La encargada del club y la travesti que la doblegó
Llevaba tres meses trabajando en Las Adelfas, un club de carretera perdido entre naves industriales y olivares secos, cuando Nadira decidió que había llegado el momento de hablar conmigo. Fue una mañana, recién levantadas y antes del almuerzo, mientras el resto de las chicas iba y venía por la cocina con sus batas y sus cafés.
—Daniela, necesito hablar contigo —dijo, sin levantar la vista de la taza.
—Pues ahora mismo, si quieres —le contesté.
—Ahora no. Lo que tengo que decirte requiere intimidad y aquí estamos todas. ¿Qué te parece si después de comer nos vemos en el almacén y lo hablamos con calma?
—De acuerdo. En eso quedamos.
Comenté el episodio con Carolina y Noelia, las dos chicas con las que más confianza tenía, y las dos me advirtieron lo mismo: cuidado con ella. Nadira era una vieja zorra que llevaba media vida en el oficio y lo había visto todo. Me contaron lo que sabían de su historia. Que la habían traído desde el norte de África años atrás, junto a otras cuatro chicas, para inaugurar un local en la costa. Que Karim, el dueño, se encaprichó de ella y la convirtió en encargada de sus negocios, mientras las demás acababan repartidas por otros clubes. A algunas, decían, las había mandado lejos la propia Nadira, por celos. Ella siempre se quedó al lado de Karim, que en ocasiones la trataba casi como a una esposa.
Nadira rondaba los sesenta, aunque seguía siendo guapa a pesar del paso del tiempo y de la vida. Siempre muy maquillada, con mechas rubias y media melena, de complexión fuerte y carnes morenas y prietas. Las exhibía sin pudor con sus tops de tirantes y sus escotes amplísimos, casi nunca con sujetador, dejando ver el nacimiento de unos pechos firmes y el canalillo hasta rozar los pezones. El resto lo enseñaba a través de minifaldas cortas y ajustadas que marcaban dos nalgas redondas y unos muslos robustos. A los clientes les gustaba, y subía a las habitaciones casi todas las noches.
Tras el almuerzo llegó el momento. Me hizo un guiño antes de levantarse de la mesa y se fue hacia el almacén. Esperé un poco, recordé las advertencias de Carolina y Noelia, y la seguí. Cuando abrí la puerta, allí estaba ella, sentada sobre unas cajas de cartón con provisiones para la cocina.
—Creí que no ibas a venir —me dijo.
—¿Por qué no? ¿Qué motivo hay para no atender tu llamada? —pregunté, haciéndome la ingenua.
—Porque tardabas, y tú sabes que yo no te trago. Que considero que no deberías estar aquí, trabajando entre nosotras. Y me dije: ésta no viene.
—Tú puedes considerar lo que quieras, pero tu opinión no decide nada. Ni la tuya ni la mía. El que manda aquí es Karim, y a él me debo, te guste o no. Soy una empleada, como tú.
—Hablando de gustar… —se relamió—. A quien le has gustado, y mucho, es a él. Lo digo por la cara que teníais los dos la otra noche, cuando subí a serviros las copas y os encontré desnudos en la cama. Me dio una envidia… Debería haber sido yo la que estuviera en tu lugar.
Hizo una pausa y bajó la voz.
—Sigues con tu pollita enjaulada, ¿verdad? Y yo tengo la llave colgada del cuello. ¿No te gustaría tenerla libre?
—No tienes ni idea de cuánto me molesta llevarla así —admití—. Pero si lo que me propones es quitármela sin que Karim lo sepa, olvídalo. No pienso contravenir una orden suya.
—No, mujer, sin que él lo sepa no. Yo me encargo de convencerlo. Le diré que la lleves solo en horas de trabajo, y el resto del día suelta. Si yo se lo propongo, lo acepta. Confía en mí.
—No me has respondido a lo importante. A cambio, ¿qué tendría que hacer yo? ¿Qué precio me cobras?
Dudó. Quería guardarse algo, hasta que no pudo más. Se echó a un lado los tirantes del top y dejó al descubierto sus dos pechos, firmes y morenos.
—¿No te gustaría lamerme los pezones? A mí me encantaría que lo hicieras.
—¿Sabes qué? A mí las mujeres no me van. A mí me gustan los tíos bien machos.
—¿Nunca has estado con una mujer? —preguntó.
—Nunca —contesté con rotundidad.
—Podría ser la primera vez. Y te advierto que te va a gustar, y que te va a ir muy bien, si me chupas los pezones —dijo, y por primera vez su tono no era de mando, sino casi de súplica.
Lo pensé un momento. Si por chuparle las tetas a aquella vieja conseguía tener libre mi sexo y, de paso, dejaba a la encargada doblegada a mis caprichos, no perdía nada. Al contrario. El único riesgo era que Karim se enterara y no le gustase.
—¿Entiendo que ése es el pago por la libertad de mi pija? —pregunté.
—Una de las condiciones. La otra: si consigues darme placer de verdad, te la dejo libre dos días. Y si la quieres suelta para siempre, ya te diré cuál es la última condición.
Ahí está la trampa, pensé. Pero también vi la grieta. Aquella mujer que llevaba meses tratándome con desprecio se estaba ofreciendo, con los pechos al aire, mendigando que la tocara.
—Entonces, puta viciosa —dije, cambiando el tono—, ¿qué quieres? ¿Que te coma esas tetas de zorra, o algo más?
Sus ojos se encendieron.
—Ay, nena… Lo que me ha gustado que me hables así —contestó, derretida—. Sí, quiero que me lamas como una perra. Y que me folles por el culo, que nunca me lo han hecho. Eso, si quieres ganarte la libertad de tu polla por dos días.
—¿Ves? Las que sois como tú no sois de fiar. Empezaste con una cosa y ya me cambias el trato. Pues que te las chupe otra.
—No, no te enfades —dijo, agarrándome la mano—. Te libero ahora mismo. Con la única condición de que, antes de bajar a la sala a trabajar, vuelvo a cerrártela. Nada más.
Sacó la cadena del cuello, con la llave colgando.
—Ven aquí. Súbete la minifalda.
Cogió mi sexo enjaulado, metió la llave en la cerradura y abrió la jaula. Acarició mi clítoris con la mano, se arrancó de rodillas y le dio un beso en la punta.
—Yo he cumplido —susurró—. Ahora cumple tú.
***
Aquel beso y aquella caricia me encendieron por dentro. La agarré del pelo y la levanté de golpe de su postura sumisa. La arrastré, así cogida de la melena, hasta unos sacos de patatas apilados en un rincón, y la empujé sobre ellos.
—Ahora vas a saber lo que se siente cuando alguien manda de verdad —le dije.
—Ay, Daniela, perdóname por todo lo que te he hecho —protestó temblando—. Nunca imaginé que tuvieras este carácter. Me has hecho daño tirándome del pelo…
—Calla.
Cogí una cuerda que colgaba de un estante y le até las muñecas, sin que ofreciera resistencia. Pasé el otro extremo por una barra de hierro de la pared y la dejé con los brazos en alto, inmóvil, completamente a mi disposición.
—Ahora vas a recibir lo que tú andabas buscando —le advertí.
Empecé a lamerle los pezones, primero uno y luego el otro, pellizcándolos entre lametón y lametón. Se me ocurrió morderlos con fuerza. Dio un chillido, pero por cómo arqueó la espalda supe que le gustaba más de lo que admitía. Estuve un buen rato en sus pechos, alternando la lengua y los dientes, hasta que decidí bajar.
Le aparté el tanga y la toqué entre las piernas. Estaba empapada. La acaricié despacio, jugando con su clítoris, y se volvió loca, retorciéndose contra las cuerdas. Bajé con la boca y la lamí mientras ella se abría y se cerraba al ritmo del placer. Tras varios chupetones, se corrió como una perra, sin disimular un solo gemido.
Verla así, deshecha y atada, hizo que mi polla despertara, dura y erecta. Me levanté y se la acerqué a la boca.
—Abre —ordené.
—No, por favor… —cerró los labios.
—He dicho que abras.
Le apreté la nariz y, al faltarle el aire, terminó cediendo. Le metí la polla hasta el fondo de la garganta.
—Esto no te lo esperabas tú —le dije—. Tan jefa en la sala, y aquí mamándomela como la última. Cuidado con los dientes.
Mamó largo rato, dócil, sumisa, como si llevara toda la vida esperando que alguien la pusiera en su sitio. Cuando la saqué, estaba jadeando.
—Prepárate. Ahora viene lo que dijiste que nadie te había hecho nunca.
—¿El qué? No me martirices más, te lo ruego.
—Voy a follarte el culo. Hasta que lo notes en el estómago.
—No, por favor, por el culo no… —suplicó—. Te lo dije antes porque es una fantasía que tengo, nada más. Nunca me he atrevido. Fóllame el coño otra vez, pero el culo no.
—Vas a parecer un pato esta noche, en la sala, del dolor que vas a llevar ahí detrás.
La obligué a darse la vuelta. Le escupí sobre el ojete varias veces, a modo de lubricante, e intenté entrar. Pero estaba tan cerrada que, por mucho que empujara, no cedía, y le hacía daño a ella y a mí. Cambié de táctica. Empecé a acariciarle la espalda y a hablarle bajo.
—Relájate. Cuanto más relajada estés, menos te va a doler y más vas a disfrutar.
Le metí dos dedos, despacio, mientras ella chillaba a cada intento. Paré un momento.
—¿De verdad nunca te lo han hecho? —pregunté.
—Nunca. Ningún cliente me lo pidió, y si lo hubiera pedido no lo habría consentido. Siempre fue una fantasía que me daba miedo cumplir.
—Pues hoy se cumple.
Apoyé la polla contra su esfínter y empujé con firmeza. Soltó un alarido, pero un instante después, cuando empecé a moverme dentro y fuera, el grito se convirtió en otra cosa.
—Ay, nena, por Dios… qué rico… —jadeaba—. Qué bien me lo estás haciendo, Daniela, ay… no pares.
—¿Te gusta, verdad? ¿Quieres más?
—Sí, quiero más.
Empecé a embestirla con ganas, cabalgando a aquella mujer que minutos antes me miraba por encima del hombro. Se relamía con cada empujón, pedía más y más, insaciable. Verla así, derretida y suplicante, me puso todavía más dura. Para fastidiarla, se la saqué de golpe y la obligué a darse la vuelta otra vez, todavía atada.
—Ahora límpiala —dije, acercándosela a la boca.
—Me da asco… —protestó.
—¿Asco? Si sale de tu propio culo. Traga.
Convencida de que no tenía otra opción, abrió la boca y me la mamó sumisamente. Cuando la saqué, le levanté las piernas y se las puse sobre mis hombros. Volví a entrar en su culo, esta vez de cara, viéndole los ojos. Gritó de nuevo, entre el dolor y el placer.
—Aguanta. Aguanta la polla de la que, a partir de ahora, va a ser tu ama —le dije, mientras le arrancaba del cuello la cadena con la llave de mi jaula y se la guardaba.
—Déjame, por Dios, me haces daño —gemía, aunque ya no sonaba como una queja.
—Desde hoy eres mi esclava. Mientras yo esté aquí, estarás a mi servicio. ¿Te gustan los pellizcos que te doy en el coño?
—Sí, me encantan. Aunque me arde el culo, no quiero que pares.
—De esto, ni una palabra a Karim. No vas a volver a hacerme la vida imposible. Y la llave me la quedo yo. No temas, me pondré la jaula cada tarde antes de bajar a la sala, como acordamos. Ahora dime qué eres.
—Soy tu esclava —contestó, obediente.
—Así me gusta.
Empecé a bombear su culo con ritmo, manoseándole el clítoris al mismo tiempo. Ella jadeaba cada vez más hondo, se retorcía de gusto, hasta que las dos nos corrimos casi a la vez y la llené por dentro. Cuando terminé, le hice limpiarme con la lengua y le repetí, por última vez, que aquello quedaba entre nosotras.
—He vivido uno de los mejores momentos de mi vida —dijo, mientras le soltaba las muñecas—. He disfrutado como nunca. Pero también uno de los peores: me voy con el culo roto y derrotada, porque sé que, mientras tú estés aquí, no podré recuperar a Karim.
Desde aquella tarde no volví a tener un solo problema con Nadira. Al contrario: me aceptó, me respetó, y cada vez que me tocaba turno en Las Adelfas me buscaba con la mirada, deseando que volviera a llevarla al almacén y le diera caña.