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Relatos Ardientes

Me llamaron para ser su juguete esa noche

Soplaba un viento helado que cortaba la cara y hacía saltar las lágrimas. Bajo la luz escasa de las pocas farolas que aún funcionaban, apenas distinguía los números de los portales. El móvil no paraba de vibrar en mi bolsillo, mensaje tras mensaje. Mis acompañantes de aquella noche se impacientaban, y yo, encogido dentro de la sudadera para no quedarme tieso de frío, todavía no daba con la dirección.

Tendría que haberme abrigado más, pensaba.

Debajo del pantalón de chándal y la sudadera apenas llevaba unas medias de rejilla negras, un corpiño de cuero falso y un tanga de encaje azul oscuro. Una ropa muy a propósito para el placer y otros vicios parecidos: el corpiño realzaba mis pechos redondos y carnosos, las medias le sacaban brillo a mis piernas firmes y bien torneadas, y el tanga marcaba la línea que separaba mis nalgas, dejando mi culo aún más apetecible. Lo que no era, desde luego, era ropa apta para andar dando vueltas en mitad de un ventarrón gélido buscando un portal desconocido.

Para colmo, el tanga, bonito y elegante como era, se me arrebujaba y me atrapaba las pelotas. Porque sí, tengo pelotas, y polla también, y que nadie se haga el sorprendido: sabíais a lo que veníais, ¿o no? Cada poco tenía que pararme a recolocarme el paquete con disimulo, y eso me daba reparo. En un barrio tan parecido al mío regía seguramente la misma ley no escrita: a puerta cerrada puedes hacer lo que quieras y nadie se mete, pero pasearte por la calle en lencería de fulana puede considerarse una afrenta que se paga con una paliza en un descampado. Y no estaba yo por la labor.

Por fin llegué a la dirección. Me planté frente al portal y miré la pantalla. Escribí sin responder a los veinte o treinta mensajes que me preguntaban si quedaba mucho.

«Ya estoy aquí.»

La respuesta llegó en segundos.

«Segundo piso. Pica el timbre. Somos un tío y una trans activa. Métete en el papel.»

Eso me dejaba a mí el papel de trans pasiva, cosa que no me suponía ningún problema. Lo he hecho muchas veces, y muy bien, en tantas escenas de esta película que es mi vida. Conviene aclarar que no soy exactamente una trans: vivo como hombre la mayor parte del tiempo, y solo en la intimidad me permito el lujo de comportarme y dejar que me traten como a una mujer. También es verdad que esa intimidad ocupa cada vez más espacio en mi vida, se me hace cada vez más imprescindible y cada vez me resulta más natural. Tal vez algún día esta mujer acabe ganándole el terreno al hombre y me obligue a decisiones radicales. O tal vez no sea más que un maricón morboso al que le gusta que lo traten como a una zorra y se hace pajas mentales con ello.

Quién sabe. Y en realidad, a quién le importa.

***

El caso es que ahí estaba yo, y ahí estaban ellos, repantingados en un sofá de skay, su estampa turbia en la penumbra de un cuarto mal iluminado y cargado de humo de tabaco.

Uno era un hombre grandote, gordo, velludo, de unos cincuenta y tantos según mis cálculos, casado a juzgar por el anillo de la mano derecha. Estaba completamente desnudo, fumaba un puro con deleite y se acariciaba despacio, con la otra mano, una polla de un grosor que incluso desde lejos parecía descomunal.

El otro, o la otra —diremos «la rubia» para entendernos—, era un chico de unos cuarenta años, menudo y delgado, de piel blanca y suave. Llevaba una peluca rubia larga, unas botas altas de cuero con taconazos, un corpiño morado y un tanga negro. Se acurrucaba contra el hombretón y le acariciaba el pecho con delicadeza.

Al principio apenas me miraron. Pero en cuanto me quité la ropa de calle, sentí sus ojos clavados en mi cuerpo curvilíneo. Cuchichearon un momento. Creí captar algo así como «...mira qué tetas tiene». Sonreí. Esas mismas tetas que parecen de mujer, que en mi adolescencia fueron motivo de burlas y razón de más de una pelea a puñetazos, son ahora uno de los encantos que más atenciones me reportan de mis compañeros de juego, sean del género que sean. Supongo que por eso también me gusta esto del travestismo: el tipo gordo en el que casi nadie repara se convierte de pronto en un objeto de deseo codiciado. En fin, la historia de mi vida.

Pero me estoy yendo por las ramas.

—Ven aquí. Ponte de rodillas —dijo el grandote.

Obedecí. Aquel hombre no era guapo, ni de lejos, pero había algo en su forma directa de mirar, en su voz firme y suave, en sus gestos decididos, que resultaba muy atractivo. Se notaba que era un tipo seguro de sí mismo. Un rey en su pequeño reino secreto. Y en ese reino se hacía lo que él quería.

Así que me arrodillé ante él y, antes de que me lo pidiera siquiera, empecé a lamer aquel glande gordo y pringoso. Cerré los ojos y sentí dos manos acariciándome los pechos. Una era grande y fuerte; la otra, de dedos delgados y nerviosos. Deduje que cada uno me tocaba una teta. Me las amasaban con cuidado, como sopesándolas, como aprendiendo la geografía de mi carne. Una oleada de excitación me hizo estremecer, y de mi boca quiso salir un suspiro que se ahogó contra aquella verga cada vez más dura.

—Mira qué tetas tiene, como para hacerle una cubana...

—Sí, tiene mejores tetas que la tía a la que me follé el otro día...

—Y mira qué culazo...

Una mano me dio un azote leve en el culo. Otra me empujó la cabeza hacia abajo, hasta que aquel capullo gordo y baboso me llegó a la campanilla. Aguanté lo que pude y, cuando me faltó el aire, me aparté en busca de oxígeno y miré hacia arriba. El grandote me observaba fijamente, con los ojos llenos de fuego.

—Cómele las tetas a mi amiga, que quiero verlo.

Me lancé sobre la rubia. Le bajé un poco el corpiño y empecé a lamerle los pezones con frenesí. Ella echó la cabeza hacia atrás y jadeó sin disimulo. Le busqué la polla y la noté dura, temblorosa, lubricada por un hilo de presemen que le asomaba por la cabeza. No pude resistir la tentación y me puse a chupársela con ganas, arrancándole gemidos y sacudidas que le hacían temblar las piernas. Sin esfuerzo me la metí entera, hasta los cojones, acomodándole el glande en la garganta y lamiéndole los huevos con la punta de la lengua. La rubia se agitaba y jadeaba como un animal herido, y las manazas de su hombre me sobaban las nalgas de una forma tosca, brutal, ansiosa, que me hacía desear sentir esa polla dentro de mí y esas manos azotándome sin piedad.

—Cómo la chupa...

—Es una buena puta...

Hablaban como si yo no estuviera. Me usaban como un juguete para sus fantasías. Y a mí me encantaba.

—¿Te gusta lo que te he traído, amor? —preguntó él.

—Me encanta... —respondió ella.

Se besaban en la boca mientras yo, hecho un ovillo ante el sofá, les acariciaba las vergas, una con cada mano. La de él, inmensamente gruesa aunque no del todo dura. La de ella, recta, no muy grande, dura como una piedra, temblorosa de excitación. Me incorporé despacio y fui a buscar la boca de la rubia. Nos encontramos en un beso húmedo y ansioso que ella me devolvió con una voracidad apasionada. Nos fundimos en ese beso y volvimos a hacernos un ovillo sobre el sofá. Mi piel, erizada de placer e hipersensible, se estremecía al rozar la suya. La voz ronca y obscena del grandote resonaba, tentadora y amenazante, en la oscuridad cargada de humo.

—Así, así... qué putas...

Sus jadeos roncos hacían suponer que se masturbaba mirando cómo nos manoseábamos y nos comíamos a besos. La rubia, con la voz temblorosa, me preguntaba al oído.

—¿Te gusto? ¿De verdad te gusto?

Yo no entendía que una preciosidad así lo dudase siquiera. En lugar de responderle con palabras, le besaba la boca con más ansia, le acariciaba los pezones duros y la verga tiesa con fruición, apretaba mi cuerpo contra el suyo, restregaba mis tetas calientes contra su pecho.

—No me dejéis fuera, zorras —gruñó él.

El grandote se había puesto en pie y nos miraba fijamente, la polla descomunal en la mano, como una amenaza maravillosa, como una promesa terrible y largamente esperada.

—Vamos a la cama.

***

Sería demasiado complicado explicar con precisión qué ocurrió a partir de ese momento, cómo ocurrió, en qué orden sucedieron las cosas. Presa de una excitación incontrolable, transfigurado en una bestia de apetito insaciable, perdí la noción del tiempo y del espacio, y me dejé llevar por un torbellino de sensaciones que parecía apartarme de la realidad. En aquella vorágine hice y dejé que me hicieran de casi todo, con ansiedad apasionada, con abandonado deleite. De las horas, no sé cuántas, que compartimos en aquella cama estrecha, en aquel cuarto en penumbra, conservo recuerdos fragmentados, como fogonazos que iluminan una galería de la obscenidad en la que aparezco protagonizando escenas de pura glotonería sexual.

Me recuerdo, sí, a cuatro patas sobre la cama, penetrado con brutalidad por la polla pétrea de la rubia mientras pugnaba contra las arcadas en mi empeño por tragarme entero el inmenso tarugo del grandote, que entretanto me estrujaba las tetas con manos tan diestras que el placer me hacía llorar.

Me recuerdo, sí, compartiendo con la rubia el privilegio de comerme aquel pollón inmenso, nuestras lenguas danzando alrededor de su tronco, encontrándose en besos obscenos, unidas nuestras bocas y el glande de aquella monstruosidad por una telaraña de hilos de saliva y presemen.

Me recuerdo, sí, con sus dos bocas lamiéndome los pezones, sus manos acariciándome al unísono las nalgas trémulas y la polla estremecida, mis gemidos una declaración desgarrada de amor sucio y difuso.

Me recuerdo, sí, de rodillas en la cama, con sus dos bocas rodeándome la verga tiesa, sus dos lenguas turnándose en una caricia interminablemente dulce sobre mi glande baboso, los cojones encogidos por la tensión y los muslos que apenas me sostenían.

Me recuerdo, sí, babeando de placer con los ojos en blanco mientras la lengua de la rubia recorría con minuciosa insistencia la sudada raja de mi culo y los pliegues de mi ano deseoso, y las manos fuertes del grandote me amasaban las nalgas, me las pellizcaban, me las separaban, me abrían, me exponían, me ofrecían para un gozoso sacrificio.

Me recuerdo, sí, lamiendo con glotona insistencia el agujerito de la rubia, provocándole espasmos de placer con las caricias de mi lengua, arrancándole gemidos de guarra que se mezclaban con la voz del grandote advirtiéndome que, si seguía así, iba a hacer correrse a «su chica».

Me recuerdo, sí, recibiendo en mi boca casi desencajada las embestidas sin piedad del tarugo inmenso de aquel hombre mientras «su chica» le lamía el culo con mimo, provocándole temblorosas sacudidas en las que su descomunal estaca se me estrellaba en la garganta y me llevaba al borde de la asfixia.

Me recuerdo, sí, lamiéndole los pezones en el pecho peludo, besando con reverencia suplicante su boca que sabía a cerveza, a tabaco y a polla, mientras la lengua húmeda y urgente de la rubia me recorría la polla palpitante y rígida.

Me recuerdo, sí, con el cuerpo chorreando sudor, las medias rotas, la cara sucia de presemen y babas y quién sabe qué más, corriéndome sobre las nalgas tiernas y blancas de la rubia, llenándolas de leche caliente y espesa, restregando sobre ese pringue mi capullo lacerado de tanto roce, de tanto maltrato, de tanto placer. Y viendo cómo aquel hombre recogía mi semen con los dedos y hacía a su «chica» lamerlo de ellos, mirándola con los ojos vidriosos mientras susurraba con incoherente dulzura: «Toma leche, puta... toma leche, guarra...».

***

Y en todas esas estampas, en cada escena, en cada momento, explícita o implícita, dicha en palabras o en gestos, esa conversación entre ellos.

—¿Te gusta lo que te he traído, amor?

—Me encanta...

Yo allí, como un juguete con el que se goza, como un regalo del que se presume, como un objeto al que se mima cual tesoro, pero un objeto al fin y al cabo. Y esa sensación, en vez de humillarme —o quizá precisamente por ser, en el fondo, un poco humillante—, exacerbaba mi excitación, mi placer, mi deseo, ese deseo en el que ardía mi espíritu como una ofrenda a alguna deidad olvidada del amor prohibido.

Me recuerdo, en fin, no sé ni a qué hora, caminando por las calles oscuras en mitad de aquel viento gélido. La carne magullada, los orificios doloridos, el alma ligera, los ojos llorosos, el corazón lleno de una plácida felicidad. Caminaba con paso inseguro hacia el coche, pensando ya en la próxima vez en que me llamen para volver a usarme como un juguete, como un objeto, como la pieza que falta en el rompecabezas de su sucia historia de amor para que todo encaje a la perfección.

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Comentarios (1)

Victor_BA

Buenisimo!!! de esos relatos que te dejan con ganas de mas desde el principio

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