La travesti detrás del avatar aceptó la cita
En la pantalla era @reina_de_seda. Casi noventa mil seguidores en una red, más de cien mil en su perfil de pago, una diosa de píxeles que subía fotos de su culo en ángulos imposibles, los pechos siempre escondidos en una sombra calculada, los labios entreabiertos y unos ojos que parecían desnudarte a través del filtro. Nadie veía la cara entera. Nadie veía el cuerpo completo. Solo fragmentos retocados, juegos de luz, promesas a medias. Y todos, sin excepción, creían.
En la vida de todos los días se llamaba Damián, aunque ya casi nadie la nombraba así. Veintitrés años, piel dorada que brillaba como si llevara aceite encima a toda hora, ojos de un verde de agua que parecía mentira, pestañas larguísimas, pómulos altos y una boca hecha para arrodillarse delante de alguien. Siete años de hormonas le habían dado pechos firmes y naturales, cintura estrecha, caderas anchas y un culo alto y redondo que se movía solo cuando caminaba.
Entre las piernas tenía un sexo pequeño, casi un adorno, y atrás el verdadero centro de todo su placer. La depilación láser la había dejado lisa por completo. Pero fuera de la cámara se enterraba en sudaderas enormes y vaqueros holgados, el pelo recogido, la cara lavada. El avatar era valiente. El cuerpo de carne tenía miedo.
Todo se torció con un mensaje privado de un usuario que firmaba como @adrian_real.
«Quiero verte de verdad. Sin fotos, sin filtros. Te pago lo que pidas. Montevideo, hotel Belmar, suite 1810. Viernes, diez de la noche. Si no venís, lo entiendo. Pero si venís, te voy a tratar como la diosa que decís ser.»
Adrián era su suscriptor más antiguo, el que más gastaba, el que siempre adivinaba justo qué quería leer. Damián leyó el mensaje cien veces. Se masturbó pensando en él. Lloró. Se masturbó otra vez. Y al final escribió una sola palabra: «Voy.»
Apenas pulsó enviar, el arrepentimiento le cayó encima como agua helada. Borró la conversación, la recuperó, la volvió a leer. Pensó en todas las veces que había cancelado citas en el último segundo, en los mensajes a medio escribir que nunca mandó, en los hombres que solo la querían a oscuras y de espaldas. El avatar siempre podía apagarse con un botón. Ella, en cambio, una vez que cruzara esa puerta, ya no tendría dónde esconderse.
Pero esta vez no canceló. Quizá fue el cansancio de vivir partida en dos. Quizá fue la forma en que él había escrito «la diosa que decís ser», como si lo supiera, como si nunca lo hubiera dudado. Sea lo que fuera, por primera vez en mucho tiempo, las ganas le pesaron más que el miedo.
Los días anteriores fueron una guerra contra el espejo.
Se puso a dieta de proteínas y sentadillas hasta que las piernas le ardían de verdad. Sacó del cajón el corsé de entrenamiento que le robaba tres centímetros más de cintura. Se hizo unas mechas para que el rubio platino brillara bajo cualquier luz. Se depiló hasta donde ya no quedaba nada que quitar. Desempolvó unos tacones rojos de aguja que le habían costado dos meses de contenido. Probó el maquillaje veinte veces, hasta que los ojos parecían dos lagunas verdes con destellos. Practicó caminar, arquear la espalda, sonreír como si ya la estuvieran tocando.
El viernes llegó demasiado rápido.
En el taxi rumbo al Belmar iba temblando. Llevaba un vestido negro cortísimo, nada debajo, solo un pequeño tapón de joya que él le había pedido por chat días atrás. El conductor la miraba por el espejo retrovisor y ella fingía no notarlo, aunque entre las piernas ya estaba húmeda de nervios y de ganas.
¿Y si no le gusto? ¿Y si mi voz suena rara? ¿Y si nota lo que tengo? ¿Y si alguien me reconoce en la recepción?
El ascensor fue eterno. Cada número que se encendía le apretaba un poco más el pecho. Suite 1810. Se quedó un segundo frente a la puerta, respiró, y tocó con los nudillos temblorosos.
Adrián abrió. Treinta y pocos, alto, camisa blanca abierta en el cuello, una barba de tres días, olor a perfume caro y a hombre que sabe exactamente lo que quiere. La recorrió de arriba abajo sin decir una palabra. Damián sintió que las rodillas le fallaban.
—Pasá, reina —dijo, y su voz fue grave y tranquila.
Cerró la puerta. El chasquido del pestillo sonó definitivo, como una frontera que ya no se podía cruzar de vuelta.
Adrián la tomó de la cintura y la guio, sin prisa, hasta la pared de vidrio que daba a toda la ciudad encendida. El río al fondo, las luces temblando sobre el agua. Le subió el vestido hasta la cintura sin pedir permiso, y ese gesto, esa certeza, le aflojó algo por dentro.
—Sos más perfecta que en las fotos —susurró contra su cuello—. Y eso que las fotos ya me volvían loco.
Damián cerró los ojos. Había llegado preparada para el rechazo, para las preguntas incómodas, para esa cara de decepción que tantas veces había imaginado. En cambio sintió manos firmes abriéndole las nalgas, un dedo lubricado que entraba despacio y le arrancaba un gemido idéntico al de sus videos, solo que este no era actuado.
—Tranquila —dijo él contra su oreja—. Tenemos toda la noche. Respirá.
El vidrio estaba frío contra sus pechos. Los pezones se le pusieron duros al instante, aplastados contra el cristal mientras él le besaba la nuca, la espalda, la curva baja de la columna. Bajó hasta arrodillarse detrás de ella. Le quitó el tapón con una lentitud cruel, casi con los dientes, y donde antes estaba el metal entró su lengua.
Damián se agarró del marco de la ventana con las dos manos. Toda la ciudad brillaba ahí abajo, indiferente, mientras esa boca la abría, la lamía, la devoraba sin apuro. Las piernas le temblaban. Un hilo de saliva le bajaba por el muslo. No supo cuánto tiempo estuvo así, sostenida solo por el aluminio del marco y por el placer.
—A la cama —dijo él, y no fue una pregunta.
La llevó hasta el colchón y la puso en cuatro patas. Le separó las piernas con las rodillas, con la calma de quien abre algo que sabe que es suyo. Damián sintió la presión gruesa contra ella, la cabeza que empujaba, el estiramiento justo en el límite de lo soportable. Soltó un grito ronco contra la almohada.
Se corrió casi de inmediato, sin tocarse, chorros tibios y transparentes manchando las sábanas. Pensó que él se reiría, que se detendría. No lo hizo. La penetró despacio primero, midiéndola, y después más fuerte, agarrándola de la cintura con las dos manos como si la hubiera reclamado hacía años y recién ahora la cobrara.
—Mirame —ordenó.
Damián giró la cabeza. Lo encontró en el reflejo del espejo grande de la pared: el pelo rubio revuelto, la boca abierta, los pechos balanceándose con cada embestida, y su propia cara. Su cara de verdad, sin filtro, sudada, descompuesta de placer. Por primera vez no le pareció un defecto. Le pareció hermosa.
—Decí mi nombre —pidió ella, con la voz rota.
—Damián —dijo él, sin dudar, y eso fue lo que la deshizo del todo.
Nadie le decía Damián en la cama. Los hombres que había conocido antes le pedían que no hablara, que se quedara de espaldas, que apagara la luz. Adrián la miraba a los ojos y la nombraba como era, y la cogía igual, con la misma hambre. Las dos cosas a la vez. Esa fue la diferencia.
Él aceleró. Las pieles chocaban, la cama crujía, la ventana entera vibraba con cada empujón. Damián volvió a correrse, esta vez con todo el cuerpo, temblando de la cabeza a los pies. Adrián se vino un segundo después, dentro del preservativo, con un gruñido largo, y se quedó encima de ella un instante eterno, besándole la nuca empapada.
—Sos mucho más que el avatar —murmuró—. Sos de verdad. Y sos perfecta de verdad.
Damián lloró. No de tristeza. De alivio. De algo parecido a una victoria que llevaba años esperando.
***
Después se quedaron abrazados frente a la ventana, mirando el río y las luces. Él le acariciaba un pecho con una mano; con la otra jugaba, distraído, con su sexo pequeño que nunca se había puesto del todo duro y al que ella, por primera vez, no le pidió perdón a nadie.
—¿Sabés qué es lo mejor? —dijo Adrián—. Que ya no tenés que esconderte. El avatar era la mentira cómoda. Esto que sos ahora, así, en mi cama, esto es lo real.
Damián sonrió sin miedo, quizá por primera vez en su vida adulta. Estiró el brazo hasta la mesita, tomó el celular y abrió la cámara. No buscó el ángulo bueno. No encendió ningún filtro. Se sacó una foto entera: el cuerpo marcado por el sexo, los ojos brillantes, las sábanas revueltas de fondo, la cara completa por fin a la vista.
La subió a su perfil de pago con una sola línea: «Real. Cien por cien. Y por fin sin esconderme.»
En menos de diez minutos tenía miles de reacciones, y seguían entrando. Pero esa noche, por primera vez, los números le dieron exactamente igual.
El avatar había muerto en algún rincón de un disco duro. La mujer de carne y hueso, la que respiraba sobre el pecho de un desconocido que ya no lo era tanto, acababa de nacer.