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Relatos Ardientes

El obrero rudo que defendió a la alumna trans

El pasillo del nocturno olía a humedad y a mate recién cebado. El profesor de Física había faltado otra vez, y los alumnos del último año se quedaron dando vueltas por el corredor, abrigados hasta las orejas, fumando junto a la puerta o mirando el celular bajo la luz blanca de los tubos. Era pleno julio y el frío se metía por las ventanas que nunca cerraban del todo, como si el edificio entero respirara escarcha.

Renata estaba apoyada contra la pared, las manos hundidas en los bolsillos de un jean gastado. Cada vez que respiraba hondo, el encaje negro del corpiño —de los caros, el único lujo que se permitía— le rozaba los pezones por debajo de la remera. Tenía veinticinco años recién cumplidos y la costumbre, aprendida a fuerza de golpes, de hacerse invisible en cualquier lugar nuevo.

Hacía dos años que había vuelto a estudiar para terminar el secundario. De día atendía una peluquería en el centro; de noche, tres veces por semana, se sentaba en esas aulas heladas a recuperar el tiempo que le habían robado a empujones. Había aprendido a no esperar nada de nadie, y casi siempre le funcionaba.

Aldo estaba sentado en el suelo, contra la pared de enfrente, las piernas abiertas y el termo entre las rodillas. Cuarenta y dos años, brazos como troncos, las manos todavía negras de grasa después de un día entero en el taller. Una camiseta vieja del club del barrio le marcaba el pecho ancho. Era exactamente el tipo de hombre que Renata cruzaba de vereda por puro instinto.

Él levantó la vista, la vio tiritando y, sin decir una palabra, preparó un mate.

—Tomá, flaca —dijo, estirando el brazo—. Está lavado, pero al menos quema.

Renata dudó un segundo y lo agarró. Los dedos de Aldo rozaron los suyos: ásperos, calientes, con olor a nafta y a hombre que trabaja. Dio un sorbo largo y sintió el calor bajarle hasta el estómago.

—Gracias —murmuró.

Aldo volvió a cebar sin mirarla.

—Decime una cosa, ¿vos entendiste algo de los logaritmos esos? Porque yo estoy más perdido que ciego en un tiroteo.

Renata se rio bajito y se sentó en el suelo, a medio metro de él.

—Te los explico, si querés. No son tan difíciles como parecen.

Empezaron a hablar de matemáticas. Aldo sacó una libreta manchada de grasa y ella le dibujó gráficos con la birome, despacio, repitiendo cada paso dos veces. Se fueron acercando sin darse cuenta, hasta que los hombros casi se tocaban y el vapor de sus respiraciones se mezclaba en el aire frío del pasillo.

—Sos buena para esto —dijo Aldo, copiando un gráfico con la lengua entre los dientes—. La profesora explica para los que ya saben. Vos explicás para los burros como yo.

Renata se rio otra vez, esta vez más fuerte. Hacía mucho que nadie la hacía reír sin segundas intenciones.

De pronto, desde la vereda, alguien gritó por la reja abierta:

—¡Eh, trava de mierda! ¡Volvé al circo!

Renata se congeló. Bajó la cabeza y el mate empezó a temblarle en la mano. Conocía ese tono, lo había escuchado mil veces, y siempre terminaba igual: con ella callándose y haciéndose chiquita contra la pared.

Pero Aldo ni se inmutó. Levantó la vista, frunció el ceño y le contestó al tipo con la misma voz que usaba para mandar a los aprendices del taller.

—¡Callate la boca y dejá estudiar, pelotudo! ¡Andá a laburar vos, que seguro no tenés ni para el bondi!

El otro se quedó mudo un instante y se fue puteando por lo bajo, sin animarse a contestar. Aldo volvió a girarse hacia Renata como si no hubiera pasado absolutamente nada.

—Seguí, flaca… ¿en qué estábamos? ¿El logaritmo de diez a la qué?

Renata lo miró fijo. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero sonrió.

—Gracias —susurró otra vez, y esta vez la palabra le salió temblando.

Aldo se encogió de hombros, incómodo con tanto agradecimiento.

—Qué gracias ni gracias. Acá todos estamos cagados de frío y con ganas de terminar esta mugre de colegio de una vez. Punto.

Se quedaron hablando hasta que sonó el timbre de la hora siguiente. Cuando se levantaron, Aldo le palmeó el hombro como hacía con cualquier compañero.

—Nos vemos mañana, Renata. Traé la calculadora que seguimos.

Esa noche Renata no pudo dormir. Daba vueltas en la cama pensando en esas manos enormes, en la voz grave que la había defendido sin pedirle nada a cambio, en el olor a nafta que todavía le parecía sentir en los dedos. No es para mí, se repetía mirando el techo. Un tipo así no es para mí. Pero el cuerpo no le hacía caso, y a las cuatro de la mañana seguía despierta, ardiendo.

Al día siguiente faltó otro profesor. Otra vez el pasillo, otra vez el frío, otra vez el termo entre las rodillas de Aldo. Solo que esta vez Renata se sentó al lado de él sin esperar a que la invitaran.

Aldo la miró de reojo y sonrió apenas.

—¿Frío de nuevo?

—Mucho —dijo ella, y se acercó hasta que los muslos se rozaron.

Ninguno de los dos se movió. El mate pasaba de mano en mano y el silencio se volvía espeso, cargado de algo que los dos sabían y ninguno se animaba a nombrar.

Después de un rato, Aldo habló sin mirarla, la vista clavada en el termo.

—Vos sabés que a mí me importa tres carajos lo que tengas abajo, ¿no?

Renata tragó saliva.

—Lo sé.

—Bien. Porque hace rato que te tengo ganas… y yo no soy de andar dando vueltas.

Ella lo miró. Los ojos de Aldo eran oscuros y directos, sin una pizca de duda.

—Entonces no des vueltas —dijo Renata.

Aldo guardó el termo de un solo movimiento, la tomó de la muñeca y la llevó hasta el baño de hombres del fondo, el que siempre estaba vacío a esa hora. Cerró la puerta con llave.

***

El baño olía a cloro viejo y a cigarrillo apagado. La luz titilaba en un tubo medio quemado, dejando la mitad del lugar en penumbra. Aldo la miró de arriba abajo, con esa cara de pocos amigos que no se le iba ni en los buenos momentos, y se desabrochó el pantalón sin apuro.

Ya la tenía dura, pegada al vientre, la punta brillante. Renata sintió que se le secaba la boca y que el corazón le golpeaba en las costillas.

—Vení para acá —gruñó él, agarrándola del pelo sin violencia pero sin pedir permiso—. Hace semanas que me tenés así en clase.

La empujó despacio hasta dejarla de rodillas sobre el piso frío. Renata abrió la boca antes de que él se lo pidiera y lo tomó entero, hasta el fondo, sintiendo el peso caliente contra la lengua.

—Así me gusta —dijo Aldo con la voz ronca, una mano enredada en su pelo.

Ella se atragantó, los ojos lagrimeando, pero no se apartó. Chupó con ganas, con hambre vieja, prendida de las caderas de él para que no la soltara nunca.

—Despacio, que tenemos toda la hora —murmuró Aldo, acariciándole la mejilla con una ternura que no pegaba con el resto.

La sacó babosa y le levantó la cara con un dedo bajo el mentón.

—Decime qué querés.

—Que me uses —jadeó ella—. Lo que vos quieras.

Aldo la levantó de un tirón, le sacó la remera por la cabeza y le desabrochó el corpiño de encaje con una paciencia inesperada para esas manos tan grandes. Le pellizcó los pezones hasta que ella gimió y arqueó la espalda.

—Lindas tetas —dijo, agachándose a lamerlas—. Toda la noche pensando en estas tetas.

Le bajó el jean y la tanga de un solo movimiento. El sexo de Renata saltó duro, goteando contra su propio vientre. Aldo se lo agarró con la mano todavía áspera de grasa y empezó a moverla, lento, mientras le mordía el cuello.

—Mirá cómo estás —le susurró al oído—. Toda dura por mí.

Renata se aflojó contra su pecho, las piernas temblando, incapaz de sostener un pensamiento entero. Hacía tanto que nadie la tocaba así, como si valiera algo.

—Date vuelta —ordenó él—. Las manos en la pared.

Ella obedeció, apoyó las palmas contra los azulejos helados y arqueó la espalda. Aldo le abrió las nalgas con los pulgares y escupió, una vez, dos, antes de hundir la lengua sin aviso.

—Aldo… —gimió Renata, la frente pegada a la pared—. Por favor…

Él la abrió primero con la lengua, después con un dedo, con dos, preparándola sin apuro, sintiendo cómo cedía de a poco. Renata empujaba hacia atrás, buscándolo, suplicando con el cuerpo lo que no se animaba a pedir con la boca.

—Metémela ya —terminó rogando—. No aguanto más.

Aldo se escupió la mano, se untó entero y apoyó la punta contra ella.

—Avisá si te duele —dijo, y por primera vez la voz le salió suave.

—No me importa que duela.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta entrar del todo. Renata gritó contra su propio brazo para que no la escucharan del otro lado de la puerta. Aldo se quedó quieto un momento, dejándola acostumbrarse, una mano firme en la cadera y la otra en la nuca.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí… moveté… —jadeó ella.

Empezó a moverse, primero lento, después más hondo, marcando un ritmo parejo que retumbaba sordo en el silencio del baño. Cada embestida le arrancaba a Renata un gemido ahogado contra el antebrazo.

—Esta cola es mía esta noche —gruñó Aldo, tirándole del pelo para levantarle la cara—. ¿Escuchaste? Mañana, sentada en el banco, te vas a acordar de mí.

—Sí… tuya… —gimió ella, llevándose una mano al sexo para tocarse a toda velocidad.

Aldo le pasó un brazo por el pecho y la levantó contra él, sin salir, hasta dejarla con la espalda pegada a su torso sudado. Le mordió el hombro, la nuca, le susurró cosas sucias al oído mientras seguía clavándola, despacio y profundo.

—Vení, corréte conmigo —le dijo—. Quiero sentirte.

Renata no aguantó más. Se corrió con un grito largo, los chorros salpicando los azulejos blancos, todo el cuerpo sacudiéndose contra él. El espasmo la apretó entera y Aldo perdió por fin el control que había sostenido toda la noche.

—Ahí va… —gruñó, empujando hasta el fondo—. Tomá todo…

Se vino adentro, en chorros gruesos y calientes, mordiéndole el hombro para no gritar él también. Se quedó hundido hasta la última gota, abrazándola por la cintura, los dos respirando como si hubieran corrido kilómetros bajo la lluvia.

Cuando salió, despacio, un hilo tibio le bajó a Renata por el muslo. Aldo arrancó papel del dispensador y, sin que ella se lo pidiera, la limpió con un cuidado que la dejó muda.

—Limpiate y salí vos primero —dijo, subiéndose el pantalón—. Yo espero un rato, así nadie sospecha nada.

Renata se vistió temblando, el cuerpo todavía vibrando, el encaje negro otra vez en su lugar. Antes de abrir la puerta, se dio vuelta.

—Traé el termo mañana —dijo, con una sonrisa nueva, una que hacía años no usaba.

Aldo le guiñó el ojo mientras se acomodaba la camiseta sobre el pecho.

—Y vos traé esa cola otra vez, flaca. Los logaritmos pueden esperar. Esto no.

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Comentarios (6)

Luci_84

Que relato!!! me llegó de verdad. Esperando la continuacion

MiraNocturna

increible como esta escrito, los personajes se sienten tan reales. Muy bueno

Gonzalo_BO

tremendo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

CristinaLectora

Que bueno encontrar un relato con tanta humanidad. Me sorprendio el giro de la historia, ojala haya mas

LectoFan77

me quede con ganas de mas. Sigue escribiendo asi!

Beto_Sur

La imagen del mate me quedo grabada jajaja, que buen detalle. Buenisimo el relato

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