rato más, mi excitación creciendo solo de imaginarlo. Cuando llegó el momento, saqué mi polla de su culo y me corrí en una explosión que pareció no acabar nunca, sobre su pene, sobre su vientre, chorros blancos y abundantes.

***

En ese instante de después, como si despertara de golpe de un sueño ajeno, la fantasía se volvió lejana. Ya no me excitaba la idea de lamer mi propia corrida. Casi me daba reparo. Pero su sonrisa amable y dominadora me atrapó otra vez: lo prometido era deuda. Ella me había dejado entrar sin barreras, me había permitido escupir su semen. Ahora me tocaba obedecer.

Me agaché y limpié cada gota con devoción, chupándole la polla una vez más, lamiendo mi propia esencia como un acto de entrega. Desde la punta de su pene hasta los testículos. Su vientre. Todo impregnado de un néctar que, pasada la vergüenza inicial, me hacía sentir extrañamente bien. Como si fuera otra persona a la que le ordenan dejarlo todo limpio. Hasta que no quedó ni una gota. Ni en su cuerpo ni en mi boca. Lo tragué todo.

Descansamos un momento, abrazados, y me ofreció ducharme de nuevo. Habría conservado aquel olor a saliva y semen como un perfume secreto, pero fuera de esas paredes habría sido una profanación. Me ayudó a quitarme el conjunto femenino y me acompañó al baño, donde me lavé y volví a emerger como el hombre correcto que el mundo conoce.

La despedida fue más triste de lo que esperaba, un adiós que me rasgaba por dentro. Tenía que marcharme y no quería. Aquellos últimos lametones habían despertado de nuevo algo que creía dormido, un hambre que no se sacia. Me fui con ganas de más, pero no había remedio. Bajé las escaleras pensando en Lorena, en la mujer que había sido durante una hora, y que ella se quedaba en mis venas como un veneno dulce que ya no podría olvidar.

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Comentarios (5)

vikingo88

Increible!! me llego de verdad. Esas noches que te quedan marcadas para siempre...

NatBaires

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

DarioMendoza

¿Es autobiografico? porque se siente muy real, muy cercano. Buen relato

Pab_lector

buenisimo, gracias por animarte a contarlo

SombrasDelCine

Me gusto mucho la forma de narrarlo, sin juzgar nada y con mucha honestidad. Se siente autentico.

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