Sus dos escoltas nocturnos cobraron el favor esa noche
El reloj del instituto nocturno marcaba las once y tres minutos cuando Sofía salió a la calle. La avenida ya estaba muerta a esa hora: persianas bajas, un par de faroles que parpadeaban y cinco cuadras de sombra hasta su edificio. Siempre el mismo recorrido, siempre la misma sensación de ir conteniendo la respiración hasta llegar al portal.
Conocía cada peligro de memoria. Los perros que ladraban detrás de las rejas, los silbidos desde los zaguanes, el auto que de vez en cuando bajaba la velocidad a su lado. Caminaba rápido, con la mochila apretada contra el pecho y las zapatillas gastadas golpeando el asfalto. Una rutina de miedo aprendido.
Hasta que una noche, semanas atrás, escuchó pasos detrás. Dos pares. Pesados, parejos, constantes. Y desde entonces, cada noche, esos pasos la acompañaban a distancia. Nunca se acercaban. Nunca decían nada. Solo estaban ahí, como una escolta silenciosa que ella no había pedido.
Tardó poco en descubrir quiénes eran. Bruno y el Flaco, los dos del fondo del aula. Bruno tendría veinticinco, los brazos cubiertos de tatuajes y una gorra siempre vuelta hacia atrás. El Flaco era más joven, delgado pero de músculos secos, con un aro en la oreja y esa mirada de quien ya vio demasiado para su edad. En clase apenas le devolvían un «buenas» y nada más. Pero todas las noches, sin falta, salían tres minutos después que ella y la seguían hasta la parada.
***
Un viernes lloviznaba. La avenida brillaba con esa luz aceitosa de la lluvia sobre el asfalto, y Sofía dobló la esquina más oscura del trayecto. Un tipo grande, evidentemente borracho, se le plantó adelante y le cerró el paso.
—Ey, preciosa… ¿cuánto sale pasar un rato con vos? —arrastró las palabras, apestando a alcohol barato.
Sofía retrocedió. El miedo le cerró la garganta y le congeló las piernas. Y entonces, igual que en todas esas noches, dos sombras se movieron rápido. Bruno y el Flaco se plantaron uno a cada lado de ella, como si siempre hubieran estado ahí.
Bruno habló sin levantar la voz, con un tono tranquilo que no admitía discusión.
—Seguí caminando, jefe. La señorita va con nosotros.
El Flaco ni siquiera lo miró a la cara.
—Y andá cerrando la boca antes de que te la cerremos nosotros.
El borracho masculló algo entre dientes y se perdió en la lluvia. Sofía temblaba, mitad por el susto, mitad por otra cosa que prefería no nombrar. Los dos chicos no agregaron nada. Solo caminaron con ella en el medio hasta la parada, esperaron a que llegara el colectivo y, cuando ella subió, encendieron un cigarrillo y se fueron sin despedirse.
¿Por qué hacen esto?, pensó Sofía mirándolos por la ventanilla. ¿Y por qué me gusta tanto que lo hagan?
***
El lunes siguiente los esperó a propósito en la puerta del instituto. Cuando salieron, se cruzó de brazos y los enfrentó.
—Los vi. Todas las noches me cuidan, ¿no?
Bruno se rascó la nuca, incómodo de golpe, como un chico al que pescan haciendo algo.
—No es nada, Sofi. Con una compañera no se jode, listo.
El Flaco sonrió de costado, mucho más suelto.
—Y además estás demasiado buena para que te pase algo en la calle.
El comentario la atravesó como una corriente tibia. Sintió el calor subirle por el cuello y bajarle hacia el vientre. Hacía mucho que nadie la miraba de esa forma, sin disfraz, sin miedo, con un deseo crudo y directo.
—¿Quieren tomar algo en casa? —dijo antes de arrepentirse—. Vivo a dos cuadras. Les debo una.
Los dos se miraron un segundo. Después asintieron, casi al mismo tiempo.
***
El departamento era chico y cálido, una sola pieza con una cocina pegada y una cama que ocupaba la mitad del espacio. Sofía cerró la puerta, dejó la mochila en el piso y, en vez de ir a buscar los vasos, se dio vuelta y los miró fijo.
—La verdad es que no los traje a tomar nada —dijo, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. Los traje porque quiero agradecerles. Como corresponde.
Bruno soltó una risa baja, grave, y se acercó un paso.
—¿Estás segura de lo que decís?
Por toda respuesta, Sofía se sacó la campera y la dejó caer. Debajo de la remera ajustada y el jean asomaba un conjunto de encaje rojo: un corpiño que apenas contenía el pecho y una tanga que se le marcaba en cada movimiento. Se había vestido así esa mañana. Lo había planeado.
—Más segura que nunca —dijo—. Los quiero a los dos. Esta noche. Sin apuro y sin vueltas.
El Flaco se mordió el labio y se sacó la remera de un tirón.
—Mirá vos la callada del fondo del aula —murmuró, recorriéndola con los ojos—. Resultó ser la más caliente de todas.
La condujeron hasta la cama entre los dos, sin brusquedad pero sin dudar. La tendieron de espaldas sobre el cubrecama y Sofía sintió el colchón hundirse bajo el peso de los tres.
***
Bruno se inclinó primero y la besó. Un beso lento, hondo, mientras una de sus manos tatuadas le bajaba el corpiño y le descubría el pecho. El Flaco, del otro lado, le recorría el muslo con la palma abierta, subiendo despacio hasta el borde de la tanga.
—Tranquila —le susurró Bruno contra la oreja—. Tenemos toda la noche. Vamos a hacerte sentir cada cosa.
Ella arqueó la espalda. La boca del Flaco bajó por su cuello, por su pecho, deteniéndose en cada centímetro de piel como si la estuviera memorizando. Sofía cerró los ojos y se entregó a las dos bocas y las cuatro manos que la recorrían a la vez.
—Así… —jadeó—. No paren.
Bruno se puso de pie al costado de la cama y se bajó el pantalón. Sofía giró la cabeza y, sin que se lo pidieran, lo recibió en la boca. Lo tomó entero, despacio primero, después con ganas, mientras él le sostenía el pelo con suavidad y maldecía por lo bajo.
—Mirá cómo sabe lo que hace —gruñó—. Dios.
El Flaco, mientras tanto, le había arrancado la tanga roja y le separaba las piernas. Escupió en su mano, la deslizó entre las nalgas y empezó a abrirla con los dedos, primero uno, después dos, jugando con el ritmo, esperando a que ella misma empujara contra su mano.
—Está pidiendo más —dijo el Flaco con una sonrisa torcida—. Mirá cómo se mueve sola.
—Porque quiero más —respondió Sofía soltando a Bruno apenas un segundo—. Los quiero a los dos. Al mismo tiempo.
Los dos chicos se miraron por encima de su cuerpo.
—¿Estás segura? —preguntó el Flaco, más serio de golpe—. Eso no es para cualquiera.
—Estoy segura —dijo ella, y lo dijo despacio para que no quedara ninguna duda.
***
El Flaco se recostó de espaldas en el centro de la cama. Sofía se acomodó encima de él, de cara a Bruno, y bajó despacio hasta sentirlo entrar. Soltó un gemido largo que se le rompió a la mitad, los ojos cerrados, las manos aferradas al pecho del Flaco.
—Despacio… —pidió, conteniendo la respiración mientras su cuerpo se acostumbraba—. Así, despacio.
Bruno se ubicó detrás de ella. Escupió en su mano, se preparó y apoyó la punta junto al Flaco, esperando. La rodeó con un brazo, pegó el pecho a su espalda y le habló al oído con una calma que la hizo temblar.
—Respirá hondo. Vamos a entrar juntos. Si te duele, decís y paramos.
—No paren —jadeó ella—. Por nada.
Empujó. La presión fue brutal y abrumadora, un ardor que se mezcló con un placer tan intenso que Sofía gritó contra el hombro del Flaco. Por un segundo todo fue demasiado. Después su cuerpo cedió, se abrió, y los dos quedaron dentro a la vez.
—Esto es… —no encontró la palabra. No había palabra.
—Eso es —terminó Bruno por ella, la voz rota—. Quedate quieta un segundo. Sentilo.
Se quedaron los tres inmóviles, respirando juntos, el cuerpo de Sofía atrapado entre los dos, llenándola por completo. Cuando ella misma empezó a moverse, supieron que podían seguir.
***
Empezaron despacio, encontrando un ritmo compartido, cada uno turnándose para no abrumarla. Pero el control duró poco. Pronto los tres se movían a la par, sudados, jadeando, el departamento entero lleno del sonido de los cuerpos chocando.
—No paren… no paren… —repetía Sofía como un rezo, la cabeza echada hacia atrás contra el hombro de Bruno.
El Flaco le sostenía las caderas desde abajo y le buscaba el pecho con la boca. Bruno la abrazaba desde atrás, una mano en el vientre, la otra entre sus piernas, acompañándola con los dedos al mismo ritmo de las embestidas.
—Mirá lo que sos —le murmuró Bruno al oído—. Decímelo. Decime qué querés.
—Quiero que se vengan —dijo ella entre jadeos—. Los dos. Adentro. Quiero sentirlos.
Esa frase fue el detonante. Sofía sintió que algo se le tensaba en el centro del cuerpo y reventaba de golpe. Se vino con un grito largo y entrecortado, todo el cuerpo sacudiéndose entre los dos, apretándolos por dentro hasta que ellos ya no pudieron contenerse.
El Flaco fue el primero, agarrándola de las caderas y empujando hacia arriba con un gruñido ronco. Bruno lo siguió un segundo después, hundiendo la cara en su nuca, mordiéndole el hombro mientras se vaciaba. Los tres se quedaron así un instante eterno, temblando, las tres respiraciones convertidas en una sola.
***
Después llegó la calma. Se desplomaron sobre la cama hechos un nudo de brazos y piernas, la piel pegada por el sudor. Sofía quedó en el medio, con la cabeza apoyada en el pecho tatuado de Bruno y la mano del Flaco dibujándole círculos lentos en la espalda.
Nadie habló por un largo rato. No hacía falta.
—Así que esto era lo que escondías en el fondo del aula —dijo al fin el Flaco, con una sonrisa que ella sintió contra su hombro.
Sofía se rió, todavía sin aliento.
—Y ustedes que me cuidaban de tan lejos.
Bruno le besó la frente.
—De ahora en más te seguimos cuidando —dijo—. Todas las noches, hasta tu puerta.
—¿Y después? —preguntó ella, levantando la vista hacia los dos.
El Flaco le guiñó el ojo.
—Después se ve. Pero algo me dice que vamos a tener que repetir esta forma de agradecer.
Sofía sonrió, hundiéndose un poco más entre los dos cuerpos tibios. Afuera seguía lloviznando, la avenida seguía oscura y muerta. Pero por primera vez en mucho tiempo, esas cinco cuadras hasta su casa ya no le daban ningún miedo.