Salí del armario como trans y un hombre me esperaba
Hola. Perdón por la tardanza, estas últimas semanas se me complicaron más de lo que esperaba. Hoy arranco a contar mi historia desde el principio: mi salida —o más bien mi huida— del armario. Me llegaron muchas preguntas y prometo responderlas en lo que vendrá, pero este texto lo tenía a medias y quería compartirlo ya.
Un beso, Vera.
***
Siempre supe que era una mujer. Siempre, o casi siempre. Pero hasta bien entrada la adolescencia no entendí del todo qué significaba eso. Recién cuando empecé a escuchar a mi alrededor palabras como travesti, transexual, desviado o afeminado pude ponerle nombre a lo que me pasaba por dentro, y también medir lo difícil que sería todo. Porque desde el comienzo tuve claro que mi familia no lo aceptaría y que mi futuro me lo tendría que construir sola.
Por suerte me equivoqué, al menos en parte. Me abrí con una de las chicas de la clase, la que en mi colegio religioso parecía la más despierta de todas, y le conté lo que me pasaba. En lugar de apartarse, Noa me escuchó, me dio la razón y me animó hasta convertirse en mi mejor amiga. No solo eso: me acompañó a comprarme ropa, me enseñó a maquillarme y fue mi bastón en mis primeras salidas. Pero lo mejor que me regaló fue el trato. Desde el primer minuto me trató como a una chica más y compartió conmigo su intimidad igual que con cualquiera de sus amigas.
Con su apoyo me animé a hacer mis primeras salidas vestida de mujer por el centro, y poco después a conocer chicos a través de un chat. No fue difícil despertar el interés de varios hombres por internet. Una vez descartados los que solo buscaban una foto rápida, elegí a uno para quedar.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo acababa de cumplir veinte años y él, Diego, tenía veinticuatro y estudiaba derecho. Antes de vernos en persona habíamos hablado varios días por mensajes y nos habíamos mandado algunas fotos. Quedamos en una cafetería del centro de Valencia, y yo llegué con Noa, en cuya casa me había arreglado. Ella me dejó en la esquina, para vigilar de lejos que todo saliera bien, y yo caminé hasta la mesa de Diego, a quien reconocí enseguida.
Llevaba una minifalda roja, medias de rejilla y un top tapado por un jersey ancho que disimulaba mi falta de curvas. Me había puesto unos zapatos de demasiado tacón que había comprado con Noa la primera vez que pude elegir calzado de mujer, y una peluca negra a media melena con varios complementos que me prestó mi amiga.
Diego se levantó y, nervioso, me dio dos besos. Yo, tanto o más temblorosa que él, le correspondí y me senté. Nos costó calmarnos y retomar la charla, pero de a poco recuperamos la facilidad que teníamos detrás de una pantalla. Hablamos un buen rato y casi me olvidé de que era trans, de las miradas que sentía clavadas en la espalda, de los nervios. En algún momento todo se redujo a la duda normal de una primera cita: si le gustaba, si debía dar yo el primer paso, si me iba a besar.
No tuve que preocuparme. Cuando llevábamos una hora me propuso dar una vuelta. Pagó, me tomó la mano al salir y caminamos medio en silencio. De pronto entramos en el campus de la universidad. Le pregunté a dónde me llevaba y, con una sonrisa, me pidió que confiara. Cruzamos un vestíbulo enorme y aparecimos en un patio interior lleno de árboles.
—¿No habías venido nunca? —me preguntó.
Negué con la cabeza y dejé escapar un «es precioso» que él aprovechó al vuelo.
—No tanto como tú —dijo.
No era una frase original, pero a mí, joven y con miedo a quedar al margen de todo, me llegó al fondo. Lo miré a los ojos y le tomé la otra mano. Él aceptó la invitación, me rodeó la cintura, me atrajo hacia su cuerpo y me besó.
Fue hermoso. Sentir sus labios, su pecho contra el mío, dejarme llevar por sus manos. Durante unos segundos me olvidé de todo. Pero entonces pasó lo inevitable: mi sexo despertó y, duro como una piedra, se marcó por encima de la falda. Yo me tensé y Diego se apartó.
—¿Estás bien? —preguntó.
Bajé la vista antes de contestar y vi el bulto delatándome en la tela.
—Creo que necesito sentarme —murmuré, roja como un tomate, escondiéndome tras él de la poca gente que pasaba. Caminamos hasta el banco más cercano.
—¿Qué pasa? —insistió, preocupado.
La respuesta sobró cuando, incluso sentada, vio el relieve que seguía marcándose en mi entrepierna. Su cara cambió de golpe. Se puso nervioso y empezó a soltar cosas como «¿qué vas a hacer?», «¿cómo lo tapas?». Lo miré sin entender su reacción. Ya estaba bastante alterada y su actitud no me ayudaba. Cuando me pidió que ocultara aquello, que no dejara que nadie lo viera, no sé de dónde saqué el valor para decirle que parara, que se fuera.
Ahora fue él quien no me creyó. Tardó unos segundos en comprender, otros tantos en balbucear algo, y un par de minutos en repetir que solo quería ayudarme, que lo sentía, etcétera. Lo corté. No era tan ingenua como para no saber cuándo conviene cortar por lo sano, y le insistí, otra vez, que se marchara. Cuando por fin lo hizo y me quedé sola, mi erección ya había desaparecido, pero todavía estuve un buen rato llorando en aquel banco.
***
Esa primera experiencia me volvió mucho más cuidadosa. Después tuve un par de citas que, sin terminar tan mal, no llevaron a ningún lado. Hasta que conocí a Andrés. A él también lo conocí en el chat, pero era muy distinto a los demás, que eran universitarios de entre diecinueve y veinticinco años. Andrés tenía treinta y nueve y trabajaba en un almacén. Me sacaba muchos años y venía, pensaba yo, de un mundo opuesto al mío. Si yo era joven y salía de una familia acomodada, con dinero, estudios y un carácter conservador y muy religioso, él era todo lo contrario: un hombre hecho a sí mismo, un trabajador de base que apenas había terminado lo básico y se había puesto a ganarse la vida con dieciséis años. Eso me generaba muchas dudas, pero él las fue venciendo a fuerza de paciencia hasta convencerme de quedar.
Recuerdo cada cita con él con nitidez. Como las otras veces, conté con la ayuda de Noa para arreglarme, pero esta vez ya salí sola de casa. Era abril y empezaba el calor, así que elegí un polo rosa corto que dejaba el ombligo al aire y disimulaba mi falta de pecho, y una minifalda plisada. Estaba muy sexy. Entré con algo de miedo al bar que él había propuesto, un local de copas oscuro que a media tarde estaba casi vacío. Lo encontré en un reservado, fumando, y solo se levantó para darme dos besos y un buen repaso de arriba abajo.
De entrada, nada de lo que decía conseguía quitarme la incomodidad, y tras una charla algo tensa pensé en irme. Por suerte no lo hice. Él, que debió notar cómo me sentía, se disculpó por su torpeza y me confesó que también estaba muy incómodo: que yo era muy joven, que era la primera vez que estaba con una chica trans y que, encima, era muy guapa. Acepté sus disculpas y, por un impulso que aún no sé explicar, le acaricié la mano. No había pasado ni media hora desde mi llegada y con ese gesto ya habíamos roto el hielo.
Andrés se atrevió a más. Atrapó mi mano, jugó con mis dedos y, segundos después, deslizó la palma por mi muslo desnudo. Me sorprendió lo lanzado que se mostraba, sobre todo después de lo que había dicho, pero fue un cambio bienvenido. Lo dejé hacer unos segundos y él tomó mi permiso silencioso para acariciarme el cuello con la otra mano y besarme con ganas. Le correspondí en cada paso. Hasta lo invité, guiando su mano, a colarse bajo la falda. En mi primera cita ese había sido el punto que lo arruinó todo; esta vez él acarició sin dudar mi muslo, la tela lisa de mi ropa interior y la dureza que asomaba debajo.
Con un gesto me invitó a sentarme sobre él y acepté. Sentí enseguida su bulto firme apretando contra mis piernas, y empecé a mover las caderas con suavidad. Nunca había hecho algo así, pero los movimientos me salían solos, de adentro. Él seguía recorriéndome los muslos por debajo de la falda mientras yo lo abrazaba y lo besaba sin parar. De repente había una complicidad enorme entre nosotros y apenas nos separábamos para dar un sorbo a la copa o decir alguna tontería.
No sé cuánto rato pasamos así. Agradecí estar de espaldas a la puerta, porque cuando nos separamos habían entrado más clientes y mi sexo, duro, levantaba descarado la tela. Algo que a Andrés le encantó.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunté, deseando que me llevara a su casa, que me hiciera suya.
Él me sonrió, me acarició la nuca, me besó el cuello y volvió a mirarme.
—Quiero que pidamos otra copa con calma, que nos volvamos a besar y que nos despidamos dentro de un rato con ganas de repetir —dijo, seguro.
Hice el gesto de rebatirle, pero me calló posando un dedo sobre mis labios.
—Sé lo que te gustaría, a mí también, pero quiero ir despacio, disfrutar cada paso. ¿Sí?
Asentí, desarmada, y lo dejé ir a pedir dos copas más.
***
Después de aquella cita, que terminó igual pero sin ir más lejos, vino otra, y luego otra. Las tres se parecieron, pero, como él había anticipado, todo mejoraba a medida que nos conocíamos. Cada encuentro era un poco mejor que el anterior: más confianza, menos miedo. Y yo, claro, me fui enamorando. Quizá no teníamos nada en común, quizá la diferencia de edad era enorme, pero me hacía sentir querida, comprendida y muy mujer. Habría sido perfecto que aquello durara así, conociéndonos sin prisa, pero entonces pasó algo que lo precipitó todo.
Hacía tiempo que había decidido salir del armario y contarle a mi familia quién era en realidad. Sabía que les costaría: con lo religiosos y tradicionales que eran, si un hijo gay les habría parecido impensable, una hija trans quedaba fuera de cualquier escenario que hubiesen imaginado. Aun así sentía que tenía que dar el paso, y esperaba que con tiempo y conversaciones llegaran a entenderlo. Contaba, además, con que mis hermanas mayores ayudaran a suavizarlo. Esa era la teoría. Pero una noche entendí que las cosas no irían como yo quería.
Fue durante la cena. Mi madre y mis hermanas habían ido de compras y, entusiasmadas, nos mostraban a los hombres de la casa todo lo que habían traído. Mi padre y mis hermanos aguantaban las explicaciones con paciencia y yo las miraba con envidia. Todo iba bien hasta que la cara de mi hermana mayor se transformó.
—¡No os vais a creer lo que nos pasó! —soltó.
La miramos expectantes y disparó:
—En una de las tiendas había dos travestis vestidos de mujer en el probador de al lado.
Mi otra hermana añadió que «habría dado risa si no fuera tan vergonzoso ver a esos tipos haciéndose pasar por chicas». Y con eso se abrió la veda. Mis hermanos empezaron a soltar comentarios despectivos contra cualquier cosa que sonara a trans. Mi hermano pequeño llegó a decir que no entendía cómo dejaban entrar a «gente así», y mi madre remató con la frase que me partió en dos:
—No os preocupéis, ya le dije a la encargada que mientras acepten a esa clase de gente nosotras no volvemos. A ver quién se gasta más allí.
No sé cómo aguanté el resto de la cena sin llorar. A cada minuto, la piedra que tenía en el estómago pesaba más y me robaba el aire. Lo que sí supe, una vez encerrada en mi cuarto y llorando sin pausa, fue que yo, en esa casa, ya no podía seguir.
Cuando me sentí lo bastante entera y tuve claro lo que iba a hacer, llamé a Andrés y, entre lágrimas, le pedí que me acogiera. Si intentó disuadirme, no me di cuenta: respondí a cada una de sus dudas hasta convencerlo de que la decisión era irreversible y de que no había otra salida. Sentí un alivio enorme cuando aceptó. Sin imaginar todo lo que aquello implicaría, me dediqué a escribir cartas para mi familia y para Noa. A los míos les dejé un resquicio: una puerta para volver, si algún día me aceptaban tal como era.
Esa tarea me ocupó una noche casi en blanco que, por suerte, no me dejó pensar en frío. Cuando salió el sol estaba lista para irme y dejar toda mi vida atrás. Metí en la mochila de siempre algunos recuerdos y la poca ropa mía. Desayuné como un día cualquiera, cogí la bolsa, me despedí de todos y salí con mis hermanos, desviándome como de costumbre hacia la casa de Noa. Pero no fui directa: esperé a que se marchara sola para dejar la carta en su buzón. Lo último que hice antes de tomar el autobús fue pasar por el banco y vaciar mi cuenta. No tenía mucho, pero esperaba que me sirviera.
Crucé la ciudad de punta a punta en un viaje que me separó de absolutamente todo. Mi familia, mis amigos, mis cosas quedaron tan lejos como si me fuera de Valencia a Tombuctú. De golpe estaba en un barrio que no conocía, rodeada de gente totalmente anónima. La sensación se agudizó al llegar al edificio de Andrés.
Toqué el timbre, una voz me abrió y subí en un ascensor antiguo y lento. Bajo el felpudo, como me había dicho, encontré una llave. Andrés salía a las cinco de la mañana y volvía a las cinco y media de la tarde, así que me encontré sola. El bloque era uno de esos altos y vetustos de las afueras, levantados con el menor gusto y el menor gasto posibles, y por dentro la idea se confirmaba. Yo venía de un piso enorme, con hasta zona de servicio, y de pronto estaba en cincuenta metros con dos habitaciones y un balcón diminuto desde el que solo se veían más edificios iguales, mucha ropa tendida y un asomo lejano de mar.
Me cambié, me maquillé e inspeccioné cada rincón. Fue entonces cuando empecé a entender lo que había hecho de verdad, hasta qué punto había cambiado mi vida. De ser un chico de clase alta que estudiaba, me había convertido en una mujer trans con lo justo y nada más, dependiente de un hombre al que apenas conocía, con una sola amiga allá lejos. Después de aquello no volvería a vestir de otra forma, pero había renunciado a mucho. Y sabía que, para sobrevivir, debía tener a Andrés tan contento como pudiera.
Así que pasé el día limpiando y preparando una cena con lo que encontré y con mi experiencia nula en la cocina. Cuando se acercó su hora, lo esperé en la puerta con una cerveza en la mano, tragándome las ganas de llorar, y me lancé a sus brazos para besarlo. Quería ser la mujer perfecta. Cuando intentó preguntarme cómo estaba, lo esquivé con evasivas mientras lo guiaba hacia el sofá. Opuso algo de resistencia al notar que mis manos jugaban con su bragueta, pero lo que encontré me dijo que iba por buen camino.
—No hace falta… —empezó, mientras yo agarraba su dureza y la liberaba del pantalón.
Lo hice callar y lo rodeé con la mano entera. Con cariño lo acaricié un par de veces de arriba abajo y lo senté.
—De verdad que no hace falta —repitió cuando me arrodillé frente a él.
—Claro que hace falta —respondí con una sonrisa—. Estoy agradecida, quiero demostrarlo y, además, me apetece.
Le sonreí y seguí acariciándolo mientras lo miraba. Tenía un buen tamaño, parecido al mío pero más grueso. Con la mano libre comprobé que yo también estaba dura y me dispuse a empezar.
Sentí su piel caliente bajo la lengua. Recorrí toda su longitud hasta la base y volví a subir, hasta posar los labios en la punta. Lo hice como imaginé que sería mejor, y creo que acerté. Con un suave gemido, Andrés apoyó las manos en mi cabeza. Lo tomé como una señal: lo rodeé con la boca y empecé a bajar despacio, gozando cada centímetro, sintiéndolo entrar mientras yo me encendía cada vez más. No sé si en algún momento dudé de si me gustaría, pero a esas alturas ya tenía clarísimo que me encantaba.
Cuando llegué al fondo, con cierta frustración por no poder más, volví hacia arriba y marqué un ritmo. Entraba y salía, un poco más cada vez, y él me acompañaba con las manos. Sus gemidos se volvieron más intensos y mi propia mano empezó a acariciarme. No sé cuánto duró, pero a mí se me hizo corto. Habría seguido para siempre. Entonces Andrés me sujetó la cabeza con más firmeza, cambió el ritmo y supe que ya se acercaba. La velocidad creció, él entraba y salía cada vez más rápido, y de pronto sus manos me hundieron del todo y mi garganta se llenó de su calor. Me invadió una sensación de plenitud, de logro, la certeza de que acababa de convertirme no solo en una mujer, sino en su mujer.





